Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Castigados

en julio 30, 2010

 

Escuela de párvulo:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Primer grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Segundo grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Tercer grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Cuarto grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Quinto grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Sexto grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Vayan a sus respectivas esquinas.

Séptimo grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Mañana, vengan acompañados de sus padres.

Octavo grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Mañana, vengan acompañados de sus padres.

Noveno grado:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Mañana, vengan acompañados de sus padres.

Primero de escuela superior:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Acompáñenme a la oficina de la directora.

Segundo de escuela superior:

––¡Mike! ¡Tom! ¡Están castigados! Acompáñenme a la oficina de la directora.

ºººººººººººººººººººººº

Cuando la directora vio quiénes entraban a su escritorio, suspiró profundo.

––Creía haberles dicho ayer que no quería verlos por aquí en buen tiempo.

Los chicos se sentaron, mirando el suelo sin osar pronunciar palabra. El hecho de que cada vez que se veían se molieran a golpes desde la escuela de párvulos, no significaba que fueran unos tontos. Replicarle a la directora era la manera más rápida de ganarse una suspensión de varios días, como habían comprobado el primer día, de su primer año en esa escuela. Y, el día anterior, sus padres los habían amenazado con cambiarlos a una escuela militar, si volvían a suspenderlos.

––¿Quién miró mal a quién primero? ––preguntó, aunque sabía que no responderían. Después de la primera vez que habían entrado a su oficina, y habían comenzado a culparse uno al otro por el simple hecho de respirar el mismo aire, habían quedado escarmentados con la suspensión de una semana que tuvieron que explicar ellos mismos a sus propios padres, frente a ella. Lo más sorprendente era que no importaba cuánto tiempo perdieran sus calificaciones siempre eran excelentes. Dos pequeños genios, comportándose como bestias, solía decirse.

¿Qué haré con este par?, se preguntó suspirando profundo por cuarta o quinta vez desde que ellos se habían sentado frente a su escritorio. Cuando fueron matriculados y tuvo en sus manos sus expedientes, los más gruesos que hubiera visto en sus años de magisterio, consideró que el tiempo había pasado demasiado rápido. ¿Quién en aquel pequeño pueblo no conocía al terrible par? Aunque sabía que tarde o temprano los tendría en su escuela, ya que era la única escuela superior del área, tenía la vaga esperanza de que su animosidad hubiera desaparecido con los años. Qué equivocada había estado. Por alguna razón desconocida, los chicos continuaban odiándose a muerte. Sus anteriores directores y maestros escribieron sendas recomendaciones sobre mantenerlos siempre en clases separadas. Ella se había esmerado en diseñar cuidadosamente sus respectivos horarios para que no se vieran jamás o eso había pensado. Sin embargo, el primer día de clases, se habían topado en la entrada y olvidando dónde estaban, se había agarrado a los puños.

Luego de más de un año de tenerlos casi a diario en su oficina, estaba determinada a acabar con esa situación de una buena vez. Si cuestionó si todos esos años habían utilizado el acercamiento equivocado y separarlos sólo había aumentado la mala voluntad entre ambos. Pensaba que si se veían a diario, acabarían hartándose de pelearse y aburriéndose. Luego de unos minutos en silencio, que les parecieron eternos a los jóvenes, ella pareció tomar una decisión. Llamó a su secretaria, quien asombrosamente siempre la escuchaba; aunque tuviera la puerta cerrada.

––Haz el favor de decirle al profesor de electivas, al director de seguridad y a la enfermera que los necesito en mi oficina.

Cada chico, la miró asombrado. ¿Qué pretendía la directora?, ¿por qué llamaba al profesor más estricto de la escuela, al seco director de seguridad y a la para nada amable enfermera? A pesar de estar preocupados, volvieron a bajar la mirada tercamente; porque aunque los estuviera matando la curiosidad de saber cómo había reaccionado el otro al escucharla, antes muerto que ser cogido mirando hacia su lado.

Unos minutos después, llamaron a la puerta.

––Pasen, por favor y siéntense –la directora señaló el mueble que había a un lado de la oficina a las personas que se asomaron luego de que la secretaria recibiera una señal de asentimiento de su jefa––. Tengo algo que proponer y si aceptan, comenzaremos mañana.

Si los adultos sentían la misma curiosidad que los chicos, no lo demostraron. Sólo asintieron, esperando a que la directora expusiera la razón de que ellos estuvieran allí con el dúo más problemático de la escuela en los años que llevaba fundada, unos 30 para ser más exactos.

––Tom, Mike, hagan el favor de mirarme; porque lo que voy a decir ahora, no lo repetiré.

Los chicos levantaron la mirada desafiantes.

––De mañana en adelante, cogerán todas sus clases en el aula 38 con el profesor Brown, bajo la mirada atenta del guardia Smith y la asistencia de la enfermera Jones.

––¡¿Qué?! –ambos chicos gritaron a la misma vez. Aún así, insistiendo en no mirar al otro.

––¿Aceptan? ––preguntó a los adultos, ignorando a los jóvenes.

Los adultos asintieron, confiando en la decisión de la directora.

––Muchas gracias. Nos reuniremos a la hora de salida ––dijo a modo de despedida a sus empleados, quienes salieron en el mismo silencio que entraron––. Ustedes pueden regresar a sus clases, antes de que me arrepienta de ser tan magnánima.

Tan pronto salieron de la oficina, los chicos se miraron con mala leche.

––Hijo de puta, por tu culpa ahora estaremos peor que los presidiarios ––el rubio se interpuso en su camino.

––Tú eres el pendejo que siempre está tocándome las narices ––rebatió el moreno.

Sería difícil, por no decir imposible, decir con certeza quién había tirado el primer golpe. Pero cuando la directora escuchó el barrullo, agarró el teléfono y luego de realizar dos llamadas, salió de su oficina.

––¡Jóvenes! ––fue todo lo que tuvo que decir para que los chicos se separaran inmediatamente––. Acabo de llamar a sus padres ––vio con satisfacción el temor en sus miradas. Eso era algo que le aliviaba. Mientras los chicos sintieran temor de sus padres, no se saldrían más de control––. Sentémonos aquí a esperarlos ––señaló, sentándose entre ellos en las sillas que había en el área de recepción.

––¡Mike! ––el padre del rubio se acercó y colocó una mano sobre su cabeza, haciendo fuerza para que el chico la dejara caer hacia atrás y lo mirara a la cara––. ¿Recuerdas lo que hablamos ayer?

––Pero, papá, no… ––se detuvo, cuando vio la expresión molesta en el rostro de su padre.

––¡Tom!, ¿estás bien? ––el papá del moreno abrazó a su hijo, aunque luego lo miró severo––. Hijo, ¿por qué?

––Papá, yo… ––el chico no supo cómo continuar. Sabía que su padre estaba decepcionado y esa certeza le dolía.

––Vic, ¿tienes que reponer esta hora? ––preguntó el padre del rubio al padre del moreno.

––No, por fortuna, ya acabé hoy, Charles ––contestó el otro hombre, sonriendo dulcemente al más bajo de los dos.

Y esa era la otra razón por la que la directora había decidido acabar con la rencilla entre los jóvenes. Sus padres, gracias a verse a diario a causa de sus problemáticos hijos, habían acabado enamorándose. Hacía cinco años que eran pareja y no podían vivir juntos, por culpa de la mala relación entre los chicos. A ella, eso le parecía injusto. Ambos habían sufrido terriblemente al perder a sus respectivas esposas, quedando viudos con sus pequeños hijos, a cuya crianza se habían dedicado en cuerpo y alma. Hasta que se enamoraron uno del otro, jamás se les había conocido más pareja que sus difuntas esposas. Por eso, la directora consideraba que era más que hora de que esos hombres pudieran ser completamente felices.

––Señores, por favor, ¿podrían acompañarme a la oficina? Necesito hablar con ustedes.

Los hombres miraron a sus hijos con un más que evidente “si te mueves, estarás castigado de por vida”, que hizo que sus hijos se encogieran en sus asientos.

Una vez solos, los chicos procedieron a ignorarse. El rubio agarró una revista, colocándose el iPod y el moreno se dedicó a enviar mensajes de texto con su móvil. Cuando sus padres salieron, levantaron temerosos las miradas.

––Mike, andando ––Charles se despidió con un guiño de su amante, quien desvió la mirada ruborizado. Vic, ¿tienes idea de cuánto te amo?, se preguntó el rubio, seguro de que el otro sí lo sabía; puesto que se lo decía cada vez que tenía oportunidad. Suspiró al colocar una mano sobre la cabeza de su hijo, uno de los dos motivos por los que ellos no vivían juntos; a pesar de desearlo tanto, que a ratos dolía. Su niño… no, Mike ya no era un niño… iba mirando el suelo y si él no estuviera tan molesto ni planteándose si daría resultado lo expuesto por la directora, se habría reído. Amaba a su hijo, pero sinceramente le desquiciaba que llevara años peleándose con el otro chico sin explicar su extraño comportamiento.

––Tom, vámonos ––Vic le echó un brazo por los hombros a su hijo. Estaba cansado, decepcionado y dolido. Cuando el día anterior Tom le había prometido no volver a pelear con Mike, él le había creído. Era un iluso, tal como Charles le decía cada vez que comentaba que esa era una etapa de la juventud. Es que deseaba desesperadamente que, esa extraña rencilla entre los chicos, acabara de una buena vez. Amaba a Charles y quería, necesitaba, dormir a su lado todas las noches. Pero mientras sus hijos siguieran odiándose, eso no sería más que un lindo sueño.

––Papá ––el rubio había esperado a que llegaran al coche antes de hablar. No quería que el maldito moreno se mofara, si a su padre se le ocurría regañarlo frente a él como tantas otras veces––, ¿qué quería la directora? ––miró a su padre, quien fumaba y conducía con semblante distraído.

––Papá, lo siento ––el moreno no se atrevía a mirar a su padre. Era la primera vez que su padre le hacía prometer algo y él le había fallado.

––Informarnos del nuevo arreglo para ustedes dos ––Charles volteó el rostro para observar su reacción.

––Tom, no quiero hablar del tema ––Vic suspiró, mirando cómo el chico bajaba aún más la cabeza. Si no se sintiera tan triste, lo habría abrazado––. Sabes que de mañana en adelante, Mike y tú estarán solos en un arreglo especial. Espero que te comportes mejor de lo que lo hiciste hoy.

––Ay, no, papá. No me digas que sigue con esa ridícula… ––Mike comenzaba a quejarse, cuando vio el ceño fruncido de su padre. Optó por desviar la mirada y callar.

––Sí, papá, lo… ––Tom se calló. Había estado a punto de decir “lo prometo”, pero esas palabras ya no significaban nada para su padre, por culpa del malnacido rubio.

––No quiero quejas al respecto. Deberías agradecerle, puesto que ya tengo en casa los papeles para matricularte en una escuela militar estilo internado ––su cabreo se esfumó al ver el espanto en los ojos de su hijo. Había estado a punto de echarle un brazo por los hombros y decirle que se tranquilizara. Pero tenía que ser firme, si quería conseguir resultados.

Vic fingió que no se había dado cuenta de que su hijo había dejado la oración a medias. Sabía lo que había estado a punto de decir, como también sabía que estaba sufriendo, igual que él. De hecho, deseaba detener el auto y decirle que todo estaría bien, como cuando era un chiquillo. Pero tenía que ser fuerte… por él, por su hijo, por Charles y por Mike.

Mike no volvió a quejarse. Y aunque no hablaba, mentalmente no cesaba de maldecir al moreno causante de sus desdichas.

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––Desgraciado ––gruñó Mike. Ya había sonado el timbre y se encontraba solo con el profesor Brown, el guardia Smith y la enfermera Jones. El maldito moreno no había ido a la escuela para que él tuviera que chuparse al trío de amargados.

––Maldición ––Tom corría por el pasillo hacia el aula. Su padre se había marchado temprano para el trabajo y su reloj despertador no había sonado. Estaba seguro de que el rubio idiota estaría pensando que era una gallina.

––Tom Morris, llega quince minutos tarde ––informó el profesor mirando el reloj al verlo entrar apresurado––. Deberá reponer ese tiempo durante la hora de almuerzo.

El moreno iba a abrir la boca para replicar, cuando vio la sonrisa burlona del rubio y antes de que el guardia pudiera reaccionar, ya estaban golpeándose. El profesor tuvo que ayudar al guardia a separar a los jóvenes. La enfermera los revisó de manera algo brusca, antes de dar su visto bueno para que comenzara la clase. El profesor comenzó la clase, luego de anunciarles que ambos se quedaban sin salir a almorzar.

La semana estaba por concluir, con una pequeña pelea a diario; lo cual era un logro, cuando el viernes ocurrió un hecho lamentable. Como estaban castigados, dos asistentes de la directora estaban a cargo de llevarles el almuerzo al aula. Ese día, las mujeres se equivocaron y confundieron las bandejas.

Mark observó el emparedado de atún con el ceño fruncido. Era alérgico al atún. ¡Mierda! Eso significaba que Tom tenía su emparedado de diferentes jamones y mantequilla de maní.

Por su parte, Tom observó espantado el emparedado que contenía mantequilla de maní. ¡Qué asco! Además, era alérgico al maní. Pero si el rubio no decía nada, él tampoco.

Los obstinados jóvenes procedieron a comerse el emparedado equivocado y no había pasado ni veinte minutos, cuando ambos comenzaron a revolcarse en sus asientos. Pero eran tan orgullosos, que ninguno quería admitir que se sentía mal delante del otro.

––¿Se sienten mal? ––para alivio de ellos, la enfermera había notado que transpiraban copiosamente.

Como ninguno afirmaba o negaba, el profesor con un fuerte suspiro detuvo la clase.

––Hagan el favor de ir al baño ––el hombre miraba fastidiado a los chicos. Era un ferviente creyente de que un par de buenas cachetadas ayudaban al carácter. Una lástima que la escuela tuviera esa política de no-violencia.

Los chicos salieron corriendo. Mike apretándose el estómago y Tom tapándose la boca. Cada uno se encerró en un cubículo y luego de una eternidad… eso les pareció a ellos…, salieron ojerosos y adoloridos. Cuando se dieron cuenta de que el otro se hallaba allí, se miraron cabreados. El cabreo era para disimular la vergüenza de que el otro lo hubiera “visto” en esa condición.

––¡Tom!

––¡Papá!, ¿qué haces aquí? ––tanto pararse derecho y mirar mal al rubio en el baño para al salir tropezarse con su padre.

––La nena de papi ––murmuró el rubio burlonamente.

––Mike, ¿qué sucedió?

––La bebita de papi ––añadió el moreno complacido al ver la ira en sus ojos.

––Señores, ¿podemos hablar? ––la enfermera llamó a los padres aparte. Cuando sus padres se voltearon, los chicos supieron que iban a tener una tarde difícil.

––Tom, vámonos.

––Mike, hablaremos en casa.

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Luego de dormir varias horas, Mike se dirigía a la cocina, cuando escuchó que llamaban a la puerta––. ¡Yo abro! ––gritó, caminando hacia la entrada. Había visto a su padre en la planta alta, arreglando su habitación, hecho que le había resultado extraño. Pero debido a que estaba castigado, por haberse comido al mediodía el emparedado maldito, no se atrevió a preguntar qué hacía.

––Hola, Mike, ¿te sientes mejor?

Asombrado, Mike vio que el amante de su padre, el padre de su enemigo, cargaba una pequeña maleta y una tímida sonrisa.

––Sí, gracias, pase ––dijo, moviéndose para que el hombre entrara––. Papá está arriba, arreglando su habitación ––agarró la pequeña maleta y la guardó en el clóset de los abrigos; pensando luego que quizás su padre no quería que supiera ese dato––. ¡Papá, te buscan! ––gritó, mirando con una sonrisa apenada al hombre. No sabía cómo actuar frente a él, ya que jamás habían estado solos.

––Espero que no te moleste que me quedé aquí esta noche ––comentó Vic, compartiendo la incomodidad del chico. Charles y él habían discutido bastante el asunto y algo renuente, él había aceptado. Ahora ya no podía dar marcha atrás. Sólo esperaba que el chico, no los hiciera pasar un mal rato––. Quiero estar cerca de casa, por si Tom vuelve a enfermar.

––No. ¿Cómo… cómo sigue? ––preguntó el chico, asombrándose a sí mismo y al hombre.

––Mejor, gracias por preguntar ––Vic miraba a Charles, quien había escuchado todo desde el comienzo de la escalera. Ambos estaban agradablemente sorprendidos.

––Papá no tardara en bajar. Iba a prepararme algo de comer, ¿gusta? ––preguntó, actuando como buen anfitrión; mientras se preguntaba, por qué carajo su padre tardaba tanto en bajar. ¿Acaso estaba pintando la habitación? Ahora comprendía por qué su padre había estado moviendo de lugar la cama y cambiándole las sábanas.

––Gracias ––aceptó, más porque el chico le había ofrecido que porque tuviera hambre.

Charles se les unió en la cocina, donde el chico preparaba unas tostadas francesas, a pesar de que ya era hora de cena y no desayuno; pero ni su padre ni el amante, comentaron al respecto.

––Lo siento. Es lo mejor que se me da ––explicó Mike, pasándole un par de tostadas a Vic––. Papá, ¿quieres? ––ofreció, cuando se percató de que su padre estaba allí.

––Sí, gracias ––se sentó al lado de su amante y le besó suavemente los labios––. Bienvenido ––murmuró.

Mike observaba disimuladamente a la pareja. Conversaban animados, sonreían, se agarraban las manos, se acariciaban el rostro y se besaban, cuando creían que él no estaba mirando. Cuando al rato, se excusó alegando que tenía sueño; se tiró en su cama, pensando que hacía años que no veía a su padre tan relajado y feliz.

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La siguiente semana transcurrió extrañamente tranquila. Los chicos no se habían enredado a golpes ni una sola vez; aunque, tampoco se hablaban ni miraban. Por lo menos, la actitud agresiva entre ambos parecía haber desaparecido. Lucían pensativos. Habían pasado la semana evitándose. Aún así, seguían almorzando en el aula; porque había paz en el resto de la escuela con ellos encerrados allí, tan simple como eso.

Cuando ese día las asistentes volvieron a confundir el almuerzo, Mark alargó su bandeja hacia Tom.

––Me parece que este es el tuyo ––aunque era obvio que le hablaba al otro chico, el rubio miraba hacia las ventanas.

La mirada atónita de Tom pasó de la bandeja al chico y del chico a la bandeja. Al notar que Mike parecía comenzar a molestarse, la sujetó y le alargó la suya.

––Gracias ––murmuró, sorprendido de que le hubiera hablado.

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A la siguiente semana, cuando el contenido de la mochila de Tom cayó al suelo, Mike lo ayudó a recoger. Sin mirarlo, por supuesto.

––Gracias ––murmuró el moreno, preguntándose qué pasaba.

Tom llevaba varios días observando de reojo al rubio. No entendía por qué, de repente, lo trataba ¿civilizadamente? No sabía ni cómo definir la actual “relación” entre ellos. De lo que sí se había percatado, había sido de su problema de visión. Mike se pasaba frunciendo el ceño a la hora de anotar lo que escribía el profesor en la pizarra.

––¿Sabes? En la óptica de la esquina, hay una oferta de dos personas por el precio de una ––antes de poder evitarlo, el moreno había abierto la boca mientras almorzaban. Al ver la mirada desconfiada del rubio, se pateó mentalmente por no haberse quedado callado.

––¿Qué incluye?, ¿sólo la evaluación? ––aunque el primer pensamiento del rubio fue que el moreno se estaba burlando de él, reconsideró cuando el chico desvió la mirada. Tom no desviaba la mirada cuando estaba provocándolo, sino todo lo contrario.

––Y los espejuelos ––añadió el moreno sin poder creerse que estuvieran sosteniendo una conversación––. Pensaba ir mañana, porque los lentes de contacto me están molestando. Creo que tengo que comenzar a usar espejuelos ––concluyó, bajando la voz al percatarse de toda la información que había dado.

––¿A qué hora vas? ––Mike no podía creerse que estuviera pensando seriamente en ir con él, pero así era.

––Luego del desayuno. Mi padre insiste en que lo acompañe a desayunar ––Tom se imaginaba que sólo preguntaba por preguntar. Dudaba mucho que fuera a ir con él.

––Mi padre también me obliga. Es un pesado ––gruñó, porque ese ritual formaba parte de sus vidas desde que su padre había comenzado a quedarse fuera de sábado a domingo con el padre del moreno––. Vale, nos vemos frente a la óptica luego del desayuno ––dijo, levantándose para entregar la bandeja a las asistentes.

Tom sólo asintió, seguro de que lo dejaría esperando.

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Ese sábado, en sus respectivos hogares, dos hombres observaban asombrados cómo sus hijos se tragaban el desayuno para salir volando a hacerse una evaluación de la vista. Nunca habían ido con tanto entusiasmo a una evaluación y menos si estaba relacionada a la salud.

––Pensé que no vendrías ––comentó Tom asombrado.

––¿Por qué no iba a hacerlo? ––Mike sonrió burlón, porque sabía que el chico confiaba en él de la misma manera que él confiaba en el otro.

––Vamos ––el moreno prefirió ignorarlo.

Una vez adentro, la recepcionista les explicó que la oferta era para parejas.

––¡¿Dónde lo dice?! ––el moreno estaba cabreado. De seguro, el rubio imbécil estaría pensando que lo había hecho adrede.

La joven les enseñó unas letras diminutas en la parte inferior de la propaganda.

––No importa. Vamos ––la voz del rubio tenía un tono meloso que hizo que el moreno se pusiera en alerta––, la señorita no se va a escandalizar si le decimos la verdad ––se aguantaba como podía la risa al ver cómo la mirada del moreno comenzaba a mostrar indicios de comprender lo que estaba a punto de decir; pero sin creérselo aún––; o sea, que somos novios ––le echó un brazo por los hombros antes de que lo golpeara. Mike no pensaba irse de allí sin sus espejuelos. Maldición, bastante le había costado convencer a su padre de que iba a utilizar el dinero en unos. Si llegaba sin ellos a la casa, podía dar por perdida cualquier oportunidad futura de conseguir dinero de manos de su padre.

Antes de que Tom pudiera reaccionar y partirle la cara, una apenada recepcionista comenzó a realizarles las preguntas pertinentes sobre condiciones de salud para sus expedientes.

––¿Qué haces? ––refunfuñó el moreno soltándose del agarre del rubio, cuando la joven se volteó a contestar el teléfono.

––Necesito esos espejuelos y no tengo dinero para pagar la evaluación más los lentes. ¿Acaso tienes tanto dinero?

––No ––admitió, refunfuñando aún.

Debido a que eran “novios”, los entraron juntos al área de evaluación. Mike no pudo evitar admirar los ojos color aceituna de Tom ni Tom pudo evitar admirar los ojos color caramelo de Mike.

––Toma, pruébate estos ––desesperado, Tom le arrebató a Mike la cuarta ordinaria montura que se estaba probando y le colocó una montura transparente que no opacaba sus hermosos ojos color caramelo. ¡Un momento! ¿Qué diablos hacía él pensando que el rubio tenía ojos hermosos color caramelo?

––Gracias. Me gustan. Tienes buen gusto ––admitió antes de poder callarse. Desvió la mirada, cuando se dio cuenta de que miraba fijamente la hermosa sonrisa del moreno. ¿Hermosa?, ¿qué carajo pasaba con él?, ¿de dónde había surgido ese pensamiento?

Salieron en silencio, estrenando sus espejuelos.

––¡Vaya, tenías razón! ––Mike se rió, cuando los lentes comenzaron a oscurecerse al reaccionar a la luz del exterior.

––Te lo dije ––Tom reía también, contagiado por la risa del otro––. Cuestan un poco más, pero nos ahorramos comprar gafas de sol y tener que estar quitándonos y poniéndonos los espejuelos.

––Tengo hambre ––Mike miró la hora, era casi mediodía. No sabía que hacerse espejuelos tomaba tantas horas––. Me sobró dinero como para compartir una pizza, ¿vamos?

––Seguro ––Tom lo siguió sonriendo por nada en particular.

En la pizzería, charlaron animadamente de las feas monturas, el pasme de la secretaria, el costo de los lentes, su preferencia por el helado de pistacho, la pizza de jamón y tocineta, la Pepsi sobre la Coca-Cola y varias tonterías más. Sin tocar el por qué se odiaban tanto y peleaban a diario desde la escuela de párvulos.

––Pero, mira nada más, si todo es una actuación ––al salir, se toparon con cuatro estudiantes nuevos que querían ganarse la fama de bravucones, que ellos tenían––. En realidad, son novias ––se mofó el líder, ganándose el apoyo de sus seguidores con sus risas y comentarios soeces.

Pronto, los puños volaban a diestra y siniestra. El dueño de la pizzería llamó a la policía. Cuando los policías llegaron, se llevaron arrestados a los seis chicos por alteración a la paz.

Charles y Vic llegaron juntos a la estación. No podían creerlo. Acababan de llegar a la habitación de hotel que llevaban cinco años alquilando para compartir de sábado a domingo, cuando recibieron las llamadas de sus hijos pidiéndoles que fueran a sacarlos de la cárcel. ¡La cárcel!

––¿Estás bien? ––Mike se sentó al lado de Tom, limpiándole con la mano la sangre que bajaba por su mejilla. Estaban en una celda común, junto con los cuatro chicos que los atacaron; pero estos ya habían recibido su escarmiento. Habían tenido que aprender a la mala, que no debían meterse con ellos.

––Uno de esos idiotas me partió la ceja ––refunfuñó cabreado, tocándose la ceja izquierda––. Y tú, ¿estás bien?

––Aparte de un labio partido, estoy como nuevo ––se tocó el labio y sacó la lengua, haciendo que el moreno sonriera. Se veían fatal y lo sabían.

––Lo cierto es que estamos mejor que esos cuatro ––Tom miró a los chicos y se rió bajito, cuando desviaron la mirada al ver que ellos los estaban mirando.

––¡Mike!

––¡Tom!

––¡Papá! ––gritaron los dos, acercándose a las rejas.

––Salgan ––un policía les abrió el portón, indicándole que lo siguieran––. Firmen aquí ––les acercó un formulario a los hombres––. Estas son sus posesiones ––dijo, dándole a los chicos sus relojes, las billeteras, los espejuelos (ilesos, afortunadamente) y los cinturones.

––Papá… ––Mike intentó explicarle a su padre que esta vez no habían tenido la culpa.

––Ahora no, Mike ––ordenó Charles, serio.

Tom miró al rubio, sintiéndose mal por él––. Papá, no fue nuestra culpa. Ellos nos atacaron al salir de la pizzería ––habló atropelladamente, antes de que lo mandaran a callar también.

––Lo sabemos ––Vic miró a Charles, antes de abrazar a su hijo y acariciar el cabello de Mike.

––¿Entonces? ––refunfuñó Mike cabreado. Si lo sabían, ¿por qué su padre lo había cortado de esa manera?

––Hijo, no quería alterarme frente a los policías, ¿entiendes? ––Charles le echó el brazo por los hombros a su hijo. Cuando el dueño de la pizzería declaró a la policía que los chicos no habían comenzado la pelea, ambos se sintieron increíblemente orgullosos––. Estoy orgulloso de ti, pero molesto con esos chicos.

––Vale ––sonrió, algo cohibido.

––Papá, ¿podemos invitarlos a cenar en casa? ––Tom no quería acabar ese día con una “visita” a la policía.

––Claro ––aceptó, mirando a Charles y a Mike––. ¿Aceptan?

––Gracias, aceptamos ––dijo Charles, luego de preguntarle a su hijo con la mirada, quien asintió.

––La cena estará lista dentro de una hora ––señaló Vic a los chicos, una vez estuvieron en la casa. Estos se habían sentado a ver distraídamente la televisión, sin saber cómo actuar––. Tom, ¿por qué no le muestras tu habitación a Mike?

––Ven ––el moreno sujetó la mano del rubio, soltándola de inmediato al darse cuenta de lo que hacía. Pero es que la sugerencia de su padre, lo había preocupado. ¿Qué tal si pensaba que era un infantil? ––. Esa es la habitación de mi padre, esta es la que usa como oficina y esta es la mía ––explicó, dejando pasar al rubio.

––¿También te gusta Black Eyed Peas? ––Mike miraba sus posters y su colección de CD––. ¡Soul Eater! ––¿cuántos tomos tienes? ––preguntó, agarrando un manga y tirándose en la cama del moreno, quien respiró aliviado y se tiró a su lado.

––¿Te gustan? ––Tom agarró el volumen más reciente y se lo pasó.

––Sí, pero no tengo tantos.

Un rato después, Charles pasó por la habitación del moreno y escuchó a los chicos hablar y reír.

––Están hablando. Creo que después de todo tenías razón y era una etapa ––señaló, abrazando a Vic.

Vic sonrió y besándolo, lo arrastró hacia el salón de juegos en la planta inferior.

Una hora después, Charles y Vic subieron a avisarles a los chicos que la cena estaba lista. Cuando abrieron la puerta, puesto que la música estaba tan alta que no los escucharon llamar; encontraron a sus hijos, besándose.

––¡Papá! ––Tom se separó avergonzado.

Mike se levantó nervioso.

––Chicos, la cena ya está lista ––anunció Vic, arrastrando a Charles hacia el piso inferior.

Luego de cenar, en un silencio incómodo; los padres se sentaron frente a sus hijos en la sala.

––¿Van a explicarnos por qué demonios han estado peleándose todos estos años, cuando es obvio que se gustan? ––preguntó Charles molesto.

––Chicos, sólo queremos entender ––añadió Vic, acariciando el muslo de su amante para relajarlo.

Los chicos se miraron y bajaron la vista hacia el suelo. Tom movía nervioso los pies y Mike apretaba las manos.

––Mike ––Charles miró a su hijo, alentándolo a que hablara. Pero su terco hijo, mantuvo la mirada en el suelo.

––¿Recuerdan que estamos juntos desde la escuela de párvulos? ––comenzó Tom con voz apenas audible.

––Por supuesto ––añadió su padre, recordando todas las veces que, al llegar a buscarlos, los encontraban parados en una esquina del aula.

––El primer día de clases estábamos coloreando con pinturas y un niño me ensució la camisa ––continuó el moreno, mirando al rubio.

––Y yo me viré encima una botella de pintura ––añadió Mike, uniéndose a la narración.

––La maestra y una de sus ayudantes nos llevaron al baño para limpiarnos ––el chico hizo una pausa, respiró y continuó––: Salieron unos minutos a buscarnos ropa limpia, dejándonos solos y entonces… nos vimos ––murmuró Tom bajando la voz y la cabeza.

––Nos acercamos ––Mike continuó, sujetando la mano del otro––. Nos tocamos el rostro, sonreímos ––miró a Tom, quien alzó el rostro y compartió su sonrisa––… y nos besamos.

––Como ustedes nos besaban, ¿recuerdan? ––Tom apretaba la mano del rubio––. Besos de piquito, como los llamabas, papá.

––Sí, lo recuerdo ––Vic miró a Charles, quien lo miró asombrado. ¿Tuvieron problemas sus hijos por unos inocentes besos?

––Nos dimos muchos besos, riendo y acariciándonos el rostro. De repente, un niño salió de uno de los cubículos y se nos quedó mirando ––Mike apretó la mandíbula al recordar––. No nos importó que nos viera, puesto que no considerábamos que fuera malo lo que hacíamos.

––Entonces, salió corriendo del baño y al regresar, decía una y otra vez “¿ves?, mamá, se están besando como papá y ese hombre” ––Tom cerró los ojos––. Entonces, la maestra nos agarró por un brazo y nos separó de manera brusca ––abrió los ojos y miró a Mike.

––Nos dijo que íbamos a ir al infierno, porque eso que estábamos haciendo era malo, malo, muy malo ––Mike estiró la mano, acariciando el cabello del chico––. Y que si seguíamos así, nadie iba a querernos, ni siquiera nuestros padres.

––¿Qué? ––Charles miró a Vic alterado. Sus hijos habían sido víctimas de una arpía.

––Estábamos llorando, asustados, cuando nos preguntó si queríamos evitar eso ––Tom se abrazó al rubio. No podía aguantar más los malos recuerdos.

––Asentimos y entonces nos dijo que evitáramos ser amigos para que así nadie nos llegara a odiar ––Mike enterró el rostro en el cuello del moreno––. Ya no recuerdo cuál tiró el primer puño, pero gritamos que nos odiábamos y ella nos felicitó.

––¡Cielos santos! ––maldita mujer, Vic no podía creer lo violento que se sentía.

––Aunque frente a las demás maestras nos castigaba, luego a solas nos felicitaba ––Tom acariciaba la espalda del rubio––. Fue horrible.

––No quería golpearte, quería besarte ––señaló Mike, pasando a besarlo suavemente, ahora que eso quedaba en el pasado.

––Yo también. Dios, lo deseaba tanto que me enfurecía el sólo pensarlo ––confesó Tom, ruborizándose al recordar que sus padres estaban frente a ellos.

––Hijos, antes de retirarnos a la habitación, queremos que sepan que aunque nos enfurece que no nos lo hayan dicho, comprendemos que eran muy pequeños para entender que lo que ella les decía no era cierto ––Charles se levantó, extendiendo la mano para ayudar a Vic a levantarse.

––Y que los amamos, decidan lo que decidan ––Vic se levantó y sonrió al rubio que lo sujetó por la cintura––. Esperamos que comprendan que esas eran las palabras de una mujer despechada y enferma ––porque tenía que estarlo para tratar así a unos inocentes niños.

––Gracias, papá ––Tom se levantó y abrazó a su padre.

––Ven ––dijo Charles al ver que Mike no encontraba cómo acercarse.

Se abrazaron los cuatros y tras desearse buenas noches, los adultos se retiraron al dormitorio principal, dejándolos solos en la casa.

––Fuimos tan tontos ––murmuró Tom, dejándose caer en el sofá.

––Éramos unos niños ––Mike se subió sobre él y lo besó profundamente.

Atrás quedaban tantos años de dolor, para dar paso a un presente lleno de ilusión y… amor.

ººººººººººº

Mónica, guapa, tu segundo regalo.

Espero que te guste, pues lo escribí con mucho amor.

Besos, miles de besos!

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