Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Redemption, capítulo 2

en agosto 14, 2010

Yoshiro no podía evitar sentirse aprensivo por su regreso al hogar paterno. Hacía cuatro años que se había marchado y, de no haber sido por la llamada de su madre pidiéndole que regresara porque su padre había sufrido un derrame cerebral, no tenía pensado regresar… jamás.

Nervioso, sacó la cajetilla y el encendedor del bolsillo interior de su chaqueta.

––Señor, disculpe, pero no está permitido fumar en esta sección del avión ––la coqueta sonrisa de la hermosa asistente de vuelo no hizo mella en el rubio. En otro momento, con gran facilidad, hubiera comenzado a flirtear con ella y hubiera acabado tirándosela. Pero, en esos momentos, no le dedicó más que una rápida e indiferente mirada.

––Lo siento ––se disculpó devolviendo la cajetilla y el encendedor a su bolsillo. Con un suspiro de fastidio, volteó el rostro hacia la ventanilla. No podía evitar que su mente viajara a los sucesos ocurridos cuatro años atrás.

El médico había respondido con presteza a su urgente llamada. Luego de revisar los ojos del chico y tras ordenar unos análisis de sangre, que se habían efectuado a la mayor brevedad, gracias a la importancia del hombre, había confirmado su sospecha. El chico accidentalmente había consumido una mezcla de pastillas para el dolor y para dormir.

Yoshiro hizo una mueca, al recordar cómo su familia había respirado aliviada al escuchar la palabra accidental. Por supuesto, ellos desconocían por lo que el chico estaba pasando, excepto él. Se movió en el incómodo asiento, molesto consigo mismo al recordar todo eso, y volvió a sacar la cajetilla para volver a guardarla al escuchar la discreta tos del hombre a su lado.

Para complicar la situación, Kaiya había desarrollado pulmonía. Sólo él sabía que la fragilidad de su primo-hermano era resultado de su violento ataque, la falta de alimentación y descanso, la sobredosis y el rato que había pasado bajo la lluvia.

Tan pronto el médico había abandonado la habitación del chico, luego de dejarles una lista de recomendaciones y varios medicamentos, Yoshiro les había insistido a sus padres que le permitieran cuidar a su hermano. Le dolía verlo en aquel estado, ya que era su culpa y lo sabía demasiado bien. Luego de un fuerte debate, había conseguido que aceptaran; por lo que, no se había despegado de su lado más que para comer a insistencia de sus padres.

Yoshiro miraba sin ver las nubes, apretando las manos en el descansa brazos de su asiento con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El hombre a su lado, lo miraba nervioso hacía rato.

Kaiya había pasado tres días alucinando a consecuencia de la fiebre. Mientras el rubio luchaba por mantener la fiebre bajo control, se había enterado que este amaba a su hermano. Se le había partido el corazón al escuchar cómo llamaba a Akiyama y cómo sollozaba mientras murmuraba que no podría volver a mirarlo a los ojos y que era poco hombre. Esas noches habían sido un infierno para ambos. Él sufría mentalmente por saberse el causante del sufrimiento de su hermano y el otro luchaba física y sicológicamente contra tanto dolor. El moreno pasaba de una inquietante calma a momentos de gran alteración y el rubio lloraba aferrado a su mano, sintiéndose culpable e impotente.

––Maldición ––Yoshiro golpeó suavemente la ventanilla. El asustado hombre a su lado comenzó a levantarse, pero fue detenido por la asistente de vuelo que le indicó que estaban a punto de aterrizar.

Al cuarto día, la fiebre del moreno había cedido. Yoshiro se encontraba en la habitación cuando este había abierto los ojos. El rubio jamás olvidaría la expresión de puro terror en su rostro ni la manera en la que sus ojos habían volado hacia la puerta.

––Lár… lárgate ––había murmurado el chico, sujetando con fuerza las sábanas sin dejar de mirar la puerta como si con su desesperada mirada fuera a lograr que alguien llegara en su rescate.

El rubio había salido como un autómata de la habitación del moreno, había entrado a la suya y, tras realizar un par de llamadas, había tomado una de las decisiones más dolorosas de su vida. Al día siguiente, se había marchado. A sus asombrados padres, les había explicado que su amigo-socio lo había llamado para informarle que los planes habían cambiado. El negocio en el extranjero que tenían proyectado para el año siguiente, tenía mejores perspectivas de éxito en esos momentos. Con esa excusa, se había largado para no volver… o eso había pensado él.

––Señor, tiene que ponerse el cinturón. Estamos a punto de aterrizar ––otra vez la hermosa asistente con su coqueta sonrisa y suave voz.

Yoshiro asintió, colocándose el cinturón, volviendo a mirar por la ventanilla. No lamentaba su decisión, puesto que no quería hacerle recordar al chico aquella horrible noche cada vez que lo viera. Como tampoco quería volver a ver aquella expresión de terror en su mirada.

A pesar de haber puesto distancia entre ellos, necesitaba saber cómo le iba al chico. Y era por eso que, cada semana, fielmente llamaba a sus padres. Ellos, preocupados y perplejos, le habían contado que su alegre hermanito se había vuelto en un chico taciturno. Akiyama y su novio, Yuto, quien no se despegaba de su lado, habían descrito mejor su cambio. La pareja, que utilizaba una webcam para chatear con él varios días a la semana, le había informado que este ya no sonreía, se pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto y sólo hablaba cuando era absolutamente necesario. Incluso, estaba obsesionado con los deportes; al punto de que, tan pronto dominaba uno a la perfección, buscaba otro más exigente que el anterior. Akiyama se quejaba de que, aunque seguía siendo su confidente, ya no compartía con él como en el pasado.

––Idiota ––murmuró Yoshiro, sin comprender cómo era que Akiyama aún no se había dado cuenta de que Kaiya estaba enamorado de él y que si lo evitaba era porque le dolía verlo con su novio.

Sin prestar mucha atención a su alrededor, bajó del avión y se dirigió al área de alquiler de autos. Recordaba las miles de veces que sus padres y Akiyama le habían preguntado si no deseaba hablar con el moreno, a lo que él siempre contestaba con evasivas o excusas. Por fortuna, luego de varios meses, habían dejado de insistir. Mientras agarraba las llaves y copia del contrato de alquiler, sin mirar siquiera al empleado, se preguntaba cómo reaccionaría Kaiya al verlo.

––Hogar, dulce hogar ––murmuró al encontrarse frente a aquel lugar que le traía tantos recuerdos agridulces. Sin pensarlo mucho, porque si lo hacía se daría la vuelta, agarró la maleta y salió del auto.

––¡Oniichan! ––tan pronto lo vieron entrar, Akiyama y Yuto se levantaron del mueble donde estaban acostados y corrieron a abrazarlo como si fueran siameses.

––No tan fuerte ––se quejó el rubio, aunque pasó a abrazarlos de la misma manera. Había extrañado a su tonto hermano y le había tomado gran cariño a su novio; así que no podía evitar sentirse feliz de verlos.

––¡Hijo! ––gritó la emocionada mujer que salió apresurada de la cocina cuando escuchó el saludo de los chicos. Se limpió las manos en el delantal antes de quitarle de encima a la pareja que lo abrazaba––. Dale un abrazo a tu madre ––pidió, comenzando a llorar.

––Mamá, no llores ––le secó las lágrimas mientras le daba un fuerte abrazo––. Ya estoy aquí y me encargaré del negocio para que puedas dedicarte a atender a papá.

––No tienes idea de lo mucho que tu padre y yo te hemos extrañado ––la mujer lloraba y reía a la vez––. ¡Kaiya, ven a saludar a tu hermano! ––gritó, mirando hacia la cocina.

El color huyó de la piel de Yoshiro al escuchar a su madre. Akiyama le había dicho que estaba en un club deportivo y solía llegar una hora después que ellos.

––Madre, voy a dejar la maleta en mi habitación ––dijo a toda prisa, intentando escapar. No se sentía preparado para enfrentarse al moreno… aún no. Pero toda esperanza de escape desapareció, cuando lo vio salir de la cocina.

––Yoshiro ––la varonil voz sonó casual y la intensa mirada lucía serena.

––Kaiya, has crecido ––¿no podías decir algo más estúpido? Se pateó mentalmente, mientras lo observaba. Aunque el moreno seguía siendo más bajo que él, era muy poca la diferencia en estatura. Además, este ahora llevaba el cabello largo y, debido a los deportes, lucía un cuerpo bien tonificado. Pero lo que más impresionaba del chico era su rostro serio y su mirada penetrante.

––Luego de cuatro años sin verse, ¿ese es el saludo que se dan? Abraza a tu hermano ––ordenó la mujer, empujando al rubio hacia el moreno.

La expresión de Yoshiro fue de puro espanto. Miró nervioso al moreno, quien lo abrazó tranquilamente.

––Bienvenido ––le susurró al oído. ¿Era su imaginación o había un toque de burla en su voz? Imposible saberlo, ya que el Kaiya expresivo del pasado había sido reemplazado por un joven demasiado serio para su edad.

––Estoy tan feliz ––la madre volvió a abrazarlo tan pronto el moreno lo soltó y lo arrastró con ella hacia la cocina, mientras con la mano les indicaba a los demás chicos que los siguieran.

Durante la cena, Yoshiro comprobó lo que Akiyama y Yuto le habían contado sobre el moreno. Kaiya apenas hablaba. Aunque prestaba atención a la conversación, sólo intercambiaba una que otra palabra con ellos. Pero con su madre hablaba y sonreía como en el pasado.

Luego de cenar y a instancias de la mujer, los hermanos se habían reunido en la sala a ver películas. Yoshiro se había sentado en el sofá, pero cansado de batallar con la pareja de novios que actuaba como si el asiento le perteneciera, se había mudado al loveseat. Para su sorpresa, Kaiya, quien había ido a la cocina a buscar refrescos, a petición de Akiyama, se había sentado a su lado.

––Toma ––el moreno le ofreció una lata de refrescos, observándolo de manera inquietante.

––Gracias ––murmuró tenso, dando un trago a la bebida. Asombrado, descubrió que era su bebida favorita. ¿Sería posible que el chico aún recordara eso? Miró a la pareja para ver si le había llevado lo mismo, pero sus bebidas eran diferentes. Tranquilo, no imagines cosas, se dijo intentando relajarse y evitando mirar al moreno.

––Buenas noches ––Kaiya se había levantado y dirigido hacia la escalera, cuando minutos después Akiyama y Yuto habían comenzado un morreo que no tenía nada que envidiarle al de la película que estaban viendo.

La pareja se despidió del chico con un confuso gesto, porque sus bocas y manos estaban ocupadas en algo más interesante para ellos.

––¿Por qué no se largan a la habitación? ––Yoshiro les regaló una colleja a cada uno, antes de agarrar su maleta y comenzar a subir las escaleras––. Inconscientes ––murmuró molesto porque se pusieran en ese plan frente al moreno sin considerar sus sentimientos, como si ellos supieran que el moreno amaba al peli-castaño.

Los chicos, aparte de refunfuñar que no fuera un aguafiestas, habían continuado con el morreo como si nada.

Yoshiro abrió la puerta de su habitación, aliviado de finalmente poder estar a solas, para descubrir que esta era ahora el cuarto de costura de su madre. Su cama, su escritorio, todas sus cosas, habían desaparecido––. ¿Dónde carajo se supone que duerma? ––preguntó mirando aquel caos de telas, maniquís y máquinas de coser.

––En mi habitación ––Kaiya lo sorprendió al agarrar su maleta.

Sobresaltado, Yoshiro se había volteado al escuchar su voz y ahora miraba como un idiota, estaba seguro de eso, como este desaparecía dentro de la habitación con su cautiva maleta.

––Dormiré en la sala ––anunció al entrar en la habitación del chico, quien se encontraba ya sentado frente a su escritorio ocupado en una tarea escolar.

––¿Vas a interrumpir el morreo de tu hermano? ––otra vez, ese tono que no lograba identificar.

––Él tiene su propia habitación aún, ¿verdad? ––preguntó fastidiado con su madre y Akiyama por no haberle informado que la suya había sido invadida por tijeras, alfileres y patrones de costuras.

––¿Por qué no quieres dormir conmigo? ––el chico se volteó a mirarlo.

––No quiero molestar ––añadió a toda prisa, mirándolo nervioso. Es que no se había dado cuenta que sólo había una cama. ¿Qué pretendía? Lo normal hubiera sido que no le hablara, que lo odiara, que no le importara si tenía que dormir en la calle e incluso (y aunque temiera ese momento) que le reclamara por haberlo violado. Pero no era normal, a su entender, que lo tratara con amabilidad.

––No seas ridículo ––Kaiya caminó hacia el clóset––. Este lado es para tus cosas y esta gaveta también. Me voy a bañar ––agarró su yukata y entró al baño dejándolo sumergido en sus pensamientos.

Yoshiro ya había acomodado sus cosas, cuando Kaiya salió del baño. A fin de cuentas, había llegado a la conclusión de que siempre podía irse a un motel si notaba que su presencia incomodaba al chico. Aunque probablemente fuera él quien acabara incómodo por la manera de actuar de su primo-hermano. Mientras se bañaba, reflexionaba en lo fácil que era saber qué sentía el moreno en el pasado. Pero ahora no lograba entenderlo y eso lo ponía bastante nervioso.

Kaiya ya estaba acostado cuando salió del baño, aunque estaba despierto como descubrió al encontrarse con sus ojos verdes al darle la luz en pleno rostro––. Lo siento ––murmuró apagando de inmediato la luz, dirigiéndose a oscuras hacia el lado opuesto de la cama.

––Buenas noches ––le dijo el moreno cuando sintió que se acostaba luego de un pequeño titubeo.

––Buenas noches ––respondió, seguro de que se le haría imposible conciliar el sueño.

¿Cuánto tiempo llevaba mirando la tenue claridad que entraba por la ventana?, ¿una hora?, ¿dos horas? Yoshiro no sabría decir, pero si podía decir cuántas veces el moreno se había movido en la cama. ¿Tampoco puedes dormir?, se preguntó sintiéndose triste por ambos. No debió de haber aceptado quedarse en su habitación. Pensándolo bien, lo más probable fuera que Kaiya se hubiera sentido en la obligación de ofrecerle compartir su habitación para tranquilidad de su madre y él no había considerado ese punto por estar tan nervioso con el reencuentro. No importa, mañana me marcharé a un motel, decidió sin percatarse de que el chico se le había acercado.

Cuando las manos del moreno comenzaron a recorrer sus hombros, espalda y costados hasta llegar a… ¡sus nalgas!…, quedó aturdido. Entonces, comprendió por qué el chico lo quería en su habitación… ¡iba a violarlo en venganza! Aunque ese pensamiento lo cabreó, decidió que no se resistiría. De hecho, hasta prefería que lo hiciera. Quizás así, ambos lograrían superar ese pasado que les impedía sentirse en paz.

Claro, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo o más bien dejarse hacer, pensó cuando Kaiya retiró la sábana y, tras acariciarle los muslos, le alzó la yukata para dejar sus nalgas al descubierto. Maldita sea, ¿por qué no traje un pijama?, se preguntó aguantando a duras penas las ganas de bajarse la prenda, voltearse y golpearlo. No había llevado pijama porque dormía desnudo y porque esperaba dormir en su habitación.

Apretó los dientes al sentir los dedos del moreno acariciando su ano. Mierda, esto es difícil. Ya se hallaba cerrando los puños, cuando lo detuvo el recuerdo de sus súplicas, llanto y gritos. Por lo que cerrando los ojos, se quedó tal como estaba, de lado, con una pierna flexionada, desnudo de la cintura para abajo. Nunca había pensado que se hallaría en semejante situación. Entre sus fantasías, ¡jamás!, ni siquiera cuando era adolescente y algunos de sus amigos fantaseaban o experimentaban con otros chicos, había considerado estar con otro hombre. Amaba las mujeres y follarlas hasta el cansancio.

Un sonido de sorpresa escapó de sus labios cuando los dedos Kaiya, fueron sustituidos por su atrevida lengua, que sí entró donde estos no habían entrado. Yoshiro volteó el rostro hacia la almohada demasiado confuso… no se esperaba eso. Había pensado que el chico lo penetraría con el mismo salvajismo que él lo había hecho cuatro años atrás; pero, en cambio, este estaba ¿humedeciendo su entrada? Se aferró a la almohada al sentir cómo la lengua que hurgaba en su interior despertaba sensaciones desconocidas en él.

De repente, un dedo estaba haciéndole compañía a la lengua. Extraña sensación, pensó intentando mantener la mente ocupada, ya que su cuerpo estaba comenzando a despertar. Incómodo, se dijo cuando el chico introdujo un segundo dedo y comenzó a moverlos en forma de tijeras en su interior. Todo análisis sobre lo que despertaban esos dedos en su ser, quedó en el olvido cuando el moreno comenzó a acariciarle la polla, marcando un ritmo lento y excitante. Para cuando el tercer dedo entró en su ano, el placer que le estaba proporcionando aquella cálida mano apenas dejó que percibiera el leve dolor.

A pesar de haber enterrado el rostro en la almohada, podía escuchar cómo sus jadeos comenzaban a llenar la habitación. Se consoló diciéndose que estaba excitado porque Kaiya, hombre igual que él, sabía cómo tocar una polla y obtener una reacción favorable de la misma. ¿Qué hombre no se ha masturbado cuando no tiene una buena hembra (o macho si pensaba en Akiyama) a su lado para satisfacerlo?, se preguntó gimiendo al sentir cómo el chico movía la mano con firmeza sobre su más que endurecido miembro. No quería pensar en los dedos y la lengua que entraban y salían de su trasero, aquello era humillante.

Yoshiro rezongó cuando la lengua y los dedos del moreno fueron sustituidos por su glande. Joder, esto duele, pensó apretando la almohada y mordiéndose el labio.

––Relájate ––susurró Kaiya en su oído, antes de morderle suavemente el lóbulo de la oreja. Cuando Yoshiro reaccionó gimiendo sorprendido, el moreno se dedicó a lamer y morder suavemente su oreja, cuello y hombro.

Relájate y un demonio, refunfuñó Yoshiro. Estaba fastidiado porque su cuerpo se estremecía de puro placer al sentir la respiración, la lengua y los dientes del moreno.

Kaiya lo embestía lentamente, entrando un poco más con cada embestida. ¿Por qué me tratas así? No seas amable, puñeta, de lo contrario no podré perdonarme nunca, repetía Yoshiro deseando (y a la vez no, ¿a quién engañaba?) que le rompiera el culo de una buena vez.

Muy a su pesar, su sexo pulsó cuando Kaiya jadeó excitado en su oído al entrar por completo en su interior. Este lo embestía lenta, cuidadosamente. Maldición, esto es incómodo y doloroso y no sé por qué carajo le gusta tanto a los gays que le den por el culo. No seas amable, refunfuñaba Yoshiro contradiciéndose y apretando tanto los dientes -para evitar los quejidos y gemidos- que comenzaba a dolerle la mandíbula.

Como si Kaiya supiera lo que estaba pensando, volvió a prestarle atención a su ahora semi endurecido miembro sin dejar de besar, lamer y mordisquear sus hombros, cuello y oreja.

Cabrón, el rubio lo insultaba mentalmente al comenzar a jadear con fuerza de nuevo. Odiaba estar en el lugar de una mujer y más aún odiaba su voz, la cual jamás había sonado de aquella manera cuando follaba. Olvidó los insultos cuando el pene del moreno encontró la glándula de su próstata haciéndolo arquear la espalda, gemir en voz alta y comenzar a moverse buscando más aquel insólito placer.

Cabrón, cabrón, cabrón, regresó a los insultos al sentirse cerca del orgasmo por la manera en que el chico masajeaba su sexo, atacaba su glándula y jadeaba en su oreja. Gimió con fuerza, estremeciéndose de manera intensa, al correrse como nunca lo había hecho en su vida. Humillante, sí, esto ha sido humillante, pensó mientras el moreno seguía embistiéndolo incansable.

Juventud, divino tesoro y una mierda, Yoshiro se sentía avergonzado porque Kaiya no acababa de correrse y su cuerpo comenzaba a reaccionar por segunda vez. Follar con un hombre es degradante, concluyó más molesto consigo que con el chico que había logrado excitarlo de nuevo. Como consuelo… uno bastante pobre para él… esa vez se corrieron juntos.

Sus respiraciones comenzaban a estabilizarse, cuando el moreno lo agarró por las caderas y se las alzó, arrodillándose entre medio de sus piernas. Yoshiro quedó con el culo levantado, apoyado en sus rodillas y codos. Qué carajo, ¿otra vez?, se preguntó asombrado y cabreado.

Hijo de puta, ya llevas cuatro horas follándome, ¿no te cansas? Yo sí, maldita sea, estoy exhausto. Yoshiro miraba el reloj en la mesa de noche, deseando poder gritarle al chico que estaba acostado sobre su espalda que lo dejara descansar. Hacía horas que había perdido la cuenta de las veces que este lo había hecho correrse y de las que él se había corrido en su interior. Y ni pensar en las embarazosas posiciones en las que lo había colocado. Por fortuna, siempre lo follaba de espaldas, por lo que ni Kaiya venía sus expresiones ni él veía las del chico.

Yoshiro se tensó y gimió corriéndose al sentir las embestidas del moreno al correrse. Suspiró cansado, sintiendo el peso del otro aún sobre él. Le dolía la espalda, la cintura y el culo; además, de que tenía más que maltratado su ego masculino. Cuando Kaiya se movió, él se estremeció. Otra vez no, por favor, ya no puedo más, suplicó. Afortunadamente, el chico salió con cuidado de su interior y levantándose de la cama, se dirigió al baño. El rubio dejó escapar un suspiro de alivio.

Para cuando Kaiya regresó a la cama, Yoshiro comenzaba a quedarse dormido. Aún así, abrió los ojos de par en par al sentir cómo el moreno lo limpiaba y secaba, antes de acomodarle la yukata y arroparlo.

––Descansa ––con un brazo, Kaiya rodeó su cintura, atrayéndolo hacia su cuerpo.

¿Cómo se suponía que durmiera con él pegado a sus espaldas?, se preguntó Yoshiro desconcertado, agotado y cabreado. Estaba seguro de que ahora sí que no podría dormir y con lo jodidamente exhausto que se encontraba. Maldita sea, aquella no había sido la venganza que se esperaba.

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