Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Redemption, capítulo 5

en agosto 11, 2010

Yoshiro observaba la pulcra habitación del Dr. Myooji desde la ventana de la habitación que compartía con Kaiya. Habían pasado tres semanas y todo iba bien en su vida. La primera semana en el negocio, con la ayuda de sus asistentes Yuki y Kenshi, lo había puesto a correr a capacidad. Su padre iba mejorando a pasos agigantados y Kaiya no había vuelto a molestarlo sexualmente. De hecho, llevaban una relación afable.

Sentándose en el marco de la ventana, mientras encendía un cigarro, reflexionaba en la cómoda rutina en la que había caído desde el día que había tomado el control del negocio. Despertaba con el moreno abrazado a su espalda, lo cual no dejaba de inquietarlo, pero lo prefería a que estuviera follándolo sin descanso. Luego, desayunaban en compañía de su madre, Akiyama y Yuto. Entonces, cada cual partía a sus respectivos lugares: su madre al hospital a cuidar de su padre, a quien finalmente habían bajado a una habitación privada; Akiyama, Yuto y Kaiya a la universidad; y él al negocio.

Abriendo la ventana para dejar salir el humo del cigarro, sonrió al pensar en la hermosa camarera que se tiraba todos los días a la hora de almuerzo. El primer día de trabajo, ella lo sorprendió al aparecer repentinamente. Le explicó que el día que habían ido a cenar a la pizzería, había reconocido a Kaiya, quien ayudaba en el negocio durante las vacaciones. Por lo que, decidió darse la vuelta por el local y preguntar por él. Con una sugestiva caricia en el brazo, le dijo cuán feliz estaba de haberlo encontrado. Luego de acordar que ninguno deseaba algo más allá de lo sexual, se encerraron en su oficina y, desde ese día, almorzaba puro sexo.

––No me puedo quejar ––murmuró, admitiendo que aún así no se sentía del todo tranquilo. El que el moreno no le hubiera vuelto a poner una mano encima para satisfacerse, no significaba que este lo hubiera perdonado o que hubiera sanado y eso lo entristecía––. Coño ––el cigarro se le cayó al sentir la vibración del móvil en su bolsillo––. Fudo, por poco haces que me queme con el cigarro ––dijo a modo de saludo a su amigo y socio, pisando el cigarro encendido y lanzándolo por la ventana.

––Estoy bien, gracias ––la voz en la otra línea sonaba divertida.

––No jodas, me asustó el móvil ––sonrió, acomodándose de nuevo en el marco de la ventana, observando cómo la tarde iba cayendo.

––Cielos, tan cariñoso como siempre ––el hombre reía, mientras decía adiós a la pareja con la que acababa de follar––. Si no te llamo, jamás me llamas ––se quejó, caminando hacia la cocina a servirse un trago––. Deberías de tratarme mejor. Sabes que me abandonaste sin siquiera decirme adiós.

––No seas teatral. Te dejé una nota y hemos estado intercambiando correos electrónicos a diario ––encendió otro cigarro, sonriéndose y preparándose para una divertida conversación con el que era su mejor amigo desde la infancia.

––Pero en esos correos, no me dices por qué estás triste ––tan perceptivo y franco como siempre, Fudo fue directo al grano.

––No estoy triste ––el rubio sonrió, a pesar de estar negando lo evidente para ambos.

––Es por Kaiya, ¿verdad? ––como su mejor amigo que era, sabía todo lo que había ocurrido cuatro años atrás. De hecho, a él le había tocado arrastrar, en todo el sentido de la palabra, al rubio durante esos cuatro años. Por eso, al leer la rápida nota que este le había dejado diciendo que regresaba al hogar paterno, sin grandes explicaciones, no había podido evita preocuparse––. ¿Te insultó?, ¿te golpeó?, ¿te odia?, ¿te amenazó con decirlo?, ¿ha buscado la manera de vengarse? ¡Dime!

––No me insultó ni golpeó, supongo que me odia, pero no me amenazó ––per se, pensó. En cuanto a la venganza, mejor ignoraba esa pregunta––. Es… complicado ––no pensaba contarle lo que el chico le había hecho. Primero, porque por teléfono no se hablaba de temas tan privados y segundo por lo humillante que le resultaba decir que Kaiya se lo había tirado.

En la planta de abajo, Kaiya llegaba con los comestibles que su madre le había encargado cuando salía de la clase de kenjutsu. Los días que tenía esa clase, llegaba una hora más tarde a la casa; por lo que, su madre lo llamaba si necesitaba que comprara algo. Camino a la casa, observó que ya oscurecía e imaginaba que sus hermanos estarían muertos de hambre. Akiyama y Yuto sólo entraban a la cocina cuando sus padres los obligaban. Yoshiro al salir del negocio, pasaba por el hospital y ayudaba a su madre a atender a su padre; por lo que, llegaba cansado y lo menos que deseaba era ponerse a cocinar.

––Hijo, gracias ––la madre agarró los comestibles––. Akiyama y Yuto me traen loca con su cántico de “tenemos hambre” ––la mujer viró los ojos, indicando que estaban a punto de hacerla perder los estribos.

El moreno sonrió, puesto que ya se lo imaginaba––. ¿Dónde está Yoshiro? ––preguntó extrañado al no verlo tirado en el sofá.

––En la habitación ––explicó, gritando desde la cocina––. Se hartó de este par de majaderos.

Según se acercaba a la habitación, Kaiya escuchaba al rubio hablando. Imaginaba que estaría usando el móvil, pues su madre no había mencionado que tuviera visita.

––Um, ¿complicado? ––siempre que las personas decían complicado, había sexo envuelto, concluyó Fudo. No insistió porque no era el momento ni el mejor medio para hablar al respecto; por lo que decidió desviar la conversación a temas más relajados––. Joder, sabes que tener un ménage à trois sin ti no es lo mismo ––se tiró en la cama, riéndose––. Acabo de despedir a una pareja y follar con ellos, no se sintió igual. Me gusta verte en pelotas a mi lado, no sé, supongo que a eso se le llama morbo.

––A eso se le llama ser maricón ––Yoshiro lanzó una carcajada.

––Que cosas tan lindas me dices, coño. Te abro el corazón y me insultas, agradece que soy masoquista ––escuchar a su amigo reír, lo hacía sentir bien. Lo quería, nunca lo había negado ni ocultado. Pero era un amor de hermanos, algo enfermizo, lo admitía, por lo menos de su parte. Si Yoshiro lo hubiera dejado, se lo hubiera tirado o hubiera dejado que él lo cogiera; pero el rubio siempre se burlaba de él y se iba con cualquier tipa. Aún así, se tenían un gran cariño y se sentían cómodos el uno con el otro––. Te extrañé, ¿me extrañaste?

––Para nada ––Yoshiro lanzó la colilla por la ventana abierta, pensando que comenzaba a sentir hambre.

––No seas cruel, admítelo. Por cierto, soy bisexual, no maricón y lo sabes ––revisaba su agenda mientras esperaba que su amigo admitiera que lo había extrañado.

Kaiya se paró en la puerta de su habitación. Yoshiro estaba de lado y sonreía como no le había vuelto a sonreír a él desde que era un chiquillo. ¿Con quién estaría hablando?, se preguntó entrando en la habitación.

––Vale, te extraño, ¿contento?

¿Contento?, ¿hablaba con un hombre? Kaiya apretó los puños.

––Ahora, admite que me quieres. Yo te quiero ––dijo zalamero, riéndose a carcajadas.

––Ya, te quiero. Hablamos luego ––Yoshiro sonreía divertido al imaginarse el insulto que le enviaría su amigo por correo electrónico por dejarlo hablando solo.

––Kaiya, ¿hace rato que lle…? ––apenas alcanzó a ver la silueta del chico, antes de que este lo colocara de frente a la ventana––. ¿Qué sucede?, ¿qué haces? ––¿por qué carajo siempre acabo haciendo la misma estúpida pregunta?, se cuestionó, moviéndose nervioso al percatarse de que le estaba amarrando las manos a la espalda––. ¿Qué te pasa? ––miró azorado hacia la habitación del médico. Por fortuna, toda la casa estaba a oscuras, lo que significaba que el hombre aún no regresaba del trabajo.

El moreno le bajó los pantalones y de inmediato el rubio se puso en alerta. ¿Qué pretendía el chico? No lo había buscado en semanas, ¡semanas! Y ahora, de repente, se le tiraba encima, así no más––Kaiya, estamos frente a la ventana ––maldición, también le estaba bajando los bóxers––. Cualquiera que levante la mirada puede vernos y si el Dr. Myooji llega… ––no completó la oración, porque esta vez el chico sí que lo estaba penetrando sin prepararlo con embestidas fuertes. Apretó los ojos, se enterró las uñas en las palmas de las manos y se mordió los labios, aguantando el dolor. Le estaba haciendo daño y no entendía por qué. Bueno, aparte de haberlo violado cuatro años atrás, no creía haber hecho nada reciente que mereciera ese repentino ataque. ¿Es que no había tenido suficiente con follarlo sin descanso los primeros dos días de su regreso?, ¿no había sido suficiente humillación?, ¿sólo buscaba confundirlo con su gentileza para que cuando él se relajara, como finalmente había sucedido, pudiera violarlo?, ¿había sido esa su intención desde el principio?

Cuando Kaiya le mordió el cuello, abrió los ojos adolorido y aturdido por tantos interrogantes sin respuesta. Asustado, observó luz en la habitación del médico. ¡Dios, el hombre había llegado y los iba a ver! No se atrevía a abrir la boca, temía que en lugar de la voz, le salieran quejidos. Por otro lado, dudaba que el moreno fuera a detenerse. Pero, aún así, tenía que intentarlo; puesto que el hombre era amigo íntimo de su padre desde que ambos eran unos críos. ¿Qué pensaría si los veía en aquel plan?

––Kaiya… ––tal como había temido, su voz se escuchó patética, bastante similar a un sollozo. ¡Maldición, es que le dolía! Antes de volver a hablar, intentó respirar profundo, lo cual es una tarea bastante difícil cuando te están clavando una gruesa polla por el culo, concluyó. Pero cuando vio que el hombre se paraba frente al gavetero de espaldas a la ventana, le importó muy poco cómo se escuchara. Temía que este se volteara y recibiera aquel espectáculo como saludo––. Nos verá ––fue lo único que alcanzó a decir, porque el moreno al escuchar su voz, comenzó a embestirlo con más fuerza. Maldito infeliz, lo maldijo para arrepentirse casi de inmediato al pensar que quizás le había sucedido algo que había traído a su memoria los horribles recuerdos de aquella noche.

Kaiya, ¿qué quieres de mí?, se preguntaba dejando escapar, inevitablemente, los quejidos. ¿Quieres que grite y llore como lo hiciste aquel día?, ¿quieres que te suplique?, ¿quieres que te dé la oportunidad de humillarme de palabra? No sé qué quieres de mí. Dímelo y lo haré. Joder, el cuerpo y el corazón me duelen lo suficiente como para llorar y suplicar, si es lo que deseas. La angustia se estaba apoderando a pasos agigantados de su ser. Si el médico los veía, todo se complicaría. Sorprendentemente, esa era la menor de sus preocupaciones; ya que si no lograba que el moreno lo perdonara, no sabía qué haría. Bajó la cabeza y cerró los ojos, aguantando como podía las dolorosas embestidas, el brusco agarre de sus caderas y la inminente vergüenza de ser descubierto por el vecino.

Sasaki Myooji, con un suspiro cansado, colocó sobre el mueble su estetoscopio e identificación. Había sido un día largo y agotador. Por lo menos, había recibido una buena noticia: su amigo sería dado de alta a más tardar esa semana. Sabía que le esperaba un largo camino para su completa recuperación, pero lo lograría con el apoyo de su familia. Además, nunca había sido de los que se daban por vencido sin luchar. Recordaba las de veces que de pequeño seguía insistiendo hasta que lograba lo que quería.

Sonriendo por los gratos recuerdos, se llevó la mano a los espejuelos, cuando alcanzó a ver en el pequeño espejo que tenía sobre el mueble algo que lo dejó atónito. El hijo mayor y el menor de su mejor amigo estaban teniendo sexo frente a la ventana. Demasiado perturbado, sólo alcanzó a preguntarse si se habían vuelto locos. Si alguien levantaba la vista, podía verlos. Por un momento, estuvo tentado a voltearse, abrir la ventana y decirles que fueran más discretos. Pero al ver la expresión de dolor en el rostro del rubio y de furia en el moreno a sus espaldas, no supo qué hacer. Sabía que algo había pasado entre ellos aquella noche. Había alcanzado a ver mordidas y marcas en el cuello y las muñecas del moreno. Lo que no había podido confirmar era si había sido por consentimiento mutuo o no y el chico en aquellos momentos no había estado en condiciones de sacarlo de la duda.

Caminó hacia el baño, sin voltearse. Se reprendió a sí mismo por no haber tomado acción cuatro años atrás. Aunque reconocía que no había hecho nada, porque había pensado más en la reacción de su amigo que en la situación del morenito. Había utilizado la excusa de que a los jóvenes parecía gustarles el sexo duro para no investigar a fondo lo sucedido. Lo cierto era que tampoco había creído que el rubio fuera capaz de hacerle daño al chico, a conciencia. Se desvistió y entró a la ducha, pensando en lo mucho que ese par se quería. Había sido natural que no aceptara lo que ahora le parecía evidente. Yoshiro había violado a Kaiya y, en ese preciso instante, el moreno se estaba vengando. Dios, salió de la ducha y, a toda prisa, se puso su yukata. No podía dejar que los vieran, como sabía que tampoco podía pretender que el chico actuara con cordura y pensara en las consecuencias si estaba cegado por el dolor.

Para cuando entró a su habitación, ya los chicos no estaban frente a la ventana. Alcanzó a verlos frente al escritorio, donde el menor tenía inclinado al mayor. Sorprendido, descubrió que el rubio tenía las manos atadas a la espalda y, aunque la visión de eso lo incomodaba, por lo menos, nadie más alcanzaba a verlos. Apagó la luz, salió de su habitación y se encaminó a la cocina, sin saber qué pensar ni qué hacer ––si es que debía o no hacer algo al respecto.

––Ahhh… ––Yoshiro jadeó sorprendido cuando el moreno comenzó a masturbarlo. El chico no dejaba de sorprenderlo, tanto por su ataque como por la delicadeza de quitarlo frente a la ventana. Y, ahora, cuando pensaba que acabaría gritando por el dolor, este comenzaba a frotar su miembro logrando excitarlo––. Ahhh… ––dios, ¿quién entendía a su hermano? Él no, eso era seguro. Jadeaba excitado, demasiado consciente de las pulsaciones en su sexo que anunciaban la cercanía del orgasmo, como para prestar atención a las dolorosas embestidas––. ¡No! ––había estado a punto de correrse cuando el moreno le amarró la cabeza, evitándolo.

Yoshiro se quejaba, pues el muy cabrón lo seguía masturbando sin dejarlo correrse. En cambio, el hijo de puta se había corrido un par de veces dentro de él. Lo había llevado a la cama y seguía follándolo sin darle tregua a su adolorido culo y sin dejar que se desahogara su endurecido pene.

––¿Quieres correrte? ––susurró el moreno en su oído, mordisqueando juguetonamente su oreja.

Yoshiro asintió, desesperado. Dios, la polla le latía, indicándole que necesitaba desahogarse con urgencia.

––Pídemelo de por favor ––le mordió con suavidad la parte trasera del cuello, donde comenzaba la columna vertebral, enviándole corrientes de electricidad que sólo le provocaron pulsaciones más fuertes.

––Ah, Kaiya, ahh, por-por favor ––cabrón, cabrón, repetía como un mantra––. Deja que… ahhh… me corra ––suplicó con la cabeza baja, agradeciendo que su hermano lo follara de espaldas para no ver su expresión de satisfacción. Se lo imaginaba con una sonrisa burlona por haberlo obligado a suplicarle. Pero el chico estaba serio, no había ni sonrisa ni expresión burlona en su rostro.

––Vale ––el chico colocó su mano sobre la cinta, pero se detuvo antes de soltar el amarre––. Con una condición.

¿Condición? Si serás un malnacido, refunfuñó el rubio, a punto de gritar de pura frustración––. ¿Cuál? ––gruñó, cabreado.

––Que digas mi nombre hasta que, y mientras, te corras ––rozaba su punto interior con toda la intención de nublarle la razón.

––¡No! ––maldita sea, no lo haré, se decía––. Ka-kaiya, Kaiya, Kaiya ––se encontró diciendo, a pesar de su renuencia mental. Pero, ¿qué carajo controlaba la mente cuando el cuerpo había decidido que necesitaba… no, más bien, exigía… satisfacción?

––Ahh, así ––jadeó el moreno, soltando el amarre y corriéndose a la misma vez que el rubio, quien gritó su nombre al correrse.

Completamente humillado y adolorido, el rubio se dejó caer sobre la cama. El moreno le soltó las manos y besó las marcas en sus muñecas. Idiota, lo insultó con los ojos cerrados, respirando aún agitado.

––¿Quieres ser el primero en usar la ducha? ––Kaiya se sentó en la cama a su lado, observando su espalda e inmovilidad.

Yoshiro asintió, se levantó lentamente y se dirigió al baño, callado, adolorido, desconcertado. Las lágrimas se confundieron con el agua que caía en su rostro. Al salir, la habitación estaba vacía. Entonces, vio la ventana abierta e imaginó que su hermano estaría en el tejado. Mejor así, no quería verlo. No se creía capaz de fingir que todo seguía igual. Cerró los ojos, cuando vio que el chico entraba. Lo escuchó ducharse y, al salir, por primera vez desde que había llegado, durmieron espalda contra espalda… separados.

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