Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Ex Umbra In Solem, You Were In My Dreams Last Night

en junio 10, 2011

Kazuo abrió los ojos y descubrió que el moreno aún dormía. Se quedó observándolo, muy quieto, como si al moverse él se fuera a despertar el otro; aunque estuvieran en camas diferentes. Era guapo… mucho. Parecía uno de esos conquistadores que arrasaban con poblados enteros y se quedaban con las mujeres más hermosas del lugar. ¿Tendría novia?, no se le había ocurrido eso hasta ese momento. Le preguntaría… ¡Imposible!, preguntar algo tan personal podía causarle una mala impresión de él. No, no le preguntaría eso, decidió mientras recorría su cuerpo con la mirada. Le gustaban sus manos. Despertaban sensaciones nuevas en su ser. Parecían ser capaces de abarcar su cuerpo por completo. Ese pensamiento tan absurdo hizo que enrojeciera. Tenía hombros anchos y piernas largas, fuertes. Miró avergonzado entremedio de sus piernas. Su sexo era grande. Subió los ojos de inmediato a su rostro para asegurarse de que seguía dormido. Con un suspiro de alivio, se levantó y se dirigió al baño para darse una ducha fría. La necesitaba y con urgencia.

Al salir del baño, se acercó al moreno. Aún dormía. No sabía si despertarlo para ayudarlo a desempacar antes de desayunar o dejar que durmiera todo lo que quisiera. Era temprano y quizás podrían marcharse al parque antes de que los demás se levantaran. Se inclinó un poco más sobre el chico, con el ceño fruncido, indeciso. Lo próximo que supo fue que volaba hasta caer acostado a su lado.

Kazuo gritó asustado. Entonces, sus ojos se toparon con el rostro del moreno. Al ver cómo este reía, se cabreó de inmediato. –¡¿De qué te ríes?! ¡No me causó ninguna gracia que me halaras así! ¡Por poco me da un infarto!

Tetsu lo aprisionó con su cuerpo. Le echó una pierna por encima y lo sujetó con su brazo por la cintura para evitar que se escapara. Con la cabeza apoyada en el otro brazo, miró al chico. Se había despertado antes que el pelirrojo. Y, sí, seguía sintiendo lo mismo que sentía por él al irse a dormir. Le gustaba, le preocupaba y sentía que estaba comenzando a quererlo. Cuando había visto que Kazuo despertaba, se había hecho el dormido. Entrecerró los ojos y esperó a ver qué hacía. Vio cómo lo observaba y al descubrir que no le era indiferente, sintió que se le salía el corazón del pecho. Estaba feliz y quería jugar un rato con él. Por más infantil que pudiera lucir.

–¡¡¡Deja de reírte!!! –gritó el pelirrojo con deseos de golpearlo–. ¡¡Ahora no te prepararé el desayuno!! –dijo, enrojeciendo al instante. Demonios, por qué tuvo que abrir la boca. Ahora además de avergonzado, se sentía cursi. Debió haber intentado escapar en lugar de hablar, pensó molesto consigo mismo. Pero, cómo rayos se suponía que iba a escapar si lo tenía más sujeto que un pulpo.

–No puedo. Es que te ves mono cabreado. Y, sí, me prepararás el desayuno porque yo también te caigo bien –se rió, metiéndose aún más con él, besándole la frente. Le causaba gracia el escándalo que estaba armando el pelirrojo.

–¡¡No me digas mono!! –gritó Kazuo empujándolo finalmente para salir apresurado de la cama. Se sentó en la escalera, desde donde lo miró con el ceño fruncido, pasando por alto lo del desayuno–. ¿Puedo leer alguno de tus libros? –preguntó con un gruñido, preguntándose por qué le había besado la frente como si fuera un chiquillo. ¿Acaso lo veía de esa manera?, ¿como un chiquillo mono?

–Seguro –se rió con suavidad para no cabrearlo más. Le daba gracia cómo huía cada vez que se ponía nervioso y cómo cambiaba de tema tan drásticamente–. Me daré un duchazo rápido –dijo, levantándose de la cama y dirigiéndose al baño luego de agarrar algo de ropa.

–¡Avanza, quiero que salgamos antes de que despierten los demás! –gritó pensando que no volvería a acercarse a su cama. Agh, había olvidado observar su espalda. Ahora no vería el dichoso tatuaje hasta la noche. Por su culpa, por ponerlo nervioso. Ni muerto le iba a pedir ahora que se lo enseñara. Mejor lo espiaba cuando se quitara la camiseta antes de acostarse. No quería pasar más vergüenza. Con la que acababa de pasar era suficiente por el momento, pues imaginaba que Tetsu lo seguiría avergonzando el resto del día; ya que, parecía tener un don natural para eso.

Una vez el moreno salió del baño, subieron a la cocina. Para alivio de ambos, no había nadie por los alrededores.

–¿Qué quieres desayunar? –preguntó Kazuo observando con una mueca el contenido de la nevera.

–¿Qué vas a desayunar tú? –preguntó al ver la mueca de asco que hacía el pelirrojo.

–No te gustará. Un par de huevos con mucha azúcar y salsa tabasco –dijo, riéndose por la cara que ponía ahora el moreno.

–No, tienes razón. ¿Cómo puedes comer eso? Con un par de huevos solos, me conformo y me los puedo preparar yo –dijo parándose detrás del chico.

–No sé, me gusta el contraste de sabores. ¿No confías en mí? No pienso echarles azúcar ni salsa tabasco –dijo, volteándose a mirarlo con una sonrisa maldita.

–Cuando sonríes así, temo que hagas todo lo contrario –contestó acariciándole el rostro, allí donde el día anterior lo habían abofeteado. Observó asombrado que la marca había desaparecido.

–¡Siéntate!, que los preparo ahora –ordenó nervioso como siempre por sus caricias e intentando suavizar su orden al final.

–Como usted ordene, amo –respondió el moreno sonriendo levemente.

Kazuo no pudo evitar reírse. Tetsu había despertado de un ánimo bastante extraño, ya se había dado cuenta. Se advirtió mentalmente que tendría que mantenerse alejado de él. La trampa de esa mañana ya había alterado su cuerpo y confundido bastante su mente; así que, tenía que andarse con cuidado.

Tetsu lo vio sonreír y no pudo evitar sonreír más ampliamente. Por lo menos, el chico no permanecía mucho tiempo cabreado con él. Aún seguía asombrándolo la facilidad con que reía. Para la vida que había llevado, cualquiera entendería que fuera un amargado, pero no lo era. Por otro lado, se preguntaba si lo perdonaba rápido, porque también estaba empezando a quererlo. Bueno, en realidad, no era una pregunta, eran más bien ilusiones suyas.

Estaban terminando de desayunar, cuando escucharon movimiento en las habitaciones de arriba.

–Salgamos de aquí –dijo Kazuo mirando a Tetsu y caminando hacia puerta, deteniéndose sólo para agarrar una gorra antes de salir de la casa–. Desde la contusión, el sol me provoca migrañas –explicó, una vez se hallaban fuera de la casa, absteniéndose de añadir que las discusiones también. Imaginaba que él ya se había percatado de eso la tarde anterior–. Primero, iremos al parque y luego al centro comunal, ¿quieres? –preguntó mirando al moreno, que lo miraba pensativo.

–Claro, a donde tú quieras. ¿Qué te ha dicho el médico de las migrañas? –preguntó realmente preocupado por el chico.

–¿Qué médico? –el pelirrojo lo miró confundido.

–¿No tienen un médico de cabecera? –Tetsu lo miró extrañado.

–tengo alguna fractura es que veo algún médico y siempre es en el área de emergencias del hospital y nunca es el mismo. Jamás he estado enfermo en mi vida –explicó preguntándose para qué querría uno ver un médico si estaba bien.

–¿Jamás?, ¿no has tenido ninguna de las típicas enfermedades infantiles? –definitivamente, había algo extraño con el chico.

–No, ¿eso es algo anormal? –preguntó con el ceño fruncido. Siempre había pensado que era natural que algunas personas no se enfermaran jamás.

–No, no lo creo –no pensaba decirle que era algo bastante anormal, con la cara de azoro que había puesto el pelirrojo–. Aún si sólo te llevan al área de emergencias, ¿no guardan los expedientes médicos de las veces que te han hecho placas, enyesado y verificado que sanaran las fracturas?

–Supongo, pero nunca voy a que me quiten los yesos –comentó, encogiéndose de hombros.

–¿Cómo sabes entonces cuándo quitarlos y si la fracturas sanaron? –cada vez estaba más intrigado.

–Me los quito a los pocos días, cuando comienzan a molestarme –no entendía por qué tanto asombro. Mientras más preguntaba, más anormal lo hacía sentir.

–¿Eso no te parece raro? –se detuvo a mirarlo detenidamente. A pesar de la apariencia de fragilidad que tenía el pelirrojo, era saludable. De hecho, él había visto que no era un debilucho. Más bien, pensaba que el chico no conocía su propia fuerza.

–No, aunque –un recuerdo cruzó su mente–… cuando estaba en el área de observación por lo de la contusión, una enfermera comentó con otra que en mi expediente aparecía que me habían atendido antes por varias fracturas; pero que al hacerme el MRI, no salieron. Además, que la contusión estaba sanando con una rapidez increíble. Lo había olvidado, pensé que lo había soñado –explicó serio, comenzando a caminar de nuevo.

Llegaron al parque en silencio, perdidos en sus propios pensamientos. Tetsu vio cómo Kazuo brincaba una reja, con carteles que prohibían el paso, para adentrarse en el pequeño bosque que rodeaba el parque. Lo siguió intrigado. Cuando llegaron a la única área despejada e iluminada, Kazuo se acostó en el césped. Tetsu lo imitó y, entonces, comprendió por qué amaba aquel lugar. La luz solar llegaba de manera indirecta; ya que, se colaba por entremedio de las hojas de los árboles.

–No te molesta el sol aquí, ¿verdad? –preguntó colocándose de lado para mirarlo.

–No –contestó con una sonrisa leve, echándose la gorra hacia atrás para disfrutar de los rayos del sol–, esta luz tenue siempre me ha hecho sentir bien. No importa lo que me haya sucedido, cuando llego aquí olvido todo lo que me molesta.

–¿Has sido feliz alguna vez? –Tetsu no sabía por qué le había preguntado aquello, pero ahora que lo había hecho deseaba conocer su respuesta.

–No, aunque tampoco he sido infeliz, simplemente he vivido contrariado –contestó con franqueza–. He tenido mis malos y pésimos momentos, pero he sobrevivido… lamentablemente –murmuró pensando que quizás no debería contarle sobre los pésimos momentos–. Y tú, ¿has sido feliz? –preguntó mirándolo con interés.

–Sólo cuando vivía con mi abuelo, luego de eso, no –hasta ahora, pensó; ya que, al lado del pelirrojo se sentía feliz. Aunque este le gritara, se alejara de él cada vez que se ponía nervioso y llevaran tan poco tiempo de conocerse–. ¿Cuál es la diferencia entre malos momentos y pésimos momentos? –preguntó recordando esas extrañas palabras.

Kazuo suspiró viendo cómo se iba al traste su intención de ocultarle aquello. –Los pésimos momentos han sido cuando he intentado suicidarme y he fracasado –se bajó la gorra un poco para ocultar su rostro.

–¿Suicidarte? –eso sí que no se lo esperaba.

–La primera vez, me tomé el frasco entero de pastillas para dormir de mi madre. Dormí todo el día y al despertar, mi padre me dio una paliza rompiéndome un brazo, por no haber cumplido con mis deberes. A los pocos días, fui al centro comunal y me tiré en la parte más honda de la piscina. No sabía nadar; así que, estaba seguro que esa vez sí lo lograría.

–¿Qué sucedió? –preguntó Tetsu demasiado asombrado por lo que le estaba contando el pelirrojo.

–Aprendí a nadar –contó lanzando una carcajada.

Tetsu no entendía cómo podía reír y contar todo eso con aquella naturalidad. –Entonces, ¿desististe?

–No, lo intenté una última vez. Ahorcarme, pero aparte de ganarme un terrible dolor de cuello y no poder hablar por varias horas, no me pasó nada. Al fallar, pensé que era inmortal –volvió a reír–. Qué tontería, ¿no?

No, en aquellos momentos, al moreno no le parecía una tontería su pensamiento. El pelirrojo era demasiado extraño para ser considerado “normal”; aunque “inmortal”, quizás era irse a los extremos.

–¿Sabes? El día que él me tiró por las escaleras, dejé de pensar que era inmortal. Ese día sí que sentí que moría. Llegué a la conclusión de que eventualmente me matará a golpes. Será fácil para él, nadie me va a extrañar. No tengo amigos –admitió avergonzado.

–Ahora me tienes a mí. Yo te protegeré –susurró en su oído, abrazándolo sin poder evitar pensar que los acontecimientos de su vida se habían desarrollado de aquella manera para llevarlo a su lado.

Kazuo sonrió y cerró los ojos, abrazándose al moreno, rogando que su emocionado corazón no lo delatara. ¿En realidad le interesaba al moreno o sólo fingía interés para que él bajara la guardia?

Tetsu le quitó la gorra, le pasó la mano por el cabello e inclinó la cabeza para besarlo. Kazuo abrió los ojos a tiempo para advertir sus intenciones. Enrojeció con violencia y abrió la boca para decirle que se detuviera. Momento que el moreno aprovechó para introducir su lengua y lamer dentro de su boca, besándolo profunda y suavemente. El pelirrojo lo empujó algo frenético. Tetsu se dejó caer a su lado, tapándose el rostro con un brazo, recriminándose el haber dejado llevar por el impulso de consolarlo.

-¡¿Qué demonios fue eso?! –gritó el pelirrojo nervioso y cabreado… consigo mismo. Porque ese beso, le había gustado y suponía que no debería de ser así. Se levantó sin esperar respuesta, agarró su gorra y echó a correr hacia el lado contrario del parque.

Tetsu lo siguió preocupado y molesto. Cómo que qué demonios era eso. Era un beso, por todos los santos, qué pregunta era aquella. Por supuesto que era la primera vez que besaba a un chico, pero ni que no supiera lo que hacía. Había besado a varias chicas y el procedimiento era el mismo. Sólo el sentimiento cambiaba, puesto que no había sentido nada al besarlas a ellas. Pero con Kazuo, había sentido demasiado. Sonrió al darse cuenta que estaba actuando como la parte ofendida, cuando era el pelirrojo quien lo estaba y tenía todo el derecho a estarlo.

Kazuo llegó hasta una fuente y se sentó en el piso, recostándose contra el borde de la misma. Tenía el ceño fruncido y lucía bastante contrariado. –El sonido del agua me tranquiliza –murmuró como si hablara consigo mismo, antes de doblar las rodillas y abrazarlas, enterrando la cabeza entre ellas.

–Lo siento. Yo sólo quería confortarte. No soy bueno con la gente, ¿sabes? –intentó explicar Tetsu, sentándose a su lado. Obviando que había deseado besarlo, prácticamente desde que lo había conocido.

–Vale –qué otra cosa podía decir. El beso lo había tomado totalmente por sorpresa, pero le había gustado mucho, demasiado, tanto que deseaba que volviera a besarlo. Pero, tenía miedo de lo que sentía, de que el moreno no sintiera lo mismo que él, de que aquello estuviera mal–. Anoche estuviste en mis sueños –declaró de pronto, deseando de inmediato patearse por haber abierto la boca.

–¿Un sueño erótico? –tan pronto lo dijo, se arrepintió. Pero es que no se esperaba ese comentario.

–¡No!, ¿por qué tenías que decir eso? ¡Olvídalo! –lo cierto era que en el sueño parecían ser novios o algo así. Pero, ahora sí que se callaría esa parte.

–Lo siento. Fue un comentario estúpido. Cuéntame, prometo no abrir la boca –la curiosidad lo estaba matando.

–Bueno, recuerda que prometiste no abrir la boca –dijo serio y sólo cuando el moreno asintió, haciendo luego un gesto de que le daba vueltas a una llave sobre sus labios, continuó–: Estábamos en un lugar bastante extraño. Era inmenso, infinito –narró frunciendo el ceño, como hacía siempre que estaba concentrado–. Tú y yo estábamos parados en medio de lo que parecía ser un campo de batalla. El suelo estaba lleno de sangre, pero no había muertos. A mano izquierda, se hallaba un ejército con uniforme negro y, a mano derecha, uno con uniforme blanco. No veía sus rostros, pero todos tenían espadas. Nuestras katanas tenían unos grabados que no distinguí y eran las únicas que no estaban ensangrentadas. Estábamos vestidos como guerreros. Pero tu ropa era roja y la mía pasaba del blanco al negro de un instante al otro. Entonces, te me acercaste y me dijiste que eligiera, que… –por nada del mundo iba a decirle que lo había besado apasionadamente antes de instarlo a que tomara una decisión, luego de asegurarle que estaría a su lado siempre, decidiera lo que decidiera–. Era como si todos estuvieran esperando por mi decisión –concluyó sonrojado de pies a cabeza.

–Un sueño interesante –por no decir bizarro, pero ¿en realidad sería un sueño? Parecía una visión o un anuncio quizás. Pero hasta que no organizara sus pensamientos, no pensaba decirle nada.

–Se sentía real. Al despertar aún sentía el peso de la katana en mi mano derecha y en la izquierda… –se detuvo a tiempo. En el sueño, ellos tenían las manos entrelazadas y al despertar aún sentía aquella calidez que lo inundaba cada vez que el moreno lo tocaba–. Un sueño bastante extraño, ¿verdad? ¿Tienes hambre? Allí venden perros calientes y hamburguesas. Yo invito –dijo, cambiando el tema como solía hacer cada vez que estaba nervioso. Echó a caminar hacia el lugar, con la cabeza baja para que no viera que estaba sonrojado, de nuevo.

–Siempre estás pensando en comida –comentó sólo por molestar, aunque estaba preguntándose qué sería aquello que Kazuo estaba ocultando. Durante su relato del sueño, había hecho dos pausas extrañas y se había sonrojado. Tendría que buscar la manera de que le contara lo que había callado.

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