Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Redemption, capítulo 6

en agosto 10, 2010

Yoshiro alargó la mano y apagó la alarma del móvil. No la necesitaba para que lo despertara, puesto que no había logrado dormir. Escuchó a su hermano levantarse y se hizo el dormido. Esperó a que saliera de la habitación para levantarse. Se vistió con calma, revisó su móvil y contestó algunos mensajes de texto, haciendo tiempo. Cuando consideró que sus hermanos ya se habían marchado, se dirigió a la planta inferior.

––¿Se puede saber a dónde vas sin desayunar? ––su madre salía de la cocina para detener su huída––. Anoche, no cenaste; así que, no creas que te dejaré marchar sin insistir.

––Buenos días, madre ––Yoshiro le besó la frente, resignado a enfrentarse con sus hermanos, si aún no se habían marchado––. No tengo hambre.

––Eso mismo dijo Kaiya y no lo dejé escapar tan fácilmente; así que, ven ––la madre lo obligó a entrar a la cocina y sentarse a la mesa… afortunadamente… vacía––. Toma, tienes que echarte algo caliente al estómago ––afirmó, colocando una taza de café en sus manos.

––Gracias ––aceptó para tranquilizar a su madre. Estaba sumido en sus pensamientos, ajeno a la mirada escudriñadora de su progenitora.

––Hijo, ¿puedes darme un aventón hasta el hospital? ––la mujer terminó de limpiar la cocina, mientras él se bebía distraídamente el café.

––Por supuesto ––salieron de la casa y, una vez en el auto, reinó el silencio. El rubio encendió un cigarro, preguntándose si debería alquilar un apartamento. No sabía cuánto tiempo tardaría su padre en volver a tomar el control del negocio y no sabía cuánto tiempo más podría soportar la enfermiza relación que había entre él y el moreno.

––Yoshiro, te debo una disculpa ––comentó la mujer con voz triste, haciendo que dejara sus pensamientos a un lado.

––¿Una disculpa? ––la miró extrañado, preguntándose a qué se refería.

––El día que tu padre sufrió el derrame, nuestro mundo cambió tan repentina y drásticamente que desde entonces no logro pensar con claridad. No fue hasta que estabas por llegar, que recordé que había invadido tu habitación. Cuando Kaiya ofreció compartir la suya contigo, me sentí aliviada. Pero puedo colocar mis cosas en la terraza. De todas maneras, no creo que pueda continuar con mi grupo de costura ––su suspiro demostró el agobio que solía ocultar a la familia.

––No saques tus cosas a la terraza, se te dañarán ––le agarró la mano y se la besó––. Continuarás con tu grupo. Cuando papá esté en casa, mis hermanos y yo lo atenderemos para que puedas salir. Necesitas continuar con tu vida, dentro de lo posible.

––Gracias, hijo ––sonrió agradecida––. Reconozco que pensé que compartir la misma habitación, haría que Kaiya y tú resolverían lo que fuera que los separó cuatro años atrás ––observó el gesto de sorpresa en el rostro de su hijo mayor––. No lo niegues ––lo detuvo con un gesto de la mano, cuando él abrió la boca––. Soy madre, sé que pasó algo grave ––le acarició la mano––. Tranquilo, no estoy preguntando qué, eso sólo les incumbe a ustedes ––aclaró al ver la desesperación en sus hermosos ojos, la misma que había intentado ocultar.

––No es fácil acercársele ––admitió, desviando la mirada. En el pasado, él mejor que nadie podía decir cómo estaba el chico y qué pensaba.

––¿Sabes que en estos cuatro años no se ha perdido ni una de tus llamadas? ––la mujer había esperado a que se estacionaran frente al hospital para dar el golpe maestro.

Yoshiro se quedó con el cigarro y el encendedor en el aire, mirándola con la boca abierta.

––No me mires así, es cierto ––no pudo evitar reírse––. Los primeros días, se quedaba bastante lejos, fingiendo que no le interesaba. Pero, poco a poco, se fue acercando. El día que se sentó a mi lado, decidí que no te preguntaría ––lo miró fijamente––; porque no quería que escuchara las tontas excusas que dabas para no hablar con él.

Yoshiro bajó la mirada avergonzado. Recordaba demasiado de bien, sus estúpidos recursos de evasión.

––Pero él me hizo señas para que preguntara si querías que te lo pusiera al teléfono ––confesó la mujer––. Cuando comenzaste a excusarte, se levantó y se encerró en su habitación. Debí seguirlo, debí preguntarle qué sentía al respecto. Debí exigirte a ti una explicación ––la mujer suspiró con tristeza––. No hice nada y, desde ese día, se fue encerrando cada vez más en sí mismo. A pesar de eso, nunca dejó de estar cerca cuando llamabas.

––Mamá, no te culpes. Yo soy el causante de que Kaiya haya cambiado tanto ––confesó a medias, sintiéndose fatal con lo que su madre le acababa de contar––. Debí ser valiente y enfrentarlo, no debí dejar que el tiempo siguiera pasando.

––Yoshiro, si no dejas que me culpe, tampoco aceptaré que lo sigas haciendo tú. Es momento de actuar, no de seguir lamentándose ––le sujetó la mano y ahora fue ella la que se la besó––. Eres el mayor, así que te toca acercarte. No esperes a que él lo haga, lleva demasiado tiempo encerrado tras la barrera que construyó para evitar el dolor ––te quería tanto, que tu partida, tu rechazo, lo destrozó, completó en su mente. Acertaba a medias, porque no sabía lo que había sucedido; aunque tenía sus sospechas. Pero como toda buena madre, no exteriorizó su pensamiento, sino que le regaló una sonrisa confortadora––. Tengo fe en que lograrán reconstruir su relación. Dame un beso, me voy a atender a tu padre.

––Gracias. Si me necesitas, llámame ––esperó a que ella entrara al hospital para encaminarse al trabajo. A mitad de camino, tomó otra decisión; por lo que, llamó a los asistentes para informarles que no llegaría y que lo llamaran al móvil de necesitarlo. Luego de eso, se dirigió a la universidad donde estudiaban sus hermanos. Qué buscaba, no sabía. Simplemente, había sentido la necesidad de ver cómo actuaba Kaiya fuera del ambiente familiar.

Yoshiro se dirigió a la oficina de recepción, no muy seguro de lograr que le dieran el horario del chico, pero dispuesto a intentarlo. Sonrió al darse cuenta que comenzaba a sentirse más seguro, más confiado. Hablar con su madre, aunque perturbador, lo había ayudado a tomar acción y no dejar de estar como barco a la deriva. Por fortuna, se le hizo fácil convencer a la hermosa recepcionista. Sólo tuvo que tirársela en el cuarto de fotocopias.

El rubio observó que su hermano se sentaba en los últimos asientos, no hablaba con nadie y se pasaba mirando por la ventana hasta que le tocaba pasar a la siguiente clase. Durante el almuerzo, Akiyama y Yuto se sentaban a su lado; pero era como si estuviera solo. La pareja hablaba y se besaba; mientras el chico escuchaba música en con su ipod y leía un libro.

Con el ceño fruncido, el mayor observó que, una vez en el gimnasio, el menor hablaba con su sensei y este le tocaba el hombro en lo que a él le parecía un gesto demasiado íntimo. Al salir de las prácticas, el moreno caminaba la distancia que había entre el gimnasio y su casa. Yoshiro sonrió al verlo detenerse para jugar con un gatito, que obviamente lo siguió emocionado. Estaba preguntándose qué haría el chico al darse cuenta de que el animal lo seguía, cuando vio que lo cogía en sus brazos y caminaba hasta una casa que parecía abandonada. Tocó a la puerta y una anciana se asomó. La mujer sonrió cuando lo vio con el gatito. Le dio unos golpecitos cariñosos en el rostro, antes de coger el gatito y cerrar la puerta. Kaiya continuó su camino con una sonrisa divertida, que hizo que el rubio lo mirara idiotizado. Hacía años que no veía sonreír a su hermano y no se había dado cuenta de lo mucho que extrañaba su sonrisa, hasta ese momento.

Se fumó un par de cigarros antes de entrar a la casa. No quería que pareciera que venía tras el chico, aunque sí había estado persiguiéndolo todo el día; pero eso era algo que sólo él sabía. Al abrir la puerta, vio a Akiyama y Yuto subiendo las escaleras entre risas. ¿Es que no se cansan de meterse mano?, se preguntó caminando hacia la cocina, de donde salía su madre.

––Qué bueno que llegaste. Me voy a recostar un rato. Ayuda a tu hermano con la comida, ¿quieres? ––pidió, mientras se dirigía a su habitación, la cual se hallaba en la primera planta.

––¿En qué te ayudo? ––preguntó al moreno que estaba sacando la carne.

––Puedes poner a hacer el arroz ––le indicó serio, como siempre––. ¿Aún recuerdas cómo se prepara?

––Por supuesto ––esta vez, había captado la burla en su voz. Estoy mejorando, reconoció contento––. ¿Quién crees que cocinó durante estos cuatro años? Fudo no sabe cocinar ––sonrió al recordar los desastres de este en la cocina.

––No sabía que vivías con él ––dijo, dándole la espalda para comenzar a cocinar la carne.

¿Había sido su imaginación o Kaiya había colocado bruscamente la sartén en la estufa? Luego de eso, trabajaron en silencio, hasta que llegaron Akiyama y Yuto.

––Tenemos hambre ––anunció Akiyama al entrar. Se recostó del hombro del moreno para revisar lo que iban a comer.

––Deja, vas a echar a perder la carne ––Kaiya le quitó la tapa de la mano, volvió a tapar la carne y discretamente se sacó de encima a su hermano.

––¿Cuánto falta? ––Yuto miraba alerta a su novio y al moreno.

––Si quieren comer, salgan y esperen a que los llamemos ––Yoshiro empujó a los chicos hacia la sala––. Par de fastidiosos ––murmuró, regresando al lado del moreno.

Luego de cenar tranquilamente, Akiyama y Yuto salieron a comer helados y al regresar se retiraron a su habitación. Yoshiro se quedó viendo televisión con su madre, a petición de esta que se sentía sola. Kaiya se retiró temprano, luego de explicar que tenía que estudiar para un examen. Horas después, cuando Yoshiro entró a la habitación, el chico ya estaba acostado. Haciendo el menos ruido posible, se bañó y acostó.

––Kaiya, me odio por haberte hecho daño ––murmuró, aunque sabía que su hermano estaba dormido. Pero era algo que siempre había deseado decirle. Escucharse decirlo en voz alta, fue como aligerar un poco la carga que llevaba sobre los hombros.

Lo que el rubio nunca imaginó fue que cuando el moreno escuchó su nombre, abrió los ojos y escuchó atento sus palabras y, luego de unos minutos, volvió a cerrar los ojos.

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––Kaiya, ¿cómo estás? ––Yuki saludó contento al moreno. Le gustaba trabajar a su lado durante las vacaciones del chico, ya que este era callado y diligente. Su personalidad era totalmente opuesta a la de Kenshi, quien jamás se callaba, reflexionó el albino.

––Bien. ¿Cómo está tu esposa? ––sonrió, ya que el hombre le caía bien por ser casi tan callado como él.

El hombre miró disimuladamente a su alrededor––. Me dejó hace unos meses ––la tristeza se traspasó de su voz a su rostro, pero recuperó la compostura al ver que el peli-violeta se acercaba––. No se lo he dicho a nadie ––añadió a toda prisa.

––Nadie lo sabrá ––Kaiya le apretó el hombro, reconfortándolo.

––Gracias ––sabía que el chico no diría una palabra. De hecho, apenas hablaba con los demás.

––¡Kaiya! ––Kenshi le dio un ligero abrazo, aunque sabía que al moreno le incomodaba ese tipo de demostración. Pero era su amigo y así era él con todo el que apreciaba, además no podía ser formal con alguien que tenía su misma edad––. ¿Vienes a ver a Yoshiro? Ahora mismo, no está disponible.

––¿Salió a almorzar? ––preguntó mirando hacia la parte posterior del local, aunque sabía que desde allí no se veían ni la oficina ni los baños ni el almacén.

––No, es que… ––el albino fue interrumpido por el impulsivo peli-violeta.

––Está con su amiguita ––le dijo cotilla, dándole un leve codazo en plan conspirador.

––¿Amiguita? ––el moreno se puso increíblemente serio.

––Desde el primer día, ella viene a ––con sus dedos, encerró entre comillas la palabra a continuación–– “almorzar” con él ––hizo un gesto más que explícito para indicar el tipo de almuerzo que consumían durante esa hora.

––Kenshi, aquel cliente tiene problemas con la computadora ––Yuki lo empujó para que se alejara y así no tener que seguir escuchando sus comentarios vulgares––. Lo siento, Kaiya, sabes como es.

––Sí ––murmuró sin despegar la vista de la puerta que llevaba hacia la parte posterior del local.

––Discúlpame, me llama un cliente ––el albino se alejó apresurado.

Kaiya se dirigió hacia la oficina y sin llamar a la puerta, la abrió y entró. Se encontró a Yoshiro embistiendo a la chica de la pizzería sobre su escritorio.

––¡Yoshiro! ––la chica al verlo, empujó al rubio y se arregló la ropa con manos temblorosas. No se atrevía a volver a mirar al moreno. Cuando lo había visto por encima del hombro del rubio, le había parecido que con gusto la hubiera asesinado.

––¿Por qué me empujas?, ¿por qué te estás vistiendo? ––Yoshiro aún no se había percatado de la presencia de su hermano.

––Me llamas esta noche, ok? ––se fue sin las bragas, ya que no logró encontrarlas por lo nerviosa que se hallaba. Quería salir de allí lo más pronto posible.

––¿Por qué te vas? ––se estaba cerrando el pantalón, cuando al voltearse para intentar detener a la chica, lo vio––. Ka-Kaiya, ¿qué haces aquí? ––preguntó sin entender por qué se hallaba en su oficina y no en la universidad.

Kaiya se le acercó serio y cuando levantó la mano, por un segundo, pensó que iba a golpearlo. Pero, ¿por qué carajo me va a golpear?, se preguntó cuadrándosele. No iba a dejar que lo golpeara, iba a marcar un límite para su venganza. Para su sorpresa, el moreno lo que hizo fue sujetarlo por la nuca y… ¡besarlo!

¡Kaiya lo estaba besando! Y, aunque no era un beso gentil, se encontró correspondiéndole con la misma brutalidad. ¿Qué carajo estaba pasando?, se preguntó cuando este le apretó las nalgas con la otra mano, pegándolo a su cuerpo y empujándolo hacia el escritorio. Pronto, la ferocidad del beso se convirtió en pasión––. Ahh… ––jadeó, enterrando los dedos en su cabello y acariciando su espalda por encima de la ropa, cuando el chico comenzó a abrirle la camisa y recorrerle la piel con su boca.

¿Qué me pasa?, se preguntó cuando el moreno se arrodilló frente a él para comerle polla. Por alguna razón, se sentía diferente. Las caricias, las mordidas, las lamidas, la mamada y los besos del chico… dios, nadie lo había besado de esa manera… lo excitaban como nunca––. ¡Kaiya! ––gritó al correrse, había esperado demasiado para advertirle que estaba a punto y había acabado corriéndose en su boca.

––Ven ––Kaiya se levantó y extendió la mano, alejándose de él.

Yoshiro se despegó del escritorio, caminó a su encuentro y le sujetó la mano, hipnotizado por su mirada apasionada y el bulto entre sus piernas. ¿Enloquecí?, se preguntó sin entender su propio comportamiento. Su hermano lo había violado dos noches atrás, pero en esos momentos… ¡lo deseaba!

Cuando Kaiya lo acostó bocarriba sobre el sofá, que usaba su padre para descansar, no pudo volver a despegar la mirada de aquellos ojos verdes que refulgían como gemas. El rubio le acariciaba el cabello, mientras este recorría su cuerpo con las manos, los labios, la lengua y los dientes; excitándolo a tal punto que ni cuenta se dio de cuando lo desnudó por completo. El moreno entró la lengua en la boca del chico, a la misma vez que le metía su miembro por el culo y lo único que Yoshiro pudo hacer fue arañarle la espalda por encima de la camisa. Mientras su hermano lo embestía, él no podía dejar de acariciarle el rostro y el cuello. Por alguna razón, sentía una necesidad imperiosa de tocarlo. De repente, se encontró deseando sentir su piel; por lo que comenzó a desabotonarle la camisa.

El rubio se detuvo al sentir cómo el moreno se tensaba y, por un segundo, lucía incómodo. Pero necesitaba tocar su piel; así que alzó la cabeza para atrapar su boca y entre besos, le abrió la camisa. ¿No estás acostumbrado a que te acaricien?, le preguntó mentalmente. Había pensado que su hermano había tenido otras experiencia, voluntarias, claro; ya que era demasiado bueno follando como para que él hubiera sido el primero. ¿Por qué carajo había pensado eso y por qué carajo estaba admirando el buen cuerpo que tenía?, se recriminó asombrado de estar admirando a un hombre de esa manera. Sólo que no era un hombre cualquiera, era su primo-hermano, el mismo que había violado cuatro años atrás y que ahora lo había convertido en su juguete sexual. Poco a poco, comenzó a acariciar su pecho y sus abdominales, para pasar a lamer y besar su piel. Sintiendo cómo comenzaba a volverse un adicto al calor que generaba y aquel olor tan masculino.

––Cuando la llames, le dirás que no vuelva ––le susurró Kaiya al oído, mordiéndole el lóbulo, embistiéndolo lenta y profundamente.

––¡No! Ahhh… ––maldito, ¿qué pretendía?, ¿quería exclusividad?

El moreno buscó el móvil en el pantalón del rubio y mientras lo embestía con fuerza, seleccionó el número de la chica y la llamó.

––Ahhh, ahhh… ––Yoshiro había colado sus manos hasta la espalda del moreno y, enterrando las uñas en su piel, jadeaba sin control. Volteó la cabeza cuando vio algo extraño en la mano que el chico colocaba al lado de su rostro. Abrió los ojos de par en par al ver que era su móvil y más aún al escuchar la voz de la chica––. ¿Por… ahhhhhh ––cabrón, ¿por qué?, gruñó cuando este comenzó a masturbarlo, mientras golpeaba con fuerza su glándula interna.

Kaiya apagó el móvil y lo tiró sobre la ropa––. Porque ahora estás conmigo ––le aclaró, terminando la pregunta que había quedado en el aire, besándolo posesivamente, tragándose los jadeos de este al correrse.

Yoshiro continuó acariciando el cabello y la espalda del chico, mientras este lo embestía sin dar indicios de estar por eyacular. Te amo, pensó emocionado por la respuesta que le había dado, aunque sabía que para él no era más que un objeto sexual. De repente, registró lo que acababa de pensar y sintió que el corazón se le detenía momentáneamente antes de renovar sus latidos a una velocidad increíble. ¡No podía ser! ¡No podía estar enamorado de su hermano! ¡Maldita sea! Se rehusaba a creer que se hubiera enamorado de un hombre y, para completar, de su propia sangre. Cerró los ojos para que el moreno no viera su lucha interna, la cual por cierto había perdido cuando su corazón reconoció a Kaiya como la persona que llevaba esperando toda la vida.

––Yoshiro ––jadeó el moreno en su oído al correrse, lo que hizo que su corazón se saltara un latido.

¿Cómo debía actuar ahora?, se preguntó el rubio, esperando a que la respiración del chico se normalizara. Estaba equivocado si pensaba que eso era todo, porque el moreno se sentó e hizo que él se sentara a horcadas sobre su regazo.

––Mírame ––Kaiya le lamió los labios, sujetándolo por las nalgas para penetrarlo.

––Ahhh… ––Yoshiro arqueó la espalda. Coño, siempre lo sorprendía lo rápido que Kaiya se empalmaba luego de correrse en su interior. Haciendo uso de toda su fuerza de voluntad, no despegó la mirada de sus penetrantes ojos verdes, intentando mantener el rostro inexpresivo.

––Muévete ––ordenó el moreno, observándolo fijamente, mientras apretaba sus nalgas.

El rubio lo miró asombrado, aunque luego sonrió e inclinándose para besarlo, comenzó a moverse lentamente. Ahora entendía por qué había dejado que el chico hiciera con él lo que le daba la gana. Lo amaba y, aunque había tardado todos esos años en entenderlo, lo había amado siempre. Por él, había hecho y estaba haciendo cosas que jamás había pensado hacer.

Kaiya viendo el empeño que ponía en complacerlo, a pesar de estarle costando por no estar acostumbrado, comenzó a masturbarlo con una mano y ayudarlo a moverse con la otra.

––Ahh, Kaiya, Kaiya ––Yoshiro se abandonó a las sensaciones y dejó de estar tan consciente de sí mismo. Entonces, descubrió que hacer el amor con la persona que amas cambiaba por completo la manera de ver el sexo.

––¿Qué haces? ––Yuki miró molesto a Kenshi. Este le había sujetado la mano cuando estaba a punto de entrar a la oficina del rubio.

––Eso pregunto yo ––aprovechó para acariciarle disimuladamente la mano con el pulgar.

––Necesito que Yoshiro firme estas órdenes y no veo por qué te tengo que dar explicaciones a ti ––se soltó del agarre y volvió a sujetar el pomo de la puerta.

––Shh, escucha ––el peli-violeta le puso un dedo en los labios para callarlo y obligarlo a escuchar. Arrepintiéndose en el acto, porque ahora deseaba recorrer los mismos con ese dedo que temblaba un poco sobre los labios que venía deseando besar desde hacía mucho tiempo.

El albino abrió los ojos como plato al escuchar los jadeos y gemidos––. No entiendo. ¿No se marchó la chica casi de inmediato? ––murmuró confundido.

––Así es. No está con ella ––lo observaba detenidamente, estudiando sus reacciones.

––Pero, la otra persona que lo buscaba era Kaiya ––señaló, mirando al otro, aún sin entender.

––Está con él ––le soltó de una vez.

Yuki retiró la mano de la puerta y dio varios pasos hacia atrás al escuchar cómo Yoshiro gritaba el nombre de Kaiya con una voz increíblemente sexy, como para confirmar lo que le decía el otro.

––Homofóbico ––Kenshi lo miró furioso, volteándose para regresar al local antes de sentir el impulso de golpearlo.

––¡No soy homofóbico! ––el albino sujetó su brazo con fuerza, impidiéndole marcharse––. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¡Son hermanos! ––bajó la voz.

––¿Se te olvida que no son hermanos? Son primos ––aclaró, aunque sabía por dónde venía el albino y ese dato no cambiaba la realidad.

––Aún así, es incesto ––susurró, preguntándose cómo podía ser tan denso.

––¿Acaso el corazón sabe diferenciar entre edad, sexo, color, raza, etc.? ––preguntó acercando tanto su rostro al del albino que sus narices se tocaban––. No, ¿verdad? Esas diferencias las crean las personas de mente cerrada ––aunque estaba molesto y lo miraba serio, tenía unas ganas increíbles de besarlo. Pero no lo hizo; porque era heterosexual, porque estaba casado y porque sabía que no le caía bien y no quería darle razones para odiarlo. Su antipatía era suficiente para herirlo––. Lo que ellos hagan con sus cuerpos, sólo les compete a ellos.

––Lo sé ––maldición, aquel mocoso había hecho que se avergonzara y sintiera anticuado––. Me tomaron por sorpresa, es todo ––murmuró, soltándolo y volteándose para regresar al trabajo––. ¿Qué… ––su pregunta quedó inconclusa cuando el peli-violeta lo sujetó y, para su horror, lo besó ¡con lengua y todo! Le dio un empujón––. ¡No vuelvas a hacer eso! ––le gritó, limpiándose los labios con el dorso de la mano, marchándose de allí.

––¿Por qué? ––le preguntó a su inoportuno libido––. ¿No podías aguantarte? ––se reclamó. Por lo menos, no me golpeó, se dijo en un vano intento de consuelo. Lo había herido al limpiarse los labios de aquella manera, como si le asqueara. Dejando a un lado esos pensamientos depresivos, regresó al trabajo.

Yuki acomodaba los asientos, demasiado perturbado por lo que acababa de descubrir y por el maldito beso del pervertido mocoso. ¿Acaso Kenshi era homosexual también? Tenía que serlo para sentir el deseo de besarlo. No entendía por qué lo había besado. Primero, él no era homosexual. Segundo, todos sabían que estaba casado y el que estuviera separado no cambiaba el importante dato de que era heterosexual. Tercero, era viejo para él y no era guapo. ¡Espera, olvida lo tercero!, se ordenó sin entender por qué carajo había pensado en eso.

––Kaiya, tus clases ––Yoshiro acababa de mirar su reloj, el que había dejado para ponerse al final y había descubierto que habían estado dos horas encerrados en la oficina. ¡Mierda!, el tenía empleados a los que cubrir en lo que ellos almorzaban y Kaiya tenía clases.

––Aún llego a la última ––el moreno lo abrazó por la espalda y le besó el cuello––. Hoy tengo clase de kenjutsu. Llegaré tarde ––le acordó, volteándolo para darle un apasionado beso.

––Vale, nos vemos luego ––el rubio le acarició el rostro, deseando que no se marchara. ¡Qué absurdo! ¿Así de idiotas se ponían todos los enamorados?, se preguntó una vez se quedó solo en la oficina.

Cuando el moreno finalmente salió, Kenshi observó que Yuki lo despidió como siempre solía hacer. Sonrió, diciéndole adiós al chico con la mano desde su puesto. Sabía que el albino era cuidadoso en no lastimar a los demás. Su reacción había sido natural, pero él no había podido evitar molestarse porque le tocaba de cerca. Aún así, Yuki era un buen hombre y por eso mismo se había enamorado como un idiota de él, aunque sabía que ese amor no tenía futuro.

La llegada de un grupo de estudiantes y el regreso del rubio al área hicieron que olvidarán sus pensamientos y se dedicaran a trabajar.

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