Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Ex Umbra In Solem, You Aren’t Channing Tatum

en junio 13, 2011

El auto se detuvo frente a una casa de dos plantas, pintada en un color bastante apagado. Esas personas definitivamente habían sido amigos de sus padres, tan insípidos como ellos, pensó Tetsu riéndose para sus adentros.

–Llegamos –dijo la mujer como si hubiera necesidad de aclarar algo tan obvio.

–Kazuo, ayuda a Tetsu con su equipaje y muéstrale la habitación –ordenó el hombre antes de seguir a su mujer hacia el interior de la casa.

El pelirrojo ni lo miró ni le contestó. Sólo agarró la guitarra de donde la había colocado y esperó a que el moreno sacara la maleta y la mochila antes de caminar hacia la casa. Pensó ofrecerle ayuda con su equipaje, pero no vio razón alguna. A su lado, él parecía un debilucho. Suspiró contrariado, anticipando todas las bromas que le harían sus hermanas al ver al chico a su lado. Ellas amaban torturarlo y él las odiaba a muerte.

Tetsu siguió al pelirrojo hacia la casa, observando lo tenso que se iba poniendo según se acercaba a la entrada. Había escuchado su suspiro y notado cómo sus pasos se hacían más lentos, como si prefiriera dirigirse a otro lugar. La actitud del chico le hizo pensar en sí mismo cuando tenía que regresar a su casa o ir al instituto. En ese momento, la puerta se abrió y salieron cuatro chicas con la misma actitud pedante y mirada amargada que sus tutores.

–¡Kazuo, siempre tan lento! –gritó la que parecía ser la mayor, observando con interés al moreno.

–¿Y esa guitarra? –preguntó otra de las pijas con un gesto de fastidio.

El pelirrojo entró en la casa sin prestarles atención, como si estuviera sordo y ciego. Tetsu, por su parte, ya se estaba cabreando porque se le estaban pegando en un intento vano de observar su rostro.

–¿Qué miras? –ladró Tetsu a la que ya estaba invadiendo su espacio.

–Otro antisocial –anunció la tercera, alejándose del moreno por miedo a recibir un zarpazo.

–Kazuo, si éste decide violarte no tienes escapatoria. Mírate, eres un enclenque –dijo la pequeña, con toda la mala intención del mundo; puesto que lo odiaba, por ser todo lo que ella no era: hermoso y deseable–. Aunque con toda probabilidad eso es lo que desearías, ¿no? Todos sabemos que eres un afeminado.

–¡Cállate! –gritó el pelirrojo perdiendo la compostura, levantando el rostro para mirarla a la cara.

Por fin, Tetsu logró ver sus ojos. Dorados como oro pulido.

–¡No le grites! ¡Eres un imbécil! –dijo la mayor saliendo en defensa de la pequeña.

–¡Y tú eres una entrometida! –le gritó de vuelta el chico, sabiendo de antemano que llevaba todas las de perder en esa discusión.

–¿Se puede saber qué sucede aquí? ¡Kazuo!, ¿qué son esos insultos que le estás gritando a tus hermanas? ¿Cuántas veces tengo que decirte que tienes que respetarlas? ¡Discúlpate ahora mismo! –intervino el padre poniéndose de parte de sus hijas sin cuestionarse en ningún momento quién había comenzado aquella discusión. Para él, el pelirrojo era siempre el culpable y punto.

–¡Si quieren respeto, tienen que respetar primero! –argumentó el chico con los puños apretados. Si no los cerraba era capaz de golpearlo y, malo que bueno, ése era su padre.

La mano del hombre voló hacia el rostro del chico, dándole una fuerte bofetada con el propósito de derribarlo. Pero, este sólo se tambaleó antes de recuperar el equilibrio para enfrentarlo de nuevo.

En ese momento, parecía un combatiente, que a pesar de estar perdiendo la batalla se mantenía orgulloso en pie de guerra. Tetsu observaba cómo el chico sostenía la mirada de su padre sin ningún temor. Dios, qué le estaba pasando, se preguntó sacudiendo levemente la cabeza. De dónde había salido ese pensamiento. Se sentía un poco cursi y más aún porque jamás se había fijado de esa manera en alguien de su mismo sexo. Y allí estaba observando al pelirrojo con un interés diferente y nuevo para él.

–¡No te atrevas a desafiarme! ¡Lárgate, no quiero verte hasta la hora de la cena! Si hubieras ido directo a tu habitación con Tetsu, como te dije cuando llegamos, esto no habría pasado. Te encanta provocarme, ¡¿no?! –gritó su padre, agarrándolo por un hombro para zarandearlo.

Tetsu dio un paso hacia el hombre, sorprendiéndose de ese repentino deseo de protegerlo. Si volvía a golpearlo, le iba a dar una paliza que jamás olvidaría. No sería la primera vez que molía a golpes a alguien.

–¡Suéltame! –gritó el chico, que debido a la bofetada sentía que la cabeza le iba a estallar. En aquellos momentos, se preguntaba si lo llamarían patricida cuando asesinara a su “padre”. Ni siquiera se dio cuenta que había utilizado la palabra “cuando”, en lugar de “si”.

–Kei, deja que los muchachos se vayan a la habitación. Tetsu debe estar cansado –intervino la mujer, no por defender a su hijo sino por mantener cierta apariencia frente al recién llegado.

–Agradece a tu madre que no te muela a golpes por irrespetuoso –dijo el hombre soltando al pelirrojo; no sin antes darle un empujón que, de no haber sido porque Tetsu se interpuso en el camino, lo hubiera lanzado contra un curio de cristal.

El moreno soltó el equipaje para agarrarlo por los hombros con fuerza, evitando que ambos acabaran estrellándose contra el mueble. Kazuo se soltó del agarre, no porque le hubiera molestado, sino porque estaba avergonzado y corrió hacia su habitación. Tetsu recogió su equipaje e intentó seguir al pelirrojo pero, tan pronto dio un paso en esa dirección, sintió que lo agarraban por un hombro. Se soltó con brusquedad.

–Es un jovencito bastante impertinente, pero esto no sucede todos los días. Es sólo que él no respeta a sus hermanas –dijo la mujer intentando mantener el estatus y, de paso, justificar a sus hijas.

–Un consejo gratuito… No te juntes mucho con él, porque acabarás sin amigos –aconsejó la mayor de las hermanas con la misma actitud de superioridad que el padre.

–Sí, es un pesado. No sabe tratar a la gente –la menor aprovechaba cualquier oportunidad para sembrar cizaña.

–No te preocupes por él. Estará bien y estará mucho mejor cuando aprenda a respetar –añadió el hombre sin remordimiento alguno.

Por primera vez, desde que lo habían recogido en el aeropuerto, alzó el rostro y la mirada que le dirigió al hombre hizo que éste diera un paso hacia atrás. Luego, le dio la espalda y bajó al sótano.

Kazuo había bajado las escaleras hacia su habitación como alma que lleva el diablo. Desde el “accidente” del año pasado, esas situaciones violentas lo afectan como no solían hacerlo en el pasado. Agradecía que la guitarra no se le hubiera caído durante la discusión y que hubiera tenido tiempo de soltarla en la cama, que habían asignado para el moreno, antes de arrodillarse frente al inodoro a vomitar.

Se levantó agotado física y emocionalmente. Parado frente al lavamanos, contempló en el espejo la marca que cubría el lado derecho de su rostro. Debería echarse agua para refrescarse, pero de sólo pensar en bajar la cabeza, ya estaba mareado. Aún así, lo hizo y, por supuesto, el baño dio varias vueltas antes de detenerse. Cuando volvió a levantar el rostro, vio a través del espejo que el moreno ya había llegado a la habitación y estaba recostado en el marco de la puerta del baño.

–¿Estás bien? –preguntó mirándolo por entremedio del cabello, pasándole una toalla de mano.

Asintió con una sonrisa débil, completamente abochornado. Ya estaba acostumbrado a las palizas, pero era la primera vez que tenía público y, aunque no había sido su culpa, se sentía avergonzado. Con toda probabilidad, cuando la cabeza dejara de darle vueltas, se moriría de la vergüenza. Por el momento, sólo quería tirarse en su cama; así que, pasó por el lado del moreno, rozándolo sin percatarse.

Tetsu se quedó paralizado. Su roce lo había excitado. Había sido un roce accidental, pero su cuerpo había reaccionado rápida y violentamente. Jamás había sentido eso por otro chico. Observó al pelirrojo y vio cómo se hacía un ovillo en la cama y comenzaba a llorar con rabia.

Sin pensar siquiera en lo que hacía, Tetsu se acostó a sus espaldas y pasándole un brazo por la cintura, lo acercó a su cuerpo. Acarició su cabello con la otra mano, cerrando los ojos y pensando que el chico había corrido con peor suerte que él. Una cosa era que tus padres no te amaran porque se sintieran inferiores a tu lado y otra era que te golpearan por cualquier estupidez.

Kazuo odiaba ser tan débil. Si fuera valiente no estaría llorando en los brazos de un extraño. De hecho, si fuera valiente no hubiera regresado aquella vez que huyó. Intentando calmarse, pensó que debería soltarse del abrazo del moreno, pero lo cierto era que ese abrazo era el primer abrazo que recibía en su vida y, en esos momentos, lo necesitaba. Se sentía protegido y confortado, sensaciones completamente nuevas para él.

Cuando los sollozos cesaron, Tetsu se apoyó en un codo para mirarlo. Los ojos del pelirrojo estaban fijos en una esquina de su habitación. El moreno siguió su mirada y descubrió un keyboard.

–¿Hace años que tocas el keyboard? –preguntó intentando distraerlo.

–Desde que tenía ocho años. Quería un piano –contestó sin voltearse a mirarlo. Le avergonzaba tenerlo tan cerca.

–¿Quién te enseñó? –no imaginaba que sus padres lo hubieran alentado.

–El único profesor de música que aceptó venir a mi casa –explicó con una sonrisa nostálgica.

–¿No asististe a la escuela? –aquello sí que lo sorprendió.

–No, luego de ciertos problemas el primer año, seguí mis estudios con profesores a domicilio –contestó, encogiéndose de hombros.

–¿Cómo convenciste a tus padres de que te compraran el keyboard? –preguntó sin poder imaginarse qué clase de problemas podría haber tenido; ya que no lucía un chico problemático. Se acercó a oler su cabello. Emanaba un olor extraño, excitante. No sabía cómo definirlo. Era una mezcla de sensaciones contradictorias: inocencia y… pecado. Qué demonios estaba haciendo, se preguntó echando la cabeza hacia atrás.

–Guardé mi mesada hasta que pude comprarlo. Cuando me lo entregaron, me desterraron al sótano –contó asombrado de haber pronunciado más de cuatro palabras con aquel chico sin que éste lo atacara.

–¿Dónde dormías antes? –preguntó curioso, observando su piel de porcelana.

–En el ático –contestó con una risita nerviosa, pensando en lo oscura y pequeña que era esa parte de la casa. Que lo movieran al sótano había sido una bendición para él. El sótano era espacioso, tenía su propio baño y varias ventanas que permitían el paso de la luz. No le gustaba la oscuridad. La oscuridad lo hacía tener sueños extraños.

–¿Te pega con frecuencia? –Tetsu no pudo evitar preguntarle aquello. Había intentado no hacerlo, pero a su mente volvía una y otra vez la manera cruel con que trataban al chico.

Kazuo se encogió de hombros. No deseaba hablar de lo sucedido. Ya se sentía demasiado avergonzado por todo: la bofetada, el haber vomitado y el hallarse ahora pegado a su cuerpo sin deseo alguno de romper ese contacto.

–No tienes que hablar de ello si no quieres –dijo el moreno recostando la cabeza nuevamente en la almohada.

–Cada vez que lo “provoco” –contestó con voz apenas audible. Si iba a vivir con ellos, vería eso y mucho más.

–Eso es a menudo por lo que pude ver, ¿verdad? –preguntó mirando el techo y apretando la mandíbula, porque pensar en aquel hombre hacía que le entraran unas ganas increíbles de subir las escaleras para darle una buena paliza, a ver si le gustaba.

–Si el hecho de que me haya roto los dos brazos, una pierna, varias costillas y que hace un año acabara con una contusión cerebral significa a menudo… pues, sí. A este paso, sé que no llegaré a viejo –comentó con una risa nerviosa.

Sin percatarse de lo que hacía, Tetsu subió la mano que tenía apoyada en la cintura del chico para acariciar sus brazos cruzados sobre el pecho. Ese hombre merecía que alguien le diera una buena dosis de su propia medicina, pensó cada vez más cabreado. En aquellos momentos, prefería la indiferencia mortal de sus padres. Pensar que él se quejaba interiormente de aquel trato, lo hizo avergonzarse. Si la vida hubiera sido justa, aquel chico debía haber nacido en su hogar y él en el del chico. Con el cuerpo que él tenía, estaba seguro de que ese hombre jamás se hubiera atrevido a tocarlo. Y, de haberlo hecho, él se hubiera encargado de que se arrepintiera. Mirando su perfil, pensó que el chico tenía agallas. No lo podía negar. Se había enfrentado sin temor a su padre. Al recordar aquello pensó que, después de todo, no era tan frágil como lucía.

–Estoy seguro de que estás feliz de que te hayan enviado a vivir aquí –comentó Kazuo con sarcasmo, intentando ignorar las sensaciones que recorrían su cuerpo a causa de las caricias del moreno. Por todos los santos, él intentaba consolarlo, no seducirlo y ése era un cambio agradable. Lo envolvía un sentimiento tan placentero que su cuerpo parecía estar despertando de un largo sueño.

Tetsu no pudo evitar sonreír. Aquel chico tenía un extraño sentido del humor. Quizás ésa era su forma de sobrevivir a esa vida.

–¿Cómo es que sigues con ellos si te provocó una contusión?, ¿no lo denunciaste? –preguntó curioso.

–Él tiene una explicación lógica para todos mis “accidentes” y como es una persona “respetable”, le creyeron a él antes que a mí –suspiró cansado, recordando lo bien librado que siempre salía su padre.

–¡Maldito! –su tono de voz dejaba claro lo molesto que estaba con ese asunto. Se apoyó nuevamente en un codo para mirarlo. La marca en su mejilla se notaba a legua, la palidez de su piel no disimulaba los golpes. Le bajó un poco la camiseta por el hombro para observar que también allí tenía marcado los dedos de su padre.

Kazuo sonrío al escuchar la rabia en su voz. Se sentía bien escuchar que finalmente alguien se indignaba por los abusos que él venía sufriendo desde pequeño. Pero, cuando el moreno le bajó la camiseta para observar su hombro, se estremeció y dobló más las piernas para que no se notara que se estaba excitando. Estaba seguro de que había algo mal con él. No debería de excitarse porque otro chico lo tocara, ¿verdad?

–In… intenté fugarme, ¿sabes? Hace un año, cuando descubrí que era adoptado, lu… luego de la contusión –por su culpa, parecía un maldito tartamudo.

–¿Qué sucedió? –preguntó pasando un dedo con suavidad por el área maltratada en su hombro y el rostro. Ahora comprendía por qué el chico no se parecía en nada a su familia. Quizás la actitud de ellos se debía a que había algún secreto oscuro detrás de su adopción.

–Que… que… aparentemente nací con un letrero en la frente que dice… abusen de Kazuo o algo por el estilo –comenzó a narrar cada vez más nervioso y excitado por la caricia, enrojeciendo violentamente–. Pues, pri… primero me encuentro con un viejo bastante asqueroso que… que me mete a la fuerza en su auto para tener sexo conmigo y, cuan… cuando logro escapar, acabo en una patrulla con dos policías pervertidos que… que intentan lo mismo –¿es que el moreno no pensaba dejar de acariciarlo? Así era imposible pensar con claridad y hablar mucho peor–. Siempre me pa… pasa lo mismo; así que regresé por… porque en aquellos momentos pensé que era mejor morir a golpes que aquello -el dedo del moreno trazaba un camino de fuego en su piel. Si hubiera sido un bloque de hielo, ya estaría completamente derretido.

Tetsu lo sujetó por los hombros para colocarlo bocarriba. Lo observó con atención. Era seductoramente hermoso. Tenía una apariencia de frágil sensualidad que provocaba deseos de protegerlo y… poseerlo. ¿Siempre le sucedía eso? Sí, con toda seguridad. Para los pervertidos sería imposible resistirse a la delicadeza de su piel, el llamativo color de su cabello y sus ojos, sus facciones finas y sus labios suaves. Pasó dos dedos por sus labios, preguntándose si sería por eso que siempre andaba con la cabeza baja. ¿Estaba consciente de las reacciones que provocaba?

–¡Eh! –gritó Kazuo alterado por esa caricia. En su vida, nadie lo había acariciado de esa manera; con aquella delicadeza, como si fuera algo preciado. Sólo lo tocaban para golpearlo o intentar abusar de él. Y, aunque el moreno parecía no poder quitarle las manos de encima, sus caricias eran diferentes. Además, la mirada intensa de sus ojos, verdes como el musgo en los árboles, le provocaba una extraña sensación de pertenencia–. ¡¿Qué haces?! –preguntó, empujando al chico para sentarse en el borde de la cama, desde donde lo miró confundido.

–Quería ver cuál era el motivo de que “siempre te pase eso” y no eres ningún Channing Tatum, ¿sabes? –contestó inventando al vuelo. Lo cierto era que no sabía qué demonios le había pasado. Si el pelirrojo no lo hubiera empujado estaba seguro de que lo hubiera besado. Tenía que estar mal de la cabeza. El chico le acababa de confesar que todos intentaban aprovecharse de él y él había estado a punto de hacerlo. Miró al chico de soslayo, ya que no se atrevía a mirarlo de frente. No sabía cómo iba a reaccionar y lo cierto era que temía haberlo espantado.

–¡No seas baka! –gritó el chico más por los nervios que porque estuviera molesto. En realidad, aquella ocurrencia le había dado ganas de reír. Se levantó de la cama, ya que no podía quedarse quieto cuando estaba nervioso–. Vacié la mitad del clóset para que acomodes tu ropa y aquellas dos gavetas y esa tablilla para tus libros –explicó señalando según iba hablando–. ¿Trajiste libros? –preguntó frunciendo el ceño al recordar que sólo traía una maleta y una mochila.

–Sí, están en la maleta. No tengo mucha ropa de todas maneras. Odio ir a los centros comerciales. Demasiada gente para mi gusto –murmuró echándose el flequillo a un lado para mirar al pelirrojo. Podía haber jurado que minutos antes había estado a punto de echarse a reír. Alzó una ceja, pensando que era un chico bastante extraño y… que lo hacía tener pensamientos extraños.

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