Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

La toalla

en julio 25, 2010

––Haru, ven acá.

El pequeño apenas escuchó a su madre. Estaba más interesado en el resbaladizo gusano que en lo que quisiera su madre de él.

––¡Nakamura, que vengas acá, ahora!

Ese era un llamado, que no se podía ignorar. Cuando su madre utilizaba su apellido, había que obedecer al instante.

––Por dios, niño, estás asqueroso ––su madre hizo un gesto de repugnancia––. ¡Cuidado! Vas a tumbar a la vecina ––advirtió, deteniendo su loca carrera al sujetarlo por los hombros.

Haru se retorcía entre los brazos de su madre. Esta había mojado una esquina de su vestido con saliva para limpiarle el rostro.

––¡No, mamá! ––no entendía por qué si no dejaba que el perro le lamiera el rostro, ella lo hacía ahora. Además, ¿para qué lo había llamado? Había estado a punto de atrapar ese colorido gusano que llevaba días observando desde su ventana y que finalmente estaba al alcance de su mano.

––Lo lamento ––su madre comenzó a excusarse con la otra mujer––. Salió corriendo detrás del perro hacia el jardín y ya ve cómo ha regresado.

El niño pasó a observar a la otra mujer. Esta le sonrió con dulzura y él no pudo menos que responder al gesto. Era demasiado chico para entender de belleza, pero no tanto como para no entender de sonrisas y ella tenía una contagiosa.

––Los niños son así ––la mujer lo miraba y sonreía––. Lo extraño sería que estuvieran siempre limpios. A ratos, quisiera que mi bebé ya fuera grande y a ratos que no crezca tan rápido ––bajó la mirada a las telas que tenía entre sus brazos.

––La comprendo. Pero, créame, mejor que tarde en crecer ––su madre giró los ojos, dando a entender qué criar era un trabajo pesado.

Haru no entendía por qué las mujeres observaban esas telas y sonreían de esa manera.

––Mamá, quiero ver ––pidió dando brinquitos sin alcanzar a ver más que las telas.

––Está bien, pero no me ensucies el vestido ––su madre lo cogió en sus brazos, ensuciándose inevitablemente.

––¿Qué es? ––preguntó observando lo que parecía ser un muñeco.

––Es un bebé ––explicó con dulzura la otra mujer, acercándoselo para que lo pudiera ver mejor.

––¿Un bebé? ––estiró la mano antes de dar tiempo a su madre a reaccionar y le tocó la nariz.

––¡No hagas eso! ––lo regañó su madre, alejándolo apurada al ver que había dejado una mancha de lodo en la pequeñísima nariz.

Haru comenzó a llorar. No sabía qué había hecho, pero su madre lo había asustado con ese grito y al alejarlo de esa manera.

––No pasa nada ––la mujer de hermosa sonrisa, le acarició el cabello––. No llores. Mira, él está bien ––dijo, acercando el bebé––. Ahora su naricita se ve mejor, la tiene tan pequeña.

––¿Podemos jugar? ––se atrevió a preguntar, ya que la señora se había vuelto a acercar. Seguía sin entender qué era un bebé, pero fuera lo que fuera, era muy suave.

––¡Claro que no! ––su madre lo alejó un poco. La verdad es que le daba miedo que su impulsivo hijo fuera a intentar agarrar a la pequeña criatura para llevársela al patio a “jugar” con lodo.

Haru había estado a punto de romper a llorar de nuevo, pero la mujer de hermosa sonrisa volvió a acariciar su cabello.

––Tienes que esperar a que crezca un poco más. ¿Cómo te llamas?

––Haru Namamura ––dijo orgulloso el niño.

––Nakamura, ¿cuántas veces te lo tenemos que decir? ––corrigió su madre aparentemente sin comprender que para sus 3 años era difícil pronunciar su apellido.

El niño bajó el rostro apenado, pero olvidó su tristeza al ver que el bebé abría los ojos.

––Mamá, el bebé ––intentaba que su madre viera que el bebé le estaba sonriendo, pero su madre estaba demasiado ocupada contando cómo a su marido le molestaba que él no pronunciara bien su apellido.

La otra mujer, en cambio, sí se había dado cuenta y sonreía.

Cuando sonó el teléfono y su madre se excusó para ir a atenderlo, él se quedó parado frente a la mujer de hermosa sonrisa y su bebé envuelto en telas.

––Mira, le caes bien al bebé ––se agachó a su lado para que lo viera mejor––. Serán amigos, jugarán mucho y lo cuidarás, ¿verdad? Lo quiero mucho, ¿entiendes?

Haru asintió, mirándola serio. Sería un niño, pero sabía lo que era querer mucho a alguien. Él adoraba a su perro.

––¿Quieres tocarlo? ––veía cómo estiraba la manita y volvía a retirarla.

––Sí ––sus ojitos brillaron, a la vez que tocaba de nuevo su nariz. Asustado, retiró la mano cuando el bebé se movió.

––No te asustes. Escucha, se río ––la mujer estaba encantada. Era la primera carcajada de su bebé y la había provocado ese precioso chiquillo lleno de barro y poco apreciado por sus padres, por lo que había captado.

––¡Haru, deja de molestar a la vecina y entra! ––gritó su madre desde la puerta con el teléfono pegado a la oreja.

––Será mejor que entres ––le acarició el cabello al ver que se entristecía––. ¿Te gustaría que viniera a visitarte con el bebé?

––¡Sí! ––el niño miró una vez más al bebé y sonriendo a la mujer de hermosa sonrisa, entró a su casa.

––Yuta, has ganado un amigo y apenas tienes meses de nacido ––acarició la naricita de su pequeño, riéndose por la mancha de lodo en la misma––. Eres afortunado, amor. Los amigos son un tesoro y ese niño necesita uno con urgencia ––murmuró regresando a su casa, contándole a su marido sobre sus nuevos vecinos.

ººººººººººººººººººººººººº

––¡Yuta! ––Haru gritaba mirando la ventana de la habitación de su amigo.

––Buenos días, Haru ––la madre del otro se asomó a la puerta que daba al patio––. Entra, ¿ya desayunaste?

––Gracias ––entró y se sentó en la barra a observar a la mujer cocinar. Su madre no cocinaba, así que le gustaba ese ritual––. No, aún no desayuno. Siento haber gritado ––se disculpó sonriendo algo coartado––. Pensé que estaba en el trabajo.

––Este sábado no trabajo ––le acarició el cabello, sonriendo––. ¿No te he dicho que puedes entrar a despertar al dormilón?

––No quiero que mis padres se molesten con ustedes ––murmuró avergonzado.

––¿Por qué? ––preguntó asombrada. Las habitaciones daban hacia el patio y el patio no se veía desde la carretera.

––Mamá Kuno ––dijo sin necesidad de explicar más a fondo. La sola mención de su nombre hacía que todos en el área, se estremecieran. Era la mujer más chismosa y malintencionada del pueblo.

––Um… ––colocó el desayuno frente al chico y se puso a rebuscar en su cartera––. Toma ––le alargó una llave.

––¿Y esto? ––Haru miraba asombrado la llave.

––Así podrás entrar por la puerta de la terraza y no te verá ––o eso esperaba, ya que esa puerta no se veía desde la casa de la anciana.

––¿No le molestará a su esposo? ––Haru no podía negar que la confianza que la mujer siempre ponía en sus manos, lo emocionaba. Sobre todo, porque sus padres lo hacían sentir un inepto.

––De hecho, lo habíamos estado discutiendo en estos días. El darte una llave ––aclaró, sonriendo al ver ese brillo que se alojaba en sus ojos cuando se sentía apreciado.

––Gracias ––murmuró, dedicándose a desayunar para disimular su emoción.

––Puedes ir a despertar al dormilón ––señaló la mujer, cuando vio que había terminado de comer y seguía allí esperando su permiso––, si quieres llegar a tiempo al cine.

––Gracias por el desayuno, estaba rico ––comenzaba a subir la escalera, cuando se detuvo––. Gracias por la llave, también.

––De nada, Haru ––sonrió, observando cómo se dirigía a la habitación de su hijo. Aquel par era inseparable. El chico se había tomado en serio la promesa que le hizo quince años atrás de cuidar a Yuta y se lo agradecía, porque su travieso hijo se metía en problemas a diario. Además, tanto ella como su esposo se habían dado cuenta de que su mutuo cariño era uno muy profundo y, a pesar de tantos detalles, jamás osarían inmiscuirse en la felicidad de ese par.

––Yuta, despierta perezoso ––Haru se acercó a la cama y de un tirón lo dejó sin el refugio de las sábanas.

––¡Haru, hace frío! ––se quejó, estirando las manos para que le devolviera las sábanas, sin abrir los ojos.

––Tendrás más frío, si me obligas a tirarte en la ducha ––amenazó, aunque no pretendía hacer eso.

––No lo harás ––refunfuñó el pelirrojo, mirándolo mal mientras se sentaba en la cama.

––¿Quién sabe? Un día de estos, puede que me desesperes tanto que lo haga ––siempre le decía lo mismo y siempre recibía la misma respuesta… una sacada de lengua.

––Cárgame ––pidió el pelirrojo, estirando los brazos como si fuera un chiquillo.

––Ya estás grande para eso ––contestó burlón, mientras buscaba en el armario su ropa––. Toma, acaba de levantarte que vamos a llegar tarde al cine.

––¿Qué te cuesta cargarme? Eres alto y fuerte, ni que te fueras a herniar ––refunfuñó, levantándose finalmente y agarrando la ropa de mala gana, antes de entrar al baño.

Cuando Yuta tiró la puerta, Haru se rió. Había días en los que el pelirrojo lo desconcertaba con esas peticiones. No sabía si bromeaba o si en realidad aún se creía un chiquillo. Suspirando pesadamente, se puso a recoger la cama.

En el baño, Yuta se miraba en el espejo. Haru, eres denso, masculló. ¿Por qué el moreno tenía que ser tan condenadamente serio? Por más estrategias que él utilizara, este no parecía enterarse de que estaba loco por él. Mientras se enjabonaba, recordaba el momento en que había descubierto que estaba enamorado de su mejor amigo. Había sido durante su cumpleaños, cuando lo abrazó para felicitarlo y su olfato se llenó de su olor y se sintió jodidamente bien. Luego, cuando Haru le había besado la punta de la nariz, lo cual era ya una tradición, él había temblado como hoja de papel.

––Yo lo cojo ––gritó, terminando de secarse, cuando escuchó el timbre de su móvil. Esa era la excusa perfecta para salir del baño con una toalla amarrada a la cintura. Otra provocación más, otro intento.

––¿Qué haces? ––Haru lo había agarrado en el aire; ya que en su carrera por salir del baño, no se había acordado de que aún tenía los pies mojados y se resbaló.

––Je, je, acabaste cargándome ––aunque reía, su corazón latía a mil por hora y estaba seguro de que tenía el rostro rojo como semáforo. Al ver la seriedad de su amigo, soltó rápidamente su cuello, al cual se había sostenido por reflejo.

––No seas insensato. Te vas a resfriar ––Haru lo bajó, lo agarró por los hombros y lo empujó hacia el baño. Lo cual hubiera logrado sin problemas, si el pelirrojo no hubiera forcejeado para voltearse. El accidente había sido inevitable, la toalla cayó al suelo, dejándolo completamente desnudo.

Yuta palideció y luego su rostro se puso de un color escarlata intenso. No pretendía quedar desnudo frente a él, no tenía tanta confianza en sí mismo para eso. Se debatía entre echarse a llorar o salir corriendo hacia el baño, pero sus piernas no le respondían.

Haru se inclinó y agarró la toalla. Fue a tendérsela, cuando vio su expresión entre aterrada y avergonzada. Lo cubrió con la toalla, atándola fuertemente en la cintura––. Ya, no pasó nada ––murmuró, lo cual fue un grave error, como pudo comprobar cuando el pelirrojo comenzó a llorar y se encerró en el baño.

––Yuta, ¿estás bien? ––Haru miraba la puerta sin saber qué hacer. Se rascó el cuello, debatiéndose con sus sentimientos––. Voy a entrar ––anunció, entrando antes de que el chico pudiera responder.

––¡No! ¡No entres! ––gritó entre lágrimas y mocos. ¿Por qué había tenido esa brillante idea? Sabía que Haru no sentía lo mismo por él. ¿Por qué iba a estar interesado en él si tenía a tantas chicas del Instituto detrás suyo? Sabía que seguía viéndolo como a un chiquillo. ¿No acababa de decir que su cuerpo no le había provocado para nada? En su mente, eso era lo que había interpretado––. Tres… hip… años no… hip… es tanta… hip… diferencia ––refunfuñó, hipando por el llanto.

––¿Para qué? ––el moreno sonreía con ternura.

––¡Haru! ¡Te dije que no entraras! ¡Sal! ¡Sal! ––gritó a punto de un ataque de histeria al percatarse de que lo había escuchado. ¿Es que ese día no podía ir peor? No debió de pasarse la noche jugando en el Wii. Si se hubiera acostado temprano, se habría levantado temprano y nada de aquello hubiera ocurrido.

––No, no me voy a salir ––Haru se le acercó y comenzó a limpiarle el rostro––. Tontuelo ––murmuró, besándole la punta de la nariz––, ¿por qué lloras? Te he visto desnudo miles de veces ––lo abrazó con cuidado.

––Eso fue cuando era bebé. ¡No es lo mismo! ––gritó más avergonzado aún, pero sin salirse de sus brazos.

––No, no lo es ––afirmó el moreno, aclarando de inmediato al sentir que el chico comenzaba a alejarse––: Ahora me gustas mucho más ––dejó caer tranquilamente.

––¿Qué? ––Yuta alzó la cabeza para mirarlo, olvidando que tenía el rostro hinchado, lleno de lágrimas y mocos––. No bromees ––su voz tembló, aunque había intentado sonar cabreado.

––No bromeo ––Haru se inclinó y recogió con su lengua una lágrima furtiva––. Llevo varios años esperando a que crezcas para decirte que te amo.

Yuta lo miraba con la boca abierta y si no fuera porque pestañeaba, el moreno hubiera pensado que se había convertido en una figura de piedra.

¡Un momento!, ¿había dicho que lo amaba?––. Siempre me has tratado como un niño ––comenzaba a reaccionar a la fuerte impresión recibida––. ¡Ni siquiera has reaccionado a todos los indicios que te he dado de que estoy loco por ti! ––exclamó tan cabreado que ni se percató de lo que acababa de confesar.

––¿Estás loco por mí? ––preguntó con aquel brillo en los ojos, que hacía sonreír a la madre del pelirrojo y que hacía suspirar a su hijo.

––Yo… esto… um… ––por primera vez en su vida, Yuta había perdido la capacidad de hablar.

Haru lanzó una carcajada increíblemente varonil, mientras acariciaba los labios del chico con su pulgar––. ¿Te comió la lengua el gato? ––preguntó juguetón, inclinándose para apoderarse de esos labios que llevaba años deseando lamer, morder, besar.

Yuta soltó una exclamación de sorpresa al sentir cómo la lengua de Haru se abría paso hacia el interior de su boca. Tenía los ojos abiertos, mirando asombrado al moreno. Pero al ver cómo la mirada de este se oscurecía por el deseo, se ruborizó y cerró los ojos. Echándole los brazos al cuello, tembloroso y excitado.

––Haru ––jadeó, moviéndose asustado y deseoso, cuando el moreno comenzó a acariciar su miembro por encima de la toalla.

––Shhh, déjate llevar ––el moreno lo besó con pasión y amor. Apenas podía controlarse. Llevaba años doblegando su pasión por el pelirrojo y había llegado el momento de darle rienda suelta.

––Ahhh… ––Yuta enterró sus dedos en el cabello del moreno, cuando este comenzó a descender besando, lamiendo, mordiendo suavemente su piel. Aquellas sensaciones eran exquisitas.

––Me encanta tu piel ––susurró lamiendo una tetilla que enseguida se endureció bajo su lengua. La mordió juguetonamente, antes de chuparla.

––Haruuu… ––el pelirrojo se llevó una mano a la boca, avergonzado por sus jadeos.

––No te tapes la boca. Quiero escucharte ––el moreno pasó a dar la misma atención a la otra tetilla.

––Es-está bien ––murmuró rojo como tomate. ¿En qué momento se había convertido en un chico vergonzoso?, se preguntó. Llevaba un año actuando bastante descaradamente frente al moreno para que lo atendiera y ahora quería echarse a correr y quedarse entre sus brazos. Obviamente, no podía hacer ambas. Por fortuna, el moreno tenía el control y él sólo tenía que dejarse llevar, como le había dicho.

––¡No! A-ahí no ––Yuta se asustó y es que sabía cómo era el sexo entre hombres (eso pensaba él). Desde que se había dado cuenta de que amaba a Haru, había estado leyendo libros sobre sexo anal y decían que luego de la felación, venía la penetración (conceptos erróneos, pero, en realidad, ¿qué sabía él?). Francamente, tenía miedo a ese momento. Había leído que dolía y que algunos hasta sangraban.

––¿Qué sucede? ––Haru se detuvo al escuchar claramente el miedo en su voz––. No te haré daño.

––Yo… es que… los libros… ––no sabía cómo continuar. Estaba avergonzado. Ahora se sentía como una nena.

––¿Libros? ––Haru lo miró confundido, hasta que comenzó a hacerse la luz en su mente––. ¿Has leído sobre el sexo entre hombres? ––preguntó con voz suave, abrazándolo con ternura––. No te forzaré a nada. ¿Es que no confías en mí? ––lo llenaba de besos tiernos, suaves, como cuando intentas serenar a un animalito asustado.

––Sí… pero… ––no quiero acabar llorando como una nena, concluyó en su mente. Pensaba que con lo que acababa de llorar era suficiente, como para añadir más berrinches en ese momento.

––Haremos esto ––Haru liberó su dolorido miembro de la cárcel del pantalón y sujetando el del chico junto al suyo, comenzó a frotarlos––. Prometo que no te… arg… dolerá y te gustará.

––Ahhh… Haru… ahhh… ––Yuta enterró las uñas en sus hombros, recostando la cabeza en su pecho, entregado a esas sensaciones––. Es-espera, si sigues así… me-me… voy a co-correr ––sus caderas habían cobrado voluntad propia y se movían al ritmo que marcaba la mano del moreno.

Haru le alzó el rostro con la otra mano. Necesitaba besarlo y observarlo. No le bastaba con escuchar sus jadeos. Quería todo de su pequeño, todo. Recorrió su boca con desesperación y al ver que estaba por correrse, aceleró el movimiento de su mano y caderas, para correrse a la misma vez.

––¡Haruuuuuuuuu! ––Yuta intentaba calmar su respiración, recostado del pecho del moreno.

––¿Estás bien? ––preguntó, abrazándolo y acariciándolo con ternura. Tenían que limpiarse, pero ninguno de los dos deseaba separarse aún.

El pelirrojo asintió, demasiado abrumado por las sensaciones experimentadas como para hablar.

––¿Te gustó? ––sonrió, alzando su rostro para recrearse en su expresión post-orgasmo.

El chico volvió a asentir, ruborizándose violentamente.

––A mí, también ––lanzó una carcajada, besándolo antes de separarse para limpiarlo con la toalla que había logrado que ambos fueran sinceros con sus sentimientos––. Yuta ––el chico lo miró, comenzando a vestirse aún avergonzado de estar desnudo frente a él; a pesar de lo que acababa de pasar entre ellos––, te amo.

––Te amo ––devolvió con voz apenas audible, pero eso fue suficiente para el moreno, que se acercó para besarlo profundamente.

––Jamás pensé que acabaría agradeciéndole a una toalla por el mejor segundo día de mi vida ––le susurraba Haru al oído, mientras salían de la habitación.

––¿Cuál fue el primero? ––preguntó, intentando controlar sus emociones.

––El día que te conocí.

ººººººººººººººººº

Para Mónica, VIP en mi mundo.

¡Felicidades, linda!

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