Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Redemption, capítulo 1

en agosto 15, 2010

Kaiya pensaba que tenía que ser un sueño. No, más bien, estaba en medio de una terrible pesadilla.

––Yoshiro, por favor, mírame. ¡Soy Kaiya! ––intentó voltear el rostro para que el otro lo mirara. Estaba seguro de que cuando sus ojos se encontraran, el rubio se detendría. Pero el chico le enterró el rostro en el colchón.

––¡Cállate! ––su primo no aminoró el salvaje e inesperado ataque.

Kaiya luchaba como podía por soltarse del brusco agarre y evitar que le amarrara las manos, aún a sabiendas de lo inútil de sus forcejeos. Yoshiro no sólo era ocho años mayor que él, si no que era atleta y pensaba que mucho más fuerte de lo que él sería jamás. Para completar, además de estar borracho o drogado o ambas ––porque sus ojos estaban rojos y había vomitado varias veces––, estaba cegado por el dolor de la repentina ruptura de su compromiso, a pocos días de la boda.

Unas horas antes, Kaiya había escuchado lo alterado que se ponía su primo al atender la llamada de su novia. Esta lo había llamado para decirle que no lo amaba y había encontrado quién la hiciera feliz. Preocupado, había visto cómo Yoshiro salía hecho una furia para varias horas después regresar en un estado lamentable.

––Yoshiro, hablemos ––Kaiya intentó hacerlo reaccionar, aunque estaba muerto de miedo. Temía que, bajo los efectos de lo que fuera que se había metido al cuerpo, perdiera todo control. Aún así, creía que podría hacerlo entender que era a su primo-hermano a quien estaba atacando. Pero los minutos pasaban y Yoshiro no parecía dispuesto a detenerse––. Me estás haciendo daño ––se quejó cuando este apretó la correa con la que le amarraba las manos a la cabecera de la cama.

––¿Daño?, no sabes lo que significa esa palabra, mocoso ––el rubio le arrancó el pantalón de la pijama.

––¡Yoshiro, no! ¡No, por favor! ––Kaiya se retorcía, aterrado del camino que estaba tomando aquello.

––¿Por qué no sonríes ahora? ––Yoshiro lo volteó para escupirle en pleno rostro las crueles palabras––. ¿Sabes cuánto odio tu eterna sonrisa, tu generosidad, tu buen humor, tu estúpido optimismo? ––le separó las piernas con brusquedad––. Ni siquiera pareces hombre. Apenas estás dotado de lo que realmente importa ––miró el miembro del chico con desprecio, mientras se acariciaba su largo y grueso pene.

Kaiya aguantaba como podía las ganas de echarse a llorar. No podía, ¡no quería!, creer que lo estuviera tratando de esa manera. Estaba seguro de que sólo decía eso para lastimarlo, ya que era el único a su alcance. Yoshiro siempre había sido gentil con él, ¡siempre! ¿O acaso lo que él consideraba gentileza era tolerancia? ¿Acaso era obligación para con sus padres? Sus pensamientos se vieron dolorosamente detenidos, cuando el glande de su primo entró bruscamente en su virginal ano.

––¡Sácalo! ¡Duele! ––gritaba, mientras las lágrimas bajaban sin control por sus mejillas––. Por fa… ¡Ay! ––aulló, cuando Yoshiro con una salvaje embestida le desgarró el esfínter, haciéndose espacio en su interior.

––Ahora sabes lo que es daño ––el rubio se inclinó para susurrarle al oído. Lo miró con odio, antes de morderle el labio inferior hasta hacerlo sangrar––. ¡Grita! ––lo embistió con fuerza, haciéndolo gritar y sollozar. Lo empujó hacia la cabecera de la cama para sostenerse y tener mejor control de la profundidad y violencia de sus embestidas. Observó las manos moradas del chico por la falta de circulación y colocó sus manos sobre las mismas, apretándolas para hacerle más daño mientras embestía ferozmente a su víctima. Ni las lágrimas ni los gritos del moreno bajo él, le afectaban. Sentía su polla completamente mojada por un líquido caliente, ¿sangre? No le importaba, no sentía nada, ¡nada!… excepto, dolor. Un dolor enloquecedor––. Gritas y lloras como una niñita. ¿No te da vergüenza? ––quería hacerle daño a ella, pero ella estaba fuera de su alcance… follando con otro hombre. Le había dicho que no lo amaba. ¿No lo amaba y llevaba dos años de noviazgo con él?, ¿no lo amaba y había aceptado su sortija de compromiso hacía un año?, ¿no lo amaba y habían comprado y amueblado un apartamento hacía pocos meses mientras planificaban la boda?––. No tienes idea de lo mucho que odio que siempre andes detrás de mí. Si hubiera querido una mascota, me hubiera conseguido un perro ––dijo, mordiéndole con fuerza una tetilla.

Cada una de las palabras del rubio era una puñalada mortal en el corazón del moreno, quien se mordió con fuerza el labio sangrante para ahogar sus gritos. Algo moría dentro de él con cada mordida, con cada palabra cruel, con cada embestida salvaje, con cada instante de humillación. Antes de perder el conocimiento, pensó en lo mucho que lo odiaba y en lo mucho que se odiaba por haber ido a consolarlo. Agradeció la inconsciencia porque estaba cansado de tanto dolor, de tanta humillación, de tanta lágrima porque sabía que ahora no sería capaz de volver a mirar a los ojos a Akiyama, a quien amaba desde la primera vez que este le había sonreído. Su último pensamiento fue cuánto deseaba haber muerto con sus padres en aquel accidente que lo había dejado huérfano a los cinco años de edad.

Yoshiro ni se enteró que su víctima había perdido el conocimiento. Siguió embistiendo y mordiendo al morenito hasta que se corrió dentro de él varias veces. Luego, se dejó caer sobre su cuerpo, respirando agitadamente. Cuando su respiración volvió a la normalidad, se acostó a su lado dándole la espalda, dispuesto a descansar. Estaba agotado y aturdido por el dolor y los efectos del alcohol y la pastilla ingerida.

Kaiya abrió los ojos y se encontró aún en la habitación de Yoshiro, quien estaba dormido de espaldas a él. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había perdido el conocimiento?, se preguntó intentando moverse para quedar inmóvil por varios minutos al sentir un doloroso relámpago recorrer su ultrajado cuerpo. Deseó echarse a llorar, pero tenía que salir de allí. No quería que él despertara y lo encontrara todavía en su cama. Temía que volviera a atacarlo. Movió las manos y el dolor fue tanto que se le escapó un sollozo. Miró asustado a su atacante, pero afortunadamente seguía dormido. Luego de unos segundos, volvió a mover las manos y descubrió que la correa se había aflojado lo suficiente como para poder soltarse. Se sentó y, a duras penas, contuvo el grito de dolor que llegó a su garganta. Las lágrimas corrían por su rostro, mientras se tambaleaba sudoroso hacia la puerta. El dolor era insoportable.

Yoshiro se volteó y estiró el brazo, buscando el calor del cuerpo que había estado a su lado. Medio dormido, llamó a su novia sin entender por qué se había levantado antes que él. Pensó que tendría que levantarse también; pero estaba demasiado agotado, así que se regalaría cinco minutos más.

Kaiya se dirigió a su baño. Necesitaba una ducha, no sólo por estar bañado en sudor por el esfuerzo que le había supuesto caminar hasta su habitación con aquel dolor infernal, si no porque quería borrar todo rastro de él de su cuerpo. Comenzó a llorar desconsoladamente, cuando al pasarse el jabón por el adolorido ano, vio que salía manchado con una mezcla de sangre con lo que supuso era el semen del rubio. La única vez que había llorado así, había sido cuando sus padres habían muerto. Había pensado que no volvería a llorar de aquella manera, pues sus tíos le habían prometido al adoptarlo que jamás volvería a tener una razón para sentirse tan desdichado y él les había creído.

Yoshiro abrió los ojos, preocupado por llegar tarde al trabajo. Con un gemido, volvió a cerrarlos y se sujetó la cabeza, preguntándose por qué carajo sentía que se le iba a abrir en dos. Lentamente, comenzó a recordar. La llamada que le había roto el corazón, la borrachera que se había cogido con unos compañeros de trabajo y la pastilla que se tomó siguiendo el consejo de uno de ellos. Volvió a abrir los ojos y aliviado descubrió que estaba en casa de sus padres. Por un momento, había temido abrir los ojos para descubrir que se había largado con una prostituta o a saber que otra barbaridad. A pesar de sentirse aliviado, tenía una extraña opresión en el pecho que no tenía nada que ver con que su prometida lo hubiera dejado plantado casi en el altar.

¿Qué carajo me pasa?, se preguntó volteándose para descubrir asombrado su correa atada a la cabecera de la cama. El corazón se le detuvo al comenzar a repasar las últimas horas. Vio a Kaiya entrando preocupado a su habitación al escucharlo vomitar, preguntándole en qué podía ayudarlo. El chiquillo le había recordado que ni sus papás ni Akiyama se hallaban en la casa y que él nunca había estado enfermo por lo que desconocía qué podía darle para que se sintiera mejor. Incluso en esos momentos, podía recrear la rabia que había sentido al verlo, porque sus ojos eran del mismo color que los de ella.

El moreno se había restregado compulsiva, obsesivamente cada rincón de su cuerpo; mientras lloraba de dolor y vergüenza––. Te odio, te odio, te odio ––repitió hasta dejarse caer acostado en medio de la ducha, bajo el chorro de agua. Pensar que lo admiraba, pensar que creía que lo quería igual que a Akiyama, pensar que ocultaba su propia tristeza cada aniversario de la muerte de sus padres porque él lo abrazaba con fuerza mientras le preguntaba si estaba bien y no quería verse débil ante sus ojos.

––¡Mierda, no! ––Yoshiro cayó sentado al ver pasar por su mente todo lo que le había hecho y dicho. Cerró los ojos con dolor al recordar el rostro asombrado y aterrado de su joven primo, el que siempre estaba detrás de él imitándolo, alentándolo, alegrándolo––. Soy un hijo de puta –––incluso con los ojos cerrados, podía ver su mirada indefensa y herida mientras lo humillaba––. ¡Si seré cabrón! ––abrió los ojos para descubrir las manchas de sangre en el colchón––. Maldita sea, merezco que me muelan a palos ––se dijo, escuchando en el fondo de su memoria las súplicas, los gritos y el llanto del chico. Apenas tenía catorce años y él ya le había desgraciado la vida. Se maldijo, mientras se levantaba apresurado. Necesitaba ver cómo estaba, aunque por lo que recordaba que le había hecho, sabía que estaría en pésimas condiciones.

Completamente molido luego de ducharse y colocarse otro pijama, Kaiya se había arrastrado hasta su cama. Las lágrimas se le habían agotado durante el baño, el cuerpo le dolía más luego de su obsesiva limpieza y sentía que el dolor en su corazón lo asfixiaría de un momento a otro. Cerró los ojos, rogando que fuera la última vez que lo hiciera. ¿Por qué no podía uno morirse cuando quería?, se preguntó demasiado agotado mentalmente como para poder dormirse y demasiado dolido como para querer pensar en lo sucedido.

––Kaiya, ¿estás ahí? ––idiota, ¿dónde carajo va a estar en las condiciones en que lo dejaste?, se preguntó deseando golpearse a sí mismo. Además, había seguido –y limpiado– el rastro de diminutas gotas sangre y semen que había dejado el chico de una habitación a la otra.

El moreno comenzó a temblar con violencia al escucharlo. Miró asustado hacia la puerta y aliviado descubrió que había echado el cerrojo. No quería verlo, no quería escucharlo y, si pudiera, lo borraría de su mente y de su corazón.

––Kaiya, por favor, ábreme ––no culpaba al chico por no quererle abrir, pero necesitaba atenderlo. Sabía que le había hecho daño y dudaba que estuviera en condiciones de atenderse él mismo––. Juro que no te haré nada ––¿confiaría en su palabra? Lo dudaba mucho. Se había burlado cruelmente de él, lo había humillado sin misericordia, lo había despreciado. No, él no volvería a confiar en su palabra y la culpa era sólo suya.

Kaiya se colocó la almohada sobre la cabeza para no escucharlo y para evitar que él escuchara su llanto. A fin de cuentas, aún le quedaban lágrimas por derramar, como acababa de descubrir.

¿En qué momento el rubio había dejado de insistir en que le abriera la puerta?, ¿en qué momento acabó quedándose dormido? No lo sabía. Una vez despertó, Kaiya se sintió más calmado. Decidió revisar el botiquín de medicamentos que había en su baño y agradecido descubrió que tenía de todo para ayudar al cuerpo a sanar vejaciones y dormir el alma herida. Su tía era una mujer sabia, concluyó atontado por las pastillas que se había tomado para dormir; a pesar de que cuando ella renovaba el contenido de los botiquines todos los años, ellos solían reírse de ella por ser obsesiva-compulsiva.

Esos dos días fueron los peores para Yoshiro. No había logrado que el chico le abriera la puerta ni que se comiera la comida que dejaba frente a su habitación. Si no fuera porque escuchaba su suave llanto cada vez que él llamaba a la puerta, juraría que estaba muerto. El domingo recordó que podía salir por la ventana del cuarto de su hermano y llegar a la ventana de la habitación del moreno por el tejado. Cómo había podido olvidar que su primo se pasaba escabulléndose por la misma para sentarse en el tejado cada vez que se sentía nostálgico, aunque solía decirle con una dulce sonrisa que era porque quería observar el cielo estrellado. Con cierta torpeza, caminó por el tejado recriminándose no haber recordado ese dato antes; aunque sabía que la razón era que la culpabilidad lo estaba matando. Se acuclilló frente a su ventana y lo observó de espaldas a la misma. Por el movimiento de su cuerpo, sabía que estaba llorando. Cerró los puños, maldiciéndose por haberse desquitado con él su propio dolor. Cuando sujetó el borde de la ventana con la intención de abrirla y entrar a la habitación, escuchó el coche de sus padres––. ¡Maldición! ––refunfuñando, regresó al interior de la casa por donde mismo había salido.

––Yoshiro, ¿dónde está Kaiya? ––preguntó su hermano menor con las manos llenas de paquetes y una enorme sonrisa en su rostro––. Le traje presentes y tengo una noticia maravillosa que darle.

––Está en su habitación. Me parece que duerme ––tragó en seco. No sabía qué le diría el pequeño a su hermano, pero si lo delataba, se lo tenía bien merecido––. Akiyama… ––murmuró, preguntándose si no debería ser él quien le dijera.

––¿Qué?, ¿estás bien?, ¿está bien Kaiya? ––el peli-castaño era bastante obtuso. Pero solía prestar atención a todo lo referente a sus hermanos, Kaiya incluido, porque para él era su hermanito. A fin de cuentas, sólo había dos años de diferencia entre ellos.

––Podemos hablar luego ––decidió viendo cómo su sonrisa comenzaba a desaparecer por la preocupación. Kaiya lo necesitaba––. Ve a verlo.

––Kaiya, ¿por qué tu puerta tenía el cerrojo puesto? ––Akiyama entró a la habitación, observando a su hermanito––. ¿Qué te pasó en el labio? ––preguntó preocupado.

––Me levanté por la noche para ir al baño y me di con la puerta ––improvisó porque había olvidado que tenía el labio partido.

––No sueles ser torpe ––estaba inquieto por su extraño comportamiento. El moreno había abierto la puerta y lo había dejado pasar con la mirada baja––. Luces más delgado, ¿estás enfermo? ––preguntó, estirando la mano para tocar la frente del chico, pero este dio tal brinco que ambos quedaron sorprendidos.

––No…, yo…, yo creo que estoy pasando un virus ––murmuró Kaiya, alejándose de él, el amor de su vida, al que nunca podría volver a mirar a los ojos––. Ya me siento mejor.

––¿Estás seguro? Puedo decirle a mamá y papá que llamen al médico ––no era normal verlo triste y jamás había estado enfermo.

––¡No! No hace falta ––le sujetó la manga, sin mirarlo a los ojos––. Ya estoy mejor ––dios, se moriría de la vergüenza si el médico insistía en hacerle un examen completo y descubría que había sido violado––. ¿Qué trajiste? ––preguntó, sabiendo que con eso lo distraería.

––Te enseño sólo si prometes avisarme si te sigues sintiendo mal ––sabía que el terco de su hermanito no le diría nada hasta que así lo decidiera. Kaiya asintió, por lo que se dispuso a mostrarle todo lo que había comprado para él y para sí mismo. Cuando lo vio sonreír, decidió darle la noticia que llevaba rato deseando compartir con él, su mejor amigo, su confidente––. Kaiya, ¡tengo novio! ––anunció emocionado, pasando a narrarle todo en detalles sin percatarse de su palidez.

––No ––murmuró el morenito sin que su hermano llegara a escucharlo. Se tocó el pecho, casi podía jurar que el corazón se le había detenido, por fin. Pero, no, el traidor continuó palpitando. Recordándole con cada palpitación que seguía vivo para revivir su vergüenza y… soledad.

––¿No estás feliz por mí? ––Akiyama no entendía por qué el chico estaba tan serio. Mirándolo bien, podía jurar que ya no era el mismo que lo había despedido en la puerta el viernes al mediodía, pidiéndole muchos presentes de castigo por dejarlo e irse de viajes. Eran bromas, claro, porque el moreno no había podido asistir a la actividad de su padre por estar en etapa de sus exámenes; Yoshiro no había podido ir por estar en medio de los preparativos para su boda y él había tenido que ir a la promoción de su padre en representación de sus hermanos. Si no hubiera sido porque Yoshiro había aceptado acompañar a Kaiya, él no hubiera ido. Eran tan unidos que en el colegio los llamaban “los inseparables”.

––Sí, felicidades ––murmuró el chico sin mirarlo, recostándose en la cama––. Tengo sueño, ¿podemos hablar luego? ––deseaba quedarse solo, porque no sabía cuánto tiempo más iba a poder contener las lágrimas.

––Eso mismo me dijo Yoshiro ––se rió, mientras recogía sus cosas y dejaba las que había comprado para su hermano––. ¡Estás temblando!, iré a llamar a mamá y papá ––comentó asustado. Algo había pasado, algo que había transformado a su hermano. Lo que fuera que hubiera sucedido, había provocado en el chico un sentimiento que iba más allá de la tristeza y eso lo asustaba.

––¡No! Sólo tengo hambre. No me he alimentado bien en estos días… por el virus ––explicó ansioso.

––Haberlo dicho antes. Te traeré un plato de sopa ––se levantó apresurado––. Ya regreso ––se marchó antes de que el chico tuviera oportunidad de detenerlo.

Kaiya escondió el rostro en la almohada, limpiándose las lágrimas que furtivamente se habían escapado de sus ojos. Cuando Akiyama le trajo la comida, se obligó a comer lo suficiente para que el chico quedara conforme y lo dejara solo. Una vez este salió de su habitación, él se escurrió por la ventana.

Yoshiro estuvo esperando a que Akiyama armara un escándalo o a que viniera a golpearlo; pero nada sucedió. Luego de una desesperante espera, se decidió a buscarlo y preguntarle qué habían hablado. Lo encontró solo en su habitación, mirando su móvil con cara de idiota.

––Yoshiro, iba a buscarte para mostrarte lo que compré; pero mi novio me llamó y me distraje ––explicó con la sonrisa tonta de todos los enamorados.

––¿Ya hablaste con Kaiya? ––preguntó sin prestar atención al hecho de que su hermano tenía novio.

––Sí, ¿por qué no me dijiste que estuvo con un virus? ––le recriminó––. Me preocupé bastante cuando lo vi tan delgado y temblando…

––¿Temblando?, ¿acaso tiene fiebre?, ¿por qué no me avisaste para llamar al médico? ––lo interrumpió el rubio, comenzando a caminar hacia la habitación del pequeño.

––No creo que tenga fiebre, aunque la verdad no me dejó tocarlo ––añadió, reflexivo––. Me dijo que tenía hambre y le llevé un plato de sopa. Como se lo comió casi todo, no creí que hubiera razón para llamar al médico ––explicó, descubriendo que hablaba solo porque su hermano ya no estaba a su lado––. Vaya, ni siquiera me preguntó por mi novio. Estos dos están más raros que nunca ––refunfuñó, llamando a su novio para contarle que lo estaban ignorando y eso no le gustaba.

––Kaiya, voy a entrar ––Yoshiro anunció al descubrir que la puerta no tenía el cerrojo. Miró hacia la cama y la encontró vacía. Sus ojos volaron hacia la ventana y la encontró abierta––. Demonios ––salió apresurado, puesto que afuera llovía a cántaros. ¿Es que quería coger una pulmonía?, se preguntó antes de quedar inmóvil. El chico, completamente empapado y con los brazos abiertos, estaba parado al borde del tejado. Se acercó en silencio. Si el chico lo escuchaba, era capaz de lanzarse––. ¡Te tengo! ––dijo arrastrándolo hacia el interior, sorprendido por su pasividad. Pero cuando vio sus ojos, ya dentro de la habitación, entendió. Su primo-hermano estaba drogado––. ¿Qué has tomado? ¡Dime! ––exigió, pero él había cerrado los ojos, abandonándose al efecto de las pastillas que poco antes se había tomado. Desesperado, el rubio agarró el teléfono y llamó al vecino, quien era médico y un buen amigo de la familia. Luego, llamó a gritos a sus padres, quienes angustiados corrieron a su lado.

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