Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Ex Umbra In Solem, Welcome

Tetsu miraba el aeropuerto de Kansai por la ventanilla del avión. Acababan de aterrizar. Esa mañana había considerado seriamente escaparse de los abogados de su difunto abuelo; no hubiera sido la primera vez. Pero por respeto al recuerdo del viejo, la única persona que lo había amado, desistió y decidió darles una oportunidad a los tutores que le habían asignado. Si tuviera veinte años, no hubiera tenido que ir a vivir con desconocidos, pensó suspirando con fastidio.

El hecho de que esas personas fueran ahijados de su abuelo y los mejores amigos de infancia de sus padres, no le decía nada. Sus padres jamás lo habían amado y, por ende, él tampoco los había amado a ellos. Sus padres habían sido unos desconocidos para él, tanto como él lo había sido para ellos. Cuando durante la lectura del testamento le hablaron de la existencia de aquella pareja, le sorprendió que sus padres hubieran mantenido el contacto con sus amigos de la infancia. No los creía capaz de llevarse bien con alguien. Pero, claro, eso sólo le demostró lo poco que los conocía y el poco interés que ellos pusieron en que él los conociera.

Haber nacido con una inteligencia superior a los demás era su maldición. Sólo le había ganado el odio de sus padres, el desprecio de sus profesores y la envidia de sus compañeros de clase. De pequeño, se pasaba la mayor parte del tiempo en la oficina del director de la escuela, ya fuera porque a los profesores les humillaba que él supiera más que ellos o porque anduviese enredado a los puños con alguno de sus compañeros. De adolescente, pasaba más tiempo en el gimnasio, donde no tenía que interactuar con otros, que en clase. Se había convertido en un joven arisco y solitario… excelente en cualquier deporte; en especial en kenjutsu.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el movimiento de los pasajeros. Como odiaba que la gente lo empujara y mucho más que lo tocara, no se movió de su asiento. Escondido detrás de su largo cabello, se dedicó a observar. Se había vuelto un experto en eso y como no le interesaba escuchar las absurdas conversaciones, subió el volumen de su iPod para acallar las voces. Odiaba a la gente. Odiaba el tumulto. Odiaba tener que ir a vivir a un lugar nuevo y tener que conocer a esas personas que habían conocido a sus padres mejor que él, refunfuñó para sus adentros.

Una asistente de vuelo, le tocó el hombro para indicarle que estaban esperando por él. Sacudió el hombro con brusquedad y se levantó sin mirarla.  Agarró su mochila del compartimento, se metió las manos en los bolsillos, bajó la cabeza y salió del avión. Camino al vestíbulo de llegada, se echó a la boca un chicle de nicotina maldiciendo el momento en que decidió dejar de fumar. Con el extraño sentido del humor que le caracterizaba, pensó arrebatarle la cajetilla de cigarrillos a un hombre que pasó por su lado fumando. Con una sonrisa maldita, se imaginó a sus tutores yendo a “rescatarlo” al área de seguridad.

Apagó su iPod cuando escuchó que gritaban su nombre. Echó un vistazo tras su cabello negro, sin levantar la cabeza, hacia donde provenían los gritos. Vio una pareja de cabello canoso, de aspecto bastante común. El hombre miraba con desprecio a todos los que pasaban por su lado. La mujer de rostro amargado no hacía más que estar pendiente de su apariencia. Fastidiado, aún sin habérseles acercado, dejó que su mirada vagara alrededor de la pareja. Un poco más allá de donde ellos se encontraban, había un pelirrojo delgado de espaldas a la multitud. Le llamó la atención la intensidad del color de su cabello…, rojo sangre.

Se acercó a sus tutores mirando los agujeros de su pantalón, bastante molesto porque hubieran gritado su nombre como si él fuera sordo o algo por el estilo. A través de su flequillo, vio cómo lo miraban de arriba abajo con desaprobación. Divertido pensó que su apariencia los había espantado. Los agujeros en sus gastados jeans, las palabras Fuck you! en su camiseta y el demonio en su chaqueta de cuero no ayudaban a causar una buena primera impresión; pero para lo que le importaba, se dijo encogiéndose de hombros. Con una sonrisa maldita, imaginó su reacción cuando vieran sus piercing y ni qué decir sobre el enorme tatuaje que cubría su espalda y parte de sus hombros. Con toda probabilidad, lo devolverían a los abogados… Ese pensamiento lo animó bastante.

––¿Tuviste un buen vuelo? ––preguntó la mujer a manera de saludo.

Asintió, sin levantar la cabeza.

––Yo soy Kei Fukuda y ella es mi esposa, Aiko Fukuda. Bienvenido ––dijo el hombre, estirando su mano para saludarlo, dirigiéndole una mirada severa.

La mirada de desaprobación y superioridad del hombre le sentó como una patada; por lo que, le cayó mal de inmediato. Aunque eso no era nada raro, puesto que todas las personas lo mortificaban. Levantó un poco la cabeza a modo de saludo, sin hacer intento alguno por estrechar la mano que le extendía. El hombre la bajó con un gesto brusco que delataba su enfado.

––¿Cuántos años tienes? ––preguntó la mujer segura de que les habían mentido sobre la edad del chico. Era demasiado alto y fornido como para tener los años que aseguraban que tenía.

––Diecinueve, ¿y usted? ––contestó de mala manera, ya harto de estar parado allí soportando sus hipócritas intentos de simpatía.

La carcajada que lanzó el pelirrojo desconcertó a Tetsu. Su risa provocó que un estremecimiento lo recorriera de los pies a la cabeza. Miró de reojo al chico y luego a sus tutores. No pudo evitar sonreír al ver la mala cara que ponía la pareja; en especial, la mujer.

––¡Kazuo, no seas impertinente! Ven y saluda ––dijo ella, dándole un leve empujón al chico.

A Kazuo le incomodaban las personas. No era que las personas le cayeran mal, más bien era que éstas solían reaccionar de manera extraña ante su presencia; por lo que, las evitaba como se evita la peste. Más de una vez había deseado ser invisible… A fin de cuentas, soñar no cuesta nada.

Suspiró pesadamente y maldijo en silencio al chico por hacerlo reír. En realidad, no estaba molesto con él; de hecho, le había resultado hilarante su pregunta. Con lo que su madre gastaba en cremas y cirugías para disimular el paso de los años -como si eso fuera posible con aquel carácter tan amargo que tenía-, cualquier comentario sobre su edad lo tomaba como una ofensa personal. Pero, claro, el chico no tenía modo de saber eso. Lo peor para él era que cuando algo le daba risa, no podía evitar reírse y eso siempre lo metía en problemas con sus padres. Aunque la verdad sea dicha, todo lo metía en problema con ellos, especialmente con su padre.

Antes de que su madre volviera a empujarlo, costumbre que encontraba realmente molesta, el chico se volteó con la cabeza baja y se paró frente a Tetsu con la mano extendida.

––Bienvenido ––fue todo lo que dijo sin levantar el rostro para que sus padres no vieran que aún se estaba riendo.

El timbre de voz del pelirrojo asombró a Tetsu. Era suave, pero provocativo. Ladeó un poco la cabeza para observar al chico… Misión imposible, ya que éste tenía la cabeza baja como si fuera un avestruz. Imaginaba que pretendía pasar desapercibido, pero con su color de cabello tan llamativo y su piel tan pálida, era algo absurdo su intento. Sólo alcanzó a ver sus labios y la sonrisa que aún bailaba en ellos. Luego, observó su mano. Lucía frágil y delicada. Por un momento, temió tocarla. Pero como impulsado por una fuerza extraña, estrechó su mano y una corriente extraña recorrió su cuerpo. Sin poder evitarlo, acarició con el pulgar la delicada piel del dorso de la mano. El pelirrojo retiró la mano abruptamente y aunque hizo un movimiento brusco con la cabeza, no la levantó.

––Tetsu, él es nuestro hijo, Kazuo ––explicó la mujer, intentando ser amable con aquel desagradable joven.

––Kazuo, acompaña a Tetsu a buscar su equipaje. Nosotros iremos a buscar el auto. Los encontramos en la salida y ¡no se tarden! ––ordenó el hombre, molesto con ambos jóvenes.

El pelirrojo echó a caminar antes de que su padre terminara de hablar, mirando al suelo como si no fuera acompañado. El moreno lo siguió aún extrañado con su propio comportamiento. Qué demonios le pasaba. Por qué le había acariciado la mano. Perfecto comienzo, pensó con una mueca burlona. Lo miró de soslayo y lo poco que alcanzaba a ver de su rostro estaba sonrojado. No pudo evitar sonreír. Por lo menos, no lucía cabreado como lo estaban sus padres. Odiaba a la gente y, sobretodo, a los adultos, se repitió por milésima vez en ese día.

Kazuo miró al moreno con el rabillo del ojo. El chico le había acariciado la mano. Pero, por alguna extraña razón, no se había sentido asqueado como solía sentirse cada vez que alguien lo tocaba. Por el contrario, una calidez extraña había recorrido su cuerpo. Vio la mueca burlona del moreno, seguida de una sonrisa y se preguntó si se estaría burlando de él. Con toda probabilidad, se había dado cuenta de su sonrojo. No tenía que mirarse en un espejo para saber que tenía el rostro rojo… Con el calor que sentía, ya era prueba más que suficiente de su bochorno.

––¿Cuántas maletas trajiste? ––Kazuo frunció el ceño, preguntándose por qué se sentía tan nervioso con ese chico.

––Una maleta y una guitarra ––contestó Tetsu, deteniéndose frente a la cinta transportadora donde se entregaban las maletas… Esperaba que su katana estuviera bien; ya que, la había guardado a escondidas en la maleta.

––¿Guitarra? ––dijo el pelirrojo antes de lanzar una sonora carcajada.

Tetsu aprovechó que el chico había alzado un poco el rostro para observarlo. Tenía algo de pureza de ángel y soberbia de demonio. Tenía unas facciones delicadas, pero porte orgulloso. Era guapo, de un modo elegante y… sensual. Lo único que no alcanzó a verle fueron los ojos.

––¿Sucede algo? ––preguntó intrigado.

––Mis padres odian la música y a los músicos ––añadió con una risita, agarrando el estuche de guitarra que acababa de llegar frente a ellos, colgándoselo al hombro como si fuera suyo.

Tetsu cogió su maleta, pensando en decirle al chico que le entregara su guitarra. Pero, la maleta estaba bastante pesada y con la mochila colgada del otro hombro, pensó que se vería como un burro de carga; así que, no dijo nada. Además, sentía que él la cuidaría. No sabía cómo, pero algo le decía que podía confiar en ese inquietante joven pelirrojo.

––Vamos ––dijo Kazuo, metiendo las manos en los bolsillos y echando a caminar hacia la salida.

––¿Por qué odian tus padres la música y a los músicos? ––preguntó Tetsu curioso y, a la vez, asombrado de estar hablando tanto. Algo nada típico en él.

––Porque me odian a mí ––contestó el pelirrojo con una extraña sonrisa.

El moreno lo miró sorprendido. Pero no pudo preguntar nada más, puesto que los padres del chico los esperaban en la salida.

––¿Una guitarra? ––preguntó la mujer con aversión.

––Colócala en el baúl ––ordenó el hombre sin ocultar su contrariedad.

––¡No! ––refutó el pelirrojo entrando con ella al auto y acomodándola en el asiento trasero.

Tetsu se sentó al lado del chico, mirándolo de reojo. El pelirrojo había volteado la cara hacia la ventanilla. Pero algo en su expresión corporal, le indicó que se estaba riendo. El padre lo miró con furia por el espejo retrovisor. Para Tetsu, era más que obvio que Kazuo no se llevaba bien con su padre y éste no se llevaba para nada con su hijo.

––Kazuo y tú compartirán su habitación. Está en el sótano… pero es grande y cómoda ––añadió la mujer a toda prisa, intentando excusar así el hecho de que habían relegado a su hijo al sótano––. Las niñas tienen prohibido bajar ––explicó la mujer sin voltearse a mirarlo.

––¡Por fin! ––refunfuñó el pelirrojo. Pensó con algo de tristeza que tendría que agradecerle a los padres de aquel chico el haber muerto y dejarlo a cargo de los suyos; porque, de lo contrario, jamás hubiera tenido paz.

El moreno sonrió al escucharlo refunfuñar. Así que tenía hermanas y aparentemente tampoco tenía una buena relación con ellas.

––Tenemos cuatro hijas: Himeko, Minako, Yko y Akane. Kazuo es el menor ––el tono de voz de la mujer indicaba que mejor hubiera sido que él no hubiera nacido.

––Y el más querido ––murmuró el pelirrojo con cinismo.

Tetsu fingió que tosía para no lanzar una carcajada. Los padres ni se enteraban de lo que el chico decía…, ésa era la mucha atención que le prestaban. Lo cierto es que al moreno le resultaba gracioso el pelirrojo y despreciable la actitud de sus tutores hacia su hijo.

La mujer continuó hablando de sus hermosas hijas como si a él le interesara conocerlas. Qué fastidio, pensó encendiendo su iPod -que hasta el momento llevaba apagado-, girando el rostro hacia la ventanilla.

Kazuo aprovechó que el moreno estaba distraído con el paisaje para observarlo. De lo poco que alcanzaba a ver de su rostro, descubrió que sus facciones eran cuadradas, tenía el mentón partido y creyó observar un piercing en el labio inferior. Pero no estaba muy seguro de ese último dato. Era alto, le llevaba una cabeza de altura. Tenía manos grandes y piernas largas. Volvió a mirar por la ventanilla, pensando que tenía un aspecto algo salvaje, interesante y masculino. Ese pensamiento lo hizo ruborizarse violentamente. Se movió nervioso en el asiento…, movimiento que le ganó otra mirada molesta de su padre.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, You Aren’t Channing Tatum

El auto se detuvo frente a una casa de dos plantas, pintada en un color bastante apagado. Esas personas definitivamente habían sido amigos de sus padres, tan insípidos como ellos, pensó Tetsu riéndose para sus adentros.

–Llegamos –dijo la mujer como si hubiera necesidad de aclarar algo tan obvio.

–Kazuo, ayuda a Tetsu con su equipaje y muéstrale la habitación –ordenó el hombre antes de seguir a su mujer hacia el interior de la casa.

El pelirrojo ni lo miró ni le contestó. Sólo agarró la guitarra de donde la había colocado y esperó a que el moreno sacara la maleta y la mochila antes de caminar hacia la casa. Pensó ofrecerle ayuda con su equipaje, pero no vio razón alguna. A su lado, él parecía un debilucho. Suspiró contrariado, anticipando todas las bromas que le harían sus hermanas al ver al chico a su lado. Ellas amaban torturarlo y él las odiaba a muerte.

Tetsu siguió al pelirrojo hacia la casa, observando lo tenso que se iba poniendo según se acercaba a la entrada. Había escuchado su suspiro y notado cómo sus pasos se hacían más lentos, como si prefiriera dirigirse a otro lugar. La actitud del chico le hizo pensar en sí mismo cuando tenía que regresar a su casa o ir al instituto. En ese momento, la puerta se abrió y salieron cuatro chicas con la misma actitud pedante y mirada amargada que sus tutores.

–¡Kazuo, siempre tan lento! –gritó la que parecía ser la mayor, observando con interés al moreno.

–¿Y esa guitarra? –preguntó otra de las pijas con un gesto de fastidio.

El pelirrojo entró en la casa sin prestarles atención, como si estuviera sordo y ciego. Tetsu, por su parte, ya se estaba cabreando porque se le estaban pegando en un intento vano de observar su rostro.

–¿Qué miras? –ladró Tetsu a la que ya estaba invadiendo su espacio.

–Otro antisocial –anunció la tercera, alejándose del moreno por miedo a recibir un zarpazo.

–Kazuo, si éste decide violarte no tienes escapatoria. Mírate, eres un enclenque –dijo la pequeña, con toda la mala intención del mundo; puesto que lo odiaba, por ser todo lo que ella no era: hermoso y deseable–. Aunque con toda probabilidad eso es lo que desearías, ¿no? Todos sabemos que eres un afeminado.

–¡Cállate! –gritó el pelirrojo perdiendo la compostura, levantando el rostro para mirarla a la cara.

Por fin, Tetsu logró ver sus ojos. Dorados como oro pulido.

–¡No le grites! ¡Eres un imbécil! –dijo la mayor saliendo en defensa de la pequeña.

–¡Y tú eres una entrometida! –le gritó de vuelta el chico, sabiendo de antemano que llevaba todas las de perder en esa discusión.

–¿Se puede saber qué sucede aquí? ¡Kazuo!, ¿qué son esos insultos que le estás gritando a tus hermanas? ¿Cuántas veces tengo que decirte que tienes que respetarlas? ¡Discúlpate ahora mismo! –intervino el padre poniéndose de parte de sus hijas sin cuestionarse en ningún momento quién había comenzado aquella discusión. Para él, el pelirrojo era siempre el culpable y punto.

–¡Si quieren respeto, tienen que respetar primero! –argumentó el chico con los puños apretados. Si no los cerraba era capaz de golpearlo y, malo que bueno, ése era su padre.

La mano del hombre voló hacia el rostro del chico, dándole una fuerte bofetada con el propósito de derribarlo. Pero, este sólo se tambaleó antes de recuperar el equilibrio para enfrentarlo de nuevo.

En ese momento, parecía un combatiente, que a pesar de estar perdiendo la batalla se mantenía orgulloso en pie de guerra. Tetsu observaba cómo el chico sostenía la mirada de su padre sin ningún temor. Dios, qué le estaba pasando, se preguntó sacudiendo levemente la cabeza. De dónde había salido ese pensamiento. Se sentía un poco cursi y más aún porque jamás se había fijado de esa manera en alguien de su mismo sexo. Y allí estaba observando al pelirrojo con un interés diferente y nuevo para él.

–¡No te atrevas a desafiarme! ¡Lárgate, no quiero verte hasta la hora de la cena! Si hubieras ido directo a tu habitación con Tetsu, como te dije cuando llegamos, esto no habría pasado. Te encanta provocarme, ¡¿no?! –gritó su padre, agarrándolo por un hombro para zarandearlo.

Tetsu dio un paso hacia el hombre, sorprendiéndose de ese repentino deseo de protegerlo. Si volvía a golpearlo, le iba a dar una paliza que jamás olvidaría. No sería la primera vez que molía a golpes a alguien.

–¡Suéltame! –gritó el chico, que debido a la bofetada sentía que la cabeza le iba a estallar. En aquellos momentos, se preguntaba si lo llamarían patricida cuando asesinara a su “padre”. Ni siquiera se dio cuenta que había utilizado la palabra “cuando”, en lugar de “si”.

–Kei, deja que los muchachos se vayan a la habitación. Tetsu debe estar cansado –intervino la mujer, no por defender a su hijo sino por mantener cierta apariencia frente al recién llegado.

–Agradece a tu madre que no te muela a golpes por irrespetuoso –dijo el hombre soltando al pelirrojo; no sin antes darle un empujón que, de no haber sido porque Tetsu se interpuso en el camino, lo hubiera lanzado contra un curio de cristal.

El moreno soltó el equipaje para agarrarlo por los hombros con fuerza, evitando que ambos acabaran estrellándose contra el mueble. Kazuo se soltó del agarre, no porque le hubiera molestado, sino porque estaba avergonzado y corrió hacia su habitación. Tetsu recogió su equipaje e intentó seguir al pelirrojo pero, tan pronto dio un paso en esa dirección, sintió que lo agarraban por un hombro. Se soltó con brusquedad.

–Es un jovencito bastante impertinente, pero esto no sucede todos los días. Es sólo que él no respeta a sus hermanas –dijo la mujer intentando mantener el estatus y, de paso, justificar a sus hijas.

–Un consejo gratuito… No te juntes mucho con él, porque acabarás sin amigos –aconsejó la mayor de las hermanas con la misma actitud de superioridad que el padre.

–Sí, es un pesado. No sabe tratar a la gente –la menor aprovechaba cualquier oportunidad para sembrar cizaña.

–No te preocupes por él. Estará bien y estará mucho mejor cuando aprenda a respetar –añadió el hombre sin remordimiento alguno.

Por primera vez, desde que lo habían recogido en el aeropuerto, alzó el rostro y la mirada que le dirigió al hombre hizo que éste diera un paso hacia atrás. Luego, le dio la espalda y bajó al sótano.

Kazuo había bajado las escaleras hacia su habitación como alma que lleva el diablo. Desde el “accidente” del año pasado, esas situaciones violentas lo afectan como no solían hacerlo en el pasado. Agradecía que la guitarra no se le hubiera caído durante la discusión y que hubiera tenido tiempo de soltarla en la cama, que habían asignado para el moreno, antes de arrodillarse frente al inodoro a vomitar.

Se levantó agotado física y emocionalmente. Parado frente al lavamanos, contempló en el espejo la marca que cubría el lado derecho de su rostro. Debería echarse agua para refrescarse, pero de sólo pensar en bajar la cabeza, ya estaba mareado. Aún así, lo hizo y, por supuesto, el baño dio varias vueltas antes de detenerse. Cuando volvió a levantar el rostro, vio a través del espejo que el moreno ya había llegado a la habitación y estaba recostado en el marco de la puerta del baño.

–¿Estás bien? –preguntó mirándolo por entremedio del cabello, pasándole una toalla de mano.

Asintió con una sonrisa débil, completamente abochornado. Ya estaba acostumbrado a las palizas, pero era la primera vez que tenía público y, aunque no había sido su culpa, se sentía avergonzado. Con toda probabilidad, cuando la cabeza dejara de darle vueltas, se moriría de la vergüenza. Por el momento, sólo quería tirarse en su cama; así que, pasó por el lado del moreno, rozándolo sin percatarse.

Tetsu se quedó paralizado. Su roce lo había excitado. Había sido un roce accidental, pero su cuerpo había reaccionado rápida y violentamente. Jamás había sentido eso por otro chico. Observó al pelirrojo y vio cómo se hacía un ovillo en la cama y comenzaba a llorar con rabia.

Sin pensar siquiera en lo que hacía, Tetsu se acostó a sus espaldas y pasándole un brazo por la cintura, lo acercó a su cuerpo. Acarició su cabello con la otra mano, cerrando los ojos y pensando que el chico había corrido con peor suerte que él. Una cosa era que tus padres no te amaran porque se sintieran inferiores a tu lado y otra era que te golpearan por cualquier estupidez.

Kazuo odiaba ser tan débil. Si fuera valiente no estaría llorando en los brazos de un extraño. De hecho, si fuera valiente no hubiera regresado aquella vez que huyó. Intentando calmarse, pensó que debería soltarse del abrazo del moreno, pero lo cierto era que ese abrazo era el primer abrazo que recibía en su vida y, en esos momentos, lo necesitaba. Se sentía protegido y confortado, sensaciones completamente nuevas para él.

Cuando los sollozos cesaron, Tetsu se apoyó en un codo para mirarlo. Los ojos del pelirrojo estaban fijos en una esquina de su habitación. El moreno siguió su mirada y descubrió un keyboard.

–¿Hace años que tocas el keyboard? –preguntó intentando distraerlo.

–Desde que tenía ocho años. Quería un piano –contestó sin voltearse a mirarlo. Le avergonzaba tenerlo tan cerca.

–¿Quién te enseñó? –no imaginaba que sus padres lo hubieran alentado.

–El único profesor de música que aceptó venir a mi casa –explicó con una sonrisa nostálgica.

–¿No asististe a la escuela? –aquello sí que lo sorprendió.

–No, luego de ciertos problemas el primer año, seguí mis estudios con profesores a domicilio –contestó, encogiéndose de hombros.

–¿Cómo convenciste a tus padres de que te compraran el keyboard? –preguntó sin poder imaginarse qué clase de problemas podría haber tenido; ya que no lucía un chico problemático. Se acercó a oler su cabello. Emanaba un olor extraño, excitante. No sabía cómo definirlo. Era una mezcla de sensaciones contradictorias: inocencia y… pecado. Qué demonios estaba haciendo, se preguntó echando la cabeza hacia atrás.

–Guardé mi mesada hasta que pude comprarlo. Cuando me lo entregaron, me desterraron al sótano –contó asombrado de haber pronunciado más de cuatro palabras con aquel chico sin que éste lo atacara.

–¿Dónde dormías antes? –preguntó curioso, observando su piel de porcelana.

–En el ático –contestó con una risita nerviosa, pensando en lo oscura y pequeña que era esa parte de la casa. Que lo movieran al sótano había sido una bendición para él. El sótano era espacioso, tenía su propio baño y varias ventanas que permitían el paso de la luz. No le gustaba la oscuridad. La oscuridad lo hacía tener sueños extraños.

–¿Te pega con frecuencia? –Tetsu no pudo evitar preguntarle aquello. Había intentado no hacerlo, pero a su mente volvía una y otra vez la manera cruel con que trataban al chico.

Kazuo se encogió de hombros. No deseaba hablar de lo sucedido. Ya se sentía demasiado avergonzado por todo: la bofetada, el haber vomitado y el hallarse ahora pegado a su cuerpo sin deseo alguno de romper ese contacto.

–No tienes que hablar de ello si no quieres –dijo el moreno recostando la cabeza nuevamente en la almohada.

–Cada vez que lo “provoco” –contestó con voz apenas audible. Si iba a vivir con ellos, vería eso y mucho más.

–Eso es a menudo por lo que pude ver, ¿verdad? –preguntó mirando el techo y apretando la mandíbula, porque pensar en aquel hombre hacía que le entraran unas ganas increíbles de subir las escaleras para darle una buena paliza, a ver si le gustaba.

–Si el hecho de que me haya roto los dos brazos, una pierna, varias costillas y que hace un año acabara con una contusión cerebral significa a menudo… pues, sí. A este paso, sé que no llegaré a viejo –comentó con una risa nerviosa.

Sin percatarse de lo que hacía, Tetsu subió la mano que tenía apoyada en la cintura del chico para acariciar sus brazos cruzados sobre el pecho. Ese hombre merecía que alguien le diera una buena dosis de su propia medicina, pensó cada vez más cabreado. En aquellos momentos, prefería la indiferencia mortal de sus padres. Pensar que él se quejaba interiormente de aquel trato, lo hizo avergonzarse. Si la vida hubiera sido justa, aquel chico debía haber nacido en su hogar y él en el del chico. Con el cuerpo que él tenía, estaba seguro de que ese hombre jamás se hubiera atrevido a tocarlo. Y, de haberlo hecho, él se hubiera encargado de que se arrepintiera. Mirando su perfil, pensó que el chico tenía agallas. No lo podía negar. Se había enfrentado sin temor a su padre. Al recordar aquello pensó que, después de todo, no era tan frágil como lucía.

–Estoy seguro de que estás feliz de que te hayan enviado a vivir aquí –comentó Kazuo con sarcasmo, intentando ignorar las sensaciones que recorrían su cuerpo a causa de las caricias del moreno. Por todos los santos, él intentaba consolarlo, no seducirlo y ése era un cambio agradable. Lo envolvía un sentimiento tan placentero que su cuerpo parecía estar despertando de un largo sueño.

Tetsu no pudo evitar sonreír. Aquel chico tenía un extraño sentido del humor. Quizás ésa era su forma de sobrevivir a esa vida.

–¿Cómo es que sigues con ellos si te provocó una contusión?, ¿no lo denunciaste? –preguntó curioso.

–Él tiene una explicación lógica para todos mis “accidentes” y como es una persona “respetable”, le creyeron a él antes que a mí –suspiró cansado, recordando lo bien librado que siempre salía su padre.

–¡Maldito! –su tono de voz dejaba claro lo molesto que estaba con ese asunto. Se apoyó nuevamente en un codo para mirarlo. La marca en su mejilla se notaba a legua, la palidez de su piel no disimulaba los golpes. Le bajó un poco la camiseta por el hombro para observar que también allí tenía marcado los dedos de su padre.

Kazuo sonrío al escuchar la rabia en su voz. Se sentía bien escuchar que finalmente alguien se indignaba por los abusos que él venía sufriendo desde pequeño. Pero, cuando el moreno le bajó la camiseta para observar su hombro, se estremeció y dobló más las piernas para que no se notara que se estaba excitando. Estaba seguro de que había algo mal con él. No debería de excitarse porque otro chico lo tocara, ¿verdad?

–In… intenté fugarme, ¿sabes? Hace un año, cuando descubrí que era adoptado, lu… luego de la contusión –por su culpa, parecía un maldito tartamudo.

–¿Qué sucedió? –preguntó pasando un dedo con suavidad por el área maltratada en su hombro y el rostro. Ahora comprendía por qué el chico no se parecía en nada a su familia. Quizás la actitud de ellos se debía a que había algún secreto oscuro detrás de su adopción.

–Que… que… aparentemente nací con un letrero en la frente que dice… abusen de Kazuo o algo por el estilo –comenzó a narrar cada vez más nervioso y excitado por la caricia, enrojeciendo violentamente–. Pues, pri… primero me encuentro con un viejo bastante asqueroso que… que me mete a la fuerza en su auto para tener sexo conmigo y, cuan… cuando logro escapar, acabo en una patrulla con dos policías pervertidos que… que intentan lo mismo –¿es que el moreno no pensaba dejar de acariciarlo? Así era imposible pensar con claridad y hablar mucho peor–. Siempre me pa… pasa lo mismo; así que regresé por… porque en aquellos momentos pensé que era mejor morir a golpes que aquello -el dedo del moreno trazaba un camino de fuego en su piel. Si hubiera sido un bloque de hielo, ya estaría completamente derretido.

Tetsu lo sujetó por los hombros para colocarlo bocarriba. Lo observó con atención. Era seductoramente hermoso. Tenía una apariencia de frágil sensualidad que provocaba deseos de protegerlo y… poseerlo. ¿Siempre le sucedía eso? Sí, con toda seguridad. Para los pervertidos sería imposible resistirse a la delicadeza de su piel, el llamativo color de su cabello y sus ojos, sus facciones finas y sus labios suaves. Pasó dos dedos por sus labios, preguntándose si sería por eso que siempre andaba con la cabeza baja. ¿Estaba consciente de las reacciones que provocaba?

–¡Eh! –gritó Kazuo alterado por esa caricia. En su vida, nadie lo había acariciado de esa manera; con aquella delicadeza, como si fuera algo preciado. Sólo lo tocaban para golpearlo o intentar abusar de él. Y, aunque el moreno parecía no poder quitarle las manos de encima, sus caricias eran diferentes. Además, la mirada intensa de sus ojos, verdes como el musgo en los árboles, le provocaba una extraña sensación de pertenencia–. ¡¿Qué haces?! –preguntó, empujando al chico para sentarse en el borde de la cama, desde donde lo miró confundido.

–Quería ver cuál era el motivo de que “siempre te pase eso” y no eres ningún Channing Tatum, ¿sabes? –contestó inventando al vuelo. Lo cierto era que no sabía qué demonios le había pasado. Si el pelirrojo no lo hubiera empujado estaba seguro de que lo hubiera besado. Tenía que estar mal de la cabeza. El chico le acababa de confesar que todos intentaban aprovecharse de él y él había estado a punto de hacerlo. Miró al chico de soslayo, ya que no se atrevía a mirarlo de frente. No sabía cómo iba a reaccionar y lo cierto era que temía haberlo espantado.

–¡No seas baka! –gritó el chico más por los nervios que porque estuviera molesto. En realidad, aquella ocurrencia le había dado ganas de reír. Se levantó de la cama, ya que no podía quedarse quieto cuando estaba nervioso–. Vacié la mitad del clóset para que acomodes tu ropa y aquellas dos gavetas y esa tablilla para tus libros –explicó señalando según iba hablando–. ¿Trajiste libros? –preguntó frunciendo el ceño al recordar que sólo traía una maleta y una mochila.

–Sí, están en la maleta. No tengo mucha ropa de todas maneras. Odio ir a los centros comerciales. Demasiada gente para mi gusto –murmuró echándose el flequillo a un lado para mirar al pelirrojo. Podía haber jurado que minutos antes había estado a punto de echarse a reír. Alzó una ceja, pensando que era un chico bastante extraño y… que lo hacía tener pensamientos extraños.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, Its Feels So Nice It’s Scary

Luego de acomodar sus pocas pertenencias, Tetsu se sentó a mirar al chico que estaba ocupado observando sus libros. No comprendía por qué se sentía tan cómodo y, a la misma vez, inquieto con su compañía.

–¿Tienes hambre? Falta hora y media para cenar –preguntó Kazuo sacando de su mesa de noche una cantidad increíble de guarradas para comer, que iban desde cosas muy dulces hasta muy picantes y que tiró en la cama para que el moreno escogiera lo que quisiera.

–¿Siempre tienes cosas tan alimenticias en tu gaveta? –preguntó asombrado, mirando cómo abría una bolsa de patatas con salsa de barbacoa y se echaba varias a la boca antes de ofrecerle.

–Paso mucho tiempo castigado y para alimentos nutritivos con la comida de ellos me basta –comentó con burla, sentándose con los pies cruzados en una esquina de la cama.

Tetsu decidió aceptar su ofrecimiento y le robó varias patatas, mientras veía cómo el chico observaba el estuche de su guitarra.

–¿Cuándo aprendiste a tocar guitarra? –preguntó con curiosidad, preguntándose si se atrevería a pedirle que le enseñara. Siempre había deseado aprender a tocar guitarra también. De hecho, le gustaban todos los instrumentos musicales, pero aquel profesor -igual que los demás- no había durado mucho.

–Mi abuelo me enseñó cuando era prácticamente un crío. Creo que tenía unos cuatro años, cuando toqué una guitarra por primera vez –no pudo evitar sonreír al pensar en su abuelo y la inmensa paciencia que había tenido con él.

–Supongo que tu abuelo murió, porque de estar vivo estarías con él, ¿no? –preguntó frunciendo el ceño y pensando que le gustaba su sonrisa. Al percatarse del rumbo de sus pensamientos, se ruborizó y, de inmediato, volteó el rostro. Nervioso, se echó un puñado de caramelos en la boca antes de agarrar más patatas.

–Tenía ocho años cuando falleció y tuve que ir a vivir con mis padres, a quienes no conocía ya que mi abuelo había sido el encargado de mi crianza desde que cumplí un año hasta ese momento –contestó asombrado al ver la mezcla de guarradas que se echaba en la boca y extrañado por lo ruborizado que estaba–. ¿Estás bien? –preguntó pasándole un dedo por el cuello.

–¡Sí! –gritó el pelirrojo dando un brinco al sentir la caricia. Por qué rayos siempre lo estaba tocando. No es que le molestara, pero es que lo avergonzaban todos los pensamientos que invadían su mente cada vez que sentía su roce–. ¿Por… por qué te estaba criando tu abuelo si tus padres aún vivían? –preguntó algo atropelladamente intentando mantener distraída su mente pero, sobre todo, su cuerpo.

Tetsu tuvo que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para no reírse del chico. Aún no entendía qué le pasaba pero se veía cute, así de sonrojado.

–Cuando mis padres se enteraron que venía de camino… –se rió de su propia expresión –decidieron que el aborto era la mejor opción. Mi abuelo se enteró y lo prohibió. Como era él quien mantenía su estilo de vida, obedecieron. Resulté un crío demasiado inteligente para gusto de mis padres; por lo que, eran bastante negligentes en mi cuido. Abuelo se dio cuenta; así que, me llevó a su hogar. Pero estaba enfermo del corazón; por lo que, tuve que regresar con mis padres cuando él falleció –explicó metiendo la mano en la bolsa de patata a la misma vez que el chico, ocasionando que sus manos se tocaran.

Tal como le sucedió en el aeropuerto, no pudo evitar acariciar su mano con su pulgar, como de pasada e, igual que en el aeropuerto, el pelirrojo retiró la mano como si se hubiera quemado. Estaba tan rojo que parecía un termómetro de alcohol a punto de explotar por el aumento en su presión interna.

Aquella calidez que lo recorría cada vez que el moreno lo tocaba, lo intranquilizaba. Se levantó y fue a sentarse en la cama del moreno mirando el estuche de guitarra y preguntando, antes de perder el valor–: ¿Me enseñarías a tocar la guitarra?

–Seguro. Podemos empezar ahora, si quieres –contestó acercándose lentamente, ladeando la cabeza para mirarlo, con temor a que el pelirrojo volviera a salir corriendo. Era bastante escurridizo.

–¿Ahora?, ¿en serio? ¡Claro que quiero! –sonrió emocionado.

Tetsu sonrió, aguantándose las ganas que tenía de delinear con sus dedos aquella hermosa sonrisa. Sacó la guitarra del estuche y se la entregó a Kazuo. Luego, se sentó detrás de él con las piernas a ambos lados de las suyas. Colocó la cabeza sobre el hombro derecho del chico y con sus manos cubrió las del pelirrojo para enseñarle la posición correcta de los dedos.

Kazuo no lograba concentrarse. Estaba seguro de que Tetsu podía escuchar los latidos salvajes de su corazón. El moreno estaba recostado en su espalda, le estaba hablando al oído y tenía sus manos sobre las suyas y él, sinceramente, comenzaba a sentirse algo mareado y excitado. Exhaló para calmar sus nervios. En realidad, quería aprender a tocar guitarra y si ése era el método que iba a utilizar el chico, más le valía acostumbrarse, ¿no?

Tetsu no sabía por qué había hecho eso, pero no se arrepentía. Lo que esperaba era estar explicándole bien, porque la realidad era que no sabía ni lo que decía. Su olor lo mareaba, lo intoxicaba, lo seducía. –¿Estás incómodo? –preguntó al ver su sonrojo y sentir su nerviosismo.

–¡¡No!! Es… estoy bien –contestó maldiciendo ser tan obvio. Aunque sentía que lo quemaba el calor que emanaba el cuerpo del moreno, no quería que se despegara.

Tetsu frunció el ceño, preguntándose si siempre que estaba nervioso gritaba de aquel modo o si era sólo con él.

Llevaban un buen rato practicando, cuando los sobresaltó la brusquedad con que abrían la puerta.

–¡Kazuo! –lo llamó su padre desde el primer escalón.

–¡¿Qué?! –contestó el chico cabreándose con sólo escuchar su voz. Colocó la guitarra a un lado y se paró frente a la escalera, cruzando los brazos sobre el pecho, con una mirada retadora.

–¡Dentro de veinte minutos se servirá la comida; así que, vayan subiendo… y la próxima vez que me vuelvas a gritar así, te tumbo los dientes! –amenazó el hombre de manera agresiva–. ¿Entendiste?

–¡SÍ! –gritó el chico con más fuerza, cerrando los puños, levantando la cabeza altivamente. Jamás había podido callarse ni cuando lo golpeaba ni cuando lo amenazaba. No era una movida sabia de su parte, pero era orgulloso y jamás le daría el placer de someterlo.

–¡Maldito engendro! –gritó el hombre comenzando a bajar las escaleras.

Tetsu se había quedado asombrado al ver cómo el chico se alteraba. No lo podía culpar, él también se había alterado al escuchar al hombre. –Subimos dentro de unos minutos –dijo parándose detrás del pelirrojo.

El hombre se detuvo y se estremeció al encontrarse con su mirada. –Bien, más vale que no nos hagan esperar –refunfuñó antes de marcharse.

Kazuo se tiró en la cama del moreno, pues era la que estaba más cerca de las escaleras. En el último año, cada vez que tenía un enfrentamiento con su padre, su mente se llenaba de violentas imágenes que le provocaban terribles migrañas. Cerró los ojos y se apretó la sien.

–¿Te sientes mal? –preguntó Tetsu, preocupado al ver su gesto. Se sentó a su lado y le acarició el cabello.

–Me duele la cabeza. No es nada. Ya se me pasará –contestó, avergonzado por lo bien que lo hacía sentir esa caricia y porque imaginaba que el moreno estaría pensando que por compañero de habitación le había tocado una niñita.

–¿Tomas algo para ese dolor? –Tetsu le agarró el mentón para girarle el rostro–. Mírame –le pidió para observar sus ojos y asegurarse de que estaba bien.

Kazuo abrió los ojos y lo miró avergonzado. –No tomo nada. Sólo descanso la vista un rato y se me va –explicó cerrando los ojos de nuevo para escapar de aquella inquietante mirada.

Tetsu no dijo nada. Sólo, lo recostó en sus piernas y le acarició con suavidad la sien, observando cómo se relajaba.

Kazuo no podía creerse que por primera vez en su vida estaba acompañado de alguien que no lo odiaba o lo miraba con lascivia. Con una sonrisa triste, pensó que quizás acabaría odiándolo por ser tan débil. Pero por el momento no lo hacía y eso lo hacía sentir bien.

El moreno observó su sonrisa triste y deseó poder decir algo que lo hiciera sentir bien; pero no sabía qué. Nunca había sabido cómo relacionarse con las personas y jamás le había interesado, hasta ese momento.

–Deberíamos subir –murmuró Kazuo sin moverse.

–Vamos –dijo Tetsu ayudándolo a levantarse–. ¿Te sientes mejor? –preguntó subiendo las escaleras a su lado.

–Sí, gracias –contestó sonriendo con timidez.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, I Didn’t Mean That

Al día siguiente, con gran fastidio, Tetsu subió junto con Kazuo a cenar. La tarde anterior el señor Fukuda le había señalado que la familia cenaba junta siempre sin excepciones.

Luego de cenar, el hombre se lo había llevado a su oficina para hablarle de las normas del hogar, lo que se esperaba de él y lo que recibiría a cambio: un techo, comida y educación. Él apenas prestó atención a lo que decía. Estaba más interesado en los libros que había sobre los estantes que en toda la palabrería de ese desconocido, al cual ya odiaba y contra quien sentía debía proteger al pelirrojo.

Para cuando regresó a la habitación, el chico ya estaba dormido. Se dio una rápida ducha y se acostó silenciosamente. Se durmió mirando el cabello rojo del chico, preguntándose por qué despertaba en él tantos sentimientos.

Cuando despertado era más del mediodía y estaba solo. Estuvo tocando guitarra y saboteando el contenido de la mesa de noche de su compañero de habitación, hasta que Kazuo había bajado a buscarlo para que subiera a cenar con la familia. No tuvo tiempo de preguntarle por qué no lo había despertado, pues al comienzo de la escalera los esperaba el padre.

Cuando llegaron al comedor, el resto de la familia ya estaba allí. Kazuo pasó por el lado de su padre, que se sentaba a la cabeza de la mesa, buscando la silla más alejada posible del hombre; pero éste lo sujetó por la muñeca y lo hizo sentar a su lado.

Tetsu viendo aquello, se sentó al otro lado del hombre.

–Tetsu, te había reservado esta silla –dijo la madre señalando una silla a su lado.

–Aquí estoy bien –dijo sin dejar de observar al pelirrojo y a su padre.

Kazuo bajó la cabeza para que no vieran que, a duras penas, estaba aguantando las ganas de reír. No tenía que mirar a su madre para saber que estaría más que mortificada por la actitud grosera del moreno. Imaginaba que esa noche ella y su padre discutirían hasta el cansancio la manera de enviar al chico a un internado o algo así.

–¿Cómo murieron tus padres? –preguntó la menor de las hermanas, tocándole el brazo al moreno para que la mirara.

–Fue en un accidente automovilístico, ¿verdad? –añadió la mayor mirándolo con interés.

–¿Estás en una banda? –preguntó otra para no quedarse atrás.

–¿Eres uno de esos músicos escandalosos y viciosos? –preguntó despreciativa la cuarta de las hermanas.

–Chocaron con un camión. La cabeza de mi madre salió rodando y el cuerpo de mi padre se partió en dos a la altura del torso –Tetsu ni levantó la mirada del plato e ignoró las demás preguntas.

Kazuo, que en esos momentos estaba tomando agua, se atragantó con la misma. Sabía que sus padres no habían muerto así. Había leído la descripción del accidente en los papeles que los abogados habían enviado a sus padres. Si lo que pretendía era silenciar a sus hermanas, lo logró. La cena transcurrió en un silencio sepulcral, hasta que la pequeña, molesta porque no le estaban prestando atención, dijo con malicia–: Kazuo no se disculpó por gritarnos ayer, papá.

–¡Cierto!, Kazuo, ¿qué estás esperando para disculparte? –dijo el hombre volteándose a mirar a su hijo.

Qué poco dura la paz en este hogar, pensó el pelirrojo, agarrando el cuchillo y comenzando a moverlo de manera sospechosa entre sus dedos. Tetsu observó el movimiento de su mano y añadió–: Kazuo, dijiste que me mostrarías el vecindario –se levantó y caminando hacia el pelirrojo, le quitó el cuchillo de la mano, lo agarró por el brazo, lo hizo levantarse y lo sacó de la casa.

En el comedor, todos se quedaron mirándose como idiotas, sin entender qué acababa de ocurrir.

–No querías ser testigo de un crimen y tener que ir a testificar en corte, ¿verdad? –preguntó Kazuo con una sonrisa maldita. No había pensado acuchillar a su padre… bueno, no creía que ésa había sido su intención cuando agarró el cuchillo. Sólo había sido un reflejo defensivo, pensó frunciendo el ceño. Aún así, le causaba gracia cómo lo había sacado prácticamente a rastras de allí.

–No, odio hablar. Sobre todo, si es con desconocidos. En realidad, odio a la gente –dijo el moreno encogiéndose de hombros y echándose un chicle a la boca, volviendo a maldecir la hora en qué había decidido dejar de fumar.

–Pues, yo soy gente…, creo –dijo riéndose–. Y, además, prácticamente soy un desconocido y estás hablando conmigo.

–No es lo mismo. Tú me caes bien –dijo, acercándosele.

–¡Vale! –gritó el chico nervioso, poniendo distancia entre ellos, sintiéndose emocionado sin entender por qué.

–¿Por qué estás nervioso?, ¿te asusto? –preguntó Tetsu burlonamente, aunque sí le interesaba su respuesta.

–¡No estoy nervioso! Y no…, no me asustas –alegó, preguntándose si sus reacciones serían normales o estaría haciendo el ridículo con esos brincos y gritos que daba cada vez que el moreno lo tocaba o se acercaba–. Mañana te mostraré mi lugar favorito –comentó como solía hacer siempre que quería cambiar de tema–. Queda por el parque. Está bastante cerca, pero no creo que sea conveniente que vayamos hoy. Si vamos allí, perderé la noción del tiempo, regresaremos de madrugada y me matará –comentó el pelirrojo riéndose, más relajado ahora que habían comenzado a caminar.

–No sé cómo puedes reír con la vida que llevas –dijo el moreno inclinando la cabeza para mirarlo a los ojos.

Kazuo frunció el ceño pensando seriamente en aquello. –No había pensado en eso. Sí, supongo que no es normal; pero jamás me he sentido muy normal que digamos. Así que, supongo que para lo que los demás es algo anormal, para mí es normal –comentó riéndose por el enredo que acababa de hacerse.

Tetsu también se rió por el enredo del chico, aunque lo había entendido.

–¿Te dolió? –preguntó de pronto el pelirrojo.

–¿Qué cosa? –el moreno lo miró confundido.

–Los piercing. Vi que tienes uno en el labio y dos en la ceja derecha –comentó sin percatarse que acababa de delatar que lo había observado atentamente.

–No, ¿qué te parecen? –el pelirrojo le miraba el piercing del labio con tanta atención que pensó que quizás le desagradaba.

–Sexy. Esto, es decir, te quedan bien –¿por qué tenía que decir lo primero que se le venía a la mente?, se preguntó, pateándose mentalmente y ruborizándose. Esa situación era nueva para él. No era hablador por naturaleza, pero con el moreno parecía incapaz de callarse.

–Lo cierto es que el tatuaje sí que dolió un poco –contestó mordiéndose el labio para no reírse por lo rojo que se había puesto Kazuo, pero sin poder evitar sonreír por lo bien que se había sentido al escuchar aquello.

–¿Tatuaje?, ¿dónde? –preguntó enrojeciendo más por la sonrisa del moreno, mirándolo para ver si descubría dónde estaba tatuado.

–En la espalda, ¿quieres verlo? –preguntó estudiando su posible reacción.

–¡No! Digo, estamos en plena calle –el pelirrojo enrojeció aún más.

–Entonces, cuando estemos “solos” en el cuarto –dijo enfatizando la palabra solos.

–¡Que no fue eso lo que quería decir! ¡Idiota! –gritó poniéndose nervioso y sentándose en la acera.

–Vale, sólo estaba bromeando. No tienes que insultarme –explicó, riéndose y sentándose a su lado.

–Ya lo sé. Siento haberte dicho idiota –estaba avergonzado, porque había tenido una visión bastante perturbadora del moreno quitándose la camiseta y le había gustado, pero mejor muerto que admitir eso.

–Puedo preguntarte algo –cuando el chico asintió, continuó–. ¿Cómo descubriste que eres adoptado? –sonreía, observando lo sonrojado que estaba y pensando que ese chico se avergonzaba por todo y eso sólo lo hacía verse más guapo.

–Cuando me desterraron al sótano, encontré un cajón con unos grabados y una inscripción a la cual no le presté atención en ese momento y como no pude abrirlo, lo guardé en el clóset. Cuando sufrí la contusión, me encerraron varios días, que dediqué a la remodelación del cuarto –dijo con una risita burlona–. Volví a sacar el cajón y, esta vez, pude abrirlo y ver su contenido. En el papeleo de los trámites de adopción no estaban los nombres de mis padres, pero sí el nombre de la agencia –contó con el ceño fruncido concentrándose en aquel recuerdo–. Pensé que podría encontrar a mis verdaderos padres y largarme de aquí; así que, llamé. Pero lo único que descubrí fue que habían fallecido.

–Lo siento. ¿Te hubieras ido con ellos de haberlos encontrado? –se preguntaba si encontrar a sus verdaderos padres hubiera sido su salvación; a fin de cuentas, ellos lo habían dado en adopción por lo que no debían de haberlo querido mucho. Por otro lado, por muy egoísta que sonara, tenía que admitir que le alegraba que no los hubiera encontrado, porque de lo contrario no lo hubiera conocido.

–Por supuesto. No podría ser peor que esto…, ¿verdad? –comentó sin mucha convicción.

–No sé –contestó con sinceridad, deseando poder decirle otra cosa–. ¿Qué decía la inscripción? –preguntó, colocando una mano en su hombro para que voltease a verlo.

Amantium irae, amoris integratio est –contestó nervioso por la mirada del moreno.

–“La relación amorosa se hace más duradera e intensa cuando debe superar conflictos afectivos” –tradujo mirando pensativo al chico–. ¿Sabías lo que significaba? –preguntó, aunque él estaba asombrado de conocer su significado.

–Sí…, no sé cómo porque nunca he estudiado latín –confesó recordando cuán extraño le había parecido en ese momento saber qué significaba la inscripción–. Tus padres no murieron como dijiste –aquella frase siempre lo incomodaba y no quería seguir hablando sobre eso.

–No, es que no aguantaba tanta jodía pregunta y quería que me dejaran en paz –explicó observando el cielo y las estrellas que comenzaban a aparecer, mientras bajaba la mano hacia su espalda para acariciarlo con suavidad. Esas palabras parecían molestarlo. ¿Sería por su significado o por algo más profundo?, ¿algo que ni el mismo chico había descubierto aún?

–Lo lograste y también espantarlos –no pudo evitar reírse malditamente. Siguió su mirada y descubrió que ya había oscurecido. No se había dado cuenta. El moreno lo hacía olvidar todo, sobre todo, cuando lo tocaba–. Hermoso, ¿verdad? –dijo contemplando el infinito. Odiaba la oscuridad, pero amaba la noche. Era toda una contradicción, lo sabía. A ratos, ni él se soportaba por ser tan complicado.

–Sí, espectacular –contestó el moreno recostándose en el pavimento, cruzando los brazos detrás de la cabeza. Siempre le había gustado el anochecer; puesto que, amaba el silencio que lo acompañaba.

–Mejor regresamos, ¿no crees? Si te duermes aquí, puedes tener un triste despertar –dijo Kazuo con una sonrisa maldita.

–¿Por qué? –lo miró intrigado.

–Estamos frente a la casa del dueño de la funeraria. Llegará dentro de poco con su coche fúnebre y al verte ahí tirado puede pensar que estás muerto y podrías despertar en un ataúd –comentó, ahora sí riendo a carcajada limpia, parándose y ofreciéndole la mano al moreno para ayudarlo a levantarse.

–Eres morboso –se burló, aceptando la ayuda y caminando hacia la casa nuevamente; pero sin soltarle la mano.

Kazuo lo miró de reojo, poniéndose cada vez más rojo y nervioso. ¿Por qué le estaba sujetando la mano? Sentía que el corazón le latía con tanta fuerza, que estaba seguro de que lo oía. Volvió a mirarlo por el rabillo del ojo de manera sospechosa. ¿Qué estaba pensando? Quizás debería soltarse; sin embargo, no lo hizo. Le gustaba ese contacto… demasiado.

Tetsu también estaba nervioso. Una vez agarró su mano, ya no pudo soltarla. Lo miró a través del flequillo, esperando que le gritara, lo empujara y se marchara dejándolo solo. Pero el chico, aparte de sonrojarse más, si es que eso era posible, no lo rechazó. No sabía qué le pasaba con aquel chico, pero desde que lo había escuchado reír en el aeropuerto, ya no podía pretender que odiaba a todas las personas. Él le estaba gustando y mucho. Para su sorpresa, le estaba gustando tanto que empezaba a importarle. Por primera vez desde el fallecimiento de su abuelo, sentía que podía querer a alguien más.

Cuando llegaron a la casa, el pelirrojo soltó su mano para abrir la puerta y ambos sintieron un extraño vacío en su ser. Una vez en la habitación, Kazuo se dirigió al baño y se recostó contra la puerta cerrada, mirando el piso. ¿Qué iba a hacer? El moreno lo ponía nervioso, lo excitaba y no creía que eso fuera normal. Tetsu era la primera persona que no le repugnaba que lo tocara. Pero, era hombre y él también. Aquello estaba mal o ¿no? Completamente desalentado, decidió acostarse. A fin de cuentas, en esos momentos no iba a hallarle respuesta a esa incógnita.

Tetsu se quitó los pantalones, la camiseta y las botas sin dejar de mirar la puerta cerrada del baño. Kazuo había estado muy silencioso. Eso lo ponía nervioso. Bueno, en realidad, había muchas cosas del chico que lo ponían nervioso; pero aún así le gustaba. Se acostó bocarriba en la cama, pensativo, mirando el techo, pasándose la mano desde el pecho hasta el abdomen. Cuando escuchó que la puerta se abría, volteó el rostro para observarlo. El chico salió con la cabeza baja y, por pijama, con una camiseta blanca y bóxers negros. Se acostó en su cama dándole la espalda.

–Puedes usar el baño, ¿sabes? –dijo Kazuo, señalando lo obvio. Pero es que no quería que el moreno pensara que se acostaba molesto con él. No lo estaba, sólo estaba confundido y molesto consigo mismo por pensar tantas tonterías. Verificó por el rabillo del ojo que el moreno entrara al baño. No se volteó a mirarlo; ya que, temía que le soltaría las preguntas que rondaban su mente y el chico probablemente se reiría de él… o quizás no… pero, ¿cómo saberlo?

Tetsu se duchó, mientras intentaba aclarar sus pensamientos. Cuando salió del baño, el pelirrojo ya se había dormido. Parecía un chiquillo, pensó sonriendo al ver cómo se abrazaba a la almohada. Pero, a la misma vez, había algo seductor en él. Estuvo un rato de pie frente a su cama observándolo. Se preguntó si al día siguiente seguiría sintiendo lo que había sentido ese tarde. Suspiró. Sabía que de nada valía negar lo que estaba sintiendo. Por segunda vez, se acostó mirando la espalda del pelirrojo hasta que se quedó dormido.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, You Were In My Dreams Last Night

Kazuo abrió los ojos y descubrió que el moreno aún dormía. Se quedó observándolo, muy quieto, como si al moverse él se fuera a despertar el otro; aunque estuvieran en camas diferentes. Era guapo… mucho. Parecía uno de esos conquistadores que arrasaban con poblados enteros y se quedaban con las mujeres más hermosas del lugar. ¿Tendría novia?, no se le había ocurrido eso hasta ese momento. Le preguntaría… ¡Imposible!, preguntar algo tan personal podía causarle una mala impresión de él. No, no le preguntaría eso, decidió mientras recorría su cuerpo con la mirada. Le gustaban sus manos. Despertaban sensaciones nuevas en su ser. Parecían ser capaces de abarcar su cuerpo por completo. Ese pensamiento tan absurdo hizo que enrojeciera. Tenía hombros anchos y piernas largas, fuertes. Miró avergonzado entremedio de sus piernas. Su sexo era grande. Subió los ojos de inmediato a su rostro para asegurarse de que seguía dormido. Con un suspiro de alivio, se levantó y se dirigió al baño para darse una ducha fría. La necesitaba y con urgencia.

Al salir del baño, se acercó al moreno. Aún dormía. No sabía si despertarlo para ayudarlo a desempacar antes de desayunar o dejar que durmiera todo lo que quisiera. Era temprano y quizás podrían marcharse al parque antes de que los demás se levantaran. Se inclinó un poco más sobre el chico, con el ceño fruncido, indeciso. Lo próximo que supo fue que volaba hasta caer acostado a su lado.

Kazuo gritó asustado. Entonces, sus ojos se toparon con el rostro del moreno. Al ver cómo este reía, se cabreó de inmediato. –¡¿De qué te ríes?! ¡No me causó ninguna gracia que me halaras así! ¡Por poco me da un infarto!

Tetsu lo aprisionó con su cuerpo. Le echó una pierna por encima y lo sujetó con su brazo por la cintura para evitar que se escapara. Con la cabeza apoyada en el otro brazo, miró al chico. Se había despertado antes que el pelirrojo. Y, sí, seguía sintiendo lo mismo que sentía por él al irse a dormir. Le gustaba, le preocupaba y sentía que estaba comenzando a quererlo. Cuando había visto que Kazuo despertaba, se había hecho el dormido. Entrecerró los ojos y esperó a ver qué hacía. Vio cómo lo observaba y al descubrir que no le era indiferente, sintió que se le salía el corazón del pecho. Estaba feliz y quería jugar un rato con él. Por más infantil que pudiera lucir.

–¡¡¡Deja de reírte!!! –gritó el pelirrojo con deseos de golpearlo–. ¡¡Ahora no te prepararé el desayuno!! –dijo, enrojeciendo al instante. Demonios, por qué tuvo que abrir la boca. Ahora además de avergonzado, se sentía cursi. Debió haber intentado escapar en lugar de hablar, pensó molesto consigo mismo. Pero, cómo rayos se suponía que iba a escapar si lo tenía más sujeto que un pulpo.

–No puedo. Es que te ves mono cabreado. Y, sí, me prepararás el desayuno porque yo también te caigo bien –se rió, metiéndose aún más con él, besándole la frente. Le causaba gracia el escándalo que estaba armando el pelirrojo.

–¡¡No me digas mono!! –gritó Kazuo empujándolo finalmente para salir apresurado de la cama. Se sentó en la escalera, desde donde lo miró con el ceño fruncido, pasando por alto lo del desayuno–. ¿Puedo leer alguno de tus libros? –preguntó con un gruñido, preguntándose por qué le había besado la frente como si fuera un chiquillo. ¿Acaso lo veía de esa manera?, ¿como un chiquillo mono?

–Seguro –se rió con suavidad para no cabrearlo más. Le daba gracia cómo huía cada vez que se ponía nervioso y cómo cambiaba de tema tan drásticamente–. Me daré un duchazo rápido –dijo, levantándose de la cama y dirigiéndose al baño luego de agarrar algo de ropa.

–¡Avanza, quiero que salgamos antes de que despierten los demás! –gritó pensando que no volvería a acercarse a su cama. Agh, había olvidado observar su espalda. Ahora no vería el dichoso tatuaje hasta la noche. Por su culpa, por ponerlo nervioso. Ni muerto le iba a pedir ahora que se lo enseñara. Mejor lo espiaba cuando se quitara la camiseta antes de acostarse. No quería pasar más vergüenza. Con la que acababa de pasar era suficiente por el momento, pues imaginaba que Tetsu lo seguiría avergonzando el resto del día; ya que, parecía tener un don natural para eso.

Una vez el moreno salió del baño, subieron a la cocina. Para alivio de ambos, no había nadie por los alrededores.

–¿Qué quieres desayunar? –preguntó Kazuo observando con una mueca el contenido de la nevera.

–¿Qué vas a desayunar tú? –preguntó al ver la mueca de asco que hacía el pelirrojo.

–No te gustará. Un par de huevos con mucha azúcar y salsa tabasco –dijo, riéndose por la cara que ponía ahora el moreno.

–No, tienes razón. ¿Cómo puedes comer eso? Con un par de huevos solos, me conformo y me los puedo preparar yo –dijo parándose detrás del chico.

–No sé, me gusta el contraste de sabores. ¿No confías en mí? No pienso echarles azúcar ni salsa tabasco –dijo, volteándose a mirarlo con una sonrisa maldita.

–Cuando sonríes así, temo que hagas todo lo contrario –contestó acariciándole el rostro, allí donde el día anterior lo habían abofeteado. Observó asombrado que la marca había desaparecido.

–¡Siéntate!, que los preparo ahora –ordenó nervioso como siempre por sus caricias e intentando suavizar su orden al final.

–Como usted ordene, amo –respondió el moreno sonriendo levemente.

Kazuo no pudo evitar reírse. Tetsu había despertado de un ánimo bastante extraño, ya se había dado cuenta. Se advirtió mentalmente que tendría que mantenerse alejado de él. La trampa de esa mañana ya había alterado su cuerpo y confundido bastante su mente; así que, tenía que andarse con cuidado.

Tetsu lo vio sonreír y no pudo evitar sonreír más ampliamente. Por lo menos, el chico no permanecía mucho tiempo cabreado con él. Aún seguía asombrándolo la facilidad con que reía. Para la vida que había llevado, cualquiera entendería que fuera un amargado, pero no lo era. Por otro lado, se preguntaba si lo perdonaba rápido, porque también estaba empezando a quererlo. Bueno, en realidad, no era una pregunta, eran más bien ilusiones suyas.

Estaban terminando de desayunar, cuando escucharon movimiento en las habitaciones de arriba.

–Salgamos de aquí –dijo Kazuo mirando a Tetsu y caminando hacia puerta, deteniéndose sólo para agarrar una gorra antes de salir de la casa–. Desde la contusión, el sol me provoca migrañas –explicó, una vez se hallaban fuera de la casa, absteniéndose de añadir que las discusiones también. Imaginaba que él ya se había percatado de eso la tarde anterior–. Primero, iremos al parque y luego al centro comunal, ¿quieres? –preguntó mirando al moreno, que lo miraba pensativo.

–Claro, a donde tú quieras. ¿Qué te ha dicho el médico de las migrañas? –preguntó realmente preocupado por el chico.

–¿Qué médico? –el pelirrojo lo miró confundido.

–¿No tienen un médico de cabecera? –Tetsu lo miró extrañado.

–tengo alguna fractura es que veo algún médico y siempre es en el área de emergencias del hospital y nunca es el mismo. Jamás he estado enfermo en mi vida –explicó preguntándose para qué querría uno ver un médico si estaba bien.

–¿Jamás?, ¿no has tenido ninguna de las típicas enfermedades infantiles? –definitivamente, había algo extraño con el chico.

–No, ¿eso es algo anormal? –preguntó con el ceño fruncido. Siempre había pensado que era natural que algunas personas no se enfermaran jamás.

–No, no lo creo –no pensaba decirle que era algo bastante anormal, con la cara de azoro que había puesto el pelirrojo–. Aún si sólo te llevan al área de emergencias, ¿no guardan los expedientes médicos de las veces que te han hecho placas, enyesado y verificado que sanaran las fracturas?

–Supongo, pero nunca voy a que me quiten los yesos –comentó, encogiéndose de hombros.

–¿Cómo sabes entonces cuándo quitarlos y si la fracturas sanaron? –cada vez estaba más intrigado.

–Me los quito a los pocos días, cuando comienzan a molestarme –no entendía por qué tanto asombro. Mientras más preguntaba, más anormal lo hacía sentir.

–¿Eso no te parece raro? –se detuvo a mirarlo detenidamente. A pesar de la apariencia de fragilidad que tenía el pelirrojo, era saludable. De hecho, él había visto que no era un debilucho. Más bien, pensaba que el chico no conocía su propia fuerza.

–No, aunque –un recuerdo cruzó su mente–… cuando estaba en el área de observación por lo de la contusión, una enfermera comentó con otra que en mi expediente aparecía que me habían atendido antes por varias fracturas; pero que al hacerme el MRI, no salieron. Además, que la contusión estaba sanando con una rapidez increíble. Lo había olvidado, pensé que lo había soñado –explicó serio, comenzando a caminar de nuevo.

Llegaron al parque en silencio, perdidos en sus propios pensamientos. Tetsu vio cómo Kazuo brincaba una reja, con carteles que prohibían el paso, para adentrarse en el pequeño bosque que rodeaba el parque. Lo siguió intrigado. Cuando llegaron a la única área despejada e iluminada, Kazuo se acostó en el césped. Tetsu lo imitó y, entonces, comprendió por qué amaba aquel lugar. La luz solar llegaba de manera indirecta; ya que, se colaba por entremedio de las hojas de los árboles.

–No te molesta el sol aquí, ¿verdad? –preguntó colocándose de lado para mirarlo.

–No –contestó con una sonrisa leve, echándose la gorra hacia atrás para disfrutar de los rayos del sol–, esta luz tenue siempre me ha hecho sentir bien. No importa lo que me haya sucedido, cuando llego aquí olvido todo lo que me molesta.

–¿Has sido feliz alguna vez? –Tetsu no sabía por qué le había preguntado aquello, pero ahora que lo había hecho deseaba conocer su respuesta.

–No, aunque tampoco he sido infeliz, simplemente he vivido contrariado –contestó con franqueza–. He tenido mis malos y pésimos momentos, pero he sobrevivido… lamentablemente –murmuró pensando que quizás no debería contarle sobre los pésimos momentos–. Y tú, ¿has sido feliz? –preguntó mirándolo con interés.

–Sólo cuando vivía con mi abuelo, luego de eso, no –hasta ahora, pensó; ya que, al lado del pelirrojo se sentía feliz. Aunque este le gritara, se alejara de él cada vez que se ponía nervioso y llevaran tan poco tiempo de conocerse–. ¿Cuál es la diferencia entre malos momentos y pésimos momentos? –preguntó recordando esas extrañas palabras.

Kazuo suspiró viendo cómo se iba al traste su intención de ocultarle aquello. –Los pésimos momentos han sido cuando he intentado suicidarme y he fracasado –se bajó la gorra un poco para ocultar su rostro.

–¿Suicidarte? –eso sí que no se lo esperaba.

–La primera vez, me tomé el frasco entero de pastillas para dormir de mi madre. Dormí todo el día y al despertar, mi padre me dio una paliza rompiéndome un brazo, por no haber cumplido con mis deberes. A los pocos días, fui al centro comunal y me tiré en la parte más honda de la piscina. No sabía nadar; así que, estaba seguro que esa vez sí lo lograría.

–¿Qué sucedió? –preguntó Tetsu demasiado asombrado por lo que le estaba contando el pelirrojo.

–Aprendí a nadar –contó lanzando una carcajada.

Tetsu no entendía cómo podía reír y contar todo eso con aquella naturalidad. –Entonces, ¿desististe?

–No, lo intenté una última vez. Ahorcarme, pero aparte de ganarme un terrible dolor de cuello y no poder hablar por varias horas, no me pasó nada. Al fallar, pensé que era inmortal –volvió a reír–. Qué tontería, ¿no?

No, en aquellos momentos, al moreno no le parecía una tontería su pensamiento. El pelirrojo era demasiado extraño para ser considerado “normal”; aunque “inmortal”, quizás era irse a los extremos.

–¿Sabes? El día que él me tiró por las escaleras, dejé de pensar que era inmortal. Ese día sí que sentí que moría. Llegué a la conclusión de que eventualmente me matará a golpes. Será fácil para él, nadie me va a extrañar. No tengo amigos –admitió avergonzado.

–Ahora me tienes a mí. Yo te protegeré –susurró en su oído, abrazándolo sin poder evitar pensar que los acontecimientos de su vida se habían desarrollado de aquella manera para llevarlo a su lado.

Kazuo sonrió y cerró los ojos, abrazándose al moreno, rogando que su emocionado corazón no lo delatara. ¿En realidad le interesaba al moreno o sólo fingía interés para que él bajara la guardia?

Tetsu le quitó la gorra, le pasó la mano por el cabello e inclinó la cabeza para besarlo. Kazuo abrió los ojos a tiempo para advertir sus intenciones. Enrojeció con violencia y abrió la boca para decirle que se detuviera. Momento que el moreno aprovechó para introducir su lengua y lamer dentro de su boca, besándolo profunda y suavemente. El pelirrojo lo empujó algo frenético. Tetsu se dejó caer a su lado, tapándose el rostro con un brazo, recriminándose el haber dejado llevar por el impulso de consolarlo.

-¡¿Qué demonios fue eso?! –gritó el pelirrojo nervioso y cabreado… consigo mismo. Porque ese beso, le había gustado y suponía que no debería de ser así. Se levantó sin esperar respuesta, agarró su gorra y echó a correr hacia el lado contrario del parque.

Tetsu lo siguió preocupado y molesto. Cómo que qué demonios era eso. Era un beso, por todos los santos, qué pregunta era aquella. Por supuesto que era la primera vez que besaba a un chico, pero ni que no supiera lo que hacía. Había besado a varias chicas y el procedimiento era el mismo. Sólo el sentimiento cambiaba, puesto que no había sentido nada al besarlas a ellas. Pero con Kazuo, había sentido demasiado. Sonrió al darse cuenta que estaba actuando como la parte ofendida, cuando era el pelirrojo quien lo estaba y tenía todo el derecho a estarlo.

Kazuo llegó hasta una fuente y se sentó en el piso, recostándose contra el borde de la misma. Tenía el ceño fruncido y lucía bastante contrariado. –El sonido del agua me tranquiliza –murmuró como si hablara consigo mismo, antes de doblar las rodillas y abrazarlas, enterrando la cabeza entre ellas.

–Lo siento. Yo sólo quería confortarte. No soy bueno con la gente, ¿sabes? –intentó explicar Tetsu, sentándose a su lado. Obviando que había deseado besarlo, prácticamente desde que lo había conocido.

–Vale –qué otra cosa podía decir. El beso lo había tomado totalmente por sorpresa, pero le había gustado mucho, demasiado, tanto que deseaba que volviera a besarlo. Pero, tenía miedo de lo que sentía, de que el moreno no sintiera lo mismo que él, de que aquello estuviera mal–. Anoche estuviste en mis sueños –declaró de pronto, deseando de inmediato patearse por haber abierto la boca.

–¿Un sueño erótico? –tan pronto lo dijo, se arrepintió. Pero es que no se esperaba ese comentario.

–¡No!, ¿por qué tenías que decir eso? ¡Olvídalo! –lo cierto era que en el sueño parecían ser novios o algo así. Pero, ahora sí que se callaría esa parte.

–Lo siento. Fue un comentario estúpido. Cuéntame, prometo no abrir la boca –la curiosidad lo estaba matando.

–Bueno, recuerda que prometiste no abrir la boca –dijo serio y sólo cuando el moreno asintió, haciendo luego un gesto de que le daba vueltas a una llave sobre sus labios, continuó–: Estábamos en un lugar bastante extraño. Era inmenso, infinito –narró frunciendo el ceño, como hacía siempre que estaba concentrado–. Tú y yo estábamos parados en medio de lo que parecía ser un campo de batalla. El suelo estaba lleno de sangre, pero no había muertos. A mano izquierda, se hallaba un ejército con uniforme negro y, a mano derecha, uno con uniforme blanco. No veía sus rostros, pero todos tenían espadas. Nuestras katanas tenían unos grabados que no distinguí y eran las únicas que no estaban ensangrentadas. Estábamos vestidos como guerreros. Pero tu ropa era roja y la mía pasaba del blanco al negro de un instante al otro. Entonces, te me acercaste y me dijiste que eligiera, que… –por nada del mundo iba a decirle que lo había besado apasionadamente antes de instarlo a que tomara una decisión, luego de asegurarle que estaría a su lado siempre, decidiera lo que decidiera–. Era como si todos estuvieran esperando por mi decisión –concluyó sonrojado de pies a cabeza.

–Un sueño interesante –por no decir bizarro, pero ¿en realidad sería un sueño? Parecía una visión o un anuncio quizás. Pero hasta que no organizara sus pensamientos, no pensaba decirle nada.

–Se sentía real. Al despertar aún sentía el peso de la katana en mi mano derecha y en la izquierda… –se detuvo a tiempo. En el sueño, ellos tenían las manos entrelazadas y al despertar aún sentía aquella calidez que lo inundaba cada vez que el moreno lo tocaba–. Un sueño bastante extraño, ¿verdad? ¿Tienes hambre? Allí venden perros calientes y hamburguesas. Yo invito –dijo, cambiando el tema como solía hacer cada vez que estaba nervioso. Echó a caminar hacia el lugar, con la cabeza baja para que no viera que estaba sonrojado, de nuevo.

–Siempre estás pensando en comida –comentó sólo por molestar, aunque estaba preguntándose qué sería aquello que Kazuo estaba ocultando. Durante su relato del sueño, había hecho dos pausas extrañas y se había sonrojado. Tendría que buscar la manera de que le contara lo que había callado.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, Are you mad at me?

Almorzaron en silencio en un banco del parque, observando a la gente ir y venir, ocultos tras sus cabellos. Disfrutando del silencio; porque, por primera vez en sus vidas, no estaban ni se sentían solos.

–¿Quieres ir al centro comunal? Allí hay una piscina –Kazuo lo miró de reojo. Ahora se sentía cohibido y era su culpa. No debía de haber mencionado el sueño.

–Habías mencionado que íbamos a ir allí, ¿no? –¿por qué había dejado de mirarlo a los ojos? Sabía que le había ocultado algo del sueño, pero ¿qué podía ser tan grave que había hecho que ahora lo esquivara?

–Vayamos. A esta hora, está cerrado. Todos están almorzando –explicó caminando hacia la parte posterior del lugar.

–Si está cerrado, cómo vamos a entrar –preguntó Tetsu alzando una ceja al ver que sonreía malditamente.

La sonrisa de Kazuo desapareció con la misma rapidez con que se había formado en su rostro. Al seguir su mirada, Tetsu descubrió que una de las hermanas del pelirrojo estaba con un grupo de otras chicas hablando y riendo justo en la entrada.

Por acuerdo unánime, decidieron posponer esa visita para el día siguiente. En silencio, regresaron a la casa y mataron el tiempo practicando con sus respectivos instrumentos musicales, mirándose con el rabillo del ojo, hasta que fueron llamados a cenar. Luego, el padre los sentó a todos en la sala para hablar sobre la cena de compromiso que llevarían a cabo con los suegros de la hija mayor, quien se casaría dentro de dos meses. Por fortuna, nadie molestó al pelirrojo y el moreno se dedicó a mirar cómo este seguía evadiendo su mirada.

Una vez en la habitación, Tetsu decidió sujetar el toro por los cuernos.

–¿Sigues molesto por el beso?

–¡No! –Kazuo lo miró asombrado, ruborizándose.

–Entonces, ¿por qué me evitas? –se paró frente a su cama.

–Yo no… no te estoy evitando –intentó explicarse, desviando irremediablemente la mirada.

–¡Mírame! –le sujetó la barbilla–. Pensé que éramos amigos, que me habías perdonado por lo del beso –al ver cómo el pelirrojo negaba con la cabeza, continuó–: ¿Acaso es por el sueño?

El rojo del chico se puso de un rojo casi tan intenso como su cabello. –No, no, no… no es eso –pero su actitud indicaba lo contrario.

Tetsu acarició con suavidad su barbilla antes de soltarlo. –¿Aún quieres que te enseñe a tocar guitarra?

El pelirrojo asintió emocionado. Sujetó la guitarra, esperó a que el moreno se sentara y se acomodó entre sus piernas. El moreno se estremeció de pies a cabeza. No esperaba ese movimiento del chico. Aunque, claro, no debía de sorprenderle; pues había sido él mismo quien había utilizado esa posición la primera vez para sus clases de guitarra.

Kazuo sentía el calor del moreno rodear su cuerpo, su aliento mover su cabello, sus manos dirigir las suyas con paciencia. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que Tetsu podía escucharlo. Justo cuando comenzaba a voltear el rostro, buscando que lo besara de nuevo…

–¡Acuéstense ya! ¡Es hora de que apaguen las luces! –gritó su padre desde la escalera, sobresaltándolos.

Sin replicar, se separaron y se acostaron en silencio. Iba a ser una noche larga para ambos.

ºººººººººº

–Esta ventana da al área de los vestidores y es fácil de abrir –explicó Kazuo al día siguiente en el centro comunal. Abrió la ventaja y entró por ella, esperando a que el moreno pasara para cerrarla y llevarlo hasta el área de la piscina.

–¿Sueles usar mucho esa entrada? –Tetsu sonrió al pensar que parecía un chico angelical. Cuán cierto es que las apariencias engañan. Recordó que su abuelo solía decía que las personas con cabello rojo eran peligrosas y volvió a sonreír.

–Desde que “aprendí” a nadar –rió el pelirrojo, recordando su fallido intento de suicidio–, suelo venir a esta hora o por la noche. Volveremos otro día, pero durante la noche –propuso, esperando con disimulo su reacción.

–Buena idea. Me gusta la noche –admitió el moreno sonriendo–. Dime, ¿cuándo regresan los empleados de su hora de almuerzo? –escondió el rostro tras su flequillo para que no viera que se estaba riendo al imaginar su reacción a la propuesta que le iba a hacer a continuación.

–Dentro de hora y media, ¿por qué? –preguntó, pensando que el moreno tenía una expresión bastante sospechosa.

–Vamos a nadar un rato –dijo, pasando a quitarse las botas, la camiseta y los pantalones ante la mirada asombrada Kazuo.

–¡¡No!¡ ¡No tenemos bañador! ¡¡No podemos hacer eso!! –¿acaso pensaba que iba a meterse en bóxers? Alguien podría llegar antes y verlos. Cielos, el cuerpo del moreno era espléndido… musculoso y fuerte. Enrojeció, tragó con dificultad y miró hacia otro lado.

–Esto es una piscina, ¿no? Y es para que las personas se bañen en ella, ¿verdad? Pues, eso es lo que haremos. No necesitas bañador. Tienes ropa interior ¿o no? –se acercó y comenzó a subirle la camiseta, riéndose por lo rojo que estaba.

–¡¡Deja, yo puedo solo!! ¡Por supuesto que tengo ropa interior! Pero… pero luego estará mojada y me sentiré incómodo –refutó, quitándose la camiseta, las zapatillas y los pantalones, sin prestar mucha atención a lo que hacía por estar discutiendo.

–Te la quitas. Nadie tiene que saber que no llevas nada debajo de los pantalones –dijo sin despegar sus ojos del cuerpo semidesnudo del pelirrojo. Parecía una escultura griega, delicada, cargada de erotismo.

Kazuo no pudo seguir discutiendo, porque de un empujón, el moreno lo lanzó a la piscina. Salió del agua, sacudiendo la cabeza, a tiempo de ver a Tetsu lanzarse del trampolín. Antes de que se hundiera, alcanzó a ver algo rojo en su espalda, pero no pudo descifrar el diseño del tatuaje. Se acercó silenciosamente pensando en observar el tatuaje, pero decidió aprovechar su distracción para vengarse. Cuando el moreno salió del agua, le sujetó la cabeza y lo hundió con una carcajada. Se enredaron en un juego de salpica, empuja y hunde que los llevó hasta una esquina de la piscina, donde Tetsu lo arrinconó con su cuerpo.

Kazuo reía feliz. Estaba demasiado contento por primera vez en su vida como para alarmarse. Levantó una mano y acarició el rostro del moreno, apartándole un poco el cabello para observar sus rasgos. Con un dedo, tocó con cuidado los aros en su ceja y en el labio. Amaba su sonrisa y la manera en que sus ojos verdes parecían mirarlo como si no hubiera nadie más en el mundo. ¿Amor?, ¿por qué había utilizado esa palabra? Ellos eran hombres y según el único profesor que le habló sobre el amor y las relaciones sexuales, el amor entre hombres iba en contra de la naturaleza, era pecado y aquellos que lo olvidaban estaban malditos. Jamás entendió aquello. ¿Acaso el amor no era el sentimiento más puro del mundo?, ¿cómo podía ser pecado? Aún así, no quería dejar de acariciarlo ni podía evitar desear que lo besara de nuevo… ansiaba tanto ese beso, que se pasó la lengua por el labio inferior como saboreándolo por anticipado.

Tetsu sonrió al sentir su dedo apenas tocando su piel como si aún pudieran dolerle aquellas perforaciones. Luego, observó hipnotizado cómo el interior de sus ojos parecía moverse como si fuera oro líquido y cómo su cabello se tornaba del mismo color de sus ojos, dorado. Bajó la mirada hacia sus labios y vio cómo se pasaba la lengua por el labio. ¿Deseaba que lo volviera a besar? No lo pensó más y bajando la cabeza, lo besó, atrapando su lengua con los dientes antes de acariciarla con la suya y besarlo profundamente. Succionó su labio inferior mientras deslizaba las manos por su espalda. El pelirrojo lo miró ruborizado, antes de cerrar los ojos, entregándose al placer de aquel beso. Su rendición excitó al moreno, quien bajó las manos hasta sus nalgas, apretándolas, pegándolo a él mientras comenzaba a rozarse suavemente contra su cuerpo. El olor, el sabor, la textura de la piel de Kazuo lo embriagaba hasta el punto de olvidar dónde estaban.

Kazuo jadeó demasiado excitado como para pensar en otra cosa que no fueran los escalofríos que recorrían su piel. Sentía que se quemaba y le gustaba esa sensación. Su cuerpo parecía cobrar vida. Bajó la cabeza hasta el cuello de Tetsu y se lo besó tímidamente, respirando con fuerza contra su piel.

Tetsu se estremeció al escuchar su jadeo y cuando sus tímidos labios lo besaron en el cuello, no pudo evitar morderle suavemente el hombro. El pelirrojo lo estaba enloqueciendo. Jamás se había sentido tan excitado y mucho menos por un chico; pero Kazuo no era un chico cualquiera.

Kazuo besó ansioso al chico para controlar un poco sus gemidos. Estos lo avergonzaban, pero no lograba controlarse. Sólo sentía…, sentía cómo el moreno bajaba la mano hasta su muslo para alzarle la pierna. Sentía cómo ambos sexos se rozaban. Dejó escapar un gemido más alto y se apretó a él acariciándole la espalda y la parte de atrás del cuello. Sentía cómo la otra mano del moreno se colaba bajo el bóxer. En ese momento, recuperó la cordura y se asustó de lo que estaban haciendo. Le asustó que alguien pudiera verlos.

–¡No! –gritó empujándolo y nadando hasta el extremo opuesto de la piscina. Salió temblando, agarró su ropa y caminó hacia los vestidores preguntándose por qué demonios había permitido que llegaran tan lejos.

Tetsu observó asombrado cómo el pelirrojo se marchaba. En esos momentos, deseaba golpearse la cabeza contra el borde de la piscina. Lo había asustado. Quería ir tras él, pero seguía terriblemente excitado. Lo deseaba, quería hacerle el amor y si se le acercaba en esos momentos lo más probable era que cometería una estupidez.

Kazuo se secó con una de las muchas toallas que había en el vestidor. Ya tenía el cabello casi seco, cuando Tetsu entró al vestidor. No lo miró. No se atrevía. El moreno con toda probabilidad pensaba que él era un chiquillo por haber salido corriendo de aquella manera. A fin de cuentas, el moreno era mayor que él, le llevaba dos años y sentía que sí estaba actuando infantilmente. Pero no sabía de qué otra manera actuar. Jamás se había sentido atraído por alguien, mucho menos por un hombre y aquello lo asustaba. ¿Estaría molesto con él? No podía evitar que él lo pusiera nervioso y siempre quisiera salir corriendo; a pesar de que, quería permanecer a su lado. Estaba hecho un lío, peor que de costumbre y no entendía por qué.

Tetsu se secó y se vistió observando en todo momento al pelirrojo. Lo estaba ignorando. Evitaba su mirada y se mantenía alejado de él. Su actitud le dolió. Le dolió pensar que pudiera estarlo comparando con los hombres que lo habían atacado en su pasado. Por alguna estúpida razón, pensó que Kazuo sabría que él no era como esos hombres. Una lágrima descendió por su mejilla al pensar que quizás para el chico, él era otro pervertido. Con rabia, se secó la solitaria lágrima.

–Tenemos que marcharnos. Ya están por regresar –susurró Kazuo dirigiéndose a la ventana.

El moreno lo siguió en silencio, cabizbajo.


Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, I still like you

Había algo en el silencio de Tetsu que intranquilizó a Kazuo. Por una extraña razón, se le metió en la mente que lo había herido. No sabía cómo explicarse ese pensamiento. No tenía lógica para él. ¿Lo habría lastimado su rechazo?

Una vez fuera del centro, Tetsu observó cómo un perro callejero se acercaba alegremente a Kazuo. Pobre infeliz, ¿tampoco podía resistirse?

Kazuo acarició al animal, buscando algún tipo de serenidad. Amaba a los animales. Pero, un momento el perro estaba moviendo la cola con efusividad y al siguiente intentaba morderlo antes de salir corriendo.

–¿Estás bien? –preguntó Tetsu preocupado. Aunque se sintiera dolido con el comportamiento del pelirrojo, no por eso dejaba de quererlo.

–Siempre me pasa lo mismo. Hay algo en mí que los atrae y repele a la misma vez –explicó con un suspiro resignado.

–Quizás sea tu encantadora personalidad –no pudo evitar sonar sarcástico. Estaba molesto consigo mismo y con él.

Kazuo lo miró sorprendido y dolido. ¿Le había mentido cuando le había dicho que le caía bien? ¿Acaso había dejado de caerle bien porque no lo había dejado que continuara con sus caricias? o ¿era como los demás que lo buscaban porque los excitaba? Había pensado que Tetsu veía en él algo más de lo que fuera que veían esos hombres, pensó hundiendo cada vez más la cabeza. Deseaba llegar a su habitación y encerrarse en el baño… no quería que lo viera llorar otra vez… ya se sentía demasiado humillado de pensar que cuando finalmente permitía que alguien se le acercara, esa persona iba detrás de lo que iban todos los demás.

Tetsu miró asombrado cómo el cielo comenzaba a oscurecerse. Parecía como si fuera a desatarse una tormenta, pero minutos antes el cielo estaba despejado… no había ni una nube en el horizonte. ¿De dónde habían salido esos nubarrones? Miró al pelirrojo para ver si se había dado cuenta, pero él iba mirando el suelo con los brazos cruzados al pecho. Con fastidio, se percató que había olvidado la gorra en el centro. Pensó decírselo, pero no deseaba hablar.

Justo cuando llegaron frente a la casa, comenzó a llover. Quedaron empapados en cuestión de segundos. Entraron chorreando agua y se encontraron de frente al padre, que los miró asombrado y molesto.

–¡Kazuo, sécate y cámbiate! Ayer les dije que hoy era la cena con los suegros de tu hermana mayor. Así que, háganme el favor de darse prisa. También desean conocerte, Tetsu –dijo el hombre sin mirar al moreno. No le gustaba la manera en que lo miraba y odiaba admitir que ese chico lo asustaba.

Sin dar indicios de haber escuchado a su padre, el pelirrojo llegó a su habitación y entró al baño sin siquiera buscar ropa limpia. Se desnudó, abrió el grifo y dejó que el agua rodara por su piel, mezclándose con sus lágrimas. Era la primera vez en su vida que el corazón le dolía de esa manera y ese sentimiento era aterradoramente doloroso.

Tetsu se acercó a la puerta del baño preocupado por la actitud del chico, observando cómo en el exterior las gotas de lluvia parecían granizo y la fuerza del viento estaba a punto de arrancar los árboles que rodeaban la casa. Se preguntó si Kazuo se habría dado cuenta de que se había desatado una tormenta. Llamó a la puerta del baño, pero con el ruido que hacía el viento era imposible que lo escuchara. Entró y lo vio apoyado en la pared de la ducha con la cabeza baja, llorando sin consuelo. Ese llanto no era de rabia, era de dolor y simplemente le partió el alma. Entró a la ducha y lo abrazó por la espalda.

Cuando Kazuo sintió que lo abrazaban, se volteó asustado. Al ver a Tetsu, se abrazó a él llorando, pensando que haría lo que el moreno quisiera con tal de no perderlo. Era la primera vez en su vida que no estaba solo y que disfrutaba la compañía de otra persona. Se sentía patético, pero si lo que él quería era poseerlo, pues se entregaría… no era que no quisiera estar con él… sólo temía que acabara repeliéndolo como sucedía con todo el que se le acercaba. Un momento, lo deseaban ardientemente y al siguiente, se ponían violentos con él.

–Kazuo, ¿por qué lloras?, ¿te asusté? Jamás te haría daño. Mírame, por favor –le pidió alzando su cara por el mentón. Tetsu observó sorprendido que sus ojos ya no eran dorados, ahora eran cobrizos como el fuego–. Te prometo que jamás te haré daño. No haré nada que no quieras que haga –le aseguró con seriedad–. No quiero que vuelvas a llorar y mucho menos por mi culpa. Perdóname si yo fui el causante de estas lágrimas –besó con ternura sus mejillas, lamiendo sus lágrimas.

–Yo… yo no quería detenerte… es sólo que… que tenía miedo… alguien podía llegar y vernos –explicó intentando calmar su llanto–. ¿Ya no… te caigo bien? –preguntó aferrado al moreno, escondiendo el rostro en su pecho.

–Por supuesto que aún me caes bien. De hecho, me gustas… mucho. Creí que no me mirabas porque pensabas que era como esos hombres que sólo quieren aprovecharse de ti. Lloré al pensar eso –confesar aquello lo hacía sentir vulnerable…. tanto que no se atrevía a confesarle que se estaba enamorando de él. Dudaba que fuera a creerle. No llevaban tantos días de conocerse. Lo que estaban experimentando era obviamente nuevo para ambos.

–¿Llo…lloraste? –lo miró asombrado por un segundo y cuando lo vio asentir tan avergonzado como él, bajó de nuevo la cabeza–. Yo no… no me atrevía a mirarte, porque pensé que estarías molesto conmigo por haber sido tan infantil. No quería hacerte llorar –murmuró contra su cuello–. Me gustaron mucho tus besos y tus caricias y me asustaron también un poco –admitió ruborizándose violentamente.

–A mí, también me gustaron los tuyos y ya te dije que no tienes que temerme. ¿Quieres que te bese un poco más para que veas que sí puedo detenerme? –preguntó feliz ahora que entendía que ambos habían sido unos tontos. Bueno, pero, eso era comprensible. Era la primera vez que él se enamoraba y por lo que el pelirrojo le había contado dudaba que tuviera más experiencia que él en esa área. Ambos eran un desastre en relaciones interpersonales.

–¡Qué no! –gritó empujándolo y atrayéndolo hacia su cuerpo rápidamente al recordar dónde y cómo estaba–. Estoy desnudo –murmuró avergonzado.

–Me parece que así es como todos nos bañamos –no pudo evitar reír cuando el chico volvió a empujarlo y abrazarlo con la misma rapidez.

–¡Cierra los ojos y voltéate! –ordenó nervioso sin atreverse a mirarlo.

–Qué mandón eres –protestó pero hizo lo que el pelirrojo le pedía, sonriendo malditamente, preguntándose si podría espiarlo un poco.

–¡No mires! –Kazuo no confiaba mucho en él cuando sonreía de esa manera. Salió de la ducha, se secó a toda prisa y se puso su yukata sin dejar de mirar al moreno para asegurarse de que cumplía con su palabra–. Ya puedes abrir los ojos. ¿Vas a bañarte?, ¿quieres que traiga tu yukata?

–No creo que deba presentarme ante tu padre y demás personas en estas condiciones, ¿verdad? –lo cierto era que necesitaba darse un largo duchazo frío. Haber tenido al pelirrojo desnudo en sus brazos, lo había excitado aunque su mente estuviera concentrada en consolarlo. Se quitó la camiseta y los pantalones y se los lanzó a Kazuo.

–¡Eh, ¿no puedes esperar a que salga?! –gritó saliendo a toda prisa de allí, seguido por la risa del moreno. Agh… siempre se estaba metiendo con él. Colocó el yukata del moreno detrás de la puerta sin mirar hacia la ducha por más tentado que se sintiera. Comenzó a vestirse como si estuviera cabreado; pero, en realidad, estaba feliz. Tetsu había dicho que le gustaba y no había intentado aprovecharse de él en el baño; a pesar de estar desnudo en sus brazos.

Cuando Tetsu salió del baño, Kazuo ya estaba prácticamente vestido. Mientras él se vestía, el pelirrojo se peinaba distraído. No deseaba subir, no le interesaba conocer gente nueva. En ese momento, su padre los llamó desde lo alto de la escalera.

–¡Kazuo, Tetsu, los estamos esperando!

–Qué emocionante –dijo Kazuo con ironía mirando al moreno que reía entre dientes.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, Did I do that?

En el salón familiar, se hallaban Himeko, la mayor de las hermanas, con Kenji, su prometido, y sus suegros, Yoshi y Kohana Hori. Las demás hermanas estaban en la cocina ayudando a la madre con la preparación del té.

La cena había sido increíblemente incómoda para Kazuo, pues los hombres no habían dejado de mirarlo con deseo y las mujeres con odio. Tetsu también estaba inquieto. Más de una vez había sentido el violento deseo de agarrar un cuchillo y sacarle los ojos a todos.

-Kohana-san, Yoshi-san, Kenji, ¿no les molesta que Kazuo, mi hijo, y Tetsu, nuestro pupilo nos acompañen? -preguntó el padre asombrado por la insistencia de ellos en que los chicos permanecieran allí.

-Por supuesto que no -dijeron padre e hijo a la misma vez, lo que le ocasionó bastante gracia a Tetsu. Por sus gestos, pudo percatarse que competían entre sí.

-Que tormenta tan repentina y horrible la que se desató esta tarde, ¿verdad? -preguntó la mujer más impresionada por el evento natural que por esos dos chicos antisociales.

-¿Tormenta? -Kazuo estaba sorprendido. De qué tormenta hablaba. Alzó el rostro para mirar hacia la ventana y descubrió con asombro que el exterior estaba mojado y los árboles lucían bastante maltratados.

Tetsu observó cómo cambiaba la expresión de los hombres sentados en el sofá al escuchar su voz. Con una expresión de evidente lujuria, el mayor se levantó y se paró frente al pelirrojo agarrándole las manos.

-Quien fuera joven otra vez. Los jóvenes viven en su propio mundo -su mirada lo recorrió de arriba abajo, desvistiéndolo mentalmente.

-¿Kohana? -la esposa lo llamó asombrada por su comportamiento.

Kazuo lo miró asqueado, retirando las manos bruscamente.

-Padre, no molestes al chico -el hijo separó a su padre y rodeó con su brazo los hombros del pelirrojo, mientras lo acercaba a la ventana como quien va a hablar con un amigo.

-¡Kenji! -Himeko jamás se había sentido tan humillada en toda su vida. Por culpa de su maldito hermano, su novio la había olvidado.

Tetsu cerró los puños cabreado y, empujando sin delicadeza alguna al mayor, se acercó a los chicos. Justo cuando se paró detrás de ellos, observó a través de la ventana la aparición repentina de un gigantesco tornado que se acercaba a una velocidad aterradora a la casa.

-¡Ah! -gritaron las mujeres al ver aquella monstruosidad dirigirse hacia ellos.

Kazuo, por su parte, se sacudió el brazo sobre su hombro con violencia sin percatarse de nada de lo que ocurría en el exterior. La repugnancia que sentía llenaba su mente de escalofriantes pensamientos.

Tetsu miró preocupado el tornado que ya estaba prácticamente a pasos de la ventana. Luego, observó cómo el pelirrojo miraba a los hombres. Algo en su mirada hizo que se estremeciera. -Kazuo -lo llamó, pero el chico pareció no escucharlo. Pegó su cuerpo a la espalda del pelirrojo y desde atrás, subió una mano, acariciando su cuello hasta agarrar su mentón para voltear su rostro y obligarlo a que lo mirara. De nuevo, sus ojos exhibían una tonalidad cobriza, que comenzó a desaparecer al reconocer al moreno. Para sorpresa de éste, el pelirrojo le sonrió, echó una mano hacia atrás,  agarró su mano libre y entrelazó los dedos con los suyos. Acariciando aún su mandíbula, Tetsu miró hacia la ventana y el tornado se desvaneció como había aparecido… de improviso.

A Kazuo le sorprendió un poco su propia reacción, pero necesitaba ese contacto. Tetsu era el único que no lo hacía sentir asqueado. Agarrado a su mano, recostado contra su pecho mientras él acariciaba su rostro, se sentía protegido.

Kei observó colérico cómo Tetsu se acercaba posesivamente a Kazuo y como éste buscaba su contacto. La mirada que intercambiaron le hizo entender que había algo más que el nacimiento de una amistad entre ellos. Oh, no, eso sí que no lo iba a permitir. No lo había adoptado para que lo poseyera otro. No, lo adoptó porque a pesar de ser prácticamente un recién nacido, lo deseó. Le pegaba, porque era la única manera en que podía tocarlo sin que su esposa e hijas sospecharan sus verdaderas intenciones. Sólo una vez había podido acariciarlo a gusto y eso había sido suficiente para desquiciarlo por varios días. Esperaba con ansías una nueva oportunidad para volver a sentir aquella perturbadora sensación de embriaguez y la llegada de ese maldito moreno no le iba a estropear sus planes.

-Discúlpennos, tengo que hablar con mi hijo -dijo sujetando con fuerza la muñeca del chico, llevándolo casi a rastras hasta su oficina. Al voltearse para cerrar la puerta, descubrió que Tetsu no había soltado la mano de Kazuo-. Tetsu, puedes esperar a Kazuo en el salón -indicó señalándole la puerta para que saliera.

-Me iré sólo si Kazuo así lo desea -Tetsu se acercó más al pelirrojo.

-Dile que se vaya -ordenó Kei mirando a su hijo.

-¡No! Lo quiero aquí…, conmigo -Kazuo se sonrojó terriblemente, pero no soltó la mano de Tetsu.

-¡Maldito marica! -gritó desquiciado al ver que no se separaban-. Eres como tus padres… ¡un depravado!

-¿Mis padres?, ¿qué sabes de mis padres? -preguntó con sospecha.

-¿Crees que no me enteré que habías llamado a la agencia buscándolos? Eres tan patético como lo fueron ellos -se sentía triunfante al ver cómo por fin el pelirrojo le prestaba atención.

-¡Dime qué sabes de mis padres! -la actitud del hombre ya lo estaba molestando, pero deseaba descubrir qué sabía… si es que en realidad sabía algo… de sus verdaderos padres.

Tetsu no creía que en realidad él supiera algo de los padres de Kazuo. Es más, estaba casi seguro de que mentía.

-Tus padres eran unos malditos adictos -rió al ver la expresión de sorpresa en su rostro-. Olvidé un detalle importante… se acostaban con cualquiera… hombres o mujeres. Sí, se prostituían por unos cuantos dólares o por una dosis de heroína -lo miró con aire de superioridad.

Kazuo echó el rostro hacia atrás como si lo hubieran abofeteado.

Tetsu creyó sentir que el piso se estremecía levemente bajo sus pies.

-¡¡Mientes!! -Kazuo estaba seguro que sus padres no eran esas personas que él describía. No podía ser cierto.

Tetsu observó cómo los ojos del pelirrojo comenzaban a tornarse cobrizos; a la par que descubría que no había sido su imaginación… ¡la tierra sí estaba temblando!

-No miento. Es más, tu padre mató a tu madre mientras peleaban por cuál de ellos usaría el dinero que le dieran al venderte para comprar la droga. Luego, cuando la policía lo atrapó, se suicidó -el hombre miraba complacido la expresión atónita del chico-. Eres idéntico a ellos. Hermoso como fueron antes de hundirse en los vicios e igual de depravado sexualmente.

-¡¡¡Cállate!!! ¡Nada de eso es cierto! -Kazuo deseaba hacer desaparecer esa sonrisa de superioridad de su rostro. No iba a creer eso-. ¡No hubieras adoptado al hijo de semejante pareja!

-Por supuesto que sí. ¿Pensaste que quería un hijo?, ¿un heredero? -la carcajada del hombre provocó que el temblor se intensificara-. Sólo serás bueno para una cosa… la misma para lo que fueron tus padres… ¿no lo has descubierto aún por la manera en que te tratan todos? Incluso ese chico que tienes agarrado de la mano sólo busca una cosa de ti… ¡sexo! -le gritó sonriendo burlonamente.

La sonrisa desapareció de su rostro, cuando el temblor de tierra se hizo tan fuerte que las paredes y el suelo comenzaron a agrietarse. Los gritos de las personas, tanto dentro como fuera de la casa, lo hicieron percatarse que la magnitud de aquel evento era de temer. Miró asustado a los jóvenes y la expresión en el rostro del pelirrojo, lo llenó de terror. En ese momento, el pesado mueble que cubría toda una pared en su oficina y frente al cual él se hallaba parado, comenzó a tambalearse peligrosamente.

Tetsu vio con horror cómo el mueble se desprendía de la pared y se inclinaba hacia donde ellos estaban. Se volteó para proteger con su cuerpo a Kazuo. Al apretarlo entre sus brazos, cesó el temblor, aunque eso no evitó que el mueble se derrumbara.

Al sentir el abrazo de Tetsu, Kazuo se sintió repentinamente tranquilo. Miró por encima del hombro del moreno y le asombró ver todo destruido a su alrededor.

-¿Qué sucedió? -preguntó mirando confundido a Tetsu.

-Salgamos de aquí -dijo Tetsu observando sus ojos dorados, luego de mirar hacia atrás y ver al hombre muerto bajo el mueble que se había partido en dos, evitando así que ellos corrieran con la misma suerte.

-¿Salir? -Kazuo observó que donde ellos estaban parados el suelo estaba intacto, pero lo demás estaba agrietado-. ¡Tenemos que ayudarlo! -gritó al descubrir bajo el mueble al hombre que había sido su “padre”.

-Ya nadie puede hacer nada por él. Está muerto -anunció agarrándolo por un brazo y sacándolo de la casa.

-¿Qué pasó? -preguntó asombrado observando a sus vecinos preguntarse atontados los unos a los otros si estaban bien. Tanto la carretera como las casas estaban agrietadas, pero aparentemente nadie había salido lastimado… excepto su padre adoptivo-. Tetsu… -¿por qué no le contestaba? Preocupado se abrazó a sí mismo.

-Hablaremos en el parque, ¿quieres? -intentaba organizar sus pensamientos. Había llegado a una conclusión y no sabía cómo le sentaría al pelirrojo. Al ver cómo se abrazaba, rodeó sus hombros con un brazo y lo acercó a su cuerpo.

-Está bien -contestó más tranquilo ahora que el moreno lo había abrazado. Por un momento, llegó a pensar que estaba molesto con él.

Una vez en el parque, descubrieron que éste estaba intacto. En cualquier otra ocasión, eso habría asombrado a Tetsu, pero ahora que había llegado a aquella conclusión, ese dato no lo asombraba para nada.

Kazuo se sentó sobre el césped y alzó el rostro para observar las tonalidades del atardecer.

Tetsu se acostó a su lado con un brazo debajo de la cabeza y el otro sobre el muslo del pelirrojo. -Kazuo, ¿recuerdas algo desde que pasamos al salón familiar? -preguntó observando cómo el chico lo miraba asombrado.

Se habían bañado, vestido y subido a cenar. Había sido una cena más incómoda que de costumbre por aquella gente y sus miradas. Luego, habían pasado al salón familiar. Sin saber cómo, se encontró frente a la ventana con el moreno a sus espaldas, pero no recordaba cuándo había caminado hacia la ventana. Se ruborizó al pensar en lo varonil que lucía el moreno parado detrás de él. Obligándose a no dejar que sus pensamientos siguieran vagando, recordó que su padre lo había arrastrado hacia la oficina y lo insultaba antes de comentar algo sobre sus padres. Frunció aún más el ceño, intentando recordar qué era lo que le había dicho sobre ellos, pero no pudo. Entonces, estaba abrazado al moreno y todo a su alrededor estaba destrozado y su padre adoptivo muerto.

Tetsu observaba cómo la expresión fácil del pelirrojo pasaba de confusión a sonrojo y de molestia a confusión nuevamente.

-Sólo recuerdo pedazos. No entiendo. Es la primera vez que me pasa -habló escondido tras su cabello con la mirada fija en la mano del moreno.

-Concéntrate. ¿Qué sentías cuando pasamos al salón familiar? -lo estaba presionando, lo sabía, pero necesitaba esas respuestas para confirmar su conclusión. Llevó la mano que tenía sobre su muslo hasta su rostro para alzárselo. Necesitaba ver sus ojos.

-Pues… que nos quedamos en la entrada del salón y… y… la señora mencionó algo de una repentina tormenta. Entonces, miré hacia la ventana y todo estaba mojado y los árboles en pésimas condiciones -de repente, se estremeció y sus ojos comenzaron a pasar de dorado a cobrizo y de cobrizo a dorado-. Aquellos hombres se me acercaron y me sentí asqueado. ¡Deseaba que desaparecieran!

-¿Recuerdas lo que pasó cuando tu padre nos arrastró hasta su oficina? -Tetsu volvió a colocar la mano sobre su muslo y comenzó a acariciarlo suavemente. El pelirrojo se estaba alterando y eso era peligroso. De hecho, había estado a punto de hacerlos desaparecer a todos con aquel tornado.

-Me insultó y dijo que me parecía a mis padres -frunció el ceño intentando recordar qué le había dicho. Comenzó a sentirse incómodo. Colocó su mano sobre la del moreno y se sintió más sereno. Alzó el rostro para mirar el cielo-. Insultó a mis padres, me insultó a mí, te insultó a ti. Pero lo que realmente me violentó fue… -bajó el rostro para mirar de reojo a Tetsu. ¿Pensaría que él estaba loco cuando escuchara lo que iba a decir a continuación?, se preguntó nervioso.

-Continúa -no le había pasado desapercibido la manera en que Kazuo lo estaba mirando escondido tras su cabello.

-Vi… vi cómo me toqueteaba cuando perdí la consciencia al caer por las escaleras y deseé su muerte -confesó desviando el rostro hacia el cielo.

-Um, me he percatado de algunas cosas. ¿Quieres que te diga lo que he observado? -preguntó entrelazando sus dedos con los del pelirrojo.

Kazuo asintió, mirándolo preocupado.

-Cuando experimentas una emoción fuerte, sufres algunos cambios. Por ejemplo, tus ojos cambian de color. Se tornan cobrizos. Entonces, la naturaleza parece reaccionar a tus emociones y se desarrolla algún fenómeno natural violento.

-No… no entiendo… ¿cobrizos?, ¿fenómenos naturales? -Kazuo estaba bastante confundido. Bueno, en realidad, más confundido de la cuenta.

-La tormenta que mencionó la señora se desarrolló cuando te sentías triste, luego del malentendido por lo sucedido en la piscina. Cuando aquellos hombres te acorralaron, apareció un tornado enorme frente a la ventana. Y cuando discutiste con tu padre, hubo un temblor de tierra.

-¿Yo hice eso? ¡Imposible! A ninguna persona le cambia el color de sus ojos y tampoco provoca desastres naturales sólo porque está triste o enfadada -ahora se sentía como un fenómeno él mismo. ¿Qué demonios pasaba con él?

Tetsu se sentó para mirarlo de frente, pensando en lo que diría si le llegara a contar sobre sus ojos y su cabello durante los besos y caricias que habían compartido en la piscina. -No pasa nada malo contigo, si eso es lo que estás pensando -lo agarró por la nuca para acercarlo y acariciar suavemente sus labios con los suyos. El pelirrojo lucía realmente decaído.

-Por… por supuesto, es algo totalmente natural lo que me pasa o más bien lo que pasa cuando me descontrolo, ¿no? -dijo con sarcasmo más por ocultar cuánto lo inquietaban sus besos que por burlarse de su situación. Suspiró cansado mirando sus ojos verdes-. ¿Qué más?

-¿Qué más? -repitió el moreno desconcertado.

-Sí, no me lo has dicho todo -no entendía cómo pero sabía que le ocultaba algo.

-Sólo cuando te toco pareces recuperar el control -¿también leía la mente? Imposible, si eso fuera cierto estaría en líos con él por desearlo prácticamente todo el tiempo.

Kazuo se ruborizó terriblemente. ¡Eso sí que era grandioso! Ya Tetsu sabía cuánto le gustaba que lo tocara. ¡Maldición!, ahora estaba cabreado consigo mismo por no saber controlar lo que fuera que le pasaba.

-Tranquilo, no pasa nada -Tetsu no pudo evitar sonreír al ver cómo se molestaba. Le acarició el cuello y volvió a besarlo, pero esta vez lo hizo lenta y profundamente. Sin despegar sus labios del chico, lo empujó hasta que quedó acostado sobre el césped con el chico bajo su cuerpo.

-¿No crees que deberíamos regresar? -preguntó sin hacer ningún intento por levantarse, alzando sus manos hacia el moreno para enterrar una en su cabello. Con la otra, sujetó su cuello para atraerlo nuevamente hacia sus labios.

-Sí, regresemos -Tetsu le siguió el juego, lamiendo sus labios antes de volver a besarlo-. ¿Ahora? -le mordió el labio inferior antes de meter la lengua en su boca para acariciar su lengua juguetonamente.

-¡Ahora! -el pelirrojo lo besó agresivamente. Ese jueguito lo había excitado. Lo soltó con la misma brusquedad con que lo había agarrado y se levantó-. ¡Vamos! -dijo comenzando a caminar hacia la salida del parque.

Tetsu se río y, al alcanzarlo, lo abrazó por la cintura. -¿Por qué huyes del fuego? -preguntó dándole un inocente beso en la mejilla.

-¿Fuego? -le preguntó nervioso mirando hacia el bosque de donde acababan de salir. ¿Acaso había incendiado algo al excitarse?

Tetsu lanzó una carcajada que hizo brincar al pelirrojo. -Es una expresión.

-¡¡¿De qué te ríes?!! ¡¿Te parece chistoso que te digan que provocas fenómenos naturales y luego al escuchar la palabra fuego te preocupes?! ¡¡¡Eres un inconsciente!!! -le gritó completamente humillado al captar el significado de sus palabras. Se estaba burlando de él. Lo empujó furioso y, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos, caminó con más rapidez hacia la casa aunque no le apetecía para nada llegar.

-Lo siento, Kazuo. No relacioné una cosa con la otra. Es una pobre excusa, pero es la verdad -se sentía un poco avergonzado de su falta de tacto, porque realmente no había considerado que el chico ya estaba bastante alterado con todo como para soportar esa clase de bromas. Lo agarró por los hombros y lo abrazó. -Lo siento.

-Vaaale… -¿por qué no podía permanecer molesto con él? Suponía que porque no quería. Así de sencillo. Prefería ver su sonrisa que su cara de arrepentimiento. Le gustaba él y le gustaba estar con él.

Tetsu sonrió antes de besarlo hambriento y agarrarlo por la cintura para dirigirse hacia la casa.

Deja un comentario »

Ex Umbra In Solem, Always!

Uriel se dirigió al jardín de las columnas doradas. Sabía que allí lo encontraría. Si no estaba en una batalla, se dirigía a aquel lugar.

De lejos, lo vio recostado de la columna mayor, observando el infinito, con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.

Aún de lejos, se veía imponente. Su largo cabello dorado se mecía con el viento, suavizando la expresión de su rostro. Era alto, musculoso, fuerte. De hecho, era el mejor guerrero y todos lo sabían. Nadie había podido, ni podía ni podrá vencerlo jamás… eso era un hecho innegable.

–Mikael –soltó su espada de fuego antes de tocar su hombro al llegar a su lado.

–Uriel –lo había sentido llegar y una sonrisa se había dibujado en su rostro antes de sentir su delicado toque. Se volteó y le acarició la mejilla –. ¿Me tienes buenas noticias? –preguntó observándolo. Era perfecto… suave cabello rubio, hermosos ojos dorados, delicada estructura ósea. Su dulzura y paciencia habían amansado al fiero combatiente que había dentro de él.

–Gadreel ya está con Chitriel –informó, sonriendo por la caricia.

Mikael subió la mano hasta su nuca y lo atrajo hacia su cuerpo para besarlo profunda y lentamente sin despegar la mirada de la suya–. ¿Qué ha sucedido desde el encuentro? –preguntó acariciando sus labios húmedos con el pulgar.

–Gadreel ya asumió su papel de protector –contestó, lamiendo lentamente el dedo–. Chitriel ya ha dado muestras de su poder.

–Perfecto. Se ha dado la química indicada para que sentimientos y poderes comiencen a actuar –dijo, bajando la mano hasta su hombro para despojarlo de la túnica, dejándolo desnudo frente a él–. ¿Qué sentimientos motivaron sus manifestaciones? –preguntó, dándole un pequeño mordisco en el hombro.

–Tristeza, asco e ira. No los mejores –comentó con una mueca burlona antes de morderse el labio inferior, cuando Mikael se inclinó un poco para lamerle los pezones  mientras con una mano lo acariciaba desde el pecho hasta el abdomen–. Ya… ya murió el primero.

–No son los mejores sentimientos, pero Gadreel lo ayudará. Esa muerte es comprensible… esa persona nunca debió estar cerca de él –le mordió suavemente los pezones antes de pasarle la lengua por el lóbulo de la oreja y bajar la otra mano hacia su entrepierna para deslizar los dedos por su sexo caliente.

–Gadreel está… está enamorado –Uriel gimió suavemente antes de levantar el rostro para besarlo profundamente, enterrando sus dedos en el cabello de Mikael.

–¿Y Chitriel? –Mikael llevó la mano que acariciaba su pecho hasta su cuello para echárselo hacia atrás y deslizar la lengua por su mandíbula, mientras observaba sus reacciones a la vez que masajeaba su glande humedecido.

–Está… está… confundido –Uriel dejó escapar un gemido apagado, respirando con dificultad.

–Lógico. Aún no sabe quién es –Mikael se desprendió de su traje de guerrero. Atrajo a Uriel hacia él para apretarlo contra su cuerpo, besándolo profundamente sin dejar de observarlo ni un minuto.

Uriel se pegó más a su cuerpo fuerte y cálido, estremeciéndose al sentir su sexo rozarse con el de Mikael.

Mikael se inclinó para olerle el cabello, antes de deslizar la lengua por su cuello. Luego, lo alzó contra su cuerpo y agarró sus piernas para que las entrelazara a su cintura antes de empujar sus caderas y penetrarlo. Su cuerpo se estremeció al entrar en el calor del otro y respiró agitado.

Uriel arqueó la espalda gimiendo, apoyando luego la frente contra el hombro de Mikael. Respiraba agitado por la intensa sensación que recorría su cuerpo siempre que él lo poseía de aquella manera.

Mikael le alzó el rostro para besarlo profundamente, chupándole los labios con fuerza, mientras se movía dentro de él. Hermoso, pensó mirando su rostro.

Enamorarse de Uriel había sido una sorpresa para él. Su vida giraba alrededor de las batallas y no concebía que el amor pudiera ser parte de ella; pero Uriel se le había metido bajo la piel y ahora simplemente no podía ni quería estar sin él.

Uriel gimió con más fuerza al sentir cómo su sexo pulsaba apretado contra el abdomen de Mikael. –Te… te amo –dijo observando el rostro de su amado.

–Y yo a ti…, Uriel –dijo, moviéndose con más fuerza dentro de él, apretando la quijada para contener sus gemidos.

Uriel se movió contra Mikael, sonriendo entre gemidos y jadeos.

Mikael se volteó para apoyar a Uriel contra la columna, tomando su sexo nuevamente entre su mano para frotarlo brindándole placer. Sonrió mirándolo a los ojos antes de echar la cabeza hacia atrás al sentir cómo el orgasmo recorría su cuerpo. Gimió a pesar de que intentaba controlarse, moviéndose más rápido.

Uriel lanzó un fuerte gemido sujetándose de sus cabellos para moverse a su ritmo. –Mikael –susurró al sentir los primeros estremecimientos cuando alcanzó el climax.

–Precioso –dijo Mikael observando cómo se deshacía de placer entre sus brazos, mientras su semen le mojaba el estómago. Sentir su líquido caliente contra su cuerpo hizo que se derramara dentro de él antes de lo esperado. Lo apretó contra él gimiendo sin poder evitarlo ya.

Uriel respiró con fuerza y miró sus hermosos ojos dorados, mientras acariciaba su cabello.

Mikael lo besó satisfecho, bajándolo de su cintura para abrazarlo con fuerza contra él. –Te quiero –le dijo besándolo profundamente antes de colocarle la túnica y vestirse a su vez–. ¿Me mantendrás informado? –preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

–Siempre. Te quiero, Mikael –le dijo besándolo suavemente antes de marcharse.

Mikael lo observó alejarse y sonrió antes de voltearse a mirar el infinito con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho.

Deja un comentario »

Redemption, capítulo 1

Kaiya pensaba que tenía que ser un sueño. No, más bien, estaba en medio de una terrible pesadilla.

––Yoshiro, por favor, mírame. ¡Soy Kaiya! ––intentó voltear el rostro para que el otro lo mirara. Estaba seguro de que cuando sus ojos se encontraran, el rubio se detendría. Pero el chico le enterró el rostro en el colchón.

––¡Cállate! ––su primo no aminoró el salvaje e inesperado ataque.

Kaiya luchaba como podía por soltarse del brusco agarre y evitar que le amarrara las manos, aún a sabiendas de lo inútil de sus forcejeos. Yoshiro no sólo era ocho años mayor que él, si no que era atleta y pensaba que mucho más fuerte de lo que él sería jamás. Para completar, además de estar borracho o drogado o ambas ––porque sus ojos estaban rojos y había vomitado varias veces––, estaba cegado por el dolor de la repentina ruptura de su compromiso, a pocos días de la boda.

Unas horas antes, Kaiya había escuchado lo alterado que se ponía su primo al atender la llamada de su novia. Esta lo había llamado para decirle que no lo amaba y había encontrado quién la hiciera feliz. Preocupado, había visto cómo Yoshiro salía hecho una furia para varias horas después regresar en un estado lamentable.

––Yoshiro, hablemos ––Kaiya intentó hacerlo reaccionar, aunque estaba muerto de miedo. Temía que, bajo los efectos de lo que fuera que se había metido al cuerpo, perdiera todo control. Aún así, creía que podría hacerlo entender que era a su primo-hermano a quien estaba atacando. Pero los minutos pasaban y Yoshiro no parecía dispuesto a detenerse––. Me estás haciendo daño ––se quejó cuando este apretó la correa con la que le amarraba las manos a la cabecera de la cama.

––¿Daño?, no sabes lo que significa esa palabra, mocoso ––el rubio le arrancó el pantalón de la pijama.

––¡Yoshiro, no! ¡No, por favor! ––Kaiya se retorcía, aterrado del camino que estaba tomando aquello.

––¿Por qué no sonríes ahora? ––Yoshiro lo volteó para escupirle en pleno rostro las crueles palabras––. ¿Sabes cuánto odio tu eterna sonrisa, tu generosidad, tu buen humor, tu estúpido optimismo? ––le separó las piernas con brusquedad––. Ni siquiera pareces hombre. Apenas estás dotado de lo que realmente importa ––miró el miembro del chico con desprecio, mientras se acariciaba su largo y grueso pene.

Kaiya aguantaba como podía las ganas de echarse a llorar. No podía, ¡no quería!, creer que lo estuviera tratando de esa manera. Estaba seguro de que sólo decía eso para lastimarlo, ya que era el único a su alcance. Yoshiro siempre había sido gentil con él, ¡siempre! ¿O acaso lo que él consideraba gentileza era tolerancia? ¿Acaso era obligación para con sus padres? Sus pensamientos se vieron dolorosamente detenidos, cuando el glande de su primo entró bruscamente en su virginal ano.

––¡Sácalo! ¡Duele! ––gritaba, mientras las lágrimas bajaban sin control por sus mejillas––. Por fa… ¡Ay! ––aulló, cuando Yoshiro con una salvaje embestida le desgarró el esfínter, haciéndose espacio en su interior.

––Ahora sabes lo que es daño ––el rubio se inclinó para susurrarle al oído. Lo miró con odio, antes de morderle el labio inferior hasta hacerlo sangrar––. ¡Grita! ––lo embistió con fuerza, haciéndolo gritar y sollozar. Lo empujó hacia la cabecera de la cama para sostenerse y tener mejor control de la profundidad y violencia de sus embestidas. Observó las manos moradas del chico por la falta de circulación y colocó sus manos sobre las mismas, apretándolas para hacerle más daño mientras embestía ferozmente a su víctima. Ni las lágrimas ni los gritos del moreno bajo él, le afectaban. Sentía su polla completamente mojada por un líquido caliente, ¿sangre? No le importaba, no sentía nada, ¡nada!… excepto, dolor. Un dolor enloquecedor––. Gritas y lloras como una niñita. ¿No te da vergüenza? ––quería hacerle daño a ella, pero ella estaba fuera de su alcance… follando con otro hombre. Le había dicho que no lo amaba. ¿No lo amaba y llevaba dos años de noviazgo con él?, ¿no lo amaba y había aceptado su sortija de compromiso hacía un año?, ¿no lo amaba y habían comprado y amueblado un apartamento hacía pocos meses mientras planificaban la boda?––. No tienes idea de lo mucho que odio que siempre andes detrás de mí. Si hubiera querido una mascota, me hubiera conseguido un perro ––dijo, mordiéndole con fuerza una tetilla.

Cada una de las palabras del rubio era una puñalada mortal en el corazón del moreno, quien se mordió con fuerza el labio sangrante para ahogar sus gritos. Algo moría dentro de él con cada mordida, con cada palabra cruel, con cada embestida salvaje, con cada instante de humillación. Antes de perder el conocimiento, pensó en lo mucho que lo odiaba y en lo mucho que se odiaba por haber ido a consolarlo. Agradeció la inconsciencia porque estaba cansado de tanto dolor, de tanta humillación, de tanta lágrima porque sabía que ahora no sería capaz de volver a mirar a los ojos a Akiyama, a quien amaba desde la primera vez que este le había sonreído. Su último pensamiento fue cuánto deseaba haber muerto con sus padres en aquel accidente que lo había dejado huérfano a los cinco años de edad.

Yoshiro ni se enteró que su víctima había perdido el conocimiento. Siguió embistiendo y mordiendo al morenito hasta que se corrió dentro de él varias veces. Luego, se dejó caer sobre su cuerpo, respirando agitadamente. Cuando su respiración volvió a la normalidad, se acostó a su lado dándole la espalda, dispuesto a descansar. Estaba agotado y aturdido por el dolor y los efectos del alcohol y la pastilla ingerida.

Kaiya abrió los ojos y se encontró aún en la habitación de Yoshiro, quien estaba dormido de espaldas a él. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había perdido el conocimiento?, se preguntó intentando moverse para quedar inmóvil por varios minutos al sentir un doloroso relámpago recorrer su ultrajado cuerpo. Deseó echarse a llorar, pero tenía que salir de allí. No quería que él despertara y lo encontrara todavía en su cama. Temía que volviera a atacarlo. Movió las manos y el dolor fue tanto que se le escapó un sollozo. Miró asustado a su atacante, pero afortunadamente seguía dormido. Luego de unos segundos, volvió a mover las manos y descubrió que la correa se había aflojado lo suficiente como para poder soltarse. Se sentó y, a duras penas, contuvo el grito de dolor que llegó a su garganta. Las lágrimas corrían por su rostro, mientras se tambaleaba sudoroso hacia la puerta. El dolor era insoportable.

Yoshiro se volteó y estiró el brazo, buscando el calor del cuerpo que había estado a su lado. Medio dormido, llamó a su novia sin entender por qué se había levantado antes que él. Pensó que tendría que levantarse también; pero estaba demasiado agotado, así que se regalaría cinco minutos más.

Kaiya se dirigió a su baño. Necesitaba una ducha, no sólo por estar bañado en sudor por el esfuerzo que le había supuesto caminar hasta su habitación con aquel dolor infernal, si no porque quería borrar todo rastro de él de su cuerpo. Comenzó a llorar desconsoladamente, cuando al pasarse el jabón por el adolorido ano, vio que salía manchado con una mezcla de sangre con lo que supuso era el semen del rubio. La única vez que había llorado así, había sido cuando sus padres habían muerto. Había pensado que no volvería a llorar de aquella manera, pues sus tíos le habían prometido al adoptarlo que jamás volvería a tener una razón para sentirse tan desdichado y él les había creído.

Yoshiro abrió los ojos, preocupado por llegar tarde al trabajo. Con un gemido, volvió a cerrarlos y se sujetó la cabeza, preguntándose por qué carajo sentía que se le iba a abrir en dos. Lentamente, comenzó a recordar. La llamada que le había roto el corazón, la borrachera que se había cogido con unos compañeros de trabajo y la pastilla que se tomó siguiendo el consejo de uno de ellos. Volvió a abrir los ojos y aliviado descubrió que estaba en casa de sus padres. Por un momento, había temido abrir los ojos para descubrir que se había largado con una prostituta o a saber que otra barbaridad. A pesar de sentirse aliviado, tenía una extraña opresión en el pecho que no tenía nada que ver con que su prometida lo hubiera dejado plantado casi en el altar.

¿Qué carajo me pasa?, se preguntó volteándose para descubrir asombrado su correa atada a la cabecera de la cama. El corazón se le detuvo al comenzar a repasar las últimas horas. Vio a Kaiya entrando preocupado a su habitación al escucharlo vomitar, preguntándole en qué podía ayudarlo. El chiquillo le había recordado que ni sus papás ni Akiyama se hallaban en la casa y que él nunca había estado enfermo por lo que desconocía qué podía darle para que se sintiera mejor. Incluso en esos momentos, podía recrear la rabia que había sentido al verlo, porque sus ojos eran del mismo color que los de ella.

El moreno se había restregado compulsiva, obsesivamente cada rincón de su cuerpo; mientras lloraba de dolor y vergüenza––. Te odio, te odio, te odio ––repitió hasta dejarse caer acostado en medio de la ducha, bajo el chorro de agua. Pensar que lo admiraba, pensar que creía que lo quería igual que a Akiyama, pensar que ocultaba su propia tristeza cada aniversario de la muerte de sus padres porque él lo abrazaba con fuerza mientras le preguntaba si estaba bien y no quería verse débil ante sus ojos.

––¡Mierda, no! ––Yoshiro cayó sentado al ver pasar por su mente todo lo que le había hecho y dicho. Cerró los ojos con dolor al recordar el rostro asombrado y aterrado de su joven primo, el que siempre estaba detrás de él imitándolo, alentándolo, alegrándolo––. Soy un hijo de puta –––incluso con los ojos cerrados, podía ver su mirada indefensa y herida mientras lo humillaba––. ¡Si seré cabrón! ––abrió los ojos para descubrir las manchas de sangre en el colchón––. Maldita sea, merezco que me muelan a palos ––se dijo, escuchando en el fondo de su memoria las súplicas, los gritos y el llanto del chico. Apenas tenía catorce años y él ya le había desgraciado la vida. Se maldijo, mientras se levantaba apresurado. Necesitaba ver cómo estaba, aunque por lo que recordaba que le había hecho, sabía que estaría en pésimas condiciones.

Completamente molido luego de ducharse y colocarse otro pijama, Kaiya se había arrastrado hasta su cama. Las lágrimas se le habían agotado durante el baño, el cuerpo le dolía más luego de su obsesiva limpieza y sentía que el dolor en su corazón lo asfixiaría de un momento a otro. Cerró los ojos, rogando que fuera la última vez que lo hiciera. ¿Por qué no podía uno morirse cuando quería?, se preguntó demasiado agotado mentalmente como para poder dormirse y demasiado dolido como para querer pensar en lo sucedido.

––Kaiya, ¿estás ahí? ––idiota, ¿dónde carajo va a estar en las condiciones en que lo dejaste?, se preguntó deseando golpearse a sí mismo. Además, había seguido –y limpiado– el rastro de diminutas gotas sangre y semen que había dejado el chico de una habitación a la otra.

El moreno comenzó a temblar con violencia al escucharlo. Miró asustado hacia la puerta y aliviado descubrió que había echado el cerrojo. No quería verlo, no quería escucharlo y, si pudiera, lo borraría de su mente y de su corazón.

––Kaiya, por favor, ábreme ––no culpaba al chico por no quererle abrir, pero necesitaba atenderlo. Sabía que le había hecho daño y dudaba que estuviera en condiciones de atenderse él mismo––. Juro que no te haré nada ––¿confiaría en su palabra? Lo dudaba mucho. Se había burlado cruelmente de él, lo había humillado sin misericordia, lo había despreciado. No, él no volvería a confiar en su palabra y la culpa era sólo suya.

Kaiya se colocó la almohada sobre la cabeza para no escucharlo y para evitar que él escuchara su llanto. A fin de cuentas, aún le quedaban lágrimas por derramar, como acababa de descubrir.

¿En qué momento el rubio había dejado de insistir en que le abriera la puerta?, ¿en qué momento acabó quedándose dormido? No lo sabía. Una vez despertó, Kaiya se sintió más calmado. Decidió revisar el botiquín de medicamentos que había en su baño y agradecido descubrió que tenía de todo para ayudar al cuerpo a sanar vejaciones y dormir el alma herida. Su tía era una mujer sabia, concluyó atontado por las pastillas que se había tomado para dormir; a pesar de que cuando ella renovaba el contenido de los botiquines todos los años, ellos solían reírse de ella por ser obsesiva-compulsiva.

Esos dos días fueron los peores para Yoshiro. No había logrado que el chico le abriera la puerta ni que se comiera la comida que dejaba frente a su habitación. Si no fuera porque escuchaba su suave llanto cada vez que él llamaba a la puerta, juraría que estaba muerto. El domingo recordó que podía salir por la ventana del cuarto de su hermano y llegar a la ventana de la habitación del moreno por el tejado. Cómo había podido olvidar que su primo se pasaba escabulléndose por la misma para sentarse en el tejado cada vez que se sentía nostálgico, aunque solía decirle con una dulce sonrisa que era porque quería observar el cielo estrellado. Con cierta torpeza, caminó por el tejado recriminándose no haber recordado ese dato antes; aunque sabía que la razón era que la culpabilidad lo estaba matando. Se acuclilló frente a su ventana y lo observó de espaldas a la misma. Por el movimiento de su cuerpo, sabía que estaba llorando. Cerró los puños, maldiciéndose por haberse desquitado con él su propio dolor. Cuando sujetó el borde de la ventana con la intención de abrirla y entrar a la habitación, escuchó el coche de sus padres––. ¡Maldición! ––refunfuñando, regresó al interior de la casa por donde mismo había salido.

––Yoshiro, ¿dónde está Kaiya? ––preguntó su hermano menor con las manos llenas de paquetes y una enorme sonrisa en su rostro––. Le traje presentes y tengo una noticia maravillosa que darle.

––Está en su habitación. Me parece que duerme ––tragó en seco. No sabía qué le diría el pequeño a su hermano, pero si lo delataba, se lo tenía bien merecido––. Akiyama… ––murmuró, preguntándose si no debería ser él quien le dijera.

––¿Qué?, ¿estás bien?, ¿está bien Kaiya? ––el peli-castaño era bastante obtuso. Pero solía prestar atención a todo lo referente a sus hermanos, Kaiya incluido, porque para él era su hermanito. A fin de cuentas, sólo había dos años de diferencia entre ellos.

––Podemos hablar luego ––decidió viendo cómo su sonrisa comenzaba a desaparecer por la preocupación. Kaiya lo necesitaba––. Ve a verlo.

––Kaiya, ¿por qué tu puerta tenía el cerrojo puesto? ––Akiyama entró a la habitación, observando a su hermanito––. ¿Qué te pasó en el labio? ––preguntó preocupado.

––Me levanté por la noche para ir al baño y me di con la puerta ––improvisó porque había olvidado que tenía el labio partido.

––No sueles ser torpe ––estaba inquieto por su extraño comportamiento. El moreno había abierto la puerta y lo había dejado pasar con la mirada baja––. Luces más delgado, ¿estás enfermo? ––preguntó, estirando la mano para tocar la frente del chico, pero este dio tal brinco que ambos quedaron sorprendidos.

––No…, yo…, yo creo que estoy pasando un virus ––murmuró Kaiya, alejándose de él, el amor de su vida, al que nunca podría volver a mirar a los ojos––. Ya me siento mejor.

––¿Estás seguro? Puedo decirle a mamá y papá que llamen al médico ––no era normal verlo triste y jamás había estado enfermo.

––¡No! No hace falta ––le sujetó la manga, sin mirarlo a los ojos––. Ya estoy mejor ––dios, se moriría de la vergüenza si el médico insistía en hacerle un examen completo y descubría que había sido violado––. ¿Qué trajiste? ––preguntó, sabiendo que con eso lo distraería.

––Te enseño sólo si prometes avisarme si te sigues sintiendo mal ––sabía que el terco de su hermanito no le diría nada hasta que así lo decidiera. Kaiya asintió, por lo que se dispuso a mostrarle todo lo que había comprado para él y para sí mismo. Cuando lo vio sonreír, decidió darle la noticia que llevaba rato deseando compartir con él, su mejor amigo, su confidente––. Kaiya, ¡tengo novio! ––anunció emocionado, pasando a narrarle todo en detalles sin percatarse de su palidez.

––No ––murmuró el morenito sin que su hermano llegara a escucharlo. Se tocó el pecho, casi podía jurar que el corazón se le había detenido, por fin. Pero, no, el traidor continuó palpitando. Recordándole con cada palpitación que seguía vivo para revivir su vergüenza y… soledad.

––¿No estás feliz por mí? ––Akiyama no entendía por qué el chico estaba tan serio. Mirándolo bien, podía jurar que ya no era el mismo que lo había despedido en la puerta el viernes al mediodía, pidiéndole muchos presentes de castigo por dejarlo e irse de viajes. Eran bromas, claro, porque el moreno no había podido asistir a la actividad de su padre por estar en etapa de sus exámenes; Yoshiro no había podido ir por estar en medio de los preparativos para su boda y él había tenido que ir a la promoción de su padre en representación de sus hermanos. Si no hubiera sido porque Yoshiro había aceptado acompañar a Kaiya, él no hubiera ido. Eran tan unidos que en el colegio los llamaban “los inseparables”.

––Sí, felicidades ––murmuró el chico sin mirarlo, recostándose en la cama––. Tengo sueño, ¿podemos hablar luego? ––deseaba quedarse solo, porque no sabía cuánto tiempo más iba a poder contener las lágrimas.

––Eso mismo me dijo Yoshiro ––se rió, mientras recogía sus cosas y dejaba las que había comprado para su hermano––. ¡Estás temblando!, iré a llamar a mamá y papá ––comentó asustado. Algo había pasado, algo que había transformado a su hermano. Lo que fuera que hubiera sucedido, había provocado en el chico un sentimiento que iba más allá de la tristeza y eso lo asustaba.

––¡No! Sólo tengo hambre. No me he alimentado bien en estos días… por el virus ––explicó ansioso.

––Haberlo dicho antes. Te traeré un plato de sopa ––se levantó apresurado––. Ya regreso ––se marchó antes de que el chico tuviera oportunidad de detenerlo.

Kaiya escondió el rostro en la almohada, limpiándose las lágrimas que furtivamente se habían escapado de sus ojos. Cuando Akiyama le trajo la comida, se obligó a comer lo suficiente para que el chico quedara conforme y lo dejara solo. Una vez este salió de su habitación, él se escurrió por la ventana.

Yoshiro estuvo esperando a que Akiyama armara un escándalo o a que viniera a golpearlo; pero nada sucedió. Luego de una desesperante espera, se decidió a buscarlo y preguntarle qué habían hablado. Lo encontró solo en su habitación, mirando su móvil con cara de idiota.

––Yoshiro, iba a buscarte para mostrarte lo que compré; pero mi novio me llamó y me distraje ––explicó con la sonrisa tonta de todos los enamorados.

––¿Ya hablaste con Kaiya? ––preguntó sin prestar atención al hecho de que su hermano tenía novio.

––Sí, ¿por qué no me dijiste que estuvo con un virus? ––le recriminó––. Me preocupé bastante cuando lo vi tan delgado y temblando…

––¿Temblando?, ¿acaso tiene fiebre?, ¿por qué no me avisaste para llamar al médico? ––lo interrumpió el rubio, comenzando a caminar hacia la habitación del pequeño.

––No creo que tenga fiebre, aunque la verdad no me dejó tocarlo ––añadió, reflexivo––. Me dijo que tenía hambre y le llevé un plato de sopa. Como se lo comió casi todo, no creí que hubiera razón para llamar al médico ––explicó, descubriendo que hablaba solo porque su hermano ya no estaba a su lado––. Vaya, ni siquiera me preguntó por mi novio. Estos dos están más raros que nunca ––refunfuñó, llamando a su novio para contarle que lo estaban ignorando y eso no le gustaba.

––Kaiya, voy a entrar ––Yoshiro anunció al descubrir que la puerta no tenía el cerrojo. Miró hacia la cama y la encontró vacía. Sus ojos volaron hacia la ventana y la encontró abierta––. Demonios ––salió apresurado, puesto que afuera llovía a cántaros. ¿Es que quería coger una pulmonía?, se preguntó antes de quedar inmóvil. El chico, completamente empapado y con los brazos abiertos, estaba parado al borde del tejado. Se acercó en silencio. Si el chico lo escuchaba, era capaz de lanzarse––. ¡Te tengo! ––dijo arrastrándolo hacia el interior, sorprendido por su pasividad. Pero cuando vio sus ojos, ya dentro de la habitación, entendió. Su primo-hermano estaba drogado––. ¿Qué has tomado? ¡Dime! ––exigió, pero él había cerrado los ojos, abandonándose al efecto de las pastillas que poco antes se había tomado. Desesperado, el rubio agarró el teléfono y llamó al vecino, quien era médico y un buen amigo de la familia. Luego, llamó a gritos a sus padres, quienes angustiados corrieron a su lado.

Deja un comentario »

Redemption, capítulo 2

Yoshiro no podía evitar sentirse aprensivo por su regreso al hogar paterno. Hacía cuatro años que se había marchado y, de no haber sido por la llamada de su madre pidiéndole que regresara porque su padre había sufrido un derrame cerebral, no tenía pensado regresar… jamás.

Nervioso, sacó la cajetilla y el encendedor del bolsillo interior de su chaqueta.

––Señor, disculpe, pero no está permitido fumar en esta sección del avión ––la coqueta sonrisa de la hermosa asistente de vuelo no hizo mella en el rubio. En otro momento, con gran facilidad, hubiera comenzado a flirtear con ella y hubiera acabado tirándosela. Pero, en esos momentos, no le dedicó más que una rápida e indiferente mirada.

––Lo siento ––se disculpó devolviendo la cajetilla y el encendedor a su bolsillo. Con un suspiro de fastidio, volteó el rostro hacia la ventanilla. No podía evitar que su mente viajara a los sucesos ocurridos cuatro años atrás.

El médico había respondido con presteza a su urgente llamada. Luego de revisar los ojos del chico y tras ordenar unos análisis de sangre, que se habían efectuado a la mayor brevedad, gracias a la importancia del hombre, había confirmado su sospecha. El chico accidentalmente había consumido una mezcla de pastillas para el dolor y para dormir.

Yoshiro hizo una mueca, al recordar cómo su familia había respirado aliviada al escuchar la palabra accidental. Por supuesto, ellos desconocían por lo que el chico estaba pasando, excepto él. Se movió en el incómodo asiento, molesto consigo mismo al recordar todo eso, y volvió a sacar la cajetilla para volver a guardarla al escuchar la discreta tos del hombre a su lado.

Para complicar la situación, Kaiya había desarrollado pulmonía. Sólo él sabía que la fragilidad de su primo-hermano era resultado de su violento ataque, la falta de alimentación y descanso, la sobredosis y el rato que había pasado bajo la lluvia.

Tan pronto el médico había abandonado la habitación del chico, luego de dejarles una lista de recomendaciones y varios medicamentos, Yoshiro les había insistido a sus padres que le permitieran cuidar a su hermano. Le dolía verlo en aquel estado, ya que era su culpa y lo sabía demasiado bien. Luego de un fuerte debate, había conseguido que aceptaran; por lo que, no se había despegado de su lado más que para comer a insistencia de sus padres.

Yoshiro miraba sin ver las nubes, apretando las manos en el descansa brazos de su asiento con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El hombre a su lado, lo miraba nervioso hacía rato.

Kaiya había pasado tres días alucinando a consecuencia de la fiebre. Mientras el rubio luchaba por mantener la fiebre bajo control, se había enterado que este amaba a su hermano. Se le había partido el corazón al escuchar cómo llamaba a Akiyama y cómo sollozaba mientras murmuraba que no podría volver a mirarlo a los ojos y que era poco hombre. Esas noches habían sido un infierno para ambos. Él sufría mentalmente por saberse el causante del sufrimiento de su hermano y el otro luchaba física y sicológicamente contra tanto dolor. El moreno pasaba de una inquietante calma a momentos de gran alteración y el rubio lloraba aferrado a su mano, sintiéndose culpable e impotente.

––Maldición ––Yoshiro golpeó suavemente la ventanilla. El asustado hombre a su lado comenzó a levantarse, pero fue detenido por la asistente de vuelo que le indicó que estaban a punto de aterrizar.

Al cuarto día, la fiebre del moreno había cedido. Yoshiro se encontraba en la habitación cuando este había abierto los ojos. El rubio jamás olvidaría la expresión de puro terror en su rostro ni la manera en la que sus ojos habían volado hacia la puerta.

––Lár… lárgate ––había murmurado el chico, sujetando con fuerza las sábanas sin dejar de mirar la puerta como si con su desesperada mirada fuera a lograr que alguien llegara en su rescate.

El rubio había salido como un autómata de la habitación del moreno, había entrado a la suya y, tras realizar un par de llamadas, había tomado una de las decisiones más dolorosas de su vida. Al día siguiente, se había marchado. A sus asombrados padres, les había explicado que su amigo-socio lo había llamado para informarle que los planes habían cambiado. El negocio en el extranjero que tenían proyectado para el año siguiente, tenía mejores perspectivas de éxito en esos momentos. Con esa excusa, se había largado para no volver… o eso había pensado él.

––Señor, tiene que ponerse el cinturón. Estamos a punto de aterrizar ––otra vez la hermosa asistente con su coqueta sonrisa y suave voz.

Yoshiro asintió, colocándose el cinturón, volviendo a mirar por la ventanilla. No lamentaba su decisión, puesto que no quería hacerle recordar al chico aquella horrible noche cada vez que lo viera. Como tampoco quería volver a ver aquella expresión de terror en su mirada.

A pesar de haber puesto distancia entre ellos, necesitaba saber cómo le iba al chico. Y era por eso que, cada semana, fielmente llamaba a sus padres. Ellos, preocupados y perplejos, le habían contado que su alegre hermanito se había vuelto en un chico taciturno. Akiyama y su novio, Yuto, quien no se despegaba de su lado, habían descrito mejor su cambio. La pareja, que utilizaba una webcam para chatear con él varios días a la semana, le había informado que este ya no sonreía, se pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto y sólo hablaba cuando era absolutamente necesario. Incluso, estaba obsesionado con los deportes; al punto de que, tan pronto dominaba uno a la perfección, buscaba otro más exigente que el anterior. Akiyama se quejaba de que, aunque seguía siendo su confidente, ya no compartía con él como en el pasado.

––Idiota ––murmuró Yoshiro, sin comprender cómo era que Akiyama aún no se había dado cuenta de que Kaiya estaba enamorado de él y que si lo evitaba era porque le dolía verlo con su novio.

Sin prestar mucha atención a su alrededor, bajó del avión y se dirigió al área de alquiler de autos. Recordaba las miles de veces que sus padres y Akiyama le habían preguntado si no deseaba hablar con el moreno, a lo que él siempre contestaba con evasivas o excusas. Por fortuna, luego de varios meses, habían dejado de insistir. Mientras agarraba las llaves y copia del contrato de alquiler, sin mirar siquiera al empleado, se preguntaba cómo reaccionaría Kaiya al verlo.

––Hogar, dulce hogar ––murmuró al encontrarse frente a aquel lugar que le traía tantos recuerdos agridulces. Sin pensarlo mucho, porque si lo hacía se daría la vuelta, agarró la maleta y salió del auto.

––¡Oniichan! ––tan pronto lo vieron entrar, Akiyama y Yuto se levantaron del mueble donde estaban acostados y corrieron a abrazarlo como si fueran siameses.

––No tan fuerte ––se quejó el rubio, aunque pasó a abrazarlos de la misma manera. Había extrañado a su tonto hermano y le había tomado gran cariño a su novio; así que no podía evitar sentirse feliz de verlos.

––¡Hijo! ––gritó la emocionada mujer que salió apresurada de la cocina cuando escuchó el saludo de los chicos. Se limpió las manos en el delantal antes de quitarle de encima a la pareja que lo abrazaba––. Dale un abrazo a tu madre ––pidió, comenzando a llorar.

––Mamá, no llores ––le secó las lágrimas mientras le daba un fuerte abrazo––. Ya estoy aquí y me encargaré del negocio para que puedas dedicarte a atender a papá.

––No tienes idea de lo mucho que tu padre y yo te hemos extrañado ––la mujer lloraba y reía a la vez––. ¡Kaiya, ven a saludar a tu hermano! ––gritó, mirando hacia la cocina.

El color huyó de la piel de Yoshiro al escuchar a su madre. Akiyama le había dicho que estaba en un club deportivo y solía llegar una hora después que ellos.

––Madre, voy a dejar la maleta en mi habitación ––dijo a toda prisa, intentando escapar. No se sentía preparado para enfrentarse al moreno… aún no. Pero toda esperanza de escape desapareció, cuando lo vio salir de la cocina.

––Yoshiro ––la varonil voz sonó casual y la intensa mirada lucía serena.

––Kaiya, has crecido ––¿no podías decir algo más estúpido? Se pateó mentalmente, mientras lo observaba. Aunque el moreno seguía siendo más bajo que él, era muy poca la diferencia en estatura. Además, este ahora llevaba el cabello largo y, debido a los deportes, lucía un cuerpo bien tonificado. Pero lo que más impresionaba del chico era su rostro serio y su mirada penetrante.

––Luego de cuatro años sin verse, ¿ese es el saludo que se dan? Abraza a tu hermano ––ordenó la mujer, empujando al rubio hacia el moreno.

La expresión de Yoshiro fue de puro espanto. Miró nervioso al moreno, quien lo abrazó tranquilamente.

––Bienvenido ––le susurró al oído. ¿Era su imaginación o había un toque de burla en su voz? Imposible saberlo, ya que el Kaiya expresivo del pasado había sido reemplazado por un joven demasiado serio para su edad.

––Estoy tan feliz ––la madre volvió a abrazarlo tan pronto el moreno lo soltó y lo arrastró con ella hacia la cocina, mientras con la mano les indicaba a los demás chicos que los siguieran.

Durante la cena, Yoshiro comprobó lo que Akiyama y Yuto le habían contado sobre el moreno. Kaiya apenas hablaba. Aunque prestaba atención a la conversación, sólo intercambiaba una que otra palabra con ellos. Pero con su madre hablaba y sonreía como en el pasado.

Luego de cenar y a instancias de la mujer, los hermanos se habían reunido en la sala a ver películas. Yoshiro se había sentado en el sofá, pero cansado de batallar con la pareja de novios que actuaba como si el asiento le perteneciera, se había mudado al loveseat. Para su sorpresa, Kaiya, quien había ido a la cocina a buscar refrescos, a petición de Akiyama, se había sentado a su lado.

––Toma ––el moreno le ofreció una lata de refrescos, observándolo de manera inquietante.

––Gracias ––murmuró tenso, dando un trago a la bebida. Asombrado, descubrió que era su bebida favorita. ¿Sería posible que el chico aún recordara eso? Miró a la pareja para ver si le había llevado lo mismo, pero sus bebidas eran diferentes. Tranquilo, no imagines cosas, se dijo intentando relajarse y evitando mirar al moreno.

––Buenas noches ––Kaiya se había levantado y dirigido hacia la escalera, cuando minutos después Akiyama y Yuto habían comenzado un morreo que no tenía nada que envidiarle al de la película que estaban viendo.

La pareja se despidió del chico con un confuso gesto, porque sus bocas y manos estaban ocupadas en algo más interesante para ellos.

––¿Por qué no se largan a la habitación? ––Yoshiro les regaló una colleja a cada uno, antes de agarrar su maleta y comenzar a subir las escaleras––. Inconscientes ––murmuró molesto porque se pusieran en ese plan frente al moreno sin considerar sus sentimientos, como si ellos supieran que el moreno amaba al peli-castaño.

Los chicos, aparte de refunfuñar que no fuera un aguafiestas, habían continuado con el morreo como si nada.

Yoshiro abrió la puerta de su habitación, aliviado de finalmente poder estar a solas, para descubrir que esta era ahora el cuarto de costura de su madre. Su cama, su escritorio, todas sus cosas, habían desaparecido––. ¿Dónde carajo se supone que duerma? ––preguntó mirando aquel caos de telas, maniquís y máquinas de coser.

––En mi habitación ––Kaiya lo sorprendió al agarrar su maleta.

Sobresaltado, Yoshiro se había volteado al escuchar su voz y ahora miraba como un idiota, estaba seguro de eso, como este desaparecía dentro de la habitación con su cautiva maleta.

––Dormiré en la sala ––anunció al entrar en la habitación del chico, quien se encontraba ya sentado frente a su escritorio ocupado en una tarea escolar.

––¿Vas a interrumpir el morreo de tu hermano? ––otra vez, ese tono que no lograba identificar.

––Él tiene su propia habitación aún, ¿verdad? ––preguntó fastidiado con su madre y Akiyama por no haberle informado que la suya había sido invadida por tijeras, alfileres y patrones de costuras.

––¿Por qué no quieres dormir conmigo? ––el chico se volteó a mirarlo.

––No quiero molestar ––añadió a toda prisa, mirándolo nervioso. Es que no se había dado cuenta que sólo había una cama. ¿Qué pretendía? Lo normal hubiera sido que no le hablara, que lo odiara, que no le importara si tenía que dormir en la calle e incluso (y aunque temiera ese momento) que le reclamara por haberlo violado. Pero no era normal, a su entender, que lo tratara con amabilidad.

––No seas ridículo ––Kaiya caminó hacia el clóset––. Este lado es para tus cosas y esta gaveta también. Me voy a bañar ––agarró su yukata y entró al baño dejándolo sumergido en sus pensamientos.

Yoshiro ya había acomodado sus cosas, cuando Kaiya salió del baño. A fin de cuentas, había llegado a la conclusión de que siempre podía irse a un motel si notaba que su presencia incomodaba al chico. Aunque probablemente fuera él quien acabara incómodo por la manera de actuar de su primo-hermano. Mientras se bañaba, reflexionaba en lo fácil que era saber qué sentía el moreno en el pasado. Pero ahora no lograba entenderlo y eso lo ponía bastante nervioso.

Kaiya ya estaba acostado cuando salió del baño, aunque estaba despierto como descubrió al encontrarse con sus ojos verdes al darle la luz en pleno rostro––. Lo siento ––murmuró apagando de inmediato la luz, dirigiéndose a oscuras hacia el lado opuesto de la cama.

––Buenas noches ––le dijo el moreno cuando sintió que se acostaba luego de un pequeño titubeo.

––Buenas noches ––respondió, seguro de que se le haría imposible conciliar el sueño.

¿Cuánto tiempo llevaba mirando la tenue claridad que entraba por la ventana?, ¿una hora?, ¿dos horas? Yoshiro no sabría decir, pero si podía decir cuántas veces el moreno se había movido en la cama. ¿Tampoco puedes dormir?, se preguntó sintiéndose triste por ambos. No debió de haber aceptado quedarse en su habitación. Pensándolo bien, lo más probable fuera que Kaiya se hubiera sentido en la obligación de ofrecerle compartir su habitación para tranquilidad de su madre y él no había considerado ese punto por estar tan nervioso con el reencuentro. No importa, mañana me marcharé a un motel, decidió sin percatarse de que el chico se le había acercado.

Cuando las manos del moreno comenzaron a recorrer sus hombros, espalda y costados hasta llegar a… ¡sus nalgas!…, quedó aturdido. Entonces, comprendió por qué el chico lo quería en su habitación… ¡iba a violarlo en venganza! Aunque ese pensamiento lo cabreó, decidió que no se resistiría. De hecho, hasta prefería que lo hiciera. Quizás así, ambos lograrían superar ese pasado que les impedía sentirse en paz.

Claro, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo o más bien dejarse hacer, pensó cuando Kaiya retiró la sábana y, tras acariciarle los muslos, le alzó la yukata para dejar sus nalgas al descubierto. Maldita sea, ¿por qué no traje un pijama?, se preguntó aguantando a duras penas las ganas de bajarse la prenda, voltearse y golpearlo. No había llevado pijama porque dormía desnudo y porque esperaba dormir en su habitación.

Apretó los dientes al sentir los dedos del moreno acariciando su ano. Mierda, esto es difícil. Ya se hallaba cerrando los puños, cuando lo detuvo el recuerdo de sus súplicas, llanto y gritos. Por lo que cerrando los ojos, se quedó tal como estaba, de lado, con una pierna flexionada, desnudo de la cintura para abajo. Nunca había pensado que se hallaría en semejante situación. Entre sus fantasías, ¡jamás!, ni siquiera cuando era adolescente y algunos de sus amigos fantaseaban o experimentaban con otros chicos, había considerado estar con otro hombre. Amaba las mujeres y follarlas hasta el cansancio.

Un sonido de sorpresa escapó de sus labios cuando los dedos Kaiya, fueron sustituidos por su atrevida lengua, que sí entró donde estos no habían entrado. Yoshiro volteó el rostro hacia la almohada demasiado confuso… no se esperaba eso. Había pensado que el chico lo penetraría con el mismo salvajismo que él lo había hecho cuatro años atrás; pero, en cambio, este estaba ¿humedeciendo su entrada? Se aferró a la almohada al sentir cómo la lengua que hurgaba en su interior despertaba sensaciones desconocidas en él.

De repente, un dedo estaba haciéndole compañía a la lengua. Extraña sensación, pensó intentando mantener la mente ocupada, ya que su cuerpo estaba comenzando a despertar. Incómodo, se dijo cuando el chico introdujo un segundo dedo y comenzó a moverlos en forma de tijeras en su interior. Todo análisis sobre lo que despertaban esos dedos en su ser, quedó en el olvido cuando el moreno comenzó a acariciarle la polla, marcando un ritmo lento y excitante. Para cuando el tercer dedo entró en su ano, el placer que le estaba proporcionando aquella cálida mano apenas dejó que percibiera el leve dolor.

A pesar de haber enterrado el rostro en la almohada, podía escuchar cómo sus jadeos comenzaban a llenar la habitación. Se consoló diciéndose que estaba excitado porque Kaiya, hombre igual que él, sabía cómo tocar una polla y obtener una reacción favorable de la misma. ¿Qué hombre no se ha masturbado cuando no tiene una buena hembra (o macho si pensaba en Akiyama) a su lado para satisfacerlo?, se preguntó gimiendo al sentir cómo el chico movía la mano con firmeza sobre su más que endurecido miembro. No quería pensar en los dedos y la lengua que entraban y salían de su trasero, aquello era humillante.

Yoshiro rezongó cuando la lengua y los dedos del moreno fueron sustituidos por su glande. Joder, esto duele, pensó apretando la almohada y mordiéndose el labio.

––Relájate ––susurró Kaiya en su oído, antes de morderle suavemente el lóbulo de la oreja. Cuando Yoshiro reaccionó gimiendo sorprendido, el moreno se dedicó a lamer y morder suavemente su oreja, cuello y hombro.

Relájate y un demonio, refunfuñó Yoshiro. Estaba fastidiado porque su cuerpo se estremecía de puro placer al sentir la respiración, la lengua y los dientes del moreno.

Kaiya lo embestía lentamente, entrando un poco más con cada embestida. ¿Por qué me tratas así? No seas amable, puñeta, de lo contrario no podré perdonarme nunca, repetía Yoshiro deseando (y a la vez no, ¿a quién engañaba?) que le rompiera el culo de una buena vez.

Muy a su pesar, su sexo pulsó cuando Kaiya jadeó excitado en su oído al entrar por completo en su interior. Este lo embestía lenta, cuidadosamente. Maldición, esto es incómodo y doloroso y no sé por qué carajo le gusta tanto a los gays que le den por el culo. No seas amable, refunfuñaba Yoshiro contradiciéndose y apretando tanto los dientes -para evitar los quejidos y gemidos- que comenzaba a dolerle la mandíbula.

Como si Kaiya supiera lo que estaba pensando, volvió a prestarle atención a su ahora semi endurecido miembro sin dejar de besar, lamer y mordisquear sus hombros, cuello y oreja.

Cabrón, el rubio lo insultaba mentalmente al comenzar a jadear con fuerza de nuevo. Odiaba estar en el lugar de una mujer y más aún odiaba su voz, la cual jamás había sonado de aquella manera cuando follaba. Olvidó los insultos cuando el pene del moreno encontró la glándula de su próstata haciéndolo arquear la espalda, gemir en voz alta y comenzar a moverse buscando más aquel insólito placer.

Cabrón, cabrón, cabrón, regresó a los insultos al sentirse cerca del orgasmo por la manera en que el chico masajeaba su sexo, atacaba su glándula y jadeaba en su oreja. Gimió con fuerza, estremeciéndose de manera intensa, al correrse como nunca lo había hecho en su vida. Humillante, sí, esto ha sido humillante, pensó mientras el moreno seguía embistiéndolo incansable.

Juventud, divino tesoro y una mierda, Yoshiro se sentía avergonzado porque Kaiya no acababa de correrse y su cuerpo comenzaba a reaccionar por segunda vez. Follar con un hombre es degradante, concluyó más molesto consigo que con el chico que había logrado excitarlo de nuevo. Como consuelo… uno bastante pobre para él… esa vez se corrieron juntos.

Sus respiraciones comenzaban a estabilizarse, cuando el moreno lo agarró por las caderas y se las alzó, arrodillándose entre medio de sus piernas. Yoshiro quedó con el culo levantado, apoyado en sus rodillas y codos. Qué carajo, ¿otra vez?, se preguntó asombrado y cabreado.

Hijo de puta, ya llevas cuatro horas follándome, ¿no te cansas? Yo sí, maldita sea, estoy exhausto. Yoshiro miraba el reloj en la mesa de noche, deseando poder gritarle al chico que estaba acostado sobre su espalda que lo dejara descansar. Hacía horas que había perdido la cuenta de las veces que este lo había hecho correrse y de las que él se había corrido en su interior. Y ni pensar en las embarazosas posiciones en las que lo había colocado. Por fortuna, siempre lo follaba de espaldas, por lo que ni Kaiya venía sus expresiones ni él veía las del chico.

Yoshiro se tensó y gimió corriéndose al sentir las embestidas del moreno al correrse. Suspiró cansado, sintiendo el peso del otro aún sobre él. Le dolía la espalda, la cintura y el culo; además, de que tenía más que maltratado su ego masculino. Cuando Kaiya se movió, él se estremeció. Otra vez no, por favor, ya no puedo más, suplicó. Afortunadamente, el chico salió con cuidado de su interior y levantándose de la cama, se dirigió al baño. El rubio dejó escapar un suspiro de alivio.

Para cuando Kaiya regresó a la cama, Yoshiro comenzaba a quedarse dormido. Aún así, abrió los ojos de par en par al sentir cómo el moreno lo limpiaba y secaba, antes de acomodarle la yukata y arroparlo.

––Descansa ––con un brazo, Kaiya rodeó su cintura, atrayéndolo hacia su cuerpo.

¿Cómo se suponía que durmiera con él pegado a sus espaldas?, se preguntó Yoshiro desconcertado, agotado y cabreado. Estaba seguro de que ahora sí que no podría dormir y con lo jodidamente exhausto que se encontraba. Maldita sea, aquella no había sido la venganza que se esperaba.

Deja un comentario »

Redemption, capítulo 3

––¡Despierten dormilones y bajen a desayunar! ––Akiyama colocó la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a entrar y lanzarse sobre sus hermanos.

––No quiero que te metas en la cama de otros hombres ––Yuto se paró detrás de él y lo abrazó, acariciando sus abdominales.

––¿Cómo sabías que eso era lo que iba a hacer? ––el peli-castaño se volteó y lo besó juguetonamente.

––Prefieres a tus hermanos, lo sé ––Yuto dijo en tono bromista, aunque era cierto que le molestaba el sólo pensamiento de su novio prestando atención a otros hombres.

––Eso no es cierto y lo sabes ––Akiyama le mordió suavemente el labio––. Posesivo, si no me vas a dejar jugar con ellos, vamos a ayudar a mamá ––dijo arrastrando al chico hacia la cocina, a sabiendas de que se quejaría todo el tiempo porque su madre se pasaba regañándolo desde que se había ido a vivir con ellos.

––Buenos días ––Kaiya se alzó un poco para mirar al rubio que yacía entre sus brazos. Si no fuera porque sentía el movimiento de su pecho al respirar, pensaría que estaba muerto de lo profundamente dormido que se hallaba. Alzó la mano y le acarició el cabello, antes de levantarse y entrar al baño.

¿Y esa voz? Yoshiro frunció el ceño más dormido que despierto. Esa tía tenía que ser una belleza incomparable para que él se acostara con ella a pesar de tener una voz tan masculina. Se preguntó cuánto habría tomado la noche anterior para haber pasado por alto ese dato. Maldición, estaba exhausto e imaginaba que la razón era que había pasado toda la noche follando a la tía esa, pensó antes de volver a desconectarse del mundo.

Mientras se vestía, Kaiya estuvo mirando al rubio, debatiéndose entre despertarlo o dejarlo dormir un poco más. Finalmente, se decidió por la segunda opción y cerrando con cuidado la puerta, salió de la habitación.

––¡Kaiya!, Yuto no me dejó entrar a despertarlos ––Akiyama dijo quejumbroso tan pronto el moreno entró a la cocina. Lo abrazó a la vez que le sacaba la lengua a su novio––. ¿Verdad que no te molesta que te despierte? ––preguntó con una mueca que lo hacía lucir como un chiquillo caprichoso.

––Puedes esperar a que salgan de la habitación para estar con ellos ––Yuto lo miraba serio. No le importaba que fuera uno de sus hermanos al que abrazaba, sólo podía abrazarlo a él.

––¿Dónde está Yoshiro?, ¿aún no se levanta? Voy a despertarlo ––Akiyama miró maldito a su molesto pelirrojo sin soltar al moreno.

––Aún duerme ––Kaiya le acarició el cabello antes de separarse de él––. Está cansado.

––¡Oye!, ¿por qué me empujas? ––preguntó Akiyama exagerando––. ¿Ya no me quieres? Es porque Yoshiro regresó, ¿verdad? Siempre lo preferiste a él ––dijo haciendo pucheros.

––Akiyama, deja el melodrama y termina de preparar la mezcla para los panqueques ––la madre decidió intervenir, porque el pelirrojo lucía bastante molesto y el moreno más retraído de lo acostumbrado––. Kaiya, por favor, despierta a Yoshiro, quiero desayunar con todos mis hijos.

––Vale ––al salir de la cocina, Kaiya no pudo evitar sonreír por la mirada celosa del pelirrojo.

Yoshiro jadeó, moviendo las caderas. Aquella tía era una profesional comiendo pollas, pensó volviendo a jadear al sentir cómo lamía el largo de su falo antes de metérselo de nuevo a la boca. Dios, aquella cálida boca lo estaba volviendo loco. La manera en la que comía la polla y los testículos y… ¡cielo santo!… la manera en que mamaba una y otros. Le faltaba poco para correrse, podía sentirlo.

––¿Qué carajo? ––el rubio abrió los ojos como plato al sentir que le metían unos dedos por el adolorido culo. Apoyándose en los codos, alzó la cabeza y vio la cabellera negra de Kaiya entre sus piernas. Entonces, recordó dónde estaba y lo que el chico le había estado haciendo toda la noche––. Ka… ¡Kaiya! ––se encontró gritando al alcanzar el orgasmo cuando su maldito primo-hermano lo tocó donde sabía que perdería todo control.

––Te esperamos para desayunar ––Kaiya se relamió luego de haberse tragado su leche, mientras salía tranquilamente de la cama y de la habitación.

––Cabrón ––murmuró con los brazos en el rostro. Mierda, había abierto la boca para pelear con él y lo que había acabado haciendo había sido gritar su nombre como una mujer. ¿El maldito tenía que comerle la polla para despertarlo?, ¿no había podido despertado de manera civilizada?, refunfuñó sentándose––. Puñeta ––no había parte de su cuerpo que no le doliera. Suspiró aliviado cuando el agua tibia comenzó a relajar sus adoloridos músculos.

Al salir de la ducha, Yoshiro se paró frente al espejo. Mientras miraba su reflejo, se preguntaba si Kaiya además de vengarse extrañamente humillándolo, lo estaba tomando como un sustituto. Desde que Akiyama había nacido, las personas siempre decían que se parecían mucho. Lo cierto era que tenían el mismo color de ojos, la misma sonrisa y el mismo tono de voz, además eran igual de altos y llevaban el mismo recorte de cabello. En la oscuridad, no se notaría que el color de cabello no era el mismo, pensó percatándose de las marcas que el moreno había dejado en su cuello.

––Hijo de puta ––con un suspiro de fastidio, se tocó la marca. Su memoria se activó y recordó el salvajismo con el que había atacado al chico en el pasado. Sintiéndose asqueado de sí mismo, se preguntó qué había sentido Kaiya cuatro años atrás al verse en el espejo luego de haber sido salvajemente violado por él. En ese momento, esa pequeña marca, la agotadora, humillante y dolorosa noche, le parecieron poca cosa. Buscó una camisa de cuello alto, rehusándose a seguir pensando.

––Buenos días, dormilón ––su madre le dio un cariñoso abrazo––. Perdona que hiciera que te levantaras temprano cuando debes estar muerto de cansancio luego de ese vuelo tan largo, pero quería volver a ver a todos mis hijos compartiendo la mesa ––explicó poniéndole en la mano un plato lleno de panqueques.

––Gracias ––besó la frente de su madre y fue a sentarse al lado del moreno, en el único espacio disponible en la mesa––. ¿A qué hora podemos visitar a papá?

––Luces horrible ––Yuto interrumpió sin delicadeza a su cuñado mayor––. Ayer lucía mejor que hoy, ¿verdad? ––preguntó a su novio.

––Cierto, ¿Kaiya no te dejó dormir?, ¿es que se mueve mucho o ronca? Dínos, dínos ––el peli-castaño insistía mirando a sus hermanos, pero estos lo ignoraron.

Yoshiro no sabía ni cómo había logrado aguantar las ganas de golpear a los chicos. Par de pendejos, los insultó mentalmente. Estaba cabreado, porque por su culpa había vuelto a recordar la vergonzosa noche.

––A la una de la tarde comienza el horario de visitas ––afortunadamente, la madre siempre cambiaba el tema cuando veía que alguno de sus hijos se sentía incómodo––. Saldré con Kaiya a hacer unas diligencias y cuando regrese, iremos juntos a ver a tu padre ––explicó la señora, dándole una colleja a Yuto para que dejara de “compartir” sus panqueques con el peli-castaño––. Akiyama puede alimentarse solo, no es un ave al que tengas que masticarle la comida y dársela.

–-Gomen ––Yuto miró cabreado a su novio, quien se reía de él.

Yoshiro miró de reojo al moreno. Le sentaba mal que aquellos dos vivieran metiéndose mano frente al chico. Pero este lucía calmado. Demonios, cómo saber lo que pensaba si su expresión facial jamás cambiaba.

––Toma ––Kaiya le pasó la miel y la mantequilla al rubio, quien desvió la mirada de inmediato––. Cuidado, está caliente ––le advirtió al pasarle la taza de café.

––Gracias ––murmuró sin volver a mirarlo. Comenzó a desayunar sin saber qué pensar del hecho de que el chico parecía recordar todo lo que le gustaba y cómo le gustaba.

––Yoshiro, vamos a dar una vuelta al parque, ¿quieres acompañarnos? ––tan pronto el moreno y la madre salieron de la casa, el peli-castaño decidió aprovechar para hacer algo divertido, como había anunciado a los cuatro vientos.

––No, regreso a la cama ––se arrastró hasta la habitación del moreno. Al pararse frente a la cama, se acostó en el lado del chico porque el suyo le traía malos recuerdos––. No pienses, porque si empiezas, no dormirás ––se dijo, cerrando los ojos.

Luego de dar vueltas y vueltas en la cama sin lograr dormirse, Yoshiro se puso a husmear en las gavetas de la mesa de noche de su primo-hermano. En la primera, había un ipod. Se lo puso y siguió su investigación. Sonrió al sacar dos libros de misterio… recordaba cuánto Kaiya amaba los libros y las películas de terror…, una caja de goma de mascar de menta y una cámara digital con fotos de las actividades familiares. En la segunda, encontró cosas más personales. Corazones en fieltro y papel de estraza del Día de la Amistad y todas las postales de cumpleaños que Akiyama le había regalado. Además, sorprendido descubrió que aún tenía la cuchilla suiza que él le había heredado el día que se había mudado con ellos… luego de contarle cómo su abuelo se la había regalado a su padre y su padre a él… y una foto de ellos dos el día del último cumpleaños que celebraron juntos, una semana antes de aquella noche.

Regresó el ipod a la gaveta y con un sentimiento que pasaba de nostalgia a tristeza, observó la fotografía. Él miraba al moreno con una sonrisa burlona, mientras el chico sonreía feliz, mientras lo abrazaba con fuerza. Así había sido Kaiya, un chiquillo sonriente y cariñoso––. ¿Por qué no me odias? O ¿me odias y pretendes desquiciarme con esta incertidumbre? ––con esas y muchas preguntas más que no llegó a expresar, se quedó finalmente dormido.

Kaiya entró a la casa con el almuerzo en las manos. Al pasar por el sofá, lo pateó para que la pareja, que acababa de regresar de su paseo y ahora andaba en pleno besuqueo, se despegara antes de que la madre los viera.

––¿Qué pasa? ––Yuto alzó la cara molesto porque los interrumpieran, pero al ver la mirada seria de su cuñado menor, se tranquilizó.

––Kaiya, ¿qué traes en las manos? ––Akiyama miraba inmutable los paquetes. Muy pocas cosas solían molestarlo, porque jamás se daba por enterado de lo que sucedía a su alrededor.

––El almuerzo ––explicó, buscando con la mirada al rubio.

––¿Dónde está Yoshiro? ––preguntó la madre entrando en la sala, sacándole la pregunta de los labios.

––Durmiendo, de nuevo ––Akiyama giró los ojos, dando a entender que no sabía cómo alguien podía dormir tanto cuando podía estar haciendo miles de cosas interesantes.

––Kaiya, ¿quieres ir a buscarlo? Ustedes dos, vengan a ayudarme con el almuerzo ––ordenó la mujer, haciéndose la sorda a las quejas del par.

Kaiya entró en la habitación y sorprendido descubrió que el rubio estaba dormido en su lado de la cama. Se sentó al lado de su hermano y entonces vio la foto que tenía en las manos. Con cuidado, se la quitó y la regresó a la gaveta––. Yoshiro, despierta ––le tocó el hombro. El rubio frunció el ceño, pero nada más––. ¿Quieres que te la vuelva a comer? ––murmuró acercándosele.

Yoshiro quedó sentado––. Coño ––gruñó cuando su espalda se quejó por el brusco movimiento. Quedaron tan cerca que sus narices prácticamente se tocaban––. No jodas ––cabreado, volteó el rostro y se echó hacia atrás.

––Trajimos almuerzo ––el impasible moreno, se levantó y entró al baño––. Toma ––al salir traía dos pastillas y agua en el vaso que utilizaban para enjuagarse la boca––. Son acetaminofén, pastillas para el dolor ––le explicó al ver cómo las miraba.

––Gracias ––las aceptó avergonzado, porque por un segundo había pensado que eran cianuro o algo similar. Sabía que estaba siendo absurdo, pero estaba cansado y confundido por culpa del chico y sus propios sentimientos de culpa. Y si a eso se le sumaba que estaba preocupado por su padre y el trabajo que había dejado sin explicación en manos de su socio, en realidad era de asombrar que no actuara más estúpidamente de lo que llevaba haciendo hasta el momento, concluyó tomándose las pastillas.

––¿Vienes? ––Kaiya se hallaba en la puerta, esperándolo.

––Sí ––se levantó y bajaron juntos sin hablar ni mirarse.

Luego de almorzar, se dirigieron al hospital. Mientras conducía y fingía escuchar a su madre hablar sobre el club de costura, Yoshiro miraba por el espejo retrovisor a sus hermanos. Akiyama y Yuto no cesaban de hacerse mimos, mientras Kaiya escuchaba su ipod y observaba la carretera. De repente, el moreno desvió la mirada, como si sintiera la suya sobre él. Se miraron unos segundos, que al rubio le parecieron demasiado largos, antes de que recordara que estaba conduciendo y regresara la vista al camino.

––Recuerden que sólo pueden estar 5 minutos. Entraré primero y luego entran de dos en dos, porque quiero volver a compartir un rato más con su padre, a solas, antes de que tengamos que salir ––explicó la madre mientras caminaban hacia el área de intensivo, donde su padre llevaba ya un par de días. Antes de entrar a la habitación, les ordenó a Akiyama y Yuto que se comportaran.

––¿Cuánto dura la visita? ––Yoshiro pensaba que tendrían toda la tarde para acompañar a su padre.

––Media hora al mediodía y una hora a la tarde ––Kaiya lo miró, quitándose el ipod––. Está conectado a varias máquinas. Pero, aunque se vea mal, está mucho mejor.

Yoshiro lo miró nervioso. Lo único que su madre le había dicho al llamarlo, había sido que su padre había sufrido un derrame cerebral. Imaginaba que su estado de salud era delicado, por supuesto, pero no sabía cuán delicado.

––¿Máquinas?, ¿qué tipo de máquinas? ––por qué carajo su madre lo mantenía en la ignorancia en todo, se preguntó molesto. ¿Acaso ya no lo consideraba parte de la familia? Primero, lo había dejado sin habitación. Luego, había acordado con el moreno que compartiera su cama sin consultar con él. Y ahora, le ocultaba los detalles de la condición de salud de su padre.

––Para ayudarlo a respirar, para monitorear los latidos de su corazón, ese tipo de máquinas ––Kaiya lo miraba serio y tranquilo. Podía ver que estaba nervioso y asustado. Lo entendía, puesto que él también había estado así; primero con su padre natural y ahora con el padre adoptivo.

––Yoshiro, entra con Kaiya en lo que hablo con estos ––la madre miraba molesta a la pareja. Al regresar al área de espera, los había encontrado besándose.

––Tranquilo ––Kaiya le puso una mano en la espalda al rubio y le dio un leve empujón, cuando se percató que se había quedado “congelado” en la puerta al ver a su padre rodeado de tanta máquina.

Yoshiro no quería ni imaginar cómo hubiera reaccionado si el moreno no le hubiera advertido antes de entrar. Aún aturdido, observó cómo Kaiya se inclinaba y abrazaba a su frágil padre. Este, aunque no podía hablar por el tubo que tenía en la boca, podía mover un brazo y con el mismo, le había devuelto el abrazo. Luego, al verlo detrás del chico, le había hecho señas para que se acercara.

––Papá ––murmuró abrazándolo emocionado. Su padre era un hombre fuerte. Jamás se había enfermado y verlo en esas condiciones, lo había impresionado.

––Yoshiro llegó ayer por la tarde ––Kaiya decidió intervenir, porque veía al rubio conmocionado.

––Sí, no pude llegar antes porque no conseguí un vuelo más temprano ––explicó, reaccionando––. Puedes estar tranquilo, porque como le dije a mamá, del lunes en adelante me encargaré del negocio ––sonrió al sentir la leve colleja de su padre. Esa era su manera de decirle que todo iba a salir bien.

––Volveremos por la noche ––Kaiya le señaló el reloj de la pared al rubio, recordándole que contaban con poco tiempo.

––Cierto ––miró hacia la puerta, donde estaban Akiyama y Yuto esperando su turno––. Papá, tenemos que irnos, pero regresaremos ––lo abrazó de nuevo, sintiéndolo frágil––. Kaiya, gracias ––le dio al moreno, una vez estuvieron fuera de la habitación.

Kaiya sólo asintió y luego le quitó la cajetilla de las manos––. Aquí, está prohibido fumar ––le recordó.

Yoshiro se encaminó hacia la salida, luego de informarle a su madre que los esperaría afuera. Necesitaba fumarse un cigarro. Ver a su padre en esas condiciones lo había hecho pensar en todo lo que daba por sentado en la vida y que en un segundo podía perder. Respiró profundo cuando el aire fresco golpeó su rostro. Odiaba los hospitales, olían a enfermedad, sufrimiento y muerte––. ¿Dónde está? ––se preguntó, buscando en sus bolsillos la cajetilla que el moreno le había quitado y no le había devuelto.

––¿Buscas esto? ––Kaiya le entregó la cajetilla, mientras se sentaba a su lado.

––Gracias ––¿Por qué lo había seguido? Pudo haber esperado a salir con los demás para dársela. Mientras encendía un cigarro, lo observó de reojo. El moreno se había vuelto a colocar el ipod y observaba a la gente entrar y salir del hospital. ¿Por qué lucía tranquilo a su lado?, ¿por qué lo trataba bien?, ¿por qué no le decía de una buena vez qué había sentido al volver a verlo? En fin, quería que le dijera algo, lo que fuera.

––Kaiya… ––Yoshiro fue interrumpido por Akiyama y Yuto que desde la puerta del hospital los llamaron a gritos.

––¡Aquí están! Mamá dijo que nos fuéramos a dar una vuelta, que ella se iba a quedar cuidando de una amiga del club de costura a quien encontró cuando íbamos saliendo y que cuando volviéramos por la noche regresaba con nosotros ––Akiyama se tiró en la falda del moreno para quitarle el ipod––. ¿Me escuchaste? ––preguntó colocándose el ipod del chico.

––¡Akiyama, compórtate! ––Yoshiro se levantó cabreado, agarrando al peli-castaño por un brazo, haciéndolo ponerse de pie. Lo soltó al ver cómo los tres chicos lo miraban.

––Cielos, que gruñón ––Akiyama le devolvió el ipod al moreno y se abrazó a su novio––. Yuto, me ataca el ogro.

––Yo te protegeré ––Yuto se lo llevó hacia el auto. Durante el camino, aprovechó para decirle––: Eso te pasa por tirarte en los brazos de otro hombre.

––¡Oye! No es otro hombre, es mi hermano y no fueron sus brazos, fue su regazo ––el chico se alejó del pelirrojo y se paró al lado del auto––. ¿Qué les pasa a todos hoy? ––refunfuñó, sobándose el brazo. El rubio lo había sujetado con bastante fuerza.

––Lo sé, pero me cabrea verte con otros hombres ––Yuto volvió a abrazarlo––. ¿Te hizo daño? ––preguntó revisando su brazo y besando la leve marca que encontró en el mismo.

––No seas idiota, que son mis hermanos y los abrazo siempre ––Akiyama pronto olvidó su enojo. Así era él, nada lo molestaba por mucho tiempo.

––Vamos ––Kaiya se levantó sin dejar de observar al rubio, que miraba fijamente al peli-castaño.

Yoshiro lo siguió en silencio––. ¿A dónde quieren ir? ––preguntó a los chicos, una vez se hallaban todos en el interior del auto. Sabía que tenía que sentarse a hablar con Akiyama en algún momento, pero tenía que ser cuidadoso con sus palabras. No quería hacerle más daño al moreno, por lo que tenía que evitar a toda costa que su hermano se enterara por su boca del amor platónico que este sentía por él.

––¡A la playa! ––Akiyama ya había olvidado el incidente, como demostró al abrazar al mayor desde el asiento trasero––. Hace siglos que no vamos a la playa. ¿Nos llevas?, ¿sí?, ¿verdad que sí?

Yoshiro no pudo evitar reír. Asombrado, descubrió que era la primera vez que reía desde que había llegado––. Claro, ¿por qué no? Aunque no es época de playa, siempre podemos sentarnos a ver el mar.

––Te sentarás tú que estás hecho un anciano ––Yuto comentó por fastidiar, pues su novio lo había abrazado minutos antes––. Nosotros correremos por la arena.

¿Anciano? Con disimulo o eso pensaba él, Yoshiro se miró en el espejo. Para su contrariedad, se topó con la mirada del moreno. Desvió de inmediato el rostro. ¿Por qué lo estaba mirando de aquella manera tan penetrante? Encendió un cigarro, a pesar de las quejas de la pareja. Para distraerse, puso la radio y no volvió a despegar sus ojos del camino.

––¡El último en llegar a la playa, paga la cena! ––gritó Akiyama corriendo con su novio hacia la orilla.

––Como si no me tocara pagar de todas maneras ––Yoshiro apagó el cigarro y respiró profundo. Amaba el olor a mar. Se sentó debajo de unas palmeras y encendió otro cigarro––. ¡¿Qué haces?! ––preguntó alterado cuando sintió que el moreno se sentaba detrás de él y colocaba las piernas a cada lado de su cuerpo.

––Shhh, si alzas la voz, vendrán a ver qué pasa ––Kaiya metió la mano por debajo de su camisa y le pellizcó una tetilla, a la vez que su lengua comenzaba a juguetear en su oreja.

––Suéltame ––agitado, el rubio buscó con la mirada a los otros chicos, comenzando a levantarse––. Ahhh, si serás cabrón ––jadeó cuando la mano del moreno comenzó a acariciarlo por encima del pantalón. El rubio se estremeció, perdiendo la oportunidad de escaparse.

Kaiya aprovechó ese instante de duda para meter la mano dentro del pantalón y comenzar a masturbarlo. A pesar de estarle metiendo mano, estaba pendiente de los otros. Estos andaban bastante lejos, recogiendo caracoles y besuqueándose.

––Kaiya, ahhh ––maldita sea, ¡para de jadear!, se ordenó mentalmente––… cualquiera puede… vernos ––concluyó haciendo un enorme esfuerzo para no volver a jadear en voz alta.

––Sólo estamos nosotros cuatro ––le mordisqueó el cuello, mientras lo hacía ponerse de rodillas.

––¡No!, ¿qué… qué pretendes? ––coño, ¿no pretendía tirárselo allí, verdad? Cuando los dedos del chico entraron en su ano, supo que estaba perdido––. Ahhh, no… ––aún le dolía el culo, carajo. Maldiciendo la mano que lo masturbaba y le proporcionaba tanto placer, se sujetó de esta pues a duras penas lograba mantener el equilibrio.

Kaiya sacó los dedos y lo abrazó para sostenerlo mientras entraba lentamente en su interior.

––Ahhh, joder ––eres un cabrón, completó en su mente. Jadeaba y miraba desesperado a su alrededor, sin poder evitar mover las caderas al ritmo marcado por el menor. Odiaba cómo su cuerpo buscaba el del chico y ese placer tan inusual que le proporcionaba––. Akiyama y… ahhh… Yuto ––alarmado veía cómo la pareja corría y se empujaba, acercándose al área donde estaban––. Kaiya, ahhh… detente ––maldita sea, no quiero que me vean así, pensó tensándose y comenzando a perder la erección––. Nos escucharán, nos verán ––no podía dejar de pensar en lo humillante que sería que lo vieran dejándose follar por Kaiya.

––Shhh ––Kaiya le tapó la boca con una mano, mientras con la otra masajeó con mayor intensidad su miembro, logrando que volviera a empalmarse. Con rápidas embestidas, logró que el chico se corriera. Sólo despegó los ojos de la pareja que se acercaba, cuando alcanzó el orgasmo. Se corrió con fuerza en su interior, mientras colocaba un suave beso en su cuello––. No te vieron ––anunció tranquilamente soltándolo por fin.

Eres un malnacido, Yoshiro lo insultaba mentalmente mientras se arreglaba a toda prisa la ropa. Lo hubiera golpeado de no ser porque estaría perdiendo tiempo y los otros lo cogerían con la ropa desarreglada.

––¿No se movieron de ahí? Que aburridos ––Akiyama se sentó entre medio del silencioso par––. ¿Qué sucede? ––preguntó observando la cara de cabreo del rubio y la cara imperturbable del moreno.

––Nada ––Yoshiro se levantó, encendiendo un cigarro––. Vamos a comer ––sin esperar por los demás se dirigió al auto. ¿Así que en eso consistía la venganza de su primo-hermano? Utilizar el sexo para humillarlo. Estaba triste, no podía negarlo. Lo quería y sabía que le había hecho mucho daño; pero había tenido la absurda esperanza de que pudieran sanar su arruinada relación.

Deja un comentario »

Redemption, capítulo 4

Una vez en la pizzería, lugar al que se había dirigido sin pensarlo siquiera por haber sido el favorito del moreno, Yoshiro ordenó una jarra de cerveza.

––Yoshiro, ¿no crees que eso es demasiado para ti solo? ––Akiyama miraba preocupado a su hermano––. Sabes que ninguno de nosotros bebe ––el rubio lucía extraño. Incluso él, había acabado percatándose de ese hecho. Mientras conducía en silencio, su hermano se había dedicado a fumar cigarro tras cigarro.

––Ya regreso ––sin dar tiempo a que el peli-castaño hiciera otro comentario, Yoshiro se levantó y se dirigió al baño. Luego de asegurarse de que estaba solo, se limpió. Maldito, aún lo sentía dentro de él. Se miró en el espejo y, por segunda vez en su vida, no reconoció su imagen. No le gustaba en lo que se estaba convirtiendo, de nuevo. Había pasado cuatro años intentando recuperarse y ahora volvía a sentirse perdido.

––¿Ustedes dos discutieron? ––preguntó Akiyama al moreno.

––No ––Kaiya miraba, por donde el rubio había desaparecido, sin alterar su expresión facial.

Con un suspiro de cansancio, Yoshiro se lavó el rostro y salió del baño. Sabía que hasta que el moreno no se decidiera a hablar con él, no haría nada. Era como si su vida estuviera en pausa.

––Entonces, ¿qué tiene?, ¿pasó algo en la playa? ––Yuto se unió a la preocupación de su novio. Lo cierto era que el rubio los había hecho pasar más de un susto mientras conducía distraídamente hasta la pizzería.

Kaiya no contestó. Se limitó a observar al rubio que regresaba a la mesa con una expresión lejana en su rostro.

La llegada de la camarera detuvo las preguntas de la pareja, que estaba a punto de recomenzar el interrogatorio. La hermosa chica colocó la enorme pizza en el centro y las bebidas frente a los chicos sin dejar de mirar al rubio. Luego, anotó algo en un pedazo de papel y acercándose al desprevenido chico, con un coqueto guiño guardó el pedazo de papel en el bolsillo de su camisa. Este la miró, sacó el papel, observó que era el número de su móvil, lo guardó y se sirvió un vaso enorme de cerveza, que bebió prácticamente sin respirar.

––Toma ––Kaiya le pasó un pedazo de pizza al rubio, mirándolo serio.

Yoshiro se sirvió otro vaso y se lo bebió del mismo modo, antes de dar un mordisco a la pizza. Mientras fingía escuchar a Akiyama y Yuto, quienes por fortuna habían descubierto a unos compañeros que negaban ser pareja en una de las mesas más apartadas; se bebió todo el contenido de la jarra, mientras fumaba cigarro tras cigarro, evitando mirar al moreno, dejando en el plato el pedazo de pizza prácticamente intacto.

––¡Yoshiro, no piensas conducir, ¿verdad? ––Akiyama miraba sorprendido la jarra vacía. Ya habían terminado de cenar y su hermano estaba pagando. El peli-castaño no podía negar que estaba asombrado, pues el rubio jamás había bebido de manera tan irresponsable cuando era el conductor designado.

––Claro que sí ––Yoshiro miró a la pareja que lo observaba como si estuviera mal de la cabeza––. ¿Cuál es el problema? Sólo fueron unos pocos tragos ––por dios, en otras ocasiones había conducido completamente ebrio sin haber tenido un accidente. Al no tener la mente clara, no recordaba el importante detalle de que esas borracheras se las había cogido en el extranjero.

––Conduciré yo ––Kaiya se levantó y se le acercó––. Dame las llaves.

––Por supuesto que no ––Yoshiro también se levantó y lo miró molesto.

Kaiya no dijo nada más. Simplemente, metió la mano en el bolsillo del rubio y agarrando las llaves, salió del restaurante, camino al auto.

Yoshiro se le fue detrás con el último vaso de cerveza aún en la mano. Akiyama y Yuto los siguieron preocupados por la actitud del rubio.

––Devuélveme las llaves ––exigió el rubio, agarrando al moreno por el brazo.

Kaiya reaccionó tan rápida y repentinamente, que cuando el rubio se percató, este se había soltado de su agarre, lo sujetaba a él, abría la puerta del lado del pasajero y lo empujaba al interior del auto.

Un cabreado Yoshiro, resistiéndose a entrar, le tiró al moreno su bebida en la cara.

La seriedad con que Kaiya miró al rubio, asustó a Akiyama y Yuto.

Yoshiro mantuvo su actitud desafiante. Quería que el chico se molestara, que perdiera el temple, que lo golpeara. ¡Con mil demonios, quería que hiciera algo, cualquier cosa! Lo estaba provocando adrede, pero el moreno se dio media vuelta y entró a una tienda de ropa que quedaba al lado de la pizzería.

––¿Qué te pasa? ––Akiyama se paró frente a su hermano, impidiendo que siguiera al menor, como había intentado––. Jamás pensé que fueras tan cruel. ¿Acaso has olvidado que odia la bebida? ––el peli-castaño le enterró un dedo en la frente––. ¿Has olvidado que fue un conductor ebrio el que ocasionó el accidente donde murieron sus padres frente a sus ojos? ––el chico miró completamente decepcionado a su hermano mayor, antes de irse a cotillear con su novio.

Yoshiro sintió cómo desaparecía el aturdimiento causado por la bebida. Sujetándose de la portezuela, se inclinó y vomitó. Decir que se sentía como una mierda, era poco. ¿Cómo había podido olvidar que Kaiya había quedado atrapado en el auto sin poder ayudar a sus padres, que murieron desangrados a su lado?

Con una camisa nueva, Kaira pasó por el lado del rubio sin mirarlo, se sentó frente al guía y esperó a que este entrara.

––Lo siento ––Yoshiro se colocó el cinturón de seguridad, mirando apenado al moreno.

El chico apenas lo miró antes de colocar una goma de mascar de menta en su mano y conducir hacia el hospital, donde su madre los esperaba.

––¿Qué les pasa a estos dos? ––Yuto miraba al silencioso par, mientras acariciaba el miembro de su novio por encima del pantalón.

––No sé… ahhh… deja ––Akiyama se contradecía al acercarse más a su novio para besarlo apasionadamente, sin dejar de frotarse contra su mano.

––No están solos ––Yoshiro se volteó a mirarlos cabreado.

––Que gruñón, cielos ––Akiyama apartó la mano de su novio de su entrepierna.

Los chicos hicieron el resto del viaje en silencio. Al llegar al hospital, Yoshiro se acercó al moreno sin saber bien qué decir. Pero la llegada de su madre, le impidió hablar con él.

––Chicos, por poco no llegan. Pasen rápido, que queda menos de media hora para que estén con su padre ––cuando el rubio y el moreno pasaron por su lado, la mujer los detuvo––. Un momento, ¿por qué huelen a cerveza? ––preguntó molesta, agarrándolos por un brazo––. Así no van a entrar a ver a su padre.

––Mamá, es mi culpa. Kaiya no estaba bebiendo. Deja que él pase ––le suplicó el rubio a su madre.

––No. Ya hablaremos cuando lleguemos a casa ––la mujer entró a la habitación con los otros dos chicos.

––Kaiya, yo… ––Yoshiro empezó a disculparse, pero el moreno dándose media vuelta, se alejó de él––. Rayos ––ese definitivamente no había sido su día, pensó entrando al baño. Estaba meando, cuando sintió que alguien entraba. No hizo caso, no era de los que se ponían a espiar a otros hombres en los baños. Caminaba hacia el lavamanos, cuando sintió que lo agarraban por un brazo y lo metían a uno de los cubículos––. Hijo de puta, ¿qué carajo quieres? ––preguntó resistiéndose, porque el sujeto lo pegaba de cara a la pared.

––Es mi padre también y quería verlo ––susurró un molesto moreno en su oído.

––¿Kaiya? ––¿por qué se asombraba, si este se pasaba atacándolo cuando menos se lo esperaba?, se preguntó mientras forcejeaba para que el chico no le abriera el pantalón––. ¿Estás loco? ––le preguntó cuando este de mala manera logró bajarle el pantalón junto con el bóxer––. Aquí no ––no iba a negar que le preocupaba que al moreno no pareciera importarle que los descubrieran.

Kaiya le sujetó las manos a la espalda para que no siguiera intentando subirse la ropa––. Mierda, alguien puede entrar ––gruñó, presintiendo que esa vez no habría preparación ni gentileza y era su culpa, lo sabía. Le había tirado cerveza en la cara y lo había hecho recordar la muerte de sus padres. Pero, no quería que lo violara allí, a pocos pies de la habitación de su padre.

De repente, el moreno detuvo el forcejeo. El rubio podía sentir cómo temblaba pegado a su espalda. ¿Tan furioso estaba?, se preguntó aprovechando para recuperar sus manos y subirse el pantalón. Pero cuando el puño del chico pasó a pocos centímetros de su rostro, se detuvo asombrado––. Aún no nos vamos ––Kaiya comenzó a masturbarlo a la vez que rozaba su erección entre sus nalgas.

––Ahhh…, coño, te dije que aquí… ahhh… no ––Yoshiro recostó la cabeza sobre la fría pared, maldiciendo su cuerpo que reaccionaba con placer a los pellizcos en sus tetillas, a las lamidas y mordidas en su oreja y cuello; pero, sobre todo, a la mano que frotaba su pene.

En ese momento, entraron dos médicos, quienes afortunadamente estaban demasiado envueltos en la discusión de una difícil operación como para fijarse en los zapatos que se veían por debajo de la puerta de uno de los cubículos.

––Ahh… ––espantado, Yoshiro se mordió una mano para evitar que se escucharan sus jadeos. Kaiya le estaba metiendo dos dedos, lo suficientemente humedecidos como para que entraran sin gran resistencia, por su adolorido culo––. Coño, no otra vez… ahhh ––susurró, peleando consigo mismo por no poder dejar de jadear.

––Si haces ruido, nos descubrirán ––Kaiya metía y sacaba los dedos. Sabía dónde tocarlo para hacerlo gemir de placer. Cuando consideró que el rubio ya estaba lo suficientemente relajado, sujetó su cadera y comenzó a penetrarlo con embestidas lentas, pero fuertes.

––Uf ––Yoshiro se mordía la mano, mientras continuaba maldiciendo mentalmente al chico que le provocaba dolor y placer a la vez. Estaba demasiado consciente de los médicos hablando a pocos metros de donde ellos estaban, como para percatarse de la sangre que bajaba por su mano y como para poder disfrutar de aquello. ¿Disfrutar? ¿Por qué carajo había utilizado esa palabra? Desde que había regresado, Kaiya parecía pensar que le pertenecía su culo. Y le dolía, maldita sea, si no le había dado descanso. No, no estaba disfrutando, no lo había hecho ninguna de las veces, simplemente se dejaba hacer, sólo eso.

Kaiya acallaba sus propios jadeos, mordiendo, marcando el cuello del rubio. Volvió su atención al miembro del chico, buscando además el punto interior donde lo hacía olvidar todo, incluso dónde estaban. Sabía que estaba preocupado por ese par de hombres que hablaba a pocos pasos del cubículo; en cambio, a él le importaban un rábano. Pero si no lo sentía disfrutar, de nada valía aquello.

Creía haber visto a Yoshiro y Kaiya entrar al baño, pensaba uno de los médicos mientras escuchaba al otro describir una complicada operación. Resultaba que ese médico era el vecino de los chicos, así que los podía reconocer en cualquier lado; pero, en esos momentos, no los veía allí. Sólo uno de los cubículos estaba cerrado, por lo que se preguntaba en qué momento habían salido sin que él los viera. Por supuesto, cuando escuchó lo que parecían unos jadeos apagados, bajó la mirada y vio los dos pares de zapatos en el cubículo cerrado––. ¿Qué te parece si nos tomamos un café? ––dijo agarrando el brazo de su despistado compañero, sacándolo del baño antes de que se percatara de lo que sucedía. Esos hombres no podían ser los chicos, se rascó el cuello, mientras se dirigía a su oficina.

Justo cuando la puerta se cerraba tras los médicos, los chicos se corrieron. Respirando aún agitado, Yoshiro se miró la mano y vio que un hilo de sangre bajaba hasta su codo. Suspiró, mientras se acomodaba la ropa en un silencio incómodo. Por lo menos, era incómodo para él. Luego de que Kaiya saliera del cubículo, se paró frente al lavamanos para limpiarse la sangre––. ¿Qué quieres ahora? ––le preguntó cansado al moreno, cuando este le sujetó la mano para ver de dónde provenía la sangre al ver sorprendido cómo se enrojecía el agua.

––Espera aquí ––le dijo el chico saliendo del baño.

¿Qué esperara qué? Yoshiro no pensaba quedarse allí. A saber si lo que pretendía era tirárselo de nuevo. Se miró en el espejo e hizo una mueca por lo paranoico que se estaba comportando. Se estaba secando la mano, cuando el moreno entró con un pote de agua oxigenada y unas vendas.

––Dame la mano ––como su hermano lo miraba atontado, Kaiya le sujetó la mano––. Te va a arder un poco ––anunció antes de limpiar la mordida para luego cubrírsela con las vendas––. Ya, vámonos ––se paró en la puerta a esperarlo.

––¿De dónde sacaste esto? ––Yoshiro finalmente logró reaccionar. Caminaba a su lado, mirándose la mano, pensando en lo irónico de la situación. El moreno parecía preocupado porque le ardiera la mano, pero no le importaba follarlo sin descanso donde podían verlos o escucharlos.

––De la oficina del Dr. Myooji ––Kaiya le abrió la puerta del auto, del lado del pasajero, por supuesto, antes de dirigirse al asiento del conductor.

––¿Lo robaste? ––Yoshiro lo miró preocupado. Prefería mantener al médico a distancia. Aún podía recordar cómo lo había mirado el día que había ido a atender a Kaiya. Era como si el hombre sospechara, aunque no le había hecho un estudio completo al chico. Quizás había sido su imaginación o sentido de culpa, pero mientras más distancia hubiera entre ellos, mejor.

––No, se lo pedí ––explicó, mirándolo serio. ¿Qué tipo de persona pensaba que era?, se preguntó sin entender por qué había llegado a la conclusión de que robaba.

––¿Qué le dijiste? ––Yoshiro lo miró nervioso.

––Que te habías lastimado una mano ––Kaiya lo miró con cara de obviedad––. Se ofreció a atenderte, pero le dije que no era grave ––no entendía por qué su hermano lucía nervioso; a fin de cuentas, el hombre era amigo de la familia.

El rubio respiró aliviado. Si hubiera visto al médico en las condiciones que estaba, el hombre hubiera sospechado con más razón. No creía poder mantener una actitud normal con lo cansado que estaba. Y, no se refería tanto al cansancio físico, pensaba más bien en el cansancio emocional que se estaba adueñando de su ser a una velocidad preocupante.

––Hijo, sé que estás agobiado por la salud de tu padre, por haber tenido que dejar súbitamente tu trabajo y tu modo de vida, por el reencuentro con tu familia que ya no es la misma; pero beber no es la solución ––su madre lo había atajado tan pronto habían puesto un pie en la casa y, luego de solicitarle a Kaiya que bajara tan pronto se bañara, se dirigió con el rubio a la cocina.

––Lo sé. Lo siento ––sonriendo agradecido por la caricia de su madre. Se sentía un poco estúpido e infantil, pero el que ella le acariciara el cabello, lo reconfortaba––. Mamá, Kaiya no estaba bebiendo, yo…

––Se le resbaló el vaso y, este al caer, me mojó la camisa ––Kaiya lo interrumpió al entrar en la cocina––. Eso fue todo ––se sentó al lado de la mujer, que sonrió aliviada.

Yoshiro miró asombrado al chico, quien le devolvió la mirada, sereno.

––Le dije a su padre que se habían quedado hablando con unas amistades, para no preocuparlo ––explicó la mujer, colocando un plato de galletas frente a los chicos––. Me voy a dormir ––les besó la frente a cada uno, antes de marcharse hacia su habitación.

––¿Por qué le mentiste? ––Yoshiro se volteó a mirar a su hermano.

––¿Quieres darle otro motivo más de preocupación? ––Kaiya agarró una galleta y la mordió mirándolo serio, tranquilo.

––No, por supuesto que no ––no lo entendía. Sinceramente, no entendía qué pensaba, por qué actuaba como actuaba, qué esperaba de él.

––¿Quieres leche? ––el moreno se levantó y le sirvió un vaso sin esperar respuesta. Se sirvió otro para él y se sentó a su lado sin dejar de mirarlo.

––¿Um? ––lo miró distraído––. Gracias ––Yoshiro recordó las incontables noches que ellos dos bajaban a escondidas a saquear la nevera, riendo y empujándose. Siempre acababan comiendo galletas y bebiendo leche, como hacían en esos momentos. De repente, se levantó sintiendo que se asfixiaba.

Kaiya observó cómo el rubio salía de la cocina sin mirar hacia atrás.

Había estado a punto de decirle que lo había extrañado. Yoshiro se recostó de la puerta, observando la oscura habitación. ¿Qué hubiera pasado si le hubiera dicho eso?, se preguntaba mientras entraba al baño. No debió de haberse marchado, debió haber aprovechado el momento y decirlo. Quizás esas palabras hubieran hecho que la barrera del chico se derrumbara. Porque tenía que ser una barrera aquella actitud de su hermano. No podía creer que él se hubiera transformado en esa persona egoísta, cruel e indiferente. No, su hermano no era así.

Al salir del baño, se encontró con el chico en la habitación. Se miraron, como si esperarán algún movimiento de parte del otro, el cual jamás llegó.

Con un suspiro de cansancio, Yoshiro se acostó. Tenía los ojos cerrados, aunque no dormía, cuando Kaiya se acostó a su lado. Al sentir que este lo abrazaba por la espalda, se tensó. Pero el moreno no intentó hacer nada. Aparentemente, sólo quería dormir abrazado a él. ¿Por qué? Esa pregunta rondó por su mente el tiempo que estuvo despierto e incluso se coló en sus sueños. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? La pregunta se repetía una y otra vez sin obtener respuesta.

Deja un comentario »

Redemption, capítulo 5

Yoshiro observaba la pulcra habitación del Dr. Myooji desde la ventana de la habitación que compartía con Kaiya. Habían pasado tres semanas y todo iba bien en su vida. La primera semana en el negocio, con la ayuda de sus asistentes Yuki y Kenshi, lo había puesto a correr a capacidad. Su padre iba mejorando a pasos agigantados y Kaiya no había vuelto a molestarlo sexualmente. De hecho, llevaban una relación afable.

Sentándose en el marco de la ventana, mientras encendía un cigarro, reflexionaba en la cómoda rutina en la que había caído desde el día que había tomado el control del negocio. Despertaba con el moreno abrazado a su espalda, lo cual no dejaba de inquietarlo, pero lo prefería a que estuviera follándolo sin descanso. Luego, desayunaban en compañía de su madre, Akiyama y Yuto. Entonces, cada cual partía a sus respectivos lugares: su madre al hospital a cuidar de su padre, a quien finalmente habían bajado a una habitación privada; Akiyama, Yuto y Kaiya a la universidad; y él al negocio.

Abriendo la ventana para dejar salir el humo del cigarro, sonrió al pensar en la hermosa camarera que se tiraba todos los días a la hora de almuerzo. El primer día de trabajo, ella lo sorprendió al aparecer repentinamente. Le explicó que el día que habían ido a cenar a la pizzería, había reconocido a Kaiya, quien ayudaba en el negocio durante las vacaciones. Por lo que, decidió darse la vuelta por el local y preguntar por él. Con una sugestiva caricia en el brazo, le dijo cuán feliz estaba de haberlo encontrado. Luego de acordar que ninguno deseaba algo más allá de lo sexual, se encerraron en su oficina y, desde ese día, almorzaba puro sexo.

––No me puedo quejar ––murmuró, admitiendo que aún así no se sentía del todo tranquilo. El que el moreno no le hubiera vuelto a poner una mano encima para satisfacerse, no significaba que este lo hubiera perdonado o que hubiera sanado y eso lo entristecía––. Coño ––el cigarro se le cayó al sentir la vibración del móvil en su bolsillo––. Fudo, por poco haces que me queme con el cigarro ––dijo a modo de saludo a su amigo y socio, pisando el cigarro encendido y lanzándolo por la ventana.

––Estoy bien, gracias ––la voz en la otra línea sonaba divertida.

––No jodas, me asustó el móvil ––sonrió, acomodándose de nuevo en el marco de la ventana, observando cómo la tarde iba cayendo.

––Cielos, tan cariñoso como siempre ––el hombre reía, mientras decía adiós a la pareja con la que acababa de follar––. Si no te llamo, jamás me llamas ––se quejó, caminando hacia la cocina a servirse un trago––. Deberías de tratarme mejor. Sabes que me abandonaste sin siquiera decirme adiós.

––No seas teatral. Te dejé una nota y hemos estado intercambiando correos electrónicos a diario ––encendió otro cigarro, sonriéndose y preparándose para una divertida conversación con el que era su mejor amigo desde la infancia.

––Pero en esos correos, no me dices por qué estás triste ––tan perceptivo y franco como siempre, Fudo fue directo al grano.

––No estoy triste ––el rubio sonrió, a pesar de estar negando lo evidente para ambos.

––Es por Kaiya, ¿verdad? ––como su mejor amigo que era, sabía todo lo que había ocurrido cuatro años atrás. De hecho, a él le había tocado arrastrar, en todo el sentido de la palabra, al rubio durante esos cuatro años. Por eso, al leer la rápida nota que este le había dejado diciendo que regresaba al hogar paterno, sin grandes explicaciones, no había podido evita preocuparse––. ¿Te insultó?, ¿te golpeó?, ¿te odia?, ¿te amenazó con decirlo?, ¿ha buscado la manera de vengarse? ¡Dime!

––No me insultó ni golpeó, supongo que me odia, pero no me amenazó ––per se, pensó. En cuanto a la venganza, mejor ignoraba esa pregunta––. Es… complicado ––no pensaba contarle lo que el chico le había hecho. Primero, porque por teléfono no se hablaba de temas tan privados y segundo por lo humillante que le resultaba decir que Kaiya se lo había tirado.

En la planta de abajo, Kaiya llegaba con los comestibles que su madre le había encargado cuando salía de la clase de kenjutsu. Los días que tenía esa clase, llegaba una hora más tarde a la casa; por lo que, su madre lo llamaba si necesitaba que comprara algo. Camino a la casa, observó que ya oscurecía e imaginaba que sus hermanos estarían muertos de hambre. Akiyama y Yuto sólo entraban a la cocina cuando sus padres los obligaban. Yoshiro al salir del negocio, pasaba por el hospital y ayudaba a su madre a atender a su padre; por lo que, llegaba cansado y lo menos que deseaba era ponerse a cocinar.

––Hijo, gracias ––la madre agarró los comestibles––. Akiyama y Yuto me traen loca con su cántico de “tenemos hambre” ––la mujer viró los ojos, indicando que estaban a punto de hacerla perder los estribos.

El moreno sonrió, puesto que ya se lo imaginaba––. ¿Dónde está Yoshiro? ––preguntó extrañado al no verlo tirado en el sofá.

––En la habitación ––explicó, gritando desde la cocina––. Se hartó de este par de majaderos.

Según se acercaba a la habitación, Kaiya escuchaba al rubio hablando. Imaginaba que estaría usando el móvil, pues su madre no había mencionado que tuviera visita.

––Um, ¿complicado? ––siempre que las personas decían complicado, había sexo envuelto, concluyó Fudo. No insistió porque no era el momento ni el mejor medio para hablar al respecto; por lo que decidió desviar la conversación a temas más relajados––. Joder, sabes que tener un ménage à trois sin ti no es lo mismo ––se tiró en la cama, riéndose––. Acabo de despedir a una pareja y follar con ellos, no se sintió igual. Me gusta verte en pelotas a mi lado, no sé, supongo que a eso se le llama morbo.

––A eso se le llama ser maricón ––Yoshiro lanzó una carcajada.

––Que cosas tan lindas me dices, coño. Te abro el corazón y me insultas, agradece que soy masoquista ––escuchar a su amigo reír, lo hacía sentir bien. Lo quería, nunca lo había negado ni ocultado. Pero era un amor de hermanos, algo enfermizo, lo admitía, por lo menos de su parte. Si Yoshiro lo hubiera dejado, se lo hubiera tirado o hubiera dejado que él lo cogiera; pero el rubio siempre se burlaba de él y se iba con cualquier tipa. Aún así, se tenían un gran cariño y se sentían cómodos el uno con el otro––. Te extrañé, ¿me extrañaste?

––Para nada ––Yoshiro lanzó la colilla por la ventana abierta, pensando que comenzaba a sentir hambre.

––No seas cruel, admítelo. Por cierto, soy bisexual, no maricón y lo sabes ––revisaba su agenda mientras esperaba que su amigo admitiera que lo había extrañado.

Kaiya se paró en la puerta de su habitación. Yoshiro estaba de lado y sonreía como no le había vuelto a sonreír a él desde que era un chiquillo. ¿Con quién estaría hablando?, se preguntó entrando en la habitación.

––Vale, te extraño, ¿contento?

¿Contento?, ¿hablaba con un hombre? Kaiya apretó los puños.

––Ahora, admite que me quieres. Yo te quiero ––dijo zalamero, riéndose a carcajadas.

––Ya, te quiero. Hablamos luego ––Yoshiro sonreía divertido al imaginarse el insulto que le enviaría su amigo por correo electrónico por dejarlo hablando solo.

––Kaiya, ¿hace rato que lle…? ––apenas alcanzó a ver la silueta del chico, antes de que este lo colocara de frente a la ventana––. ¿Qué sucede?, ¿qué haces? ––¿por qué carajo siempre acabo haciendo la misma estúpida pregunta?, se cuestionó, moviéndose nervioso al percatarse de que le estaba amarrando las manos a la espalda––. ¿Qué te pasa? ––miró azorado hacia la habitación del médico. Por fortuna, toda la casa estaba a oscuras, lo que significaba que el hombre aún no regresaba del trabajo.

El moreno le bajó los pantalones y de inmediato el rubio se puso en alerta. ¿Qué pretendía el chico? No lo había buscado en semanas, ¡semanas! Y ahora, de repente, se le tiraba encima, así no más––Kaiya, estamos frente a la ventana ––maldición, también le estaba bajando los bóxers––. Cualquiera que levante la mirada puede vernos y si el Dr. Myooji llega… ––no completó la oración, porque esta vez el chico sí que lo estaba penetrando sin prepararlo con embestidas fuertes. Apretó los ojos, se enterró las uñas en las palmas de las manos y se mordió los labios, aguantando el dolor. Le estaba haciendo daño y no entendía por qué. Bueno, aparte de haberlo violado cuatro años atrás, no creía haber hecho nada reciente que mereciera ese repentino ataque. ¿Es que no había tenido suficiente con follarlo sin descanso los primeros dos días de su regreso?, ¿no había sido suficiente humillación?, ¿sólo buscaba confundirlo con su gentileza para que cuando él se relajara, como finalmente había sucedido, pudiera violarlo?, ¿había sido esa su intención desde el principio?

Cuando Kaiya le mordió el cuello, abrió los ojos adolorido y aturdido por tantos interrogantes sin respuesta. Asustado, observó luz en la habitación del médico. ¡Dios, el hombre había llegado y los iba a ver! No se atrevía a abrir la boca, temía que en lugar de la voz, le salieran quejidos. Por otro lado, dudaba que el moreno fuera a detenerse. Pero, aún así, tenía que intentarlo; puesto que el hombre era amigo íntimo de su padre desde que ambos eran unos críos. ¿Qué pensaría si los veía en aquel plan?

––Kaiya… ––tal como había temido, su voz se escuchó patética, bastante similar a un sollozo. ¡Maldición, es que le dolía! Antes de volver a hablar, intentó respirar profundo, lo cual es una tarea bastante difícil cuando te están clavando una gruesa polla por el culo, concluyó. Pero cuando vio que el hombre se paraba frente al gavetero de espaldas a la ventana, le importó muy poco cómo se escuchara. Temía que este se volteara y recibiera aquel espectáculo como saludo––. Nos verá ––fue lo único que alcanzó a decir, porque el moreno al escuchar su voz, comenzó a embestirlo con más fuerza. Maldito infeliz, lo maldijo para arrepentirse casi de inmediato al pensar que quizás le había sucedido algo que había traído a su memoria los horribles recuerdos de aquella noche.

Kaiya, ¿qué quieres de mí?, se preguntaba dejando escapar, inevitablemente, los quejidos. ¿Quieres que grite y llore como lo hiciste aquel día?, ¿quieres que te suplique?, ¿quieres que te dé la oportunidad de humillarme de palabra? No sé qué quieres de mí. Dímelo y lo haré. Joder, el cuerpo y el corazón me duelen lo suficiente como para llorar y suplicar, si es lo que deseas. La angustia se estaba apoderando a pasos agigantados de su ser. Si el médico los veía, todo se complicaría. Sorprendentemente, esa era la menor de sus preocupaciones; ya que si no lograba que el moreno lo perdonara, no sabía qué haría. Bajó la cabeza y cerró los ojos, aguantando como podía las dolorosas embestidas, el brusco agarre de sus caderas y la inminente vergüenza de ser descubierto por el vecino.

Sasaki Myooji, con un suspiro cansado, colocó sobre el mueble su estetoscopio e identificación. Había sido un día largo y agotador. Por lo menos, había recibido una buena noticia: su amigo sería dado de alta a más tardar esa semana. Sabía que le esperaba un largo camino para su completa recuperación, pero lo lograría con el apoyo de su familia. Además, nunca había sido de los que se daban por vencido sin luchar. Recordaba las de veces que de pequeño seguía insistiendo hasta que lograba lo que quería.

Sonriendo por los gratos recuerdos, se llevó la mano a los espejuelos, cuando alcanzó a ver en el pequeño espejo que tenía sobre el mueble algo que lo dejó atónito. El hijo mayor y el menor de su mejor amigo estaban teniendo sexo frente a la ventana. Demasiado perturbado, sólo alcanzó a preguntarse si se habían vuelto locos. Si alguien levantaba la vista, podía verlos. Por un momento, estuvo tentado a voltearse, abrir la ventana y decirles que fueran más discretos. Pero al ver la expresión de dolor en el rostro del rubio y de furia en el moreno a sus espaldas, no supo qué hacer. Sabía que algo había pasado entre ellos aquella noche. Había alcanzado a ver mordidas y marcas en el cuello y las muñecas del moreno. Lo que no había podido confirmar era si había sido por consentimiento mutuo o no y el chico en aquellos momentos no había estado en condiciones de sacarlo de la duda.

Caminó hacia el baño, sin voltearse. Se reprendió a sí mismo por no haber tomado acción cuatro años atrás. Aunque reconocía que no había hecho nada, porque había pensado más en la reacción de su amigo que en la situación del morenito. Había utilizado la excusa de que a los jóvenes parecía gustarles el sexo duro para no investigar a fondo lo sucedido. Lo cierto era que tampoco había creído que el rubio fuera capaz de hacerle daño al chico, a conciencia. Se desvistió y entró a la ducha, pensando en lo mucho que ese par se quería. Había sido natural que no aceptara lo que ahora le parecía evidente. Yoshiro había violado a Kaiya y, en ese preciso instante, el moreno se estaba vengando. Dios, salió de la ducha y, a toda prisa, se puso su yukata. No podía dejar que los vieran, como sabía que tampoco podía pretender que el chico actuara con cordura y pensara en las consecuencias si estaba cegado por el dolor.

Para cuando entró a su habitación, ya los chicos no estaban frente a la ventana. Alcanzó a verlos frente al escritorio, donde el menor tenía inclinado al mayor. Sorprendido, descubrió que el rubio tenía las manos atadas a la espalda y, aunque la visión de eso lo incomodaba, por lo menos, nadie más alcanzaba a verlos. Apagó la luz, salió de su habitación y se encaminó a la cocina, sin saber qué pensar ni qué hacer ––si es que debía o no hacer algo al respecto.

––Ahhh… ––Yoshiro jadeó sorprendido cuando el moreno comenzó a masturbarlo. El chico no dejaba de sorprenderlo, tanto por su ataque como por la delicadeza de quitarlo frente a la ventana. Y, ahora, cuando pensaba que acabaría gritando por el dolor, este comenzaba a frotar su miembro logrando excitarlo––. Ahhh… ––dios, ¿quién entendía a su hermano? Él no, eso era seguro. Jadeaba excitado, demasiado consciente de las pulsaciones en su sexo que anunciaban la cercanía del orgasmo, como para prestar atención a las dolorosas embestidas––. ¡No! ––había estado a punto de correrse cuando el moreno le amarró la cabeza, evitándolo.

Yoshiro se quejaba, pues el muy cabrón lo seguía masturbando sin dejarlo correrse. En cambio, el hijo de puta se había corrido un par de veces dentro de él. Lo había llevado a la cama y seguía follándolo sin darle tregua a su adolorido culo y sin dejar que se desahogara su endurecido pene.

––¿Quieres correrte? ––susurró el moreno en su oído, mordisqueando juguetonamente su oreja.

Yoshiro asintió, desesperado. Dios, la polla le latía, indicándole que necesitaba desahogarse con urgencia.

––Pídemelo de por favor ––le mordió con suavidad la parte trasera del cuello, donde comenzaba la columna vertebral, enviándole corrientes de electricidad que sólo le provocaron pulsaciones más fuertes.

––Ah, Kaiya, ahh, por-por favor ––cabrón, cabrón, repetía como un mantra––. Deja que… ahhh… me corra ––suplicó con la cabeza baja, agradeciendo que su hermano lo follara de espaldas para no ver su expresión de satisfacción. Se lo imaginaba con una sonrisa burlona por haberlo obligado a suplicarle. Pero el chico estaba serio, no había ni sonrisa ni expresión burlona en su rostro.

––Vale ––el chico colocó su mano sobre la cinta, pero se detuvo antes de soltar el amarre––. Con una condición.

¿Condición? Si serás un malnacido, refunfuñó el rubio, a punto de gritar de pura frustración––. ¿Cuál? ––gruñó, cabreado.

––Que digas mi nombre hasta que, y mientras, te corras ––rozaba su punto interior con toda la intención de nublarle la razón.

––¡No! ––maldita sea, no lo haré, se decía––. Ka-kaiya, Kaiya, Kaiya ––se encontró diciendo, a pesar de su renuencia mental. Pero, ¿qué carajo controlaba la mente cuando el cuerpo había decidido que necesitaba… no, más bien, exigía… satisfacción?

––Ahh, así ––jadeó el moreno, soltando el amarre y corriéndose a la misma vez que el rubio, quien gritó su nombre al correrse.

Completamente humillado y adolorido, el rubio se dejó caer sobre la cama. El moreno le soltó las manos y besó las marcas en sus muñecas. Idiota, lo insultó con los ojos cerrados, respirando aún agitado.

––¿Quieres ser el primero en usar la ducha? ––Kaiya se sentó en la cama a su lado, observando su espalda e inmovilidad.

Yoshiro asintió, se levantó lentamente y se dirigió al baño, callado, adolorido, desconcertado. Las lágrimas se confundieron con el agua que caía en su rostro. Al salir, la habitación estaba vacía. Entonces, vio la ventana abierta e imaginó que su hermano estaría en el tejado. Mejor así, no quería verlo. No se creía capaz de fingir que todo seguía igual. Cerró los ojos, cuando vio que el chico entraba. Lo escuchó ducharse y, al salir, por primera vez desde que había llegado, durmieron espalda contra espalda… separados.

Deja un comentario »

Redemption, capítulo 6

Yoshiro alargó la mano y apagó la alarma del móvil. No la necesitaba para que lo despertara, puesto que no había logrado dormir. Escuchó a su hermano levantarse y se hizo el dormido. Esperó a que saliera de la habitación para levantarse. Se vistió con calma, revisó su móvil y contestó algunos mensajes de texto, haciendo tiempo. Cuando consideró que sus hermanos ya se habían marchado, se dirigió a la planta inferior.

––¿Se puede saber a dónde vas sin desayunar? ––su madre salía de la cocina para detener su huída––. Anoche, no cenaste; así que, no creas que te dejaré marchar sin insistir.

––Buenos días, madre ––Yoshiro le besó la frente, resignado a enfrentarse con sus hermanos, si aún no se habían marchado––. No tengo hambre.

––Eso mismo dijo Kaiya y no lo dejé escapar tan fácilmente; así que, ven ––la madre lo obligó a entrar a la cocina y sentarse a la mesa… afortunadamente… vacía––. Toma, tienes que echarte algo caliente al estómago ––afirmó, colocando una taza de café en sus manos.

––Gracias ––aceptó para tranquilizar a su madre. Estaba sumido en sus pensamientos, ajeno a la mirada escudriñadora de su progenitora.

––Hijo, ¿puedes darme un aventón hasta el hospital? ––la mujer terminó de limpiar la cocina, mientras él se bebía distraídamente el café.

––Por supuesto ––salieron de la casa y, una vez en el auto, reinó el silencio. El rubio encendió un cigarro, preguntándose si debería alquilar un apartamento. No sabía cuánto tiempo tardaría su padre en volver a tomar el control del negocio y no sabía cuánto tiempo más podría soportar la enfermiza relación que había entre él y el moreno.

––Yoshiro, te debo una disculpa ––comentó la mujer con voz triste, haciendo que dejara sus pensamientos a un lado.

––¿Una disculpa? ––la miró extrañado, preguntándose a qué se refería.

––El día que tu padre sufrió el derrame, nuestro mundo cambió tan repentina y drásticamente que desde entonces no logro pensar con claridad. No fue hasta que estabas por llegar, que recordé que había invadido tu habitación. Cuando Kaiya ofreció compartir la suya contigo, me sentí aliviada. Pero puedo colocar mis cosas en la terraza. De todas maneras, no creo que pueda continuar con mi grupo de costura ––su suspiro demostró el agobio que solía ocultar a la familia.

––No saques tus cosas a la terraza, se te dañarán ––le agarró la mano y se la besó––. Continuarás con tu grupo. Cuando papá esté en casa, mis hermanos y yo lo atenderemos para que puedas salir. Necesitas continuar con tu vida, dentro de lo posible.

––Gracias, hijo ––sonrió agradecida––. Reconozco que pensé que compartir la misma habitación, haría que Kaiya y tú resolverían lo que fuera que los separó cuatro años atrás ––observó el gesto de sorpresa en el rostro de su hijo mayor––. No lo niegues ––lo detuvo con un gesto de la mano, cuando él abrió la boca––. Soy madre, sé que pasó algo grave ––le acarició la mano––. Tranquilo, no estoy preguntando qué, eso sólo les incumbe a ustedes ––aclaró al ver la desesperación en sus hermosos ojos, la misma que había intentado ocultar.

––No es fácil acercársele ––admitió, desviando la mirada. En el pasado, él mejor que nadie podía decir cómo estaba el chico y qué pensaba.

––¿Sabes que en estos cuatro años no se ha perdido ni una de tus llamadas? ––la mujer había esperado a que se estacionaran frente al hospital para dar el golpe maestro.

Yoshiro se quedó con el cigarro y el encendedor en el aire, mirándola con la boca abierta.

––No me mires así, es cierto ––no pudo evitar reírse––. Los primeros días, se quedaba bastante lejos, fingiendo que no le interesaba. Pero, poco a poco, se fue acercando. El día que se sentó a mi lado, decidí que no te preguntaría ––lo miró fijamente––; porque no quería que escuchara las tontas excusas que dabas para no hablar con él.

Yoshiro bajó la mirada avergonzado. Recordaba demasiado de bien, sus estúpidos recursos de evasión.

––Pero él me hizo señas para que preguntara si querías que te lo pusiera al teléfono ––confesó la mujer––. Cuando comenzaste a excusarte, se levantó y se encerró en su habitación. Debí seguirlo, debí preguntarle qué sentía al respecto. Debí exigirte a ti una explicación ––la mujer suspiró con tristeza––. No hice nada y, desde ese día, se fue encerrando cada vez más en sí mismo. A pesar de eso, nunca dejó de estar cerca cuando llamabas.

––Mamá, no te culpes. Yo soy el causante de que Kaiya haya cambiado tanto ––confesó a medias, sintiéndose fatal con lo que su madre le acababa de contar––. Debí ser valiente y enfrentarlo, no debí dejar que el tiempo siguiera pasando.

––Yoshiro, si no dejas que me culpe, tampoco aceptaré que lo sigas haciendo tú. Es momento de actuar, no de seguir lamentándose ––le sujetó la mano y ahora fue ella la que se la besó––. Eres el mayor, así que te toca acercarte. No esperes a que él lo haga, lleva demasiado tiempo encerrado tras la barrera que construyó para evitar el dolor ––te quería tanto, que tu partida, tu rechazo, lo destrozó, completó en su mente. Acertaba a medias, porque no sabía lo que había sucedido; aunque tenía sus sospechas. Pero como toda buena madre, no exteriorizó su pensamiento, sino que le regaló una sonrisa confortadora––. Tengo fe en que lograrán reconstruir su relación. Dame un beso, me voy a atender a tu padre.

––Gracias. Si me necesitas, llámame ––esperó a que ella entrara al hospital para encaminarse al trabajo. A mitad de camino, tomó otra decisión; por lo que, llamó a los asistentes para informarles que no llegaría y que lo llamaran al móvil de necesitarlo. Luego de eso, se dirigió a la universidad donde estudiaban sus hermanos. Qué buscaba, no sabía. Simplemente, había sentido la necesidad de ver cómo actuaba Kaiya fuera del ambiente familiar.

Yoshiro se dirigió a la oficina de recepción, no muy seguro de lograr que le dieran el horario del chico, pero dispuesto a intentarlo. Sonrió al darse cuenta que comenzaba a sentirse más seguro, más confiado. Hablar con su madre, aunque perturbador, lo había ayudado a tomar acción y no dejar de estar como barco a la deriva. Por fortuna, se le hizo fácil convencer a la hermosa recepcionista. Sólo tuvo que tirársela en el cuarto de fotocopias.

El rubio observó que su hermano se sentaba en los últimos asientos, no hablaba con nadie y se pasaba mirando por la ventana hasta que le tocaba pasar a la siguiente clase. Durante el almuerzo, Akiyama y Yuto se sentaban a su lado; pero era como si estuviera solo. La pareja hablaba y se besaba; mientras el chico escuchaba música en con su ipod y leía un libro.

Con el ceño fruncido, el mayor observó que, una vez en el gimnasio, el menor hablaba con su sensei y este le tocaba el hombro en lo que a él le parecía un gesto demasiado íntimo. Al salir de las prácticas, el moreno caminaba la distancia que había entre el gimnasio y su casa. Yoshiro sonrió al verlo detenerse para jugar con un gatito, que obviamente lo siguió emocionado. Estaba preguntándose qué haría el chico al darse cuenta de que el animal lo seguía, cuando vio que lo cogía en sus brazos y caminaba hasta una casa que parecía abandonada. Tocó a la puerta y una anciana se asomó. La mujer sonrió cuando lo vio con el gatito. Le dio unos golpecitos cariñosos en el rostro, antes de coger el gatito y cerrar la puerta. Kaiya continuó su camino con una sonrisa divertida, que hizo que el rubio lo mirara idiotizado. Hacía años que no veía sonreír a su hermano y no se había dado cuenta de lo mucho que extrañaba su sonrisa, hasta ese momento.

Se fumó un par de cigarros antes de entrar a la casa. No quería que pareciera que venía tras el chico, aunque sí había estado persiguiéndolo todo el día; pero eso era algo que sólo él sabía. Al abrir la puerta, vio a Akiyama y Yuto subiendo las escaleras entre risas. ¿Es que no se cansan de meterse mano?, se preguntó caminando hacia la cocina, de donde salía su madre.

––Qué bueno que llegaste. Me voy a recostar un rato. Ayuda a tu hermano con la comida, ¿quieres? ––pidió, mientras se dirigía a su habitación, la cual se hallaba en la primera planta.

––¿En qué te ayudo? ––preguntó al moreno que estaba sacando la carne.

––Puedes poner a hacer el arroz ––le indicó serio, como siempre––. ¿Aún recuerdas cómo se prepara?

––Por supuesto ––esta vez, había captado la burla en su voz. Estoy mejorando, reconoció contento––. ¿Quién crees que cocinó durante estos cuatro años? Fudo no sabe cocinar ––sonrió al recordar los desastres de este en la cocina.

––No sabía que vivías con él ––dijo, dándole la espalda para comenzar a cocinar la carne.

¿Había sido su imaginación o Kaiya había colocado bruscamente la sartén en la estufa? Luego de eso, trabajaron en silencio, hasta que llegaron Akiyama y Yuto.

––Tenemos hambre ––anunció Akiyama al entrar. Se recostó del hombro del moreno para revisar lo que iban a comer.

––Deja, vas a echar a perder la carne ––Kaiya le quitó la tapa de la mano, volvió a tapar la carne y discretamente se sacó de encima a su hermano.

––¿Cuánto falta? ––Yuto miraba alerta a su novio y al moreno.

––Si quieren comer, salgan y esperen a que los llamemos ––Yoshiro empujó a los chicos hacia la sala––. Par de fastidiosos ––murmuró, regresando al lado del moreno.

Luego de cenar tranquilamente, Akiyama y Yuto salieron a comer helados y al regresar se retiraron a su habitación. Yoshiro se quedó viendo televisión con su madre, a petición de esta que se sentía sola. Kaiya se retiró temprano, luego de explicar que tenía que estudiar para un examen. Horas después, cuando Yoshiro entró a la habitación, el chico ya estaba acostado. Haciendo el menos ruido posible, se bañó y acostó.

––Kaiya, me odio por haberte hecho daño ––murmuró, aunque sabía que su hermano estaba dormido. Pero era algo que siempre había deseado decirle. Escucharse decirlo en voz alta, fue como aligerar un poco la carga que llevaba sobre los hombros.

Lo que el rubio nunca imaginó fue que cuando el moreno escuchó su nombre, abrió los ojos y escuchó atento sus palabras y, luego de unos minutos, volvió a cerrar los ojos.

ººººººººººººººººººººººººº

––Kaiya, ¿cómo estás? ––Yuki saludó contento al moreno. Le gustaba trabajar a su lado durante las vacaciones del chico, ya que este era callado y diligente. Su personalidad era totalmente opuesta a la de Kenshi, quien jamás se callaba, reflexionó el albino.

––Bien. ¿Cómo está tu esposa? ––sonrió, ya que el hombre le caía bien por ser casi tan callado como él.

El hombre miró disimuladamente a su alrededor––. Me dejó hace unos meses ––la tristeza se traspasó de su voz a su rostro, pero recuperó la compostura al ver que el peli-violeta se acercaba––. No se lo he dicho a nadie ––añadió a toda prisa.

––Nadie lo sabrá ––Kaiya le apretó el hombro, reconfortándolo.

––Gracias ––sabía que el chico no diría una palabra. De hecho, apenas hablaba con los demás.

––¡Kaiya! ––Kenshi le dio un ligero abrazo, aunque sabía que al moreno le incomodaba ese tipo de demostración. Pero era su amigo y así era él con todo el que apreciaba, además no podía ser formal con alguien que tenía su misma edad––. ¿Vienes a ver a Yoshiro? Ahora mismo, no está disponible.

––¿Salió a almorzar? ––preguntó mirando hacia la parte posterior del local, aunque sabía que desde allí no se veían ni la oficina ni los baños ni el almacén.

––No, es que… ––el albino fue interrumpido por el impulsivo peli-violeta.

––Está con su amiguita ––le dijo cotilla, dándole un leve codazo en plan conspirador.

––¿Amiguita? ––el moreno se puso increíblemente serio.

––Desde el primer día, ella viene a ––con sus dedos, encerró entre comillas la palabra a continuación–– “almorzar” con él ––hizo un gesto más que explícito para indicar el tipo de almuerzo que consumían durante esa hora.

––Kenshi, aquel cliente tiene problemas con la computadora ––Yuki lo empujó para que se alejara y así no tener que seguir escuchando sus comentarios vulgares––. Lo siento, Kaiya, sabes como es.

––Sí ––murmuró sin despegar la vista de la puerta que llevaba hacia la parte posterior del local.

––Discúlpame, me llama un cliente ––el albino se alejó apresurado.

Kaiya se dirigió hacia la oficina y sin llamar a la puerta, la abrió y entró. Se encontró a Yoshiro embistiendo a la chica de la pizzería sobre su escritorio.

––¡Yoshiro! ––la chica al verlo, empujó al rubio y se arregló la ropa con manos temblorosas. No se atrevía a volver a mirar al moreno. Cuando lo había visto por encima del hombro del rubio, le había parecido que con gusto la hubiera asesinado.

––¿Por qué me empujas?, ¿por qué te estás vistiendo? ––Yoshiro aún no se había percatado de la presencia de su hermano.

––Me llamas esta noche, ok? ––se fue sin las bragas, ya que no logró encontrarlas por lo nerviosa que se hallaba. Quería salir de allí lo más pronto posible.

––¿Por qué te vas? ––se estaba cerrando el pantalón, cuando al voltearse para intentar detener a la chica, lo vio––. Ka-Kaiya, ¿qué haces aquí? ––preguntó sin entender por qué se hallaba en su oficina y no en la universidad.

Kaiya se le acercó serio y cuando levantó la mano, por un segundo, pensó que iba a golpearlo. Pero, ¿por qué carajo me va a golpear?, se preguntó cuadrándosele. No iba a dejar que lo golpeara, iba a marcar un límite para su venganza. Para su sorpresa, el moreno lo que hizo fue sujetarlo por la nuca y… ¡besarlo!

¡Kaiya lo estaba besando! Y, aunque no era un beso gentil, se encontró correspondiéndole con la misma brutalidad. ¿Qué carajo estaba pasando?, se preguntó cuando este le apretó las nalgas con la otra mano, pegándolo a su cuerpo y empujándolo hacia el escritorio. Pronto, la ferocidad del beso se convirtió en pasión––. Ahh… ––jadeó, enterrando los dedos en su cabello y acariciando su espalda por encima de la ropa, cuando el chico comenzó a abrirle la camisa y recorrerle la piel con su boca.

¿Qué me pasa?, se preguntó cuando el moreno se arrodilló frente a él para comerle polla. Por alguna razón, se sentía diferente. Las caricias, las mordidas, las lamidas, la mamada y los besos del chico… dios, nadie lo había besado de esa manera… lo excitaban como nunca––. ¡Kaiya! ––gritó al correrse, había esperado demasiado para advertirle que estaba a punto y había acabado corriéndose en su boca.

––Ven ––Kaiya se levantó y extendió la mano, alejándose de él.

Yoshiro se despegó del escritorio, caminó a su encuentro y le sujetó la mano, hipnotizado por su mirada apasionada y el bulto entre sus piernas. ¿Enloquecí?, se preguntó sin entender su propio comportamiento. Su hermano lo había violado dos noches atrás, pero en esos momentos… ¡lo deseaba!

Cuando Kaiya lo acostó bocarriba sobre el sofá, que usaba su padre para descansar, no pudo volver a despegar la mirada de aquellos ojos verdes que refulgían como gemas. El rubio le acariciaba el cabello, mientras este recorría su cuerpo con las manos, los labios, la lengua y los dientes; excitándolo a tal punto que ni cuenta se dio de cuando lo desnudó por completo. El moreno entró la lengua en la boca del chico, a la misma vez que le metía su miembro por el culo y lo único que Yoshiro pudo hacer fue arañarle la espalda por encima de la camisa. Mientras su hermano lo embestía, él no podía dejar de acariciarle el rostro y el cuello. Por alguna razón, sentía una necesidad imperiosa de tocarlo. De repente, se encontró deseando sentir su piel; por lo que comenzó a desabotonarle la camisa.

El rubio se detuvo al sentir cómo el moreno se tensaba y, por un segundo, lucía incómodo. Pero necesitaba tocar su piel; así que alzó la cabeza para atrapar su boca y entre besos, le abrió la camisa. ¿No estás acostumbrado a que te acaricien?, le preguntó mentalmente. Había pensado que su hermano había tenido otras experiencia, voluntarias, claro; ya que era demasiado bueno follando como para que él hubiera sido el primero. ¿Por qué carajo había pensado eso y por qué carajo estaba admirando el buen cuerpo que tenía?, se recriminó asombrado de estar admirando a un hombre de esa manera. Sólo que no era un hombre cualquiera, era su primo-hermano, el mismo que había violado cuatro años atrás y que ahora lo había convertido en su juguete sexual. Poco a poco, comenzó a acariciar su pecho y sus abdominales, para pasar a lamer y besar su piel. Sintiendo cómo comenzaba a volverse un adicto al calor que generaba y aquel olor tan masculino.

––Cuando la llames, le dirás que no vuelva ––le susurró Kaiya al oído, mordiéndole el lóbulo, embistiéndolo lenta y profundamente.

––¡No! Ahhh… ––maldito, ¿qué pretendía?, ¿quería exclusividad?

El moreno buscó el móvil en el pantalón del rubio y mientras lo embestía con fuerza, seleccionó el número de la chica y la llamó.

––Ahhh, ahhh… ––Yoshiro había colado sus manos hasta la espalda del moreno y, enterrando las uñas en su piel, jadeaba sin control. Volteó la cabeza cuando vio algo extraño en la mano que el chico colocaba al lado de su rostro. Abrió los ojos de par en par al ver que era su móvil y más aún al escuchar la voz de la chica––. ¿Por… ahhhhhh ––cabrón, ¿por qué?, gruñó cuando este comenzó a masturbarlo, mientras golpeaba con fuerza su glándula interna.

Kaiya apagó el móvil y lo tiró sobre la ropa––. Porque ahora estás conmigo ––le aclaró, terminando la pregunta que había quedado en el aire, besándolo posesivamente, tragándose los jadeos de este al correrse.

Yoshiro continuó acariciando el cabello y la espalda del chico, mientras este lo embestía sin dar indicios de estar por eyacular. Te amo, pensó emocionado por la respuesta que le había dado, aunque sabía que para él no era más que un objeto sexual. De repente, registró lo que acababa de pensar y sintió que el corazón se le detenía momentáneamente antes de renovar sus latidos a una velocidad increíble. ¡No podía ser! ¡No podía estar enamorado de su hermano! ¡Maldita sea! Se rehusaba a creer que se hubiera enamorado de un hombre y, para completar, de su propia sangre. Cerró los ojos para que el moreno no viera su lucha interna, la cual por cierto había perdido cuando su corazón reconoció a Kaiya como la persona que llevaba esperando toda la vida.

––Yoshiro ––jadeó el moreno en su oído al correrse, lo que hizo que su corazón se saltara un latido.

¿Cómo debía actuar ahora?, se preguntó el rubio, esperando a que la respiración del chico se normalizara. Estaba equivocado si pensaba que eso era todo, porque el moreno se sentó e hizo que él se sentara a horcadas sobre su regazo.

––Mírame ––Kaiya le lamió los labios, sujetándolo por las nalgas para penetrarlo.

––Ahhh… ––Yoshiro arqueó la espalda. Coño, siempre lo sorprendía lo rápido que Kaiya se empalmaba luego de correrse en su interior. Haciendo uso de toda su fuerza de voluntad, no despegó la mirada de sus penetrantes ojos verdes, intentando mantener el rostro inexpresivo.

––Muévete ––ordenó el moreno, observándolo fijamente, mientras apretaba sus nalgas.

El rubio lo miró asombrado, aunque luego sonrió e inclinándose para besarlo, comenzó a moverse lentamente. Ahora entendía por qué había dejado que el chico hiciera con él lo que le daba la gana. Lo amaba y, aunque había tardado todos esos años en entenderlo, lo había amado siempre. Por él, había hecho y estaba haciendo cosas que jamás había pensado hacer.

Kaiya viendo el empeño que ponía en complacerlo, a pesar de estarle costando por no estar acostumbrado, comenzó a masturbarlo con una mano y ayudarlo a moverse con la otra.

––Ahh, Kaiya, Kaiya ––Yoshiro se abandonó a las sensaciones y dejó de estar tan consciente de sí mismo. Entonces, descubrió que hacer el amor con la persona que amas cambiaba por completo la manera de ver el sexo.

––¿Qué haces? ––Yuki miró molesto a Kenshi. Este le había sujetado la mano cuando estaba a punto de entrar a la oficina del rubio.

––Eso pregunto yo ––aprovechó para acariciarle disimuladamente la mano con el pulgar.

––Necesito que Yoshiro firme estas órdenes y no veo por qué te tengo que dar explicaciones a ti ––se soltó del agarre y volvió a sujetar el pomo de la puerta.

––Shh, escucha ––el peli-violeta le puso un dedo en los labios para callarlo y obligarlo a escuchar. Arrepintiéndose en el acto, porque ahora deseaba recorrer los mismos con ese dedo que temblaba un poco sobre los labios que venía deseando besar desde hacía mucho tiempo.

El albino abrió los ojos como plato al escuchar los jadeos y gemidos––. No entiendo. ¿No se marchó la chica casi de inmediato? ––murmuró confundido.

––Así es. No está con ella ––lo observaba detenidamente, estudiando sus reacciones.

––Pero, la otra persona que lo buscaba era Kaiya ––señaló, mirando al otro, aún sin entender.

––Está con él ––le soltó de una vez.

Yuki retiró la mano de la puerta y dio varios pasos hacia atrás al escuchar cómo Yoshiro gritaba el nombre de Kaiya con una voz increíblemente sexy, como para confirmar lo que le decía el otro.

––Homofóbico ––Kenshi lo miró furioso, volteándose para regresar al local antes de sentir el impulso de golpearlo.

––¡No soy homofóbico! ––el albino sujetó su brazo con fuerza, impidiéndole marcharse––. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¡Son hermanos! ––bajó la voz.

––¿Se te olvida que no son hermanos? Son primos ––aclaró, aunque sabía por dónde venía el albino y ese dato no cambiaba la realidad.

––Aún así, es incesto ––susurró, preguntándose cómo podía ser tan denso.

––¿Acaso el corazón sabe diferenciar entre edad, sexo, color, raza, etc.? ––preguntó acercando tanto su rostro al del albino que sus narices se tocaban––. No, ¿verdad? Esas diferencias las crean las personas de mente cerrada ––aunque estaba molesto y lo miraba serio, tenía unas ganas increíbles de besarlo. Pero no lo hizo; porque era heterosexual, porque estaba casado y porque sabía que no le caía bien y no quería darle razones para odiarlo. Su antipatía era suficiente para herirlo––. Lo que ellos hagan con sus cuerpos, sólo les compete a ellos.

––Lo sé ––maldición, aquel mocoso había hecho que se avergonzara y sintiera anticuado––. Me tomaron por sorpresa, es todo ––murmuró, soltándolo y volteándose para regresar al trabajo––. ¿Qué… ––su pregunta quedó inconclusa cuando el peli-violeta lo sujetó y, para su horror, lo besó ¡con lengua y todo! Le dio un empujón––. ¡No vuelvas a hacer eso! ––le gritó, limpiándose los labios con el dorso de la mano, marchándose de allí.

––¿Por qué? ––le preguntó a su inoportuno libido––. ¿No podías aguantarte? ––se reclamó. Por lo menos, no me golpeó, se dijo en un vano intento de consuelo. Lo había herido al limpiarse los labios de aquella manera, como si le asqueara. Dejando a un lado esos pensamientos depresivos, regresó al trabajo.

Yuki acomodaba los asientos, demasiado perturbado por lo que acababa de descubrir y por el maldito beso del pervertido mocoso. ¿Acaso Kenshi era homosexual también? Tenía que serlo para sentir el deseo de besarlo. No entendía por qué lo había besado. Primero, él no era homosexual. Segundo, todos sabían que estaba casado y el que estuviera separado no cambiaba el importante dato de que era heterosexual. Tercero, era viejo para él y no era guapo. ¡Espera, olvida lo tercero!, se ordenó sin entender por qué carajo había pensado en eso.

––Kaiya, tus clases ––Yoshiro acababa de mirar su reloj, el que había dejado para ponerse al final y había descubierto que habían estado dos horas encerrados en la oficina. ¡Mierda!, el tenía empleados a los que cubrir en lo que ellos almorzaban y Kaiya tenía clases.

––Aún llego a la última ––el moreno lo abrazó por la espalda y le besó el cuello––. Hoy tengo clase de kenjutsu. Llegaré tarde ––le acordó, volteándolo para darle un apasionado beso.

––Vale, nos vemos luego ––el rubio le acarició el rostro, deseando que no se marchara. ¡Qué absurdo! ¿Así de idiotas se ponían todos los enamorados?, se preguntó una vez se quedó solo en la oficina.

Cuando el moreno finalmente salió, Kenshi observó que Yuki lo despidió como siempre solía hacer. Sonrió, diciéndole adiós al chico con la mano desde su puesto. Sabía que el albino era cuidadoso en no lastimar a los demás. Su reacción había sido natural, pero él no había podido evitar molestarse porque le tocaba de cerca. Aún así, Yuki era un buen hombre y por eso mismo se había enamorado como un idiota de él, aunque sabía que ese amor no tenía futuro.

La llegada de un grupo de estudiantes y el regreso del rubio al área hicieron que olvidarán sus pensamientos y se dedicaran a trabajar.

Deja un comentario »