Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Ex Umbra In Solem, Welcome

en junio 14, 2011

Tetsu miraba el aeropuerto de Kansai por la ventanilla del avión. Acababan de aterrizar. Esa mañana había considerado seriamente escaparse de los abogados de su difunto abuelo; no hubiera sido la primera vez. Pero por respeto al recuerdo del viejo, la única persona que lo había amado, desistió y decidió darles una oportunidad a los tutores que le habían asignado. Si tuviera veinte años, no hubiera tenido que ir a vivir con desconocidos, pensó suspirando con fastidio.

El hecho de que esas personas fueran ahijados de su abuelo y los mejores amigos de infancia de sus padres, no le decía nada. Sus padres jamás lo habían amado y, por ende, él tampoco los había amado a ellos. Sus padres habían sido unos desconocidos para él, tanto como él lo había sido para ellos. Cuando durante la lectura del testamento le hablaron de la existencia de aquella pareja, le sorprendió que sus padres hubieran mantenido el contacto con sus amigos de la infancia. No los creía capaz de llevarse bien con alguien. Pero, claro, eso sólo le demostró lo poco que los conocía y el poco interés que ellos pusieron en que él los conociera.

Haber nacido con una inteligencia superior a los demás era su maldición. Sólo le había ganado el odio de sus padres, el desprecio de sus profesores y la envidia de sus compañeros de clase. De pequeño, se pasaba la mayor parte del tiempo en la oficina del director de la escuela, ya fuera porque a los profesores les humillaba que él supiera más que ellos o porque anduviese enredado a los puños con alguno de sus compañeros. De adolescente, pasaba más tiempo en el gimnasio, donde no tenía que interactuar con otros, que en clase. Se había convertido en un joven arisco y solitario… excelente en cualquier deporte; en especial en kenjutsu.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el movimiento de los pasajeros. Como odiaba que la gente lo empujara y mucho más que lo tocara, no se movió de su asiento. Escondido detrás de su largo cabello, se dedicó a observar. Se había vuelto un experto en eso y como no le interesaba escuchar las absurdas conversaciones, subió el volumen de su iPod para acallar las voces. Odiaba a la gente. Odiaba el tumulto. Odiaba tener que ir a vivir a un lugar nuevo y tener que conocer a esas personas que habían conocido a sus padres mejor que él, refunfuñó para sus adentros.

Una asistente de vuelo, le tocó el hombro para indicarle que estaban esperando por él. Sacudió el hombro con brusquedad y se levantó sin mirarla.  Agarró su mochila del compartimento, se metió las manos en los bolsillos, bajó la cabeza y salió del avión. Camino al vestíbulo de llegada, se echó a la boca un chicle de nicotina maldiciendo el momento en que decidió dejar de fumar. Con el extraño sentido del humor que le caracterizaba, pensó arrebatarle la cajetilla de cigarrillos a un hombre que pasó por su lado fumando. Con una sonrisa maldita, se imaginó a sus tutores yendo a “rescatarlo” al área de seguridad.

Apagó su iPod cuando escuchó que gritaban su nombre. Echó un vistazo tras su cabello negro, sin levantar la cabeza, hacia donde provenían los gritos. Vio una pareja de cabello canoso, de aspecto bastante común. El hombre miraba con desprecio a todos los que pasaban por su lado. La mujer de rostro amargado no hacía más que estar pendiente de su apariencia. Fastidiado, aún sin habérseles acercado, dejó que su mirada vagara alrededor de la pareja. Un poco más allá de donde ellos se encontraban, había un pelirrojo delgado de espaldas a la multitud. Le llamó la atención la intensidad del color de su cabello…, rojo sangre.

Se acercó a sus tutores mirando los agujeros de su pantalón, bastante molesto porque hubieran gritado su nombre como si él fuera sordo o algo por el estilo. A través de su flequillo, vio cómo lo miraban de arriba abajo con desaprobación. Divertido pensó que su apariencia los había espantado. Los agujeros en sus gastados jeans, las palabras Fuck you! en su camiseta y el demonio en su chaqueta de cuero no ayudaban a causar una buena primera impresión; pero para lo que le importaba, se dijo encogiéndose de hombros. Con una sonrisa maldita, imaginó su reacción cuando vieran sus piercing y ni qué decir sobre el enorme tatuaje que cubría su espalda y parte de sus hombros. Con toda probabilidad, lo devolverían a los abogados… Ese pensamiento lo animó bastante.

––¿Tuviste un buen vuelo? ––preguntó la mujer a manera de saludo.

Asintió, sin levantar la cabeza.

––Yo soy Kei Fukuda y ella es mi esposa, Aiko Fukuda. Bienvenido ––dijo el hombre, estirando su mano para saludarlo, dirigiéndole una mirada severa.

La mirada de desaprobación y superioridad del hombre le sentó como una patada; por lo que, le cayó mal de inmediato. Aunque eso no era nada raro, puesto que todas las personas lo mortificaban. Levantó un poco la cabeza a modo de saludo, sin hacer intento alguno por estrechar la mano que le extendía. El hombre la bajó con un gesto brusco que delataba su enfado.

––¿Cuántos años tienes? ––preguntó la mujer segura de que les habían mentido sobre la edad del chico. Era demasiado alto y fornido como para tener los años que aseguraban que tenía.

––Diecinueve, ¿y usted? ––contestó de mala manera, ya harto de estar parado allí soportando sus hipócritas intentos de simpatía.

La carcajada que lanzó el pelirrojo desconcertó a Tetsu. Su risa provocó que un estremecimiento lo recorriera de los pies a la cabeza. Miró de reojo al chico y luego a sus tutores. No pudo evitar sonreír al ver la mala cara que ponía la pareja; en especial, la mujer.

––¡Kazuo, no seas impertinente! Ven y saluda ––dijo ella, dándole un leve empujón al chico.

A Kazuo le incomodaban las personas. No era que las personas le cayeran mal, más bien era que éstas solían reaccionar de manera extraña ante su presencia; por lo que, las evitaba como se evita la peste. Más de una vez había deseado ser invisible… A fin de cuentas, soñar no cuesta nada.

Suspiró pesadamente y maldijo en silencio al chico por hacerlo reír. En realidad, no estaba molesto con él; de hecho, le había resultado hilarante su pregunta. Con lo que su madre gastaba en cremas y cirugías para disimular el paso de los años -como si eso fuera posible con aquel carácter tan amargo que tenía-, cualquier comentario sobre su edad lo tomaba como una ofensa personal. Pero, claro, el chico no tenía modo de saber eso. Lo peor para él era que cuando algo le daba risa, no podía evitar reírse y eso siempre lo metía en problemas con sus padres. Aunque la verdad sea dicha, todo lo metía en problema con ellos, especialmente con su padre.

Antes de que su madre volviera a empujarlo, costumbre que encontraba realmente molesta, el chico se volteó con la cabeza baja y se paró frente a Tetsu con la mano extendida.

––Bienvenido ––fue todo lo que dijo sin levantar el rostro para que sus padres no vieran que aún se estaba riendo.

El timbre de voz del pelirrojo asombró a Tetsu. Era suave, pero provocativo. Ladeó un poco la cabeza para observar al chico… Misión imposible, ya que éste tenía la cabeza baja como si fuera un avestruz. Imaginaba que pretendía pasar desapercibido, pero con su color de cabello tan llamativo y su piel tan pálida, era algo absurdo su intento. Sólo alcanzó a ver sus labios y la sonrisa que aún bailaba en ellos. Luego, observó su mano. Lucía frágil y delicada. Por un momento, temió tocarla. Pero como impulsado por una fuerza extraña, estrechó su mano y una corriente extraña recorrió su cuerpo. Sin poder evitarlo, acarició con el pulgar la delicada piel del dorso de la mano. El pelirrojo retiró la mano abruptamente y aunque hizo un movimiento brusco con la cabeza, no la levantó.

––Tetsu, él es nuestro hijo, Kazuo ––explicó la mujer, intentando ser amable con aquel desagradable joven.

––Kazuo, acompaña a Tetsu a buscar su equipaje. Nosotros iremos a buscar el auto. Los encontramos en la salida y ¡no se tarden! ––ordenó el hombre, molesto con ambos jóvenes.

El pelirrojo echó a caminar antes de que su padre terminara de hablar, mirando al suelo como si no fuera acompañado. El moreno lo siguió aún extrañado con su propio comportamiento. Qué demonios le pasaba. Por qué le había acariciado la mano. Perfecto comienzo, pensó con una mueca burlona. Lo miró de soslayo y lo poco que alcanzaba a ver de su rostro estaba sonrojado. No pudo evitar sonreír. Por lo menos, no lucía cabreado como lo estaban sus padres. Odiaba a la gente y, sobretodo, a los adultos, se repitió por milésima vez en ese día.

Kazuo miró al moreno con el rabillo del ojo. El chico le había acariciado la mano. Pero, por alguna extraña razón, no se había sentido asqueado como solía sentirse cada vez que alguien lo tocaba. Por el contrario, una calidez extraña había recorrido su cuerpo. Vio la mueca burlona del moreno, seguida de una sonrisa y se preguntó si se estaría burlando de él. Con toda probabilidad, se había dado cuenta de su sonrojo. No tenía que mirarse en un espejo para saber que tenía el rostro rojo… Con el calor que sentía, ya era prueba más que suficiente de su bochorno.

––¿Cuántas maletas trajiste? ––Kazuo frunció el ceño, preguntándose por qué se sentía tan nervioso con ese chico.

––Una maleta y una guitarra ––contestó Tetsu, deteniéndose frente a la cinta transportadora donde se entregaban las maletas… Esperaba que su katana estuviera bien; ya que, la había guardado a escondidas en la maleta.

––¿Guitarra? ––dijo el pelirrojo antes de lanzar una sonora carcajada.

Tetsu aprovechó que el chico había alzado un poco el rostro para observarlo. Tenía algo de pureza de ángel y soberbia de demonio. Tenía unas facciones delicadas, pero porte orgulloso. Era guapo, de un modo elegante y… sensual. Lo único que no alcanzó a verle fueron los ojos.

––¿Sucede algo? ––preguntó intrigado.

––Mis padres odian la música y a los músicos ––añadió con una risita, agarrando el estuche de guitarra que acababa de llegar frente a ellos, colgándoselo al hombro como si fuera suyo.

Tetsu cogió su maleta, pensando en decirle al chico que le entregara su guitarra. Pero, la maleta estaba bastante pesada y con la mochila colgada del otro hombro, pensó que se vería como un burro de carga; así que, no dijo nada. Además, sentía que él la cuidaría. No sabía cómo, pero algo le decía que podía confiar en ese inquietante joven pelirrojo.

––Vamos ––dijo Kazuo, metiendo las manos en los bolsillos y echando a caminar hacia la salida.

––¿Por qué odian tus padres la música y a los músicos? ––preguntó Tetsu curioso y, a la vez, asombrado de estar hablando tanto. Algo nada típico en él.

––Porque me odian a mí ––contestó el pelirrojo con una extraña sonrisa.

El moreno lo miró sorprendido. Pero no pudo preguntar nada más, puesto que los padres del chico los esperaban en la salida.

––¿Una guitarra? ––preguntó la mujer con aversión.

––Colócala en el baúl ––ordenó el hombre sin ocultar su contrariedad.

––¡No! ––refutó el pelirrojo entrando con ella al auto y acomodándola en el asiento trasero.

Tetsu se sentó al lado del chico, mirándolo de reojo. El pelirrojo había volteado la cara hacia la ventanilla. Pero algo en su expresión corporal, le indicó que se estaba riendo. El padre lo miró con furia por el espejo retrovisor. Para Tetsu, era más que obvio que Kazuo no se llevaba bien con su padre y éste no se llevaba para nada con su hijo.

––Kazuo y tú compartirán su habitación. Está en el sótano… pero es grande y cómoda ––añadió la mujer a toda prisa, intentando excusar así el hecho de que habían relegado a su hijo al sótano––. Las niñas tienen prohibido bajar ––explicó la mujer sin voltearse a mirarlo.

––¡Por fin! ––refunfuñó el pelirrojo. Pensó con algo de tristeza que tendría que agradecerle a los padres de aquel chico el haber muerto y dejarlo a cargo de los suyos; porque, de lo contrario, jamás hubiera tenido paz.

El moreno sonrió al escucharlo refunfuñar. Así que tenía hermanas y aparentemente tampoco tenía una buena relación con ellas.

––Tenemos cuatro hijas: Himeko, Minako, Yko y Akane. Kazuo es el menor ––el tono de voz de la mujer indicaba que mejor hubiera sido que él no hubiera nacido.

––Y el más querido ––murmuró el pelirrojo con cinismo.

Tetsu fingió que tosía para no lanzar una carcajada. Los padres ni se enteraban de lo que el chico decía…, ésa era la mucha atención que le prestaban. Lo cierto es que al moreno le resultaba gracioso el pelirrojo y despreciable la actitud de sus tutores hacia su hijo.

La mujer continuó hablando de sus hermosas hijas como si a él le interesara conocerlas. Qué fastidio, pensó encendiendo su iPod -que hasta el momento llevaba apagado-, girando el rostro hacia la ventanilla.

Kazuo aprovechó que el moreno estaba distraído con el paisaje para observarlo. De lo poco que alcanzaba a ver de su rostro, descubrió que sus facciones eran cuadradas, tenía el mentón partido y creyó observar un piercing en el labio inferior. Pero no estaba muy seguro de ese último dato. Era alto, le llevaba una cabeza de altura. Tenía manos grandes y piernas largas. Volvió a mirar por la ventanilla, pensando que tenía un aspecto algo salvaje, interesante y masculino. Ese pensamiento lo hizo ruborizarse violentamente. Se movió nervioso en el asiento…, movimiento que le ganó otra mirada molesta de su padre.

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