Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Ex Umbra In Solem, I Didn’t Mean That

en junio 11, 2011

Al día siguiente, con gran fastidio, Tetsu subió junto con Kazuo a cenar. La tarde anterior el señor Fukuda le había señalado que la familia cenaba junta siempre sin excepciones.

Luego de cenar, el hombre se lo había llevado a su oficina para hablarle de las normas del hogar, lo que se esperaba de él y lo que recibiría a cambio: un techo, comida y educación. Él apenas prestó atención a lo que decía. Estaba más interesado en los libros que había sobre los estantes que en toda la palabrería de ese desconocido, al cual ya odiaba y contra quien sentía debía proteger al pelirrojo.

Para cuando regresó a la habitación, el chico ya estaba dormido. Se dio una rápida ducha y se acostó silenciosamente. Se durmió mirando el cabello rojo del chico, preguntándose por qué despertaba en él tantos sentimientos.

Cuando despertado era más del mediodía y estaba solo. Estuvo tocando guitarra y saboteando el contenido de la mesa de noche de su compañero de habitación, hasta que Kazuo había bajado a buscarlo para que subiera a cenar con la familia. No tuvo tiempo de preguntarle por qué no lo había despertado, pues al comienzo de la escalera los esperaba el padre.

Cuando llegaron al comedor, el resto de la familia ya estaba allí. Kazuo pasó por el lado de su padre, que se sentaba a la cabeza de la mesa, buscando la silla más alejada posible del hombre; pero éste lo sujetó por la muñeca y lo hizo sentar a su lado.

Tetsu viendo aquello, se sentó al otro lado del hombre.

–Tetsu, te había reservado esta silla –dijo la madre señalando una silla a su lado.

–Aquí estoy bien –dijo sin dejar de observar al pelirrojo y a su padre.

Kazuo bajó la cabeza para que no vieran que, a duras penas, estaba aguantando las ganas de reír. No tenía que mirar a su madre para saber que estaría más que mortificada por la actitud grosera del moreno. Imaginaba que esa noche ella y su padre discutirían hasta el cansancio la manera de enviar al chico a un internado o algo así.

–¿Cómo murieron tus padres? –preguntó la menor de las hermanas, tocándole el brazo al moreno para que la mirara.

–Fue en un accidente automovilístico, ¿verdad? –añadió la mayor mirándolo con interés.

–¿Estás en una banda? –preguntó otra para no quedarse atrás.

–¿Eres uno de esos músicos escandalosos y viciosos? –preguntó despreciativa la cuarta de las hermanas.

–Chocaron con un camión. La cabeza de mi madre salió rodando y el cuerpo de mi padre se partió en dos a la altura del torso –Tetsu ni levantó la mirada del plato e ignoró las demás preguntas.

Kazuo, que en esos momentos estaba tomando agua, se atragantó con la misma. Sabía que sus padres no habían muerto así. Había leído la descripción del accidente en los papeles que los abogados habían enviado a sus padres. Si lo que pretendía era silenciar a sus hermanas, lo logró. La cena transcurrió en un silencio sepulcral, hasta que la pequeña, molesta porque no le estaban prestando atención, dijo con malicia–: Kazuo no se disculpó por gritarnos ayer, papá.

–¡Cierto!, Kazuo, ¿qué estás esperando para disculparte? –dijo el hombre volteándose a mirar a su hijo.

Qué poco dura la paz en este hogar, pensó el pelirrojo, agarrando el cuchillo y comenzando a moverlo de manera sospechosa entre sus dedos. Tetsu observó el movimiento de su mano y añadió–: Kazuo, dijiste que me mostrarías el vecindario –se levantó y caminando hacia el pelirrojo, le quitó el cuchillo de la mano, lo agarró por el brazo, lo hizo levantarse y lo sacó de la casa.

En el comedor, todos se quedaron mirándose como idiotas, sin entender qué acababa de ocurrir.

–No querías ser testigo de un crimen y tener que ir a testificar en corte, ¿verdad? –preguntó Kazuo con una sonrisa maldita. No había pensado acuchillar a su padre… bueno, no creía que ésa había sido su intención cuando agarró el cuchillo. Sólo había sido un reflejo defensivo, pensó frunciendo el ceño. Aún así, le causaba gracia cómo lo había sacado prácticamente a rastras de allí.

–No, odio hablar. Sobre todo, si es con desconocidos. En realidad, odio a la gente –dijo el moreno encogiéndose de hombros y echándose un chicle a la boca, volviendo a maldecir la hora en qué había decidido dejar de fumar.

–Pues, yo soy gente…, creo –dijo riéndose–. Y, además, prácticamente soy un desconocido y estás hablando conmigo.

–No es lo mismo. Tú me caes bien –dijo, acercándosele.

–¡Vale! –gritó el chico nervioso, poniendo distancia entre ellos, sintiéndose emocionado sin entender por qué.

–¿Por qué estás nervioso?, ¿te asusto? –preguntó Tetsu burlonamente, aunque sí le interesaba su respuesta.

–¡No estoy nervioso! Y no…, no me asustas –alegó, preguntándose si sus reacciones serían normales o estaría haciendo el ridículo con esos brincos y gritos que daba cada vez que el moreno lo tocaba o se acercaba–. Mañana te mostraré mi lugar favorito –comentó como solía hacer siempre que quería cambiar de tema–. Queda por el parque. Está bastante cerca, pero no creo que sea conveniente que vayamos hoy. Si vamos allí, perderé la noción del tiempo, regresaremos de madrugada y me matará –comentó el pelirrojo riéndose, más relajado ahora que habían comenzado a caminar.

–No sé cómo puedes reír con la vida que llevas –dijo el moreno inclinando la cabeza para mirarlo a los ojos.

Kazuo frunció el ceño pensando seriamente en aquello. –No había pensado en eso. Sí, supongo que no es normal; pero jamás me he sentido muy normal que digamos. Así que, supongo que para lo que los demás es algo anormal, para mí es normal –comentó riéndose por el enredo que acababa de hacerse.

Tetsu también se rió por el enredo del chico, aunque lo había entendido.

–¿Te dolió? –preguntó de pronto el pelirrojo.

–¿Qué cosa? –el moreno lo miró confundido.

–Los piercing. Vi que tienes uno en el labio y dos en la ceja derecha –comentó sin percatarse que acababa de delatar que lo había observado atentamente.

–No, ¿qué te parecen? –el pelirrojo le miraba el piercing del labio con tanta atención que pensó que quizás le desagradaba.

–Sexy. Esto, es decir, te quedan bien –¿por qué tenía que decir lo primero que se le venía a la mente?, se preguntó, pateándose mentalmente y ruborizándose. Esa situación era nueva para él. No era hablador por naturaleza, pero con el moreno parecía incapaz de callarse.

–Lo cierto es que el tatuaje sí que dolió un poco –contestó mordiéndose el labio para no reírse por lo rojo que se había puesto Kazuo, pero sin poder evitar sonreír por lo bien que se había sentido al escuchar aquello.

–¿Tatuaje?, ¿dónde? –preguntó enrojeciendo más por la sonrisa del moreno, mirándolo para ver si descubría dónde estaba tatuado.

–En la espalda, ¿quieres verlo? –preguntó estudiando su posible reacción.

–¡No! Digo, estamos en plena calle –el pelirrojo enrojeció aún más.

–Entonces, cuando estemos “solos” en el cuarto –dijo enfatizando la palabra solos.

–¡Que no fue eso lo que quería decir! ¡Idiota! –gritó poniéndose nervioso y sentándose en la acera.

–Vale, sólo estaba bromeando. No tienes que insultarme –explicó, riéndose y sentándose a su lado.

–Ya lo sé. Siento haberte dicho idiota –estaba avergonzado, porque había tenido una visión bastante perturbadora del moreno quitándose la camiseta y le había gustado, pero mejor muerto que admitir eso.

–Puedo preguntarte algo –cuando el chico asintió, continuó–. ¿Cómo descubriste que eres adoptado? –sonreía, observando lo sonrojado que estaba y pensando que ese chico se avergonzaba por todo y eso sólo lo hacía verse más guapo.

–Cuando me desterraron al sótano, encontré un cajón con unos grabados y una inscripción a la cual no le presté atención en ese momento y como no pude abrirlo, lo guardé en el clóset. Cuando sufrí la contusión, me encerraron varios días, que dediqué a la remodelación del cuarto –dijo con una risita burlona–. Volví a sacar el cajón y, esta vez, pude abrirlo y ver su contenido. En el papeleo de los trámites de adopción no estaban los nombres de mis padres, pero sí el nombre de la agencia –contó con el ceño fruncido concentrándose en aquel recuerdo–. Pensé que podría encontrar a mis verdaderos padres y largarme de aquí; así que, llamé. Pero lo único que descubrí fue que habían fallecido.

–Lo siento. ¿Te hubieras ido con ellos de haberlos encontrado? –se preguntaba si encontrar a sus verdaderos padres hubiera sido su salvación; a fin de cuentas, ellos lo habían dado en adopción por lo que no debían de haberlo querido mucho. Por otro lado, por muy egoísta que sonara, tenía que admitir que le alegraba que no los hubiera encontrado, porque de lo contrario no lo hubiera conocido.

–Por supuesto. No podría ser peor que esto…, ¿verdad? –comentó sin mucha convicción.

–No sé –contestó con sinceridad, deseando poder decirle otra cosa–. ¿Qué decía la inscripción? –preguntó, colocando una mano en su hombro para que voltease a verlo.

Amantium irae, amoris integratio est –contestó nervioso por la mirada del moreno.

–“La relación amorosa se hace más duradera e intensa cuando debe superar conflictos afectivos” –tradujo mirando pensativo al chico–. ¿Sabías lo que significaba? –preguntó, aunque él estaba asombrado de conocer su significado.

–Sí…, no sé cómo porque nunca he estudiado latín –confesó recordando cuán extraño le había parecido en ese momento saber qué significaba la inscripción–. Tus padres no murieron como dijiste –aquella frase siempre lo incomodaba y no quería seguir hablando sobre eso.

–No, es que no aguantaba tanta jodía pregunta y quería que me dejaran en paz –explicó observando el cielo y las estrellas que comenzaban a aparecer, mientras bajaba la mano hacia su espalda para acariciarlo con suavidad. Esas palabras parecían molestarlo. ¿Sería por su significado o por algo más profundo?, ¿algo que ni el mismo chico había descubierto aún?

–Lo lograste y también espantarlos –no pudo evitar reírse malditamente. Siguió su mirada y descubrió que ya había oscurecido. No se había dado cuenta. El moreno lo hacía olvidar todo, sobre todo, cuando lo tocaba–. Hermoso, ¿verdad? –dijo contemplando el infinito. Odiaba la oscuridad, pero amaba la noche. Era toda una contradicción, lo sabía. A ratos, ni él se soportaba por ser tan complicado.

–Sí, espectacular –contestó el moreno recostándose en el pavimento, cruzando los brazos detrás de la cabeza. Siempre le había gustado el anochecer; puesto que, amaba el silencio que lo acompañaba.

–Mejor regresamos, ¿no crees? Si te duermes aquí, puedes tener un triste despertar –dijo Kazuo con una sonrisa maldita.

–¿Por qué? –lo miró intrigado.

–Estamos frente a la casa del dueño de la funeraria. Llegará dentro de poco con su coche fúnebre y al verte ahí tirado puede pensar que estás muerto y podrías despertar en un ataúd –comentó, ahora sí riendo a carcajada limpia, parándose y ofreciéndole la mano al moreno para ayudarlo a levantarse.

–Eres morboso –se burló, aceptando la ayuda y caminando hacia la casa nuevamente; pero sin soltarle la mano.

Kazuo lo miró de reojo, poniéndose cada vez más rojo y nervioso. ¿Por qué le estaba sujetando la mano? Sentía que el corazón le latía con tanta fuerza, que estaba seguro de que lo oía. Volvió a mirarlo por el rabillo del ojo de manera sospechosa. ¿Qué estaba pensando? Quizás debería soltarse; sin embargo, no lo hizo. Le gustaba ese contacto… demasiado.

Tetsu también estaba nervioso. Una vez agarró su mano, ya no pudo soltarla. Lo miró a través del flequillo, esperando que le gritara, lo empujara y se marchara dejándolo solo. Pero el chico, aparte de sonrojarse más, si es que eso era posible, no lo rechazó. No sabía qué le pasaba con aquel chico, pero desde que lo había escuchado reír en el aeropuerto, ya no podía pretender que odiaba a todas las personas. Él le estaba gustando y mucho. Para su sorpresa, le estaba gustando tanto que empezaba a importarle. Por primera vez desde el fallecimiento de su abuelo, sentía que podía querer a alguien más.

Cuando llegaron a la casa, el pelirrojo soltó su mano para abrir la puerta y ambos sintieron un extraño vacío en su ser. Una vez en la habitación, Kazuo se dirigió al baño y se recostó contra la puerta cerrada, mirando el piso. ¿Qué iba a hacer? El moreno lo ponía nervioso, lo excitaba y no creía que eso fuera normal. Tetsu era la primera persona que no le repugnaba que lo tocara. Pero, era hombre y él también. Aquello estaba mal o ¿no? Completamente desalentado, decidió acostarse. A fin de cuentas, en esos momentos no iba a hallarle respuesta a esa incógnita.

Tetsu se quitó los pantalones, la camiseta y las botas sin dejar de mirar la puerta cerrada del baño. Kazuo había estado muy silencioso. Eso lo ponía nervioso. Bueno, en realidad, había muchas cosas del chico que lo ponían nervioso; pero aún así le gustaba. Se acostó bocarriba en la cama, pensativo, mirando el techo, pasándose la mano desde el pecho hasta el abdomen. Cuando escuchó que la puerta se abría, volteó el rostro para observarlo. El chico salió con la cabeza baja y, por pijama, con una camiseta blanca y bóxers negros. Se acostó en su cama dándole la espalda.

–Puedes usar el baño, ¿sabes? –dijo Kazuo, señalando lo obvio. Pero es que no quería que el moreno pensara que se acostaba molesto con él. No lo estaba, sólo estaba confundido y molesto consigo mismo por pensar tantas tonterías. Verificó por el rabillo del ojo que el moreno entrara al baño. No se volteó a mirarlo; ya que, temía que le soltaría las preguntas que rondaban su mente y el chico probablemente se reiría de él… o quizás no… pero, ¿cómo saberlo?

Tetsu se duchó, mientras intentaba aclarar sus pensamientos. Cuando salió del baño, el pelirrojo ya se había dormido. Parecía un chiquillo, pensó sonriendo al ver cómo se abrazaba a la almohada. Pero, a la misma vez, había algo seductor en él. Estuvo un rato de pie frente a su cama observándolo. Se preguntó si al día siguiente seguiría sintiendo lo que había sentido ese tarde. Suspiró. Sabía que de nada valía negar lo que estaba sintiendo. Por segunda vez, se acostó mirando la espalda del pelirrojo hasta que se quedó dormido.

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