Yaoi, adictivo como chocolate

No puedes resistir la tentación

Perderte

en julio 22, 2010

Kazuo miró con fastidio el reloj. Llegaría tarde, como de costumbre. Y pensar que ese día, se había levantado más temprano que nunca; pero, al final, todo le había salido mal. Miró el cielo y soltó un largo suspiro. Sabía lo que le esperaba, una cantaleta de parte de su mejor amigo. Kenshi estaba completamente obsesionado con la puntualidad. Odiaba con toda su alma que lo hicieran esperar y si alguien osaba cometer ese pecado, recibía un largo sermón sobre el respeto y la consideración hacia los demás.
No quería pelear con él. Hacía un mes que apenas hablaban. Era como si lo hubiera estado evitando adrede. Cuando lo llamaba, aunque él siempre le contestaba, cortaba de inmediato con la promesa de llamarlo más tarde. Por supuesto, siempre cumplía su promesa; pero lo llamaba cuando él estaba a punto de salir para su trabajo o cuando Kenshi iba camino al suyo. Era por esa razón que las conversaciones acababan siendo cortas y superficiales. Por eso, cuando llamó el día anterior para pedirle que desayunaran juntos, aceptó entusiasmado.
Se dijo que escucharía su sermón sin replicar. Con una sonrisa traviesa, se imaginó su cara de sorpresa al no recibir sus acostumbrados “no seas pesado”, “ya te escuché”, etc. A fin de cuentas, era lo menos que podía hacer ya que lo había hecho esperar casi dos horas. En ese momento, no pensaba que fuera correcto de su parte rebatir su argumento; ya que lo menos que deseaba era ponerlo de malhumor. Luego de diez largos años de amistad, sabía que esa no sería una movida inteligente de su parte.
Cuando vio el restaurante, aceleró el paso. Al cruzar la calle, pudo verlo a través de los cristales. Miraba su reloj con una expresión seria. Estoy en serios problemas, pensó entrando con una sonrisa que intentaba fuera conciliadora.
–Hola –lo saludó besándolo en la mejilla antes de sentarse frente a él. Ya se había convertido en una costumbre aturdirlo con ese saludo cuando sabía que iba a tener problemas.
Kenshi no dijo nada. Su miraba intensa, comenzó a poner nervioso a Kazuo.
–Lo sé. Llegué tarde. Te vas a reír cuando te cuente lo que me pasó. Me levanté una hora antes de lo que acostumbro. ¡Una hora! Sí, te lo juro. Pero el ‘chico’ no quiso andar, para variar. Tomo-san salió a ayudarme, ¿puedes creerlo?¡Tomo-san! Si yo sé muy poco de autos, él sabe mucho menos que yo. ¿Cuántas veces lo hemos escuchado decir que prefiere anda a pie a montarse en uno de esos artefactos del demonio? –se reía y parloteaba sin control. No podía evitarlo. Odiaba que él no le hablara, lo ponía nervioso–. Lo sé, sé que me has dicho que lo venda. Pero sabes bien que los lazos que nos unen son sentimentales. Ese auto fue regalo de mi abuelo para mi padre. Es como si fuera un miembro más de la familia –terminó con una sonrisa que lo hacía lucir como un crío, algo que él no sabía, claro.
Su amigo sonrió y aquello lo tranquilizó.
–¿Qué ordenaste?, ¿ya desayunaste? Tengo hambre, tuve que caminar no sé cuántos kilómetros, porque para cuando desistí de hacer que el chico se moviera, ya habían pasado los autobuses –comentó exagerando y agarrando el menú. No esperaba que le contestara. Kenshi era bastante callado y en los únicos momentos en los que se extendía hablando era cuando estaba molesto o dando alguna explicación. Como le había sonreído, sabía que ya no estaba malhumorado por la espera.
La sonrisa de Kenshi se fue ampliando, mientras pensaba que siempre parloteaba cuando estaba nervioso.
–Creo que me comeré unos panqueques con revoltillo, tostadas con jalea y tocineta. No me mires así, hace un mes que abandoné la dieta –soltó el menú y comenzó a mordisquearse las uñas. Siempre andaba haciendo dietas, porque era perezoso y odiaba hacer ejercicios.
–¿Te puedes callar por lo menos cinco minutos? Deja eso –le sacó la uña de la boca y le pasó su taza de café–. Bebe un poco de café para que mantengas la boca ocupada en lo que te digo por qué te pedí que nos reuniéramos a desayunar.
En silencio, Kazuo agarró la taza, aunque sentía como se le iba calentando la sangre. Pero, bueno, qué actitud. Ahora no sabía si seguía molesto, porque jamás lo había mandado a callar. Claro que no había sido de mala manera ni nada por el estilo, pero él odiaba que lo hicieran sentir como un chiquillo y así era cómo se había sentido.
–Hace tiempo que deseo hablar contigo sobre algo importante –comenzó Kenshi dando un largo suspiro. Era como si necesitara reunir valor para decirle aquello por lo que lo había citado ese día.
Kazuo estaba intrigado y desconcertado. Kenshi siempre decía lo que tenía que decir y ya. No entendía por qué estaba reflexionando tanto. ¿Acaso tenía que ver con la estúpida esa con la que andaba desde hacía un mes y que ni siquiera le había querido presentar?
–No me digas que es una mala noticia –lo interrumpió. De repente, estaba asustado. Tenía un mal presentimiento y no quería escucharlo–. No creo que resista otra mala noticia esta mañana. No te conté lo que me dijo el mecánico al que llamé…
–Ten –cortó Kenshi, serio, pasándole una cajita con un sobre.
–¿Qué es esto? –preguntó mirando el sobre y la cajita sin entender qué significaban–. Aún no es mi cumpleaños y ¿no te dije que falta un mes para mi promoción? –por alguna razón, no se atrevía a mirarlo a la cara. Se sentía cohibido.
Kenshi lo miró con una mezcla de enojo, fastidio y decepción.
–No sé por qué imaginé que iba a poder hablar contigo, que me escucharías. Sabía que no entenderías, pero estúpidamente esperé que sí –su voz estaba cargada de ¿dolor? Se levantó, lanzó el dinero en la mesa y añadió–: No me llames, voy a dar un viaje y cuando regrese, si es que regreso, te llamaré. Tampoco llames al móvil, no quiero que molestes a Aiko.
–¿Qu-qué?, ¿vi-viaje? Pe-pe-pero, ¿de qué hablas?, ¿qué pasó? –se lanzó detrás de él al ver cómo se dirigía a la puerta del restaurante sin mirar hacia atrás.
–Señor, no me han pagado –una camarera lo sujetó del brazo, logrando que Kenshi saliera antes de que él pudiera alcanzarlo. Salió corriendo del local, luego de señalarle a la camarera el dinero; pero ya era tarde, él había desaparecido.
Kazuo comenzó a andar, aturdido. Miraba sin ver las personas que pasaban por su lado. No entendía qué había pasado. No podía creer que su enojo se debiera a su tardanza. Sabía que no, pero temía pensar en las posibilidades. Agarró su móvil y lo llamó, olvidando que le había pedido que no lo hiciera. La llamada pasó al buzón de voz.
–Kenshi, ¿se puede saber qué coño acaba de pasar? No entiendo por qué te fuiste así. Por favor, llámame tan pronto te pase el enojo. Aunque no sé por qué estás enojado…–ahí se cortó el mensaje. Miró el móvil, este se había quedado sin baterías. Con un grito de frustración, lo lanzó a una alcantarilla.
Estaba furioso e inquieto. Cuando finalmente prestó atención al camino, descubrió que se dirigía al apartamento de Kenshi. No sabía si debía seguir o darse la vuelta. Se paró en medio de la acera, indeciso. En ese momento, un auto idéntico al de su amigo pasó por su lado. Lo miró esperanzado viendo cómo bajaban la ventanilla y aguantó la respiración. Para su horror, el conductor, un adolescente, lanzó un vaso de soda en su dirección mientras gritaba una grosería. Saltó, pero no fue lo suficientemente rápido como para evitar que cayera a sus pies, manchando su calzado nuevo. ¿Acaso ese día podía ser peor?, se preguntó decidiendo que hablaría con Kenshi para aclarar todo.
Al llegar, se topó con un portero nuevo, quien no lo dejaba pasar. Si no hubiera sido porque en aquel momento salía una vecina de Kenshi, se hubiera quedado en la acera contemplando como un idiota el edificio. Una vez dentro, para su fastidio un letrero anunciaba que el ascensor estaba averiado.
Luego de subir cinco pisos, se detuvo a descansar pues necesitaba recuperar el aliento. Se recostó contra la ventana y miró hacia fuera. Para su fastidio, vio a Aiko entrar a un taxi, luego de darle unas llaves al portero.
–¿Llaves?, ¿también tiene llaves del apartamento? –refunfuñó mientras continuaba subiendo las escaleras a punto de explotar del enojo–. Después de que me juró que YO era la única persona que tenía copia de sus llaves y sólo por si se le perdían las de él. Él muy embustero, deja que lo agarre. Haciendo que yo me sienta mal, por sabrá Dios qué cosa. Cuando él es un mentiroso.
De repente, se sintió ridículo. Si alguien lo viera, diría que estaba loco por andar hablando solo y tendría que darle la razón. Parecía un demente, por lo que se calló. Cuando se detuvo frente a la puerta, llamó con la esperanza de que estuviera en casa. Silencio. Abrió y entró al apartamento, pensando que probablemente el portero le había avisado y, siendo el necio que era, no le contestaba esperando a que se fuera.
–¡Ah! –gritó al encontrarse de frente con un hombre.
–No grites, me duele la cabeza. Tú debes ser Kazuo –murmuró el hombre camino a la cocina.
–No eres Kenshi –aunque te pareces muchísimo, pensó extrañado. Estaba hecho un lío si había llegado al punto en que todos se le parecían, pensó mordiéndose una uña–. ¿Quién eres?, ¿qué haces aquí?, ¿dónde está él?
–Cuántas preguntas. Kenshi no me dijo que fueras periodista –comentó con una mueca burlona, mirándolo desde la cocina mientras abría alacena tras alacena–. Soy Ichiro, el hermano mayor de Kenshi. Veo que no te ha hablado de mí y no me extraña. Estuvimos sin hablarnos dieciocho años. Pero cuando uno se entera de que su vida puede terminar de un momento al otro, reconoce lo que es realmente importante y ya no hay espacio para falsos orgullos –explicó deteniéndose en medio de la cocina–. ¿Dónde rayos guardará las aspirinas? –se tocó la cabeza, pensando que tendría que salir a comprar y no se sentía en la mejor de las condiciones para tirarse a la calle.
–En el botiquín del baño –indicó, pasando a buscarle un par y mirarlo con curiosidad al entregárselas. La diferencia entre él y Kenshi radicaba en sus ojos. Este los tenía color miel y Kenshi los tenía azul cielo. Además, Ichiro tenía un leve toque de amargura en su mirada, que afortunadamente no existía en la de su amigo.
–Ya veo que conoces bien el apartamento –comentó con una sonrisa burlona–. Sólo que no sabes dónde está el dueño, ¿no es irónico?
–Cada momento que pasa, se me parecen más ustedes dos. Son antipáticos y crueles –dijo desquitándose con él toda su rabia, frustración y… bochorno.
–Vaya, veo que te describió a la perfección. Dijo que eras temperamental, parlanchín, impulsivo, leal y hermoso –dijo echándose a reír de su pasme.
–Pu-pues, bu-bueno, ya que tú pareces saberlo todo, ¿dónde está? –preguntó haciéndose que seguía molesto. En realidad, estaba perturbado, avergonzado y emocionado. No sabía que Kenshi lo consideraba leal y… hermoso.
–¿Acaso no iban a desayunar juntos? –preguntó, pero algo en su voz indicaba que sabía lo que había pasado. Eso le daba una ventaja sobre Kazuo, puesto que él no entendía qué les había pasado.
–Bien, si no me quieres decir, me voy –dijo con toda la dignidad posible y se encaminó hacia la puerta.
–¿No te entregó una carta? –disimuló una sonrisa, mientras se tomaba las aspirinas sin dejar de mirar al obcecado chico–. Yo que tú la leo antes de seguir dando vueltas por ahí peleando con todo el que se cruce en tu camino.
–¡El sobre! –gritó sentándose en una butaca e ignorando el tono burlón de Ichiro, quien se sentó frente a él.
Ichiro pensó que su hermano no tenía mal gusto, si se obviaba el detalle de que se había enamorado de otro hombre. Kazuo era delgado, aunque Kenshi le había contado que se pasaba haciendo dieta. Viendo su figura, comprendió por qué a su hermano le desconcertaba eso y es que el chico no necesitaba rebajar. Tenía una buena figura y un rostro que mostraba que era caprichoso, pero divertido. Sus ojos color caramelo eran los más expresivos que hubiera visto en su vida. Y sus labios, si no estuviera consciente de que era un hombre, desearía probar el sabor de esa boca. Sí, definitivamente, su hermano tenía buen gusto; incluso al seleccionar a un hombre como su pareja.
Desesperado, Kazuo desgarró el sobre. Las manos le temblaban mientras sacaba la carta y comenzaba a leer.
–Kazuo, sé que me has sentido distante este mes. Tengo buenas razones para estarlo, aunque sé que nada excusa mi alejamiento. Espero que me creas cuando te digo que no era por ti que me mantenía alejado. Sucede que mi hermano Ichiro, de quien no supe por 18 años, reapareció. No trajo buenas noticias y aunque al principio deseé poder sacarlo de mi vida de nuevo, me alegra no haberlo hecho. Hemos tenido tiempo de sanar viejas heridas y reconciliarnos. Ahora, me alegra mucho no haber dejado que “lo peor de mí”… como tantas veces me has dicho… saliera a flote. El haber compartido su dolorosa experiencia este mes, me ha hecho recapacitar en muchos aspectos de mi vida. Es por eso que quiero decirte que siempre te he amado –un sonido de asombro escapó de la boca de Kazuo, quien se llevó una mano a la misma. Ahora temblaba más que cuando había comenzado a leer la carta y el corazón le latía con tanta fuerza en el pecho que estaba seguro que Ichiro podía escucharlo–. Aún recuerdo cuando te mudaste con tus padres adoptivos al lado de la casa de mis padres. Ambos teníamos 15 años y, a pesar de lo joven que era, supe que mi vida jamás sería la misma si tú no estabas en ella. Al principio, no dije nada porque tenía miedo. Todos aquellos sentimientos eran nuevos para mí. Luego, tuviste unos años difíciles con tus padres adoptivos y me alegró poder estar a tu lado para ayudarte a pasar aquel trago amargo. No sé si recordarás el día que cumpliste 21 años. Te llevé a cenar a aquel restaurante que soñabas visitar. Tenía pensado declararte mi amor, puesto que ya no éramos unos niños y no soportaba tenerte tan cerca y tan lejos a la vez. ¿Recuerdas lo que pasó? Te encontraste con un compañero universitario y me dijiste que él sería el “padre” de tus hijos. Rompiste mi corazón aquella noche. Fue por eso que viajé repentinamente a Europa. Deseaba sacarte de mi corazón, pero no pude evitar que mis pensamientos viajaran a tu encuentro una y otra vez. Al regresar, nos unimos más pues dicen que en la distancia crecen los corazones. Pero aunque mi amor por ti crecía, veía que para ti no era más que tu mejor amigo. La llegada de Ichiro hizo que decidiera vencer mis temores de perderte si te incomodaba mi declaración y de que volvieras a romperme el corazón si no era correspondido. Por eso, hoy intenté mostrarte lo que significas para mí. Si estás leyendo esta carta, es que no lo logré o que no correspondiste a mi amor. Ya no te molestaré más, me voy a Europa para siempre. Sé feliz, mi amor. PD. Lo que contiene la caja, lo mandé hacer para ti en Italia durante aquel viaje, porque no podía dejar de añorar estar a tu lado. Cuando regresé, no pude entregártelo. Ahora entiendes por qué, ¿verdad?
Sus manos temblaban tanto que Kazuo tardó en abrir la caja, pero cuando lo hizo, se quedó sin respiración. En su interior, había un dije de una llave con un poema hermosamente labrado que hacía alusión a ser el portador de la llave de su corazón.
–¿Me ama, pero se va? ¿Me entrega la llave de su corazón, pero se lo lleva lejos de mí? –no entendía por qué las letras de la carta y la llave comenzaban a desaparecer. No, no estaban desapareciendo. ¡Él estaba llorando! Las lágrimas en sus ojos no dejaban que viera nada, así de simple.
–¿No entiendes, verdad? –Ichiro lo miró con compasión–. Se siente demasiado vulnerable en estos momentos y está aterrado. Pensó, como tantas personas pensamos en algún punto de nuestras relaciones, que serías capaz de leerle la mente o algo similar y, ¡voilá!, todo sería perfecto. Intenté decirle que las cosas del amor no son así de fáciles, pero el amor que siente por ti y el terror que le causaba la fuerza de su deseo, lo ciegan.
–Pe-pero, me abandona, me abandona –repitió llorando abiertamente. No le importaba que lo viera. En realidad, en esos momentos no le importaba nada más que el hecho de que lo había perdido sin tenerlo–. Fue una broma. Una estúpida broma.
–¿Qué fue una broma? –preguntó sentándose a su lado y echándole un brazo sobre los hombros. Verlo sufrir tanto como su hermano sufría, le había quitado el deseo de molestarlo un poco más.
–Aquel compañero de universidad que sería el “padre” de mis hijos. –sonrió con la más triste de las sonrisas–. Siempre he amado a Kenshi. Pero pensé que no era su tipo. Creí que le gustaban las mujeres y que me veía sólo como un hermano. Aún así, quise darle celos y provocar una reacción en él. ¿No te parece estúpido? Lo logré, pero no la que anhelaba.
–¡Vaya!, siempre lo he dicho. Enamorarse es una mierda. Pasamos a convertirnos en un lío. ¿Por qué no vas a decirle que lo amas y le pides que se quede? –preguntó pasándole un pañuelo para que se secara las lágrimas, sintiéndose mejor ahora que sabía que su hermano era correspondido.
–¿Cómo? Lo más probable es que su avión ya haya despegado. Además, me pidió que no lo buscara ni que lo llamara para no molestar a Aiko. ¿No entiendes? No se fue solo –explicó llorando con más fuerza.
–¿Aiko?, ¿por qué dices eso? Ella es mi esposa –explicó, ampliando su sonrisa al comprender–. Pensaste que andaban juntos, ¿verdad?
–¿Tu esposa?, ¿por qué no me lo dijo? Claro que pensé que andaban juntos. Llevan un mes que no se separaban –contestó mirándolo desconfiado.
–Por supuesto, Kenshi la está ayudando a encontrar trabajo. Nos mudamos aquí por mi tratamiento del cáncer. Nos ha ayudado mucho, incluso nos prestó su móvil en lo que conseguimos uno y nos mudamos a la casa que alquilamos pero están pintando. Ahora, ¿qué te parece si te levantas y te diriges hacia el aeropuerto? Su vuelo no sale hasta dentro de una hora –explicó mientras le daba un papel con la información.
Kazuo no recuerda si le agradeció a Ichiro su ayuda. Sólo recuerda que agarró el papel y salió disparado por la puerta, rumbo al aeropuerto. Tampoco recuerda cómo llegó, pero lo importante es que llegó y lo encontró leyendo un periódico en el área de espera.
–¿Se puede saber a dónde vas sin mi? –preguntó mirándolo serio con los brazos cruzados.
La expresión de la cara de su amado Kenshi valía un millón. Kazuo no supo si reírse o tirarse en sus brazos y comérselo a besos. Así que, de momento, no hizo ninguna de las dos.
–¿Qué haces aquí?, ¿cómo…?, ¿quién…? –preguntó mirando a todos lados con la expresión más tonta posible.
–Vine por ti –se rió de su comiquísima expresión. Sin poder aguantarse más, confesó–: Te amo y me he comportado como un idiota, ¿me perdonas?
–¿Me amas? –repitió más atontado que cuando lo vio parado frente a él con una hermosa sonrisa, que jamás le había visto.
–Sí, te amo y pensé que te había perdido. Ichiro me ayudó mucho. Por cierto, me agrada tu exasperante hermano –dijo sentándose a su lado, mirándolo un poco ansioso porque no acababa de reaccionar.
–¿Ichiro? –se sentía como un tonto. No hacía más que repetir lo que él decía.
–Bueno, ya que estás tan hablador, sé cómo callarte –sonrió con picardía, diciéndose que era ahora o nunca. Agarró nervioso su rostro y besó suavemente sus labios.
Kenshi lo sujetó por la cintura, pegándolo a su cuerpo todo lo que le permitían los asientos. Profundizó el beso, entrando en su boca, tembloroso y apasionado. Llevaba años soñando con besarlo de ese modo, abrazarlo con fuerza, hacerlo suyo, amarlo hasta el fin de sus días y, finalmente, ese sueño se haría realidad.
Ellos no se enteraron cuando el avión despegó. Lo único que tenía importancia para el rubio era que por fin tenía al moreno en sus brazos y algo le dijo que ahí permanecería por siempre.
Pasaron por su lado muchas personas. Los jóvenes se reían con complicidad. Los adultos los miraron molestos, pensando que era de muy mal gusto aquella demostración pública y más aún por ser dos hombres quienes estaban escenificando esa escenita. Los ancianos sonreían con nostalgia, recordando la belleza del amor.
La pareja sólo tenía ojos el uno para el otro. Salieron abrazados del aeropuerto… dos personas completamente diferentes de las que entraron. Amaban y eran amados, nada más importaba.

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