Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Redemption, capítulo 7

en agosto 9, 2010

Yoshiro salía de su oficina, arreglándose el cabello. Kaiya acababa de marcharse y, por más que se había propuesto no pasar del tiempo convenido, habían estado hora y media en la oficina. Había pasado un mes desde el día que el moreno lo había descubierto con la chica de la pizzería, un mes desde que él había descubierto que lo amaba. Desde entonces, el chico siempre aparecía a la hora de almuerzo y hacían el amor… ya no utilizaba la palabra follar, ahora le parecía inadecuada… como si ese fuera el único momento en que podían estar juntos de esa manera. Cuando lo cierto era que, todas las noches, volvían a hacer el amor hasta caer rendidos.

––Yoshiro, ¿podemos irnos a almorzar? ––Kenshi preguntó tan pronto lo vio.

––Por supuesto ––accedió con una sonrisa. Los primeros días de las “visitas” de Kaiya, se sentía incómodo al salir de la oficina y enfrentarse a sus asistentes. Pero, aunque ambos sabían lo que estaba pasando… no era tan iluso como para pensar que ignoraban lo que sucedía entre ellos cuando cerraban la puerta…, ninguno lo trató de manera diferente y se los agradecía––. Disculpen, se me pasó la hora.

––¿Quién está pendiente del tiempo cuando lo está pasando bien? ––el peli-violeta le dio un pequeño empujón, riéndose––. Yuki, vamos.

––No tengo hambre. Ve tú ––el albino continuó con sus tareas sin voltearse a mirar al chico.

––Vale ––murmuró, borrándosele la sonrisa del rostro.

Yoshiro frunció el ceño. Hacía semanas que venía observado el tratamiento frío que le daba el mayor al menor. Veía cómo el peli-violeta intentaba acercarse al albino y este se alejaba cada vez más. Se preguntó si Yuki se habría dado cuenta de que el chico estaba enamorado de él. No podía creer que llevaran dos años trabajando juntos y este nunca se hubiera percatado de las miradas que Kenshi le dirigía durante todo el día. A él, le había tomado sólo dos días darse cuenta. Aunque no culpaba al mayor, ya que estaba casado y no tenía por qué estarse fijando en la conducta extraña de su joven compañero de trabajo.

––Yuki, no puedes seguir así ––se le acercó y le colocó una mano en el hombro.

––¿Así cómo? ––lo miró confuso.

––Sin almorzar, sin hablarle ––desde el comienzo, se habían hablado con confianza, ya que sólo había cuatro años de diferencia entre ellos y lo cierto era que el albino no aparentaba los 30 años que tenía.

––Traigo almuerzo de mi casa ––confesó avergonzado––. Cuando estoy en el almacén, almuerzo.

––¿Por qué dejas que piense que no estás almorzando? ––lo miró asombrado.

––No le digo que traigo almuerzo, para que no insista en almorzar conmigo ––se aclaró la garganta, seguro de lo ridículo que sonaba.

––¿Por qué? ––sabía que estaba siendo pesado e insistente, pero no quería que lo sorprendiera con una carta de renuncia porque no soportaba a su compañero de trabajo.

––Es complicado ––murmuró, sintiéndose como un adolescente.

––¿Complicado? ––um, ¿qué era lo que decía Fudo sobre la palabra complicado y el sexo? Pensó que no debería insistir más. Por lo que decidió dejar pasar el tiempo y ver cómo seguían relacionándose.

––Me besó ––confesó, desconociendo que el otro había desistido en continuar con el “interrogatorio”.

Yoshiro sonrió, aprovechando que Yuki miraba hacia otro lado. No se estaba burlando, simplemente imaginaba que el chiquillo no había podido aguantar más su deseo y que el mayor había quedado bastante impactado. Él podía relacionarse con la situación de ambos, ya que desde un principio Kaiya lo había tomado por sorpresa, en todo el sentido de la palabra y seguía siendo igual de impredecible. Le había hecho el amor en el auto una tarde al salir de ver a su padre en el hospital, en el baño de una panadería cuando fueron a comprar unos encargos de su madre y, la más aterrorizante para él, en el parque una tarde que habían ido a dar una vuelta con Akiyama y Yuto––. ¿Se enteró tu esposa? ––preguntó, intentando descubrir hasta dónde lo había afectado el arrebato del peli-violeta.

––¡No! Ella… ella ––dios, que difícil se le hacía aún aceptar la realidad––… me dejó hace unos meses.

––Lo siento ––el rubio le pasó el brazo por los hombros––. ¿Quieres hablar sobre eso? ––preguntó con el mayor tacto posible.

El albino asintió, aunque originalmente había pensado en rehusarse. Necesitaba hablar y sabía que el rubio era discreto.

Yoshiro se sentó con él detrás del mostrador. Desde allí, podía ver a todo el que entraba y salía, levantarse a atender a algún cliente y tener la suficiente privacidad como para hablar de lo que fuera.

––Llevamos doce años casados ––llevábamos, pensó que debía irse acostumbrando a hablar sobre ella en tiempo pasado–– y hace dos años, volvimos a hablar de tener hijos. Ambos queríamos una familia propia, pero al comienzo estábamos demasiado ocupados terminando los estudios y luego en nuestros respectivos trabajos ––comenzó, pensando en la estupidez de la humanidad de querer controlar el tiempo, de siempre estar programando la vida, siempre con los “después”, “en un par de años”, etc.––. Estuvimos intentándolo durante dos años, primero sin prisas; luego, con desesperación ––suspiró, recordando cómo hacer el amor se había convertido en una guerra de nervios––. Hace unos meses, fuimos a hacernos unos estudios y… resultó que soy estéril ––confesó, volviendo a sentirse avergonzado y poco hombre. Así lo había hecho sentir ella con su mirada al recibir la noticia y luego al no permitir que volviera a tocarla––. Me dejó por recuerdo palabras hirientes antes de irse a vivir con su madre. Pocos días después de su partida, de casualidad, me encontré con mi suegra, quien me dijo que ella estaba conviviendo con su primer novio y… estaba embarazada ––intentó reírse, pero su risa sonó a sollozo contenido.

El rubio lo abrazó, comprendiendo su dolor. Sabía lo que era que la mujer que amabas te dejara por otro hombre. Sabía lo que era sentirse despreciado, humillado, poco hombre. Sintió un movimiento detrás del albino y cuando alzó los ojos, se topó con la mirada empañada del peli-violeta. Era obvio que Kenshi los había escuchado, por la manera en que cerraba los puños y cómo se movía sin saber si llorar o abrazar al hombre. Le hizo un gesto para detenerlo y evitar que se acercara. Si Yuki se enteraba de que lo había escuchado, no volvería a confiar en él y era capaz de renunciar para ahorrarse la vergüenza de enfrentar la lástima del menor. Porque sabía que interpretaría mal los sentimientos del chico, ya que en esos instantes estaba demasiado dolido como para entender y, mucho menos, aceptar el amor que le ofrecía el joven.

Kenshi miró con dolor al rubio. Quería abrazar al albino. Necesitaba hacerle saber que esa tía era una estúpida y no merecía su amor ni su dolor. Deseaba asegurarle que seguía siendo el hombre más masculino que había conocido en su vida. Pero su jefe lo detuvo con un movimiento de cabeza cuando vio que daba un paso hacia donde ellos estaban. No pudiendo soportar más la situación, se dio media vuelta y se volvió a marchar.

––Kenshi no ha vuelto ––una hora después, más aliviado después de haber hablado con él, Yuki lo miró preocupado––. Debería haber vuelto hace media hora.

––Ya llegará. Seguro se distrajo hablando con alguien ––Yoshiro había visto al chico regresar pocos minutos después de haber salido por segunda vez y dirigirse a la parte trasera del local con los ojos enrojecidos.

––Cierto, le encanta hablar. Pero es un descuidado, habla con cualquiera ––comentó aún así mirando hacia la puerta.

––Voy a estar en mi oficina haciendo unas llamadas ––aunque, en realidad, iba hacia el almacén. Sospechaba que el peli-violeta se estaba escondiendo allí y no se equivocó––. Kenshi, ¿estás bien? ––preguntó, sentándose a su lado.

––¿Cómo pudo estar casado tantos años con esa idiota? No entiendo cómo ella no supo apreciarlo. Yo lo amo y no puedo tenerlo. Y ella… ella… lo tuvo y lo despreció ––murmuró cabreado, limpiándose los mocos con el borde de la manga.

––No hagas eso, toma ––le pasó una toalla que tenían en el almacén para cualquier eventualidad. Sonrió pensando que aunque tenía la misma edad que su moreno, en esos momentos lucía como un chiquillo. Pero lo había observado lo suficiente, como para saber que no era lo infantil que aparentaba ser––. No pierdas el tiempo intentando comprender por qué algunas personas actúan como actúan. Mejor dedica tu tiempo a tus estudios, tu trabajo y a ayudarlo a sentirse mejor consigo mismo.

––¿Cómo? No deja que me acerque desde que lo besé ––confesó, riéndose pícaro aunque avergonzado por estar hablando eso con el jefe––. No me arrepiento de haberlo besado y si pudiera volvería a hacerlo ––lo miró de reojo, preguntándose si lo regañaría o algo así.

––No lo asustes ––Yoshiro no pudo evitar reírse por la franqueza del chico––. Está pasando por un momento muy doloroso para él. Pero aunque te trate con frialdad, necesita un amigo.

––No me considera su amigo, sólo una molestia ––murmuró con tristeza.

––Ahora mismo, está preocupado porque no llegas de almorzar y porque hablas con cualquiera ––sonrió al ver cómo brillaron los ojos del chico––. ¿Qué te parece si sales por la puerta de atrás, vuelves a entrar y le hablas como si el beso no hubiera sucedido? Mientras tú estés consciente de que eso sucedió, no estarás cómodo a su lado y él tampoco.

––¡Vale! ––se levantó y ya estaba frente a la puerta, cuando se volteó––. Gracias, jefe ––salió pensando que Kaiya hacía bien en no perderle ni pie ni pisada, porque el rubio era alguien fácil de querer. Aunque para él sólo existía un albino que le hablaba con frialdad a ratos y con preocupación en otros momentos––. Llegué, ¿me extrañaste? ––preguntó al pasar por el lado del albino, pero sin esperar su respuesta, como solía hacer antes del beso.

––No ––aseguró Yuki, aunque miró de reojo al sonriente chico que tenía los ojos enrojecidos. ¿Había estado llorando? Un momento, ¿por qué tiene que preocuparme eso?, se preguntó regresando su atención al trabajo.

ººººººººººººººººººººººººº

Luego de cenar, Yoshiro y Kaiya se hallaban en la sala. El rubio intentaba ver una película, pero el moreno no lo dejaba concentrarse en la trama. Este observaba la pantalla con la misma seriedad de siempre, mientras le acariciaba el muslo. El problema no era que le acariciara el muslo, si no que sus dedos rozaban “accidentalmente” su polla y él estaba comenzando a excitarse. No podía evitar mirar nervioso, de vez en cuando, hacia el pasillo. Si a su madre se le ocurría levantarse para ir a beber o comer algo, tenía que pasar por donde estaban y no quería que lo viera empalmado.

––¿Quién será? ––Yoshiro se levantó del sofá como impulsado por un resorte, cuando escuchó el timbre de la puerta.

––Yo abro ––Kaiya también se había levantado y caminaba detrás de él, porque le preocupaba que a aquella hora de la madrugada a alguien se le ocurriera ir de visita.

––No seas absurdo, ya estoy aquí ––el rubio abrió la puerta, preguntándose si el moreno pensaba que era un tipo indefenso. Apenas alcanzó a ver a la persona frente a él, antes de ser atrapado entre sus brazos.

––¡Yoshiro, amor, te extrañé! ––Fudo le agarró una nalga y lo besó, antes de recibir un golpe en las costillas que hizo que lo soltara––. Coño, tan tierno como siempre ––lanzó una carcajada, volviendo al ataque. Lo besó nuevamente, porque los golpes sólo lo incitaban más––. ¿Kaiya? ¡Imposible! ––soltó al rubio para acercarse al moreno que se hallaba detrás de su amigo y lo miraba con cara de “muérete”––. Qué mucho has crecido ––comentó alzando la mano para despeinarlo, como solía hacerle cuando era un chiquillo. Pero el chico le agarró la mano con fuerza y no parecía dispuesto ni a soltarla ni a ceder la presión con la que lo sujetaba.

––Kaiya ––a duras penas, Yoshiro aguantó las ganas de reír al ver el asombro en la cara de su mejor amigo––, ¿no recuerdas a Fudo? ––preguntó, acercándosele porque aunque el chico no mostraba estar molesto, no se estaba comportando muy amigablemente.

––Lo recuerdo ––dijo soltando finalmente su mano––. Tan estúpido como siempre.

––Mierda, tío, sí que has crecido. Antes lo pensabas, no lo decías ––riéndose, Fudo agarró al rubio por la cintura y lo arrastró con él hasta el sofá––. Yoshiro, estoy muerto de cansancio ––colocó la cabeza en su regazo––. Malditos aviones, malditos vuelos de miles de horas ––exageró como de costumbre.

––¿Qué haces aquí? ––Yoshiro lo empujó, obligándolo a sentarse.

––¿Cómo que qué hago aquí? Joder, no me maltrates. ¿Qué clase de bienvenida es esa? Tenías que decirme “amor, te extrañé” o algo igual de amoroso ––lanzó una carcajada divertido al ver la mirada de fastidio en el rostro del rubio. Coño, de verdad lo había extrañado.

––No seas idiota ––dijo volviendo a empujarlo cuando este intentó volver a besarlo.

––Ni la distancia hace que admitas lo obvio ––se estaba divirtiendo como no lo hacía en años. Ver la expresión de “no sé cómo te soporto” en la cara de su mejor amigo y la expresión de “te voy a asesinar lentamente” en el rostro del moreno, sólo lo motivaban más. Quería saber por qué lo miraba así e iba a descubrirlo––. Kaiya, ven, siéntate a mi lado ––dio unas palmaditas en el sofá.

––Estoy bien aquí ––el moreno se sentó en el brazo del sofá al lado de Yoshiro, quien encendía un cigarro preguntándose si eran imaginaciones suyas o esos dos parecían gallos de pelea.

––Joder, pero estás muy lejos y quiero hablar contigo ––puso una mano en la rodilla del rubio, como excusa para acercarse y robarle el cigarro de los labios.

––No estoy sordo ––los ojos verdes observaron la mano sobre el muslo del rubio, como si pudiera cortársela sólo con la mirada.

––Fudo, no jodas. Déjalo quieto ––Yoshiro le quitó la mano de su muslo e intentó, en vano, recuperar su cigarro.

––Siempre interviniendo a su favor ––se burló de su amigo––. Antes eras más simpático ––miró al moreno––. De hecho, siempre estabas detrás de nosotros como perro faldero ––tan pronto terminó de decir aquello, supo que había cometido un error. Juraría haber visto dolor en esos desafiantes ojos verdes… que desde que había llegado no habían dejado de mirarlo con intenciones asesinas…, antes de que el chico se levantara con una expresión impenetrable, se parara frente a él y le quitara el cigarro de las manos sin haber tenido tiempo de llevárselo a los labios.

––Era a Yoshiro a quien seguía, no a ti ––aclaró, largándose a su habitación.

––¡Fudo!, ¿por qué le dijiste eso? Pendejo ––le dio un puñetazo, sin medir sus fuerzas, en el hombro––. ¿Tienes amnesia? ––se levantó para ir tras el chico––. ¡Suéltame! ––exigió cabreado.

––¡Coño, lo olvidé! Sabes que no lo hice a propósito, ¿verdad? ––una cosa era que le gustara bromear y otra bien distinta que buscara lastimar a alguien––. ¿Estás enamorado? ––fue directo al grano.

––Dios, ¿es tan obvio? ––se sentó nuevamente, pasándose las manos por el rostro.

––Creo que sólo para mí. No me parece que él lo sepa aún ––o de lo contrario, no estaría deseando picarme en pedazos para hacerme desaparecer del planeta, se dijo––. ¿Por eso es complicado?

––Al principio era por otra razón, pero no ha dejado de ser complicado ––le contó rápidamente cómo desde el primer día el chico lo había tomado y como hacía un mes, él había descubierto que estaba enamorado––. Hablamos mañana, puedes dormir en el sofá ––se levantó y antes de que su amigo pudiera detenerlo, se marchó.

––Kaiya ––lo llamó tan pronto entró en la habitación, pero esta estaba vacía. Vio la ventana abierta y debatiendo entre salir a su encuentro o esperarlo, optó por lo segundo. Se duchó, se puso su yukata y al salir, el chico aún seguía afuera. Decidió ir a su encuentro. Lo amaba y no soportaba pensar que estuviera sufriendo por los horribles recuerdos que esa frase pudiera haber despertado en él.

Kaiya estaba recostado de la pared, con los brazos cruzados al pecho y los ojos cerrados. Se sentó a su lado––. ¿Estás molesto? ––esta vez, era él quien acariciaba su muslo.

––No ––contestó, abriendo los ojos para mirarlo.

Yoshiro hizo que miraba hacia la acera para disimular la risa. Ese NO había sonado completamente cabreado––. Sabes que es un idiota, pero inofensivo ––se sentó a horcadas sobre el chico y lo besó. Deseaba confortarlo. Quería borrar cualquier recuerdo desagradable que pudiera estar rondando su mente.

––No tiene por qué besarte ni tocarte ––metió las manos por debajo de su yukata para apretarle las nalgas. Lo miró serio, mientras lamía sus labios.

Yoshiro correspondió a sus besos y caricias, completamente asombrado. ¿Eso era lo que tenía molesto al moreno? Él pensaba que estaba cabreado porque Fudo lo había hecho recordar aquella noche. ¿Estaba celoso? Si así era, ¿qué significaban sus celos?, ¿lo amaba o sólo estaba reclamando lo que sentía que le pertenecía? Le hubiera gustado tener el valor de preguntarle, pero no quería que el chico saliera huyendo como había hecho él cuatro años atrás. No quería perderlo, ¡no podía perderlo!

––Kaiya, estamos… ahhh… ––¿cómo se me ocurrió enamorarme de semejante cabrón?, se preguntó mientras se aferraba a sus hombros al sentir cómo lo penetraba, allí, en el tejado. Esperaba que a nadie le diera con pasear a esa hora de la madrugada, porque no pretendía dar una función gratuita… ni cobrando.

––Todos duermen ––le aseguró, pensando que siempre se estaba preocupando por nimiedades. ¿Pensaba que iba a dejar que lo vieran? Les arrancaría los ojos a todos antes de que eso sucediera.

Myooji daba vueltas en la cama, demasiado agotado como para poder dormirse. Cuando estaba preguntándose si no sería mejor que se levantara a revisar algunos expedientes, vio a Kaiya entrar a su habitación con una expresión de dolor conocida. La había visto cuatro años atrás, unas semanas después de que el rubio se marchara. Recordaba cómo el niño de catorce años se encerraba en su habitación y la destruía para acabar de rodillas, sollozando. El agotamiento lo había vencido y había acabado dormido en el suelo. Al levantarse, horas después, el doctor había visto por primera vez su rostro serio, impenetrable. Ver de nuevo esa expresión en su rostro, lo inquietó. Pero la misma, desapareció casi de inmediato, dando paso al cabreo. ¿Qué es eso que te ha molestado tanto como para reemplazar el dolor?, se preguntó, observándolo salir al tejado.

Su lado médico comenzaba a inquietarse por el hecho de que Kaiya sólo vestía un yukata y la temperatura estaba bajando. Agarró el móvil para llamarlo e indicarle que regresara al interior de su habitación, cuando vio salir a Yoshiro. Lo que faltaba dos en las mismas condiciones, se dijo, observando asombrado cómo luego de intercambiar unas pocas palabras, el rubio se sentaba a horcadas sobre el chico y comenzaban a follar. Por dios, esos dos van a causarme un infarto, refunfuñó molesto. Sabía que eran amantes, ya que desde su habitación tenía una “vista panorámica” de sus apasionadas noches. Pero pensaba que ya habían cogido seriedad. Esos espectáculos al aire libre eran para los adolescentes.

Por más que Myooji renegara, no podía despegar sus ojos de la pareja. Era obvio que Yoshiro estaba enamorado de Kaiya, pero seguía sin descubrir los sentimientos del moreno para el rubio. Era apasionado y tierno con el mayor. Pero no sabía si lo cuidaba como se cuida a una posesión o como se cuida a un amante. Lo cierto era que los observaba porque el mayor era la viva imagen de su padre, Kiyoshi, cuando tenía esa edad. El parecido entre ambos era increíble, pensó suspirando aliviado cuando vio que regresaban a la habitación. Se volteó en la cama para darles algo de privacidad, aunque no eran precisamente discretos.

Fudo se había cansado de cambiar canales, buscando algo interesante. Estaba aburrido y desvelado, así que decidió ir a ver la habitación convertida en cuarto de costura de su amigo. Caminaba por la casa a oscuras, riéndose al recordar todas las diabluras que habían hecho allí, desde fumar su primer cigarro hasta perder su virginidad… cada uno con una chica, por supuesto. Yoshiro jamás había mostrado interés por alguien de su mismo sexo, a menos que contara la primera vez que había visto al pequeño de ojos verdes.

Recordaba cómo su amigo, que en aquel entonces tenía diez años, había temblado cuando le pusieron en los brazos a Kaiya, quien apenas tenía dos años. Este le había tocado la cara antes de regalarle una enorme sonrisa y el rubio se había derretido. Luego, completamente aturdido había devuelto al bebé, gritando que todos los bebés eran unos babosos antes de salir corriendo de la casa. Para cuando el moreno pasó a formar parte de la familia, su amigo estaba demasiado entretenido con las chicas como para ponerse a analizar aquel sentimiento que le había invadido la primera vez que lo tuvo entre sus brazos––. Por más que corriste, no pudiste huir ––murmuró “hablando” con su amigo. Se paró abruptamente cuando escuchó jadeos provenir de la habitación del moreno.

¿Estaban follando? ¡Quería ver! Se acercó a la puerta y la abrió lo más sigilosamente posible. Y allí estaban, en la cama, frente a sus ojos y, para su deleite, ambos ajenos a su presencia. ¿Por qué Kaiya aún llevaba puesta su yukata? ¡Mierda! No lo dejaba ver el cuerpo de Yoshiro y con lo que le gustaba, se tragó la risilla que estuvo a punto se escapar de su garganta. Aunque le gustaba lo que estaba viendo, no se podía quejar. La pasión y posesividad en el rostro del moreno; el amor y la entrega en el rubio. ¡Coño!, ahora estaba empalmado. Se llevó la mano al bulto sobre su pantalón, estremeciéndose.

Yoshiro jadeaba y acariciaba el pecho del moreno. Kaiya lo embestía profunda, lentamente, a la vez que lamía, mordisqueaba y besaba su hombro. En esos momentos, alzó la mirada y se encontró con el estúpido tocándose, mientras los miraba. Desaparece, le dijo sin palabras, deseando molerlo a golpes. Si no se había levantado para exterminarlo, había sido porque el rubio no se había dado cuenta de su presencia. Fudo hizo un gesto de quitarse el sombrero antes de cerrar la puerta.

¡Joder, tenía que sacudírsela y pronto! Fudo se tapó la boca para que su risa no resonara en el oscuro, vacío pasillo. Entró a la antigua habitación de su amigo y se dirigió al baño. Mierda, el maldito moreno lo había excitado con aquella mirada y los jadeos, la voz, del rubio habían acabado con el poco control que tenía. Sabía que cuando Kaiya lo agarrara, no iba a conservar ni uno de sus huesos en su condición original; pero, en esos momentos, no le importaba. Riéndose y jadeando, se pajeó hasta correrse en su mano––. Amiga, compañera fiel, te quiero ––lanzó una carcajada, mientras se limpiaba la mano. Esa pareja le quemaba los circuitos. Siempre había deseado meterle mano a ambos. Se sentó en el retrete, mientras encendía un cigarro y recordaba lo cabreado que se ponía Yoshiro cada vez que le decía que el menor estaba bueno y que a la menor oportunidad lo seduciría. Más de una vez, el rubio le había caído a golpes por decirle eso––. Así que, siempre lo quisiste para ti ––murmuró, acariciándose el labio al recordar la escena que había presenciado en la otra habitación––. Joder, ¿otra vez? ––se rió, resignándose a no dormir al ver salir el sol a través de la ventana, mientras volvía a masturbarse.

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