Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Ex Umbra In Solem, Its Feels So Nice It’s Scary

en junio 12, 2011

Luego de acomodar sus pocas pertenencias, Tetsu se sentó a mirar al chico que estaba ocupado observando sus libros. No comprendía por qué se sentía tan cómodo y, a la misma vez, inquieto con su compañía.

–¿Tienes hambre? Falta hora y media para cenar –preguntó Kazuo sacando de su mesa de noche una cantidad increíble de guarradas para comer, que iban desde cosas muy dulces hasta muy picantes y que tiró en la cama para que el moreno escogiera lo que quisiera.

–¿Siempre tienes cosas tan alimenticias en tu gaveta? –preguntó asombrado, mirando cómo abría una bolsa de patatas con salsa de barbacoa y se echaba varias a la boca antes de ofrecerle.

–Paso mucho tiempo castigado y para alimentos nutritivos con la comida de ellos me basta –comentó con burla, sentándose con los pies cruzados en una esquina de la cama.

Tetsu decidió aceptar su ofrecimiento y le robó varias patatas, mientras veía cómo el chico observaba el estuche de su guitarra.

–¿Cuándo aprendiste a tocar guitarra? –preguntó con curiosidad, preguntándose si se atrevería a pedirle que le enseñara. Siempre había deseado aprender a tocar guitarra también. De hecho, le gustaban todos los instrumentos musicales, pero aquel profesor -igual que los demás- no había durado mucho.

–Mi abuelo me enseñó cuando era prácticamente un crío. Creo que tenía unos cuatro años, cuando toqué una guitarra por primera vez –no pudo evitar sonreír al pensar en su abuelo y la inmensa paciencia que había tenido con él.

–Supongo que tu abuelo murió, porque de estar vivo estarías con él, ¿no? –preguntó frunciendo el ceño y pensando que le gustaba su sonrisa. Al percatarse del rumbo de sus pensamientos, se ruborizó y, de inmediato, volteó el rostro. Nervioso, se echó un puñado de caramelos en la boca antes de agarrar más patatas.

–Tenía ocho años cuando falleció y tuve que ir a vivir con mis padres, a quienes no conocía ya que mi abuelo había sido el encargado de mi crianza desde que cumplí un año hasta ese momento –contestó asombrado al ver la mezcla de guarradas que se echaba en la boca y extrañado por lo ruborizado que estaba–. ¿Estás bien? –preguntó pasándole un dedo por el cuello.

–¡Sí! –gritó el pelirrojo dando un brinco al sentir la caricia. Por qué rayos siempre lo estaba tocando. No es que le molestara, pero es que lo avergonzaban todos los pensamientos que invadían su mente cada vez que sentía su roce–. ¿Por… por qué te estaba criando tu abuelo si tus padres aún vivían? –preguntó algo atropelladamente intentando mantener distraída su mente pero, sobre todo, su cuerpo.

Tetsu tuvo que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para no reírse del chico. Aún no entendía qué le pasaba pero se veía cute, así de sonrojado.

–Cuando mis padres se enteraron que venía de camino… –se rió de su propia expresión –decidieron que el aborto era la mejor opción. Mi abuelo se enteró y lo prohibió. Como era él quien mantenía su estilo de vida, obedecieron. Resulté un crío demasiado inteligente para gusto de mis padres; por lo que, eran bastante negligentes en mi cuido. Abuelo se dio cuenta; así que, me llevó a su hogar. Pero estaba enfermo del corazón; por lo que, tuve que regresar con mis padres cuando él falleció –explicó metiendo la mano en la bolsa de patata a la misma vez que el chico, ocasionando que sus manos se tocaran.

Tal como le sucedió en el aeropuerto, no pudo evitar acariciar su mano con su pulgar, como de pasada e, igual que en el aeropuerto, el pelirrojo retiró la mano como si se hubiera quemado. Estaba tan rojo que parecía un termómetro de alcohol a punto de explotar por el aumento en su presión interna.

Aquella calidez que lo recorría cada vez que el moreno lo tocaba, lo intranquilizaba. Se levantó y fue a sentarse en la cama del moreno mirando el estuche de guitarra y preguntando, antes de perder el valor–: ¿Me enseñarías a tocar la guitarra?

–Seguro. Podemos empezar ahora, si quieres –contestó acercándose lentamente, ladeando la cabeza para mirarlo, con temor a que el pelirrojo volviera a salir corriendo. Era bastante escurridizo.

–¿Ahora?, ¿en serio? ¡Claro que quiero! –sonrió emocionado.

Tetsu sonrió, aguantándose las ganas que tenía de delinear con sus dedos aquella hermosa sonrisa. Sacó la guitarra del estuche y se la entregó a Kazuo. Luego, se sentó detrás de él con las piernas a ambos lados de las suyas. Colocó la cabeza sobre el hombro derecho del chico y con sus manos cubrió las del pelirrojo para enseñarle la posición correcta de los dedos.

Kazuo no lograba concentrarse. Estaba seguro de que Tetsu podía escuchar los latidos salvajes de su corazón. El moreno estaba recostado en su espalda, le estaba hablando al oído y tenía sus manos sobre las suyas y él, sinceramente, comenzaba a sentirse algo mareado y excitado. Exhaló para calmar sus nervios. En realidad, quería aprender a tocar guitarra y si ése era el método que iba a utilizar el chico, más le valía acostumbrarse, ¿no?

Tetsu no sabía por qué había hecho eso, pero no se arrepentía. Lo que esperaba era estar explicándole bien, porque la realidad era que no sabía ni lo que decía. Su olor lo mareaba, lo intoxicaba, lo seducía. –¿Estás incómodo? –preguntó al ver su sonrojo y sentir su nerviosismo.

–¡¡No!! Es… estoy bien –contestó maldiciendo ser tan obvio. Aunque sentía que lo quemaba el calor que emanaba el cuerpo del moreno, no quería que se despegara.

Tetsu frunció el ceño, preguntándose si siempre que estaba nervioso gritaba de aquel modo o si era sólo con él.

Llevaban un buen rato practicando, cuando los sobresaltó la brusquedad con que abrían la puerta.

–¡Kazuo! –lo llamó su padre desde el primer escalón.

–¡¿Qué?! –contestó el chico cabreándose con sólo escuchar su voz. Colocó la guitarra a un lado y se paró frente a la escalera, cruzando los brazos sobre el pecho, con una mirada retadora.

–¡Dentro de veinte minutos se servirá la comida; así que, vayan subiendo… y la próxima vez que me vuelvas a gritar así, te tumbo los dientes! –amenazó el hombre de manera agresiva–. ¿Entendiste?

–¡SÍ! –gritó el chico con más fuerza, cerrando los puños, levantando la cabeza altivamente. Jamás había podido callarse ni cuando lo golpeaba ni cuando lo amenazaba. No era una movida sabia de su parte, pero era orgulloso y jamás le daría el placer de someterlo.

–¡Maldito engendro! –gritó el hombre comenzando a bajar las escaleras.

Tetsu se había quedado asombrado al ver cómo el chico se alteraba. No lo podía culpar, él también se había alterado al escuchar al hombre. –Subimos dentro de unos minutos –dijo parándose detrás del pelirrojo.

El hombre se detuvo y se estremeció al encontrarse con su mirada. –Bien, más vale que no nos hagan esperar –refunfuñó antes de marcharse.

Kazuo se tiró en la cama del moreno, pues era la que estaba más cerca de las escaleras. En el último año, cada vez que tenía un enfrentamiento con su padre, su mente se llenaba de violentas imágenes que le provocaban terribles migrañas. Cerró los ojos y se apretó la sien.

–¿Te sientes mal? –preguntó Tetsu, preocupado al ver su gesto. Se sentó a su lado y le acarició el cabello.

–Me duele la cabeza. No es nada. Ya se me pasará –contestó, avergonzado por lo bien que lo hacía sentir esa caricia y porque imaginaba que el moreno estaría pensando que por compañero de habitación le había tocado una niñita.

–¿Tomas algo para ese dolor? –Tetsu le agarró el mentón para girarle el rostro–. Mírame –le pidió para observar sus ojos y asegurarse de que estaba bien.

Kazuo abrió los ojos y lo miró avergonzado. –No tomo nada. Sólo descanso la vista un rato y se me va –explicó cerrando los ojos de nuevo para escapar de aquella inquietante mirada.

Tetsu no dijo nada. Sólo, lo recostó en sus piernas y le acarició con suavidad la sien, observando cómo se relajaba.

Kazuo no podía creerse que por primera vez en su vida estaba acompañado de alguien que no lo odiaba o lo miraba con lascivia. Con una sonrisa triste, pensó que quizás acabaría odiándolo por ser tan débil. Pero por el momento no lo hacía y eso lo hacía sentir bien.

El moreno observó su sonrisa triste y deseó poder decir algo que lo hiciera sentir bien; pero no sabía qué. Nunca había sabido cómo relacionarse con las personas y jamás le había interesado, hasta ese momento.

–Deberíamos subir –murmuró Kazuo sin moverse.

–Vamos –dijo Tetsu ayudándolo a levantarse–. ¿Te sientes mejor? –preguntó subiendo las escaleras a su lado.

–Sí, gracias –contestó sonriendo con timidez.

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